CAPÍTULO FINAL: AL CERRAR LOS OJOS…

Cuando estiró los brazos para tomar la lata de sardinas se pinchó el pulgar. Alivió el ardor chupando las gotas de sangre. Hizo un sonido de vacío al expulsar el dedo de la boca. Tomó otra lata. Mientras buscaba el atún se dijo a sí mismo “qué descuidados son en esta tienda”. Tomó el atún.

A las dos latas añadió una de frijoles bayos refritos. Por las bocinas cenitales se escuchaba El Gato que Está Triste y Azul. “Qué bonita canción. Ya no hacen canciones como esas”, volvió al monólogo.

Hacía malabares para no dejar caer las latas, todo por no haber tomado un carrito pensando que sería demasiado.

Esperó más de quince minutos en la fila “rápida”, aun así saludó con una sonrisa a la cajera.  

—Buenos días.

—Tardes ya.

—Pero si todavía no son las 12.

—Ya pasan de las 12, señor. ¿Encontró todo lo que buscaba?

Asintió con una sonrisa. No quiso discutir asuntos de convencionalismos intrascendentes. Revisó su reloj de pulso por si acaso. 11:30. ¿Por qué habría mentido la cajera? Un adolescente le entregó sus pocas latas en una enorme bolsa de plástico. El chico se indignó con los pocos pesos que recibió de propina.

—Gracias. Buenos días. —Se despidió del cerillito.

—Buenas tardes.

Salió de la tienda diciendo que no con la cabeza. Pensó en lo mucho que contamina el plástico. “Ojalá en un futuro usáramos bolsas de tela para salvar al planeta”, concluyó.

Tomó un taxi para dirigirse al dentista. Estaba a tiempo, pero un embotellamiento lo retrasó por veinte minutos. En esta Capital nadie llega temprano.

Al fin arribó al consultorio. Al despedirse del taxista prefirió evitar el buenas tardes o buenos días.

Corrió hacia la puerta, pero encontró a la recepcionista bajando la cortina de acero.

—Buenos… Emm. Hola. ¿Ya se fue la dentista?

—Hola. Ya. Lo estuvo esperando una hora. Salió a comer.

—Pero si solo llegué cinco minutos tarde.

—Una hora y cinco minutos tarde.

—Señorita, perdón pero son las 12:05.

—Mire. —Le mostró la pantalla de su celular—. 1:06, ¿ya vio?

—Discúlpeme. Creo que mi reloj está mal.  

—Ah… Ja, ja, ja, ja. —Escupió una carcajada hacia las nubes—. Los pacientes inventan unas cosas que de veras. —Caminó sin voltear a verlo—. Llame dentro de una hora para que le reagende la cita.  

Se quedó sobándose los molares, viendo cómo la recepcionista se ladeaba con sus tacones. “¿Qué le pasa al mundo hoy?”.

Mientras caminaba en sentido contrario escuchó en la radio de un puesto de tortas “ya es la una con veinte minutos, mi gente bonita”. Entonces confirmó que el ‘contreras’ era realmente él.  

Al otro día despertó a las 9 am. Tuvo que ajustar su reloj. Encendió la computadora y la televisión para verificar que fuera la hora correcta. Ahora sí, ya no habría contratiempos.

Era su día de descanso. Aprovechó para ir al banco a cambiar de afore.

El chofer del pesero iba escuchando el programa de radio estelar. “¡Son las 10:35!”. Consultó su reloj por si acaso. La hora concordaba. Reflexionaba sobre lo fácil que se descomponen los relojes de manecillas. Mientras, de fondo, se escuchaba “La Gata Bajo la Lluvia”. Tocó el timbre de bajada. El chofer nunca frenó por completo. Bajó trastabillándose.

Al llegar a la fila saludó a la última persona formada.

—Buenos días.

—Buenos días. —Se sentía tan bien recuperar la normalidad.

Al entrar a la sucursal le pareció que muchos de los presentes tenían el perfil de asaltante que aparecía en los carteles del banco. Estaba un poco nervioso. Después de esperar por cuarenta minutos al fin fue su turno. Saludó amablemente a la ejecutiva.

—Buenos días.

—¿Todavía son días? Es que ya no sé ni qué hora es. —Revisó su celular—. ¡Ah, sí! Son las 10:40.  

—¿Qué? No. No, señorita. Son las 11:40.

—No, señor… ¡Ah, no! Sí. Tiene razón. No sé por qué vi que eran las 10. Le digo que ando bien distraída.

—¡Ah! Ja, ja. Ya me estaba poniendo nervioso.

—Tranquilo, señor. El tiempo no hace nada. Permítame su identificación, por favor.

—Aquí tiene.

—Gracias, señor… Félix.

—¿Disculpe?

—Félix Ortiz Zamudio.

—No. Yo no me llamo así. Mi nombre es Aldo Almazán Pérez.

—No. A menos que me haya dado otra identificación.

—¿Cómo cree que le voy a dar otra identificación? Pues si es la única que tengo.

—Mire. Además, creo que usted no es el de la foto.

—¿Quién es esa persona? —Al observar la credencial se dio cuenta de que efectivamente no se trataba de él. No entendió por qué esa identificación estaba en su cartera en el mismo lugar en el que siempre la guardaba. Se revisó las bolsas de la ropa desesperadamente—. Oiga, ¿no me habrá cambiado la credencial? ¿No la habrá revuelto con otras que tiene ahí?

—No, caballero. Mire, aquí no hay más credenciales.

—No sé, señorita. Usted anda muy distraída hoy. —Levantó el teclado de la computadora, la almohadilla del mouse también. Estaba intranquilo. La voz le temblaba.

—Señor, tranquilícese. Sin su verdadera identificación no puedo ayudarlo.

—Le doy mi CURP. —Alzaba la voz gradualmente. Sudaba por la frente.

—No, señor. Necesitamos la credencial.  

—Ni que estuviera suplantando otra identidad.

—No dije eso, caballero. Es la política del banco.

—¡Ustedes nunca hacen bien su trabajo! —Dio un manotazo en el escritorio—. ¡Nada más nos hacen perder el tiempo!  

Salió irritado de la sucursal cuando vio que un policía se le acercaba. Huyó despavorido como si pensara que lo fueran a arrestar. Se alejó lo más pronto que pudo del banco. Volvió a mirar la credencial. ¿Quién demonios era ese tal Félix? Primero la hora y después la identidad. Eran pequeños detalles que le advertían que no estaba tomando el control de su vida. Sin embargo, cuando volvió a mirar la identificación notó algo extraño: su dirección era la misma que la del tal Félix. Los nervios se le pusieron de punta.

Corrió al café internet más cercano. Realizó la búsqueda de su CURP. La base de datos arrojó el nombre de Félix Ortiz Zamudio. ¿Cómo era posible? Las iniciales de su nombre completo tenían que concordar. Pensó en su nombre, pero… Ya no lo recordaba. “¿Qué nombre le dije a la ejecutiva?”, “¿cómo me llamo?”. Volvió a mirar la credencial solo para comprobar que el CURP que ingresó de memoria era el mismo que el que venía en la identificación. Sintió horribles punzadas en la cabeza. Tenía la sensación de que alguien lo observaba. Volteó hacia atrás y un niño de 9 años lo miraba fijamente. Lo veía como si supiera lo que estaba pasando. La camisa se le empapó de sudor. El encargado del café internet se percató de su estado. Lo miró con desconfianza. El pobre hombre salió corriendo sin pagar.

Llegó a su casa jadeando. Volteaba a todos lados para ver si nadie lo vigilaba. Entró al edificio. Recogió la correspondencia del buzón. Solo eran recibos. Subió las escaleras entre tropezones. Al cerrar la puerta de su apartamento miró los recibos. Todos estaban a nombre de Félix Ortiz Zamudio. Los arrojó al suelo. Se limpió el abundante sudor de las manos. Un horrible sonido lo hizo gritar. Era su celular vibrando en la mesa. Olvidó llevárselo. Tenía miedo de contestar. Era un número desconocido. No sabía qué hacer. La vibración no cesaba. Estaba a punto de caerse de la mesa. Decidió atraparlo en el aire.

Dejó pasar la primera llamada, pero insistieron otras tres veces. Podría ser una emergencia. Se animó a contestar en la cuarta.

—Bueno.

—Bueno.

—¿Quién habla?

—¿Cómo que “quién habla”? ¡Pu’s yo!

—¿Quién es yo?

—Yo. ¿Qué tienes? ¿Estás bien?

—¿Con quién desea hablar?

—Pu’s contigo.

—Perdón, no tengo su número registrado.

—Es que es nuevo.

—¿Me podría decir su nombre, por favor?

—¡Ora! ¿No eres tú?

—No lo sé. —Le temblaba la voz.

—¿No eres Félix?

El nombre le produjo escalofríos. Aventó el teléfono contra la pared. Se masajeó las sienes con fuerza. Como no había colgado, por la bocina del teléfono aún se escuchaba “¿bueno?, ¿Félix?, ¿qué tienes?”. Tomó un martillo y fue a reventarlo desquiciadamente. Caminó a la cocina para servirse un poco de agua, pero al pasar por el espejo de su pared notó de reojo algo extraño. Le pareció ver a alguien más. Se detuvo a mitad del camino. El pecho se le ensanchaba como a un gorrión. Tenía los dedos entumidos. El párpado izquierdo le temblaba. Sabía que, si regresaba, tendría que aceptar la verdad que el espejo le escupiría. Fue a la cocina para llenar un vaso con agua. Al tomarlo vio su reflejo borroso en el líquido. Comprobó que definitivamente algo no iba bien con su apariencia. Volvió con miedo hacia el espejo. Se detuvo un momento antes de mirar. Inhaló y exhaló aire. Dio un brinco para plantarse frente a él y confrontar sus miedos de una vez por todas. Cuando miró su reflejo de cuerpo completo perdió totalmente el control. Arrojó el vaso contra el cristal. Ambos objetos de vidrio se quebraron. Trituró los pedazos con sus suelas. Tomó el martillo nuevamente para romper todos los espejos de la casa mientras gritaba. La vecina de al lado fue muy preocupada a tocar su puerta.

—¿Señor Félix? ¿Está bien?

—¡No soy Félix! ¡No soy Félix! ¡Largo de aquí!

Se metió a su cama para no salir hasta el otro día. Despertó hasta las 6 de la tarde. Ni siquiera se molestó en reportarse al trabajo. Había llorado toda la noche. El hambre comenzó a molestarlo. A las 7 tuvo que ponerse de pie. Fue a la alacena y vio las tres latas que compró en el súper. Sintió unas náuseas tremendas al abrir la sardina. Le encantaba, pero en ese momento simplemente no le apetecía. El rugido estomacal no cesaba. Revisó el refrigerador y estaba vacío. Se colocó una sudadera con capucha. Tomó las llaves para salir a la calle. Cuando escuchó que la puerta de la vecina se abría corrió lo más rápido posible para evitarla.

Caminó hacia la tienda con la capucha puesta. Al pasar por la vinatería, un hombre que estaba parado afuera le habló.

—¡Chts! ¡Chts! —Lo ignoró—. ¡Ey! ¿Cómo te llamas? —Pensó que le pediría dinero—. Amiga, ¿cómo te llamas? —Le extrañó que se refiriera a él como “amiga”. Volteó a verlo para despejarle sus dudas. El hombre no pareció sorprendido—. ‘Pérate, amiga, no te espantes. Nomás te quiero conocer.   

—¿Por qué me dices “amiga”? —Dijo ofendido mientras el hombre se le acercaba invasivamente.

—¡Oh! No seas fresa. Es que estás bien guapa. ¿No me quieres dar tu teléfono? —Se acercó tanto que casi lo rozaba. Indignado, lo empujó con los brazos.

—¡Hazte para allá, cabrón!

—¡Oh! No te pongas así, ¿eh? No estés de mamona. —El tipo intentó tomarlo por la cintura. Decidió echarse a correr.

Se refugió en un puesto de tacos. Les pidió ayuda a los taqueros.

—Oigan, ¿no le pueden hablar a una patrulla, por favor? —Uno de los taqueros se le acercó agresivamente. Su expresión lo puso alerta. El taquero le soltó una patada.

—¡Sácate, pinche perro! —No comprendía lo que estaba pasando.

—¿Qué te pasa, güey?, ¿por qué me pateas?

—¡No me ladres!

—¡Órale! ¡A la chingada! —El otro taquero le arrojó agua con una jícara.

No había cosa que deseara más en ese momento que saber quién era. No quiso volver a su casa para evitar al acosador. Deambuló por las calles mirándose en las superficies reflejantes. A veces veía a un anciano. A veces a un niño. A veces a un hurón. A veces a una serpiente. A veces a una palmera.

La gente en la calle lo trataba como a una anciana o como a un ciego; como a un hombre de negocios o como a un cerdo. Se miraba el cuerpo y no había nada diferente, pero fuera de él era todo y nada a la vez.

Unos policías lo subieron con brutalidad a una patrulla. Amenazaron con desaparecerlo. Lo llevaron a un terreno baldío. Al bajarlo de la patrulla le quitaron las esposas. Cambiaron totalmente su actitud. Le pedían disculpas llamándolo “empresario”.

Corrió y corrió por toda la ciudad. Al cruzar por la avenida resbaló con un poco de nieve. Cayó sobre una superficie congelada que se quebraba con su peso. Cuando quiso ponerse de pie la superficie se venció y se sumergió en un lago que inesperadamente estaba hirviendo. El aire no tardó en hacerle falta. Sintió la asfixia por veinte desesperantes segundos, pero inverosímilmente no moría. De hecho, ni siquiera estaba seguro de que sintiera una especie de dolor. Pareció tener una idea para explicarse todo.

—Esto es un sueño, ¿verdad? —Dijo mientras se sorprendía por poder hablar bajo el agua.

El agua desapareció, pero no había superficie que lo sostuviera. Se fue en caída libre. Gritaba atiborrado de pánico. Solo podía pensar en por qué le pasaba todo eso. ¿En qué momento su vida normal se tornó una locura? Se preguntaba cuándo había perdido el control. Una voz le susurró al oído:

—Al cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves?

—¿Quién dijo eso? ¿Quién es?

—Al cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves?

—Ayúdame, por favor. No me quiero morir. ¡Sálvame!

—Al cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves?

—¿Qué? No entiendo. ¡Ayúdame!

—Al cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves?

—¡Puta madre! Ya cállate. Si no me vas a ayudar deja de decir eso.

—Al cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves?

—¡Que te calles! —Se golpeó reiteradas veces los oídos con los puños.

—Al cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves? Responde

—¿Es en serio? ¿Si lo hago te vas a callar?

—Al cerrar los ojos…

—¡Ya! Está bien. Voy a responder. No veo nada. No se ve nada cuando cierras los ojos.

—Al cerrar los ojos…

—No, por favor.

—… ¿qué es lo que ves? ¿La luna ensangrentada?

—No. —Cerró los ojos.

—¿Quién eres?

—Olvidé mi nombre.

—¿Quién eres?

—Soy… Ni siquiera sé si existo.

—¿Quién eres?

—No… No… No lo sé.

—¿Quién eres?

—¿Soy una persona?

—¿Lo eres?

—No. Soy un canto.

—Eres tierra.

—Soy el destino cuando llega tarde.

—Una perla nacarada sumergida en el viento.

—Soy una flecha tasajeando el viento.

—Una estrella explotando en la nada.

—Soy la melancolía arrastrando un recuerdo.

—Una lágrima barrida por el viento.

—Yo… ¿Yo? ¿Qué significa esa palabra?

—Nada. Ya es hora de dormir.

—¿Eternamente?

—Ese es un privilegio fuera de tus merecimientos.

—¿Qué hago en esta cama? Conozco esta cama.

—¿Por qué abriste los ojos? Ciérralos.

—No deseo nada más. —Los volvió a cerrar.  

—Y bien, ¿qué es lo que ves?

—El futuro rústico.

—¿La luna ensangrentada?

—No. La naturaleza reclamando su terreno. Enredaderas asfixiando edificios. Musgo carcomiendo espectaculares. Pastizales que ocultan elefantes como piojos en una mata. El pavimento se ha quebrado. Las copas de los árboles no dejan ver el sol. La humedad pesa tanto como la gravedad. No hay nadie alrededor.  

—Es hora de dormir.  

—No quiero. Tengo miedo.

—Debes hacerlo.

—Tengo la sensación de que ya había vivido esto antes.

—¿Qué dices?

—¿Por qué me haces esto? ¿Me castigas?

—No abras los ojos.

—No. Los abriré. Deja de hacerme esto. Lo que sea que haya hecho, debe de haber una forma de pagarlo. Por favor, perdóname.

—Ya es la hora.

—¡No! ¡Basta! Deseo purgar mis faltas. Por favor.

—Es imposible. Estás condenado a repetir tus errores.

—Es falso. Nadie tiene un destino cruento. La maldad es aprendida, no heredada. Puedo desaprenderla para redimirme.

—Tú no. Vuelve a cerrar los ojos.

—Al menos dime qué soy.

—Una mentira.

—¿Inventada por quién?

—No importa quién la inventó, sino quién la creyó.

—La mentira es mortal. Quiero morir.

—No. La mentira reencarna. Es la hora de volver a comenzar.

—No me hagas esto. Es cruel.

—No me importa.

—¿Por qué no te importa mi dolor?

—Porque no existe. Eres ficción. Eres una mentira.

—La mentira y la ficción habitan en la realidad.

—Tú no habitas. Eres el personaje de una narración. Una creación ficticia.

—Yo… Esa palabra solía tener sentido. La recuerdo vagamente. Yo soy… Yo era… Sí. Eso. Ya casi lo tengo. Si no existo es porque yo soy… Yo era… ¡un sueño!

—Los sueños no pueden soñar. ¡Suficiente! Vuelve a cerrar los ojos. Es hora de dormir.

—¡No!

—Aquí vamos de nuevo.  

Despertó agitadamente, como quien sueña que está a punto de caer y el movimiento de sus piernas lo despierta. Tuvo la sensación de que había tenido una pesadilla terrible, pero ya la había olvidado.

Salió de la cama muy apurada. ¿Qué hora era? No estaba su esposo. El baño aún exhalaba vapor. Las puertas estaban abiertas, pero no había nadie. Se vio en el espejo. Se alteró. Lucía terrible. ¿Qué habría soñado para verse así?

Fue a la cocina. Él tampoco estaba ahí. La alacena, abierta; el cereal, destapado. La leche derramada en la mesa. El plato vacío sin recoger. Ese hombre era un desastre, pero ella no iba a recoger su tiradero. Tenía ganas de algo caliente. Metió un plato de sopa al horno, sopa de letras.

Prendió el estéreo. Sonaba El Gato Volador. Lo apagó de inmediato. Revisó su reloj de bolsillo. Las 9:50. Pero el segundero no avanzaba. Le dio unos golpeteos con la uña al vidrio. Parecía descompuesto. ¿Qué hora sería entonces? ¿Ya era tarde para la escuela? Encendió nuevamente el estéreo. Seguía sonando esa horrible canción. Giró la perilla del volumen. Cuando terminó la canción el locutor mencionó la hora: las 9:55. Qué alivio. El reloj se acababa de descomponer.

Sacó el plato del horno. Tomó una cuchara. Se sentó en la mesa. Observó la sopa humeante. Había tres letras separadas del resto: x, y, z. “¡Ja! Qué curiosa combinación”, pensó. Era como si alguien las hubiera acomodado a propósito.

Se apresuró a comer para no llegar tarde a la escuela. Recogió su plato. Se cambió a toda prisa. Se lavó los dientes. Tomó la mochila. En la escalera se encontró con su esposo.

—¿A dónde vas?

—Pues a la escuela.

—¿Hoy?

—Sí. Hoy.

—Bueno. Te veo al rato.

Bye. Te amo. —Lo besó apresuradamente—. ¡Recoge tu plato!

—Con cuidado. —Cuando ella iba a mitad de las escaleras le gritó algo más—. No sabía que tomabas clases los sábados. 

—¿Sábado?

Tras reconocer que se confundió de día, ambos regresaron al departamento. Entraron hablando sobre la coincidencia en la sopa de letras.

—¡Wow! —Exclamó él—. A veces se forman palabras.  

—Sí. A veces la sopa te escupe verdades. A veces te dice “idiota”, “jodido”, “fracasado”.

—¿Son indirectas?

—La sopa no se anda con medias tintas. Deberíamos leerla esotéricamente. Se lee el café, los caracoles, pero no la sopa, ¿o sí? Quizá sea más franca que el tarot.

—Estás loca. ¡Ah! Ya no hay jabón para trastes.

—Compré dos. Hay otro abajo del fregadero.

—¡Qué prevenida!

—Cariño, yo siempre tengo un plan b.

—Y c.

—Y d y e y f. Ja, ja, ja. Hasta llegar a x, y, z, ¿ves? La sopa me estaba diciendo algo. Ja, ja… ¡No mames! —Su semblante cambió por completo.

—¿Qué pasa? No me asustes.

—Esto es un déjà vu. Ya lo había vivido.

—En otra vida, quizás.

—Ajá. X, y, z. Mmm… Siento que está relacionado con algo que debería recordar.

—Ya. Cálmate. Te estás sugestionando. Debe ser por el estrés. Necesitas un masaje. —Se paró detrás de ella colocándole los dedos en los hombros.

—No. Espérate. Estoy segura. A veces uso recursos mnemotécnicos. ¿Qué necesito recordar?

—Ya párale a eso.

—¿Una tarea?, ¿un examen?, ¿qué sería?

—¿Cómo crees que la sopa te va a recordar eso? Ven. Necesitas unos besos.

—¡Que no! ¡Déjame! —Lo empujó violentamente.  

—Sonia, ¿qué te pasa? ¿Por qué estás tan alterada?

—No sé. Me siento muy estresado.

—Estresada.

—No. Escuchaste bien. Dije estresado.

De pronto se encontró en su cama antes de dormir. Ni siquiera recordaba cómo llegó ahí, solo sabía que estaba abrumada por la última pesadilla. Unos segundos antes de perderse en los territorios oníricos volvió a pensar en la x, la y, la z. Soltó involuntariamente unas palabras antes de perder la consciencia.

—Por favor, perdóname. Detén este castigo ya.  

Innumerables fueron las veces que despertó siendo alguien o algo diferente, pero a partir de la sopa de letras hubo un patrón que se repitió en todas sus reencarnaciones.

A veces era una niña rusa buscando el alfabeto latino quién sabe por qué inquietud. Otras veces era un vendedor japonés de ramen que repentinamente se dispuso a aprender español. También fue un emperador inca que trazaba las letras x, y o z sin saber qué significaban. Su mente no dejaba de estar inquieta en cada una de sus personificaciones. Poco a poco ataba más cabos.

Cuando fue un ave sintió la necesidad de volar lejos para hallar a un animal desconocido. Despertó siendo un pirata que miraba al mar preguntándose si existía un pez peludo. Soñaba con mamíferos que jamás había visto. En otra ocasión, era una luna de Júpiter que buscaba la luz proveniente de la Tierra. También fue un ser de otro planeta que comenzó a adorar a un dios de cuatro patas y ojos morados.

Su progreso fue paulatino e inevitable. Nunca dejó de cazar al abecedario y al mamífero. Por más que su memoria se reiniciaba, siempre llegaba al mismo punto. 

Hasta que un día, siendo una araña que no comprendía el lenguaje humano, escuchó un par de voces que la inquietaron.

—¿Qué hacemos? Siempre llega al mismo punto.  

—Hazlo creer que es un ser sin consciencia.  

—Es imposible. Lo hemos introducido en objetos inanimados, pero siempre despierta una consciencia.

—¿No podemos matarlo aquí?

—No. Aquí no. Tendríamos que sacarlo, pero es muy arriesgado.

— ‘Pérate. ¿Qué está haciendo?

—No sé. Se ve asustado.

—No. Parece como si… Reaccionara a nuestras voces. ¿Nos estará escuchando?

—¿Puede hacer eso?

—No lo sé, pero lo más probable es que no nos entienda. No me da buena espina su expresión. ¡Reinícialo! ¡Reinícialo!

—Ok.  

Pero la araña, que veía al cielo con sus ocho pupilas vidriosas, encontró un recuerdo que no comprendía. Pudo ver en su mente la silueta de una criatura con cuatro extremidades, una cola, una cabeza redonda con dos orejas triangulares. Aquella visión la alteró. Se puso inquieta.

Subió de prisa por una pared. Sintió unas tremendas ganas de dormir. En instantes se quedó dormida sobre la pared, pero tuvo la fuerza para despertarse. Tenía la necesidad de resistir al sueño.

Mientras dormitaba, visualizó los caracteres x, y, z. No los comprendía, mas los veía. Los observó por dos minutos hasta que empezó a soñar que trepaba por otro muro.

Al parecer estaba en un baño. En su camino visualizó un borde grueso y brillante. Caminó hacia él. Se paró sobre su superficie resbaladiza. Con algo de trabajo se mantuvo en ella. Aquel borde tenía un límite. Avanzó hacia él y vio otra superficie mucho más lisa. Se detuvo en el límite de ambas. Dirigió sus ocho ojos hacia la nueva superficie. Vio entonces la figura de aquel animal de sus sueños, aunque ya no era su silueta. Notó los detalles de su rostro: peludo como sus ocho patas, pero solo tenía dos ojos, mucho más enormes que los suyos. Los triángulos en su cabeza tenían unos huecos rosados. En medio de la cara tenía dos orificios muy juntos y, al lado de ellos, un juego de pelos más extensos y gruesos que los de la cara. Debajo de los orificios de en medio había unas pequeñas curvas. La araña movió su cuerpo hacia la derecha. El animal enfrente de ella se movió al mismo lugar. Se asustó. Se echó para atrás, pero el animal hacía los mismos movimientos. La superficie era una especie de pared invisible que los separaba. Colocó una pata sobre ella y el animal la puso en el mismo punto. Lo contempló un rato. Su cabeza empezó a dolerle.

Ver a aquella criatura le provocó una sensación con la que nunca había lidiado. Le provocaba una singular alegría. Tenía una energía hipnótica. Los ojos del animal de enfrente brillaban, los suyos también.

Su sueño se sentía a punto de terminar. Su mente trabajaba más que nunca. Le llegaron al instante un montón de memorias desconocidas, pero poco a poco iban cobrando significado. Aquellos recordatorios fueron abrumadores. 

Despertó siendo un microbio nadando en un líquido grisáceo, pero su consciencia ya no era la misma. Así que, con solo decidirlo, abandonó la fantasía para volver a ser lo que siempre había sido.  

—¿Qué pasó? —Preguntó Rocco.

—No lo sé. Ya no lo veo. ¿Dónde está? —Cuestionó Geraldine.

—¿Quieren jugarme sucio? Estoy muy decepcionado. Sobre todo de ti, Rocco.

—¡Mierda!

—¡Mierda!

—Admito que fue un gran plan. Se los reconozco. Quizá nunca hubiera salido de ahí. Afortunadamente yo siempre tengo un plan b o c o d… O x o y o z. Planté pistas mnemotécnicas en mi memoria por si algún día perdía la consciencia. Digamos que ese es mi plan x.

—Lo bueno que solo te quedan dos planes.

—¡Ah! Rocco. Te aseguro que no les gustarán los siguientes. Te lo juro: nunca más me verás llegar.

La ilusión desapareció. Rocco y Geraldine flotaban en un vacío de tonos verdes, grisáceos y púrpuras. Prr Prr Cat se perdió de vista. Los chicos se prepararon para defenderse de cualquier ataque.

De pronto, un relámpago intentó caerle a los dos, pero Rocco usó un escudo de colores azules eléctricos para protegerlos. Lo hizo justo unos segundos antes de recibir el impacto.  

—Puede que esta sea tu mente, Rocco, pero te recuerdo que yo nací aquí. Este es mi hábitat. Si allá afuera me considerabas una amenaza, aquí seré invencible.

—Muy bien, veamos quién domina mejor este territorio. —Se puso en guardia.

—Tengo ventaja ya que conozco tus pensamientos mejor que tú. El ser humano sabe muy poco sobre sí mismo. Pero yo puedo acceder a lo más recóndito de tu cabeza. No hay secretos para mí.

—¿Qué pasó con todo el amor que me jurabas? ¿Se convirtió en odio?

—El amor también puede ser rudo. Se requiere la rudeza cuando el objeto amado es testarudo. —Le arrojó un par de bolas enormes de fuego que Rocco transformó en hielo para quebrarlas.

—Déjala ir. Arreglemos esto solo tú y yo.

—No puedo hacerlo. Lo siento. Ustedes dos son mi plan y. —Los chicos desaparecieron. De pronto el vacío se convirtió en un laberinto inmenso. Prr Prr Cat quemó todos los muros en un segundo—. Basta de ilusiones. No podrás engañarme de esa forma. Aquí siempre te voy a encontrar por más invisible que te vuelvas.  

Una mano gigante atrapó a Rocco volviéndolo visible. Geraldine intentó escabullirse, pero fue atrapada por otra mano. El chico incrementó su tamaño cien veces para liberarse de la opresión. Tomó a su amiga con sus enormes dedos.

—Gera, vete de aquí. Podría perderte para siempre si este imbécil elimina tu recuerdo.

—¿Cómo escapo?

—Necesito concentrarme un minuto para sacarte. Mantente cerca. En cuanto puedo te expulso.

—Tenemos que protegerte en el exterior. Te quedaste solo. No sabemos si uno de sus lacayos pueda hacerte daño.

—No. —Transformó a ambos en agua para no ser lastimados por una ráfaga de cuchillos. Los devolvió a su forma humana—. No me protejas. Tienes que matarme.

—¡No mames!

—Es neta. No hay otra forma de frenar a este güey. —Un torrente de agua los sumergió. El joven actor hizo que brotaran aletas de sus extremidades para nadar a través de él.

—Rocco, no voy a poder hacer eso.

—Gera, entiende que esta es nuestra última opción. No tenemos más recursos. Ya perdimos a Videl. Tenemos que proteger a nuestras familias.

—También te vamos a perder a ti.

—A mí me perdieron desde hace mucho. “A veces hay que matar a la oveja enferma para salvar al rebaño”, como dijo la subinspectora. —Un potente ventilador los atrajo para destazarlos. El chico los transformó en materia gelatinosa. A pesar de ser tasajeados por las enormes aspas volvieron a recuperar sus formas. Geraldine no se la estaba pasando nada bien—. No te preocupes, no te puede pasar nada. Eres materia onírica. Esto solo lo hace para mantenernos ocupados y que no pueda sacarte de aquí. Recuerda que el verdadero peligro es que te quedes aquí y elimine tu recuerdo para siempre.

—Ok. Pero discúlpame, en caso de salir no voy a poder hacer lo que me pides.

—Videl lo hubiera hecho.

—Ah, bueno. Bien por él. Pero yo soy otra persona.

—Hazlo para honrar su memoria.

—No me chantajees así.

—¡Chingá! No tengo tiempo para convencerte.

Cuando voltearon se encontraron con un colosal Prr Prr Cat de quince metros en su forma multifelina. El muchacho intentó agigantarse, pero fue encerrado en una cápsula de la que sorpresivamente no podía escapar. El monstruo tomó a Geraldine con sus garras y la acercó a su hocico. La chica gritaba aterrorizada.

—No te voy a comer ni nada. Solo quiero asegurarme de que no detengas lo que estamos construyendo.

—¡Chinga tu madre, monstruo horrendo! ¡Mataste a mi hermano! Te vamos a joder a ti y a todos tus lacayos.

El muchacho se transformó en múltiples formas, pero no podía salir. Se teletransportaba fuera, mas era encapsulado de nuevo.

—Te dije que conocía este lugar mejor que tú. Estoy un paso adelante. —Rocco movía la boca, pero no podían escucharlo afuera. La capsula también bloqueaba el sonido interior—. Lo hice porque quiero que me escuchen. Sabotearon nuestra celebración, sin embargo, la misión sigue en marcha. Ya no puede detenerse. Sería una pena que nos abandonaras, Rocco, pero si es tu decisión, la respetaré aunque me duela. Lamentablemente ya no podrás ver el mundo que construimos.   

—¡Qué horror! —Dijo Geraldine—. Creo que ya me están dando ganas de suicidarme.

—Escuchen. Se me acaba el tiempo. Debo volver porque en pocas horas presenciaremos un evento espectacular.

—¿Y ahora con qué chingaderas nos vas a salir? 

—Realmente no haré mucho. Solamente tengo que enviar un mensaje por medio de un puente. —Ambos muchachos pusieron cara de preocupación.

—¿Estás hablando del tótem?

—Por supuesto.

—¿Y a quién se lo vas a enviar? —El monstruo sonrió siniestramente.  

—Escuchen bien los dos: todos somos prescindibles, solo el amor es eterno. Siempre encuentra las formas para triunfar. Sabe cómo abrirse camino. Yo, por ahora, solo soy su instrumento mortal. Me iré, pero mi sangre seca hará germinar una semilla. Partiré con la tranquilidad de hacer lo que nunca nadie se atrevería.

—Tengo una duda. No te gira mucho la ardilla, todos lo sabemos. ¿Cómo descubriste la naturaleza del tótem? Tan solo a la doctora le costó años entenderlo.

—Acepto tus irrespetos, Geraldine, porque admito que la sobreinteligencia no es mi virtud. Sin embargo, yo no tuve que descubrir nada. Como te comento, solo soy un instrumento.

—¿Que utiliza quién?

—El amor. —La bestia mostró los colmillos de manera amenazadora.

—Eso era lo que le preocupaba a la doctora. —Reflexionó—. Dinos: ¿le vendiste nuestra realidad a una amenaza interdimensional? —Rocco soltó puñetazos sobre el cristal de su cápsula al escuchar eso.

—Sembré las semillas para tener un mundo mejor. Alguien mucho más capaz que yo vendrá a cosechar los frutos. Sabrán entonces que toda la sangre derramada será el fertilizante que haga germinar la abundante cosecha de amor.

—¡Déjate de rodeos! Cómo te encanta hacerte el misterioso. ¡Qué mierda nos has hecho!

—Rocco: es tu decisión quedarte aquí o salir a recoger los frutos de nuestro huerto, pero quiero que sepas una cosa: no eres el único chico especial con un asimilador en la cabeza. Hay otras personas que también lo tienen. Si tú no vas a cooperar ellos lo harán. Hay una chica de tu barrio a la que iremos a visitar. Algo me dice que en su cabeza existe mayor sensatez que en la tuya. —El chico gritaba desesperado por la ira.

—Qué revelador es todo esto —dijo Geraldine con un semblante abrumado—. Bueno. —Cambió repentinamente de expresión. Ahora se veía animada—. Gracias por la info’. Era lo único que necesitábamos.  

—Un placer.

—Ahora sí podemos matarte.

—Es imposible.

—No. De hecho no lo es. Mira, no hay mnemotecnias ni esas mamadas. Todo fue un engaño.

—¿Tratas de confundirme? La mnemotecnia habita en mi cabeza, no aquí, en la de Rocco. La implanté como una opción para salvarme.

—No. Nosotros te hicimos creer eso. Es una de las fantasías en las que te introdujimos. “Al cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves?”, ¿recuerdas? —Rocco escuchaba atentamente sin reaccionar.

—Te advierto que no vas a jugar conmigo. Voy a borrarte en este momento y tu intento de juego mental quedará en una anécdota.

—Hazlo. No soy la verdadera yo. Mi compa y yo estamos afuera. Esto que ves es otra ilusión. Estamos a punto de destruir el tótem.

—No se puede destruir.  

—¿Ah, no? Bueno, podemos desviar las ondas que recibe de otra dimensión. La doctora sabe cómo hacerlo. —Rocco sonreía malévolamente.

—¿La doctora? Es verdad. Samantha debió tomar la pieza cuando me desmayé. ¡Maldita sea!

—Al cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves? Ja, ja, ja.

—¿Qué?

—Aún no lo comprendes, ¿verdad? Estás soñando, imbécil. Tienes los ojos cerrados. Te atascamos de somníferos.

—Ustedes no pueden entrar en mi mente.

—No tenemos que hacerlo. Te estamos induciendo en un sueño lúcido. Te dimos a beber el brebaje de una planta amazónica. El maestro de Parapsicología de Videl sabe cómo hacerlo. Tuvimos mucho tiempo para desarrollar esta idea. Llevas días aquí.

—Eso no puede ser. Ceferino debía rescatarme.

—Lo matamos.

—Jamás podrían hacerlo. Además, el puente debió conectarse minutos después de que me introdujeron aquí.

—No, la doctora desvío la señal. Te lo dije. No se conectó ningún puente. Seguramente intentarán conectarlo de nuevo, pero gracias a tu información sabremos qué precauciones tomar.

—No, no, no. ¡Mientes! Me quieres engañar. Tengo que despertar pronto.

—Ja, ja, ja. Ya es muy tarde. Al cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves? ¿La luna ensangrentada?

—¿Luna de sangre? ¿Eclipse lunar? ¡Lo sabes! El 15 de septiembre habría un eclipse lunar. Solo en ese momento se podría conectar el puente. No habrá otra luna de sangre en meses. ¡Necesitábamos esta oportunidad!

—Al cerrar los ojos…

—¡Cállate! No sé cómo lo descubrieron. No había forma.

—Otss —Le guiñó el ojo—. Tenemos nuestros trucos.  

—Debes estar mintiendo. Debe ser 15 de septiembre aún.

—¿Estás seguro? ¿Como cuando creíste que eran las 11 y en realidad eran las 12? ¿Como cuando creías que te llamabas Aldo y en realidad eras Félix? Las cosas no siempre son como tú crees. ¿Realmente eres el Salvador o solo un risible personaje? ¿Quién eres?

—¡Tú no sabes nada!

—Yo solo sé que hoy es 29 de septiembre.  

—¡No! Rocco, libérame de este sueño lúcido. —El chico encogió los hombros y torció la boca. Prr Prr Cat estaba sufriendo un ataque de ansiedad. Se vio obligado a sacarlo de la cápsula—. Libérame, te lo imploro. El puente tuvo que haberse conectado hace quince días. Si no hacemos algo ocurrirá una catástrofe.

—¿Cuál? —Dijo el muchacho confiado, sin mirar a la bestia, ajustándose los guantes con tranquilidad.  

—Hicimos un pacto con alguien. No te puedo decir quién es, pero créeme que si no cumplo con mi parte habrá consecuencias terribles.

—Está bien, te sacaré de aquí. Prepárate.

—¿En serio?

—¿Quién te está hablando a ti? Bye, Geraldine.

Ciao, Rocco. —Geraldine se esfumó, entre torrentes de vapor, de las manos de un Prr Prr Cat distraído. El monstruo se quedó perplejo. Comenzaba a sospechar que lo habían engañado.

—Es muy buena para estafar, ¿no? Hace poco la vi hacerlo con unos narcos. No se anda con rodeos.

—¿Me engañaron? Sí. Sí. Sabía que no debía confiar en ustedes. ¡Cómo se atreven! —De las garras de Prr Prr Cat salieron relámpagos y sus ojos se incendiaron con fuego púrpura.

—Ja, ja. Es verdad que tú y yo somos unos idiotas. Pero nuestra estupidez ya no dañará a nadie. Dentro de poco vamos a morir.

—No se atreverá a matarte.

—¿Qué importa? De cualquier forma ya no vas a salir de aquí. Este poder tuyo que desconocía, que me ayudó a provocarte un desmayo allá afuera, fue el mismo que usaste cuando nos raptaste afuera del museo, ¿cierto? No sé cómo pude utilizarlo. Fue involuntario, pero tú lo hiciste sin ningún problema. ¿Cómo es que no sabía de él? Pienso que es porque me lo ocultabas. Quizá lo has utilizado conmigo otras veces dentro de mi cabeza. Es algo parecido a lo que hace el subconsciente con los recuerdos dolorosos. Empiezo a creer que me has estado mintiendo desde hace mucho tiempo. Te voy a cobrar cada una de las mierdas que me has hecho.

—¿Deseas enfrentarme solo?

—Quizás un poco de ayuda me vendría bien. —Rocco chasqueó los dedos y apareció detrás de él toda la flota rebelde, La Guardia Florida y el Halcón Milenario, al cual volteó a ver con un dejo de melancolía.

—Ya veo. Es una lástima que el verdadero Videl no se encuentre ahí dentro.

—Solo es un bonito recuerdo que conservo.

—Ninguno de ellos es real.

—No. Solo son sueños. Nunca debieron salir de aquí. Igual que tú. ¡Muchachos!

—¡Sí, supremo líder! —Respondieron todos en coro.

—A divertirnos como en los viejos tiempos. —El joven actor encendió su sable de luz.  

El ejército y el agigantado Prr Prr Cat chocaron en una guerra impresionante.

Geraldine apareció en la Plaza Mariana rodeada de una espiral de vapor. El cuerpo de su amigo yacía dormido sobre el templete. Vio que soldados norteamericanos estaban limpiando la zona. Dos de ellos se percataron de su presencia. Se aproximaron apuntándole con armas largas. La chica tomó su blaster y les disparó. Aunque no tenía buena puntería los obligó a replegarse.

Afuera de la Basílica, el grupo de la doctora, en modo furtivo, se aproximaba a su nave, la cual, al haberse vuelto visible, era custodiada por dos militares. Los policías los noquearon a cachazos. Entraron a la nave. Nuevamente la volvieron invisible. Notaron, gracias al radiotelescopio, que el tótem estaba captando ondas, además, irradiaba calor y tenía una coloración rojiza.

—¿Qué le pasa? —Preguntó Mariano.

—Se está comportando igual que el día del Eclipse Fantasma —contestó la doctora preocupada.  

—No se irá a activar, ¿o sí?

—No si desviamos las ondas.

La subinspectora vs Ceferino

Muy lejos de ahí, en la zona boscosa del sur, casi en los límites de la ciudad, la subinspectora y Ceferino estaban sentados en un tronco. Fumaban Raleigh como si fueran viejos amigos.

—Ya veo, conque ese es el plan del gato —dijo Luisa.    

—Más que el plan del Redentor es el plan de… Ya sabes. Te lo acabo de decir.

—Sí. Sí. Entiendo. ‘Tá cabrón. —Expulsó una bocanada de humo y tiró la colilla al suelo para apagarla con su bota.    

—Solo el Redentor y yo lo sabemos. Nadie más de la Fe del Amor lo sabe.

—Ahora también lo sé yo.

—Sí, pero eso no importa.

—Pues estuvo bueno el cigarrito, pero debo irme. Me tardé mucho platicando contigo. Ni modo. Era necesario sacarte toda esta información. Ahora debo ir con la doctora para ver si lo podemos impedir. Y, por supuesto, sabes bien que tengo que matarte.  

—No podrás hacerlo.

—Sí. Mira, este pistolón te va a atravesar la jeta y allí te vas a quedar. —Le mostró el blaster ladeándolo.  

—Me refiero a que no podrás evitar el cruce dimensional.

—¿A ti qué te importa si ya no vas a estar para comprobarlo?

—Sí voy a estar. Te dije que no tenía ninguna habilidad para la batalla, sin embargo, eso no significa que no haya sido bendecido con un don.

—Pues yo te di chance de mostrarlo hace rato. Ahorita ya no puedes. —Le apuntó a la cara con el arma.

—Nunca sabrás cuál es mi habilidad porque ya olvidaste todo.

—¿Qué? —Luisa cambió radicalmente de semblante. Se notaba extrañada. Bajó el arma. Miraba todo como si estuviera perdida—. ¿Qué hago aquí?

—¿Ya lo olvidó? 

—¿Quién eres tú?

—Nadie. Con permiso. Debo retirarme.

—¡Espera! Perdí algo de mi memoria. No sé cómo llegué aquí. Estaba en la televisora y luego…

—Lo lamento. Yo solo vine aquí por un poco de leña. La encontré aquí muy alterada.

—¿Me hiciste algo, cabrón? —Le apuntó desesperadamente con el blaster. La muñeca le temblaba como nunca.

—Señorita, debería pedir ayuda.

Bajó el arma como quizá nunca lo hubiera hecho en ninguna otra ocasión. Revisó el intercomunicador. Cuando volvió a alzar la vista el hombre desconocido ya no estaba, se fundió con la oscuridad. Inmediatamente se comunicó con la doctora.

—Subinspectora, ¿ya terminó con su misión? La necesitamos aquí.

—¿Qué misión?

—Pues la que tenía asignada

—Perdón, ahora no puedo responder. —Cambió de canal para hablar en privado con Dorantes—. Dorantes, ¿me oyes? Tengo una emergencia. Perdí la memoria a corto plazo. Estoy varada en un bosque. No sé cómo llegué aquí.  

Dorantes vs El Suricato

El oficial no respondía porque seguía en su duelo con El Suricato. Los dos hombres dejaron las armas a un lado para batirse a golpes con el cerro del Tepeyac como testigo. Recibían las mismas trompadas que regresaban. La pelea era pareja a pesar de la diferencia de edad.  

—¡Ah! ¡Ah! Pinche ruco. ¡Ah! ¡Ah! —Apenas si podía hablar por la falta de aire. Se separaron unos segundos para reponerse —. Sí pegas duro.

—Pues pinches morros, ya no quieren hacer ejercicio. Se la pasan drogándose en las banquetas.

—¿Qué pasó, padrino? Si yo juego fron’ todo el día. Por eso tengo la manita pesada. Tú ya lo comprobaste por eso tienes el hocico todo hinchado. Pinches labios de mamador, mi’jo.

—‘Orita te los voy a dejar igual, hijo de tu puta madre.

Dorantes lo derribó. Le puso las rodillas en los brazos y lo golpeó brutalmente. El muchacho, enloquecido, escupió la sangre acumulada en la boca para carcajearse.

—Sería muy pendejo si no uso mis poderes para matarte, ¿no crees, perro?

—Haz lo que quieras. Pinche naco sin honor.

—¡Ah! ¡Cómo te las curas ‘conejo’, papá! Ja, ja, ja. Ya te di chance de rifarnos a tu manera, pero ahora va la mía.

El Suricato los teletransportó a la fuente de la Virgen de Guadalupe. Él aterrizó en el piso que está debajo, pero a Dorantes lo apareció a cuatro metros sobre las rocas, provocando que este cayera de forma violenta rompiéndose las piernas. Mientras el oficial aullaba de dolor, el capellán saltó dentro de la fuente para ir a finiquitar la batalla.

—No chille, no chille, mi ñero. Al chile a mí me vale verga el honor y esas mamadas. Bien que sabías en lo que te metías. —Trepó por las rocas hasta llegar a donde yacía Dorantes. Al darse cuenta de sus fracturas, no tuvo piedad para empezar a pisotearle las maltrechas piernas—. ¿Creyó que era coto o qué, mi’jo? Ahorita te vamos a sacrificar en honor a Tonantzin, no te agüites.

Aún con todo su sufrimiento, el oficial juntó las pocas fuerzas que le quedaban para sostener a El Suricato de una de sus piernas. Provocó que el capellán perdiera el equilibrio y estuvo a punto de caer. Para evitar golpearse contra las rocas, se trasladó hasta el backstage de La Catedral creyendo que ahí podría estar Rosario para apoyarlo. Desapareció de la fuente con todo y el oficial que se aferró a su pierna derecha.

Ambos oponentes aparecieron en la Plaza de la Constitución. El Suricato se llevó una gran sorpresa al encontrar una escena muy distinta a la que esperaba. La mitad de la Catedral estaba destruida. El escenario ya no estaba. La plancha estaba repleta de soldados agonizando. Centenares de militares llegaron a limpiar la zona. El cielo se había tornado rojo por el fuego derramado durante la guerra. No vio en los alrededores a ninguno de sus hermanos, mucho menos a su salvador. La victoria que creyó haberse consumado mientras peleaba simplemente no existió.    

—Jefa, acabo de encontrar al Dorantes —dijo una voz a sus espaldas.

El que era considerado uno de los creyentes más fieles en la doctrina de Prr Prr Cat intentó voltear. Nunca pudo conocer el rostro de la policía que le disparó porque una ráfaga entró por su ojo izquierdo y salió por su cráneo desapareciendo en la luz de las estrellas. Su cuerpo todavía no caía al suelo cuando Barragán ya estaba atendiendo a Dorantes.

—Jefa, aquí la Kiki de nuevo. El Dorantes está bien mal. Aguanta, Claudio, el Rocco tiene unas pastillas milagrosas. Ahorita que lo encontremos te tomas una. Perdón, jefa —le habló al intercomunicador mientras le quitaba la pulsera para formar escudos al cadáver del capellán—, no puedo ayudarle con la situación del Ceferino.

—¿Quién es Ceferino?

El vocero caminó hasta salir de la zona boscosa sin que nadie lo turbara. En la carretera paró un taxi.

—¿A dónde va, señor?

—Siga todo derecho. Yo le diré dónde dar vuelta. —Cuando arrancó el taxi sacó su cartera. Ahí tenía una vieja carta que Jezabel le escribió cuando cumplió quince años sin fumar. Las palabras de su pequeña lo conmovieron como cuando la leyó por primera vez. No pudo contener el llanto. Miró melancólico por la ventana.

En los alrededores de la Catedral, después de haberle aclarado un poco el panorama a la subinspectora, Barragán viajaba en una fragata pilotada por Jar Jar Binks. Buscaban desesperadamente una ambulancia debido a que Rocco no respondía. Los guerreros floridos hacían lo posible por detener la hemorragia de las piernas del oficial. Ellos habían concluido la misión de eliminar rápidamente a los hermanos que quedaban de pie. La policía notó que el canal de Geraldine nuevamente estaba activo. Le indicó al gungan que se dirigieran hacia donde estaba localizada la chica.  

Cuando arribaron a la Basílica, notaron que algunos soldados eran repelidos por un blaster. Encontraron a Geraldine defendiéndose sola contra un grupo de hombres armados. Jar Jar Binks condujo la nave hasta una distancia considerable para poder dispararles. Cuando logró ponerla a salvo, se estacionó para recogerla. Amapola cargó el cuerpo de Rocco. Los tripulantes pensaron que estaba muerto.

—Dios lo tenga en su santa gloria —dijo Barragán cuando subieron a la nave.

—Sí… ¿A quién? —Preguntó Geraldine.

—Pues al Rocco. Está petatiado, ¿no?

—¡Ah! No. Eso quisiera él, pero solo está desmayado. Gracias por ayudarme.

Geraldine ayudó a realizarle unos torniquetes a Dorantes. Buscaron en todos los bolsillos de Rocco las tabletas milagrosas, mas no hallaron ninguna. La única sobreviviente del trío fantástico les explicó que el supremo líder se las confío a Videl. Tuvo que hablarles sobre su dolorosa pérdida. Encontraron a unos paramédicos que ayudaban a todos los heridos en la zona de guerra. Barragán los obligó a subir a la nave apuntándoles con su arma.  

El grupo acordó reunirse con la doctora en la bodega donde fue hallado El Conectes puesto que todavía tenían que detener al tótem.

Ambos equipos se reencontraron, pero no había tiempo para ponerse al corriente de todo.

—Geraldine, lamento tu pérdida —dijo Mariano.  

—Gracias. Ya habrá tiempo de llorarle a mi hermano. Primero tenemos que acabar con esto.

—¡Ay, Dios! ¿Qué le pasó a ese hombre? —cuestionó asustada la doctora cuando vio a Barragán y a Cempaxúchitl bajar a Dorantes.

—Le hicimos unos torniquetes, pero perdió mucha sangre antes. Órale, cabrones, pónganse a hacer su chamba. —La policía primera se dirigió a los paramédicos, quienes no estaban muy alegres de haber sido secuestrados, pero tampoco pensaban dejar así al oficial.

Geraldine les explicó rápidamente todo lo que Prr Prr Cat dijo en la mente de Rocco. El equipo aceptó las noticias con preocupación.

—Bueno, ¿qué vamos a hacer con el chavo con el nombre de galleta? —Preguntó Samantha.

—Quiere que lo mate para que nos deshagamos de Prr Prr Cat de forma inmediata, pero de todos modos ya viene esa cosa de otra dimensión. Igual estamos jodidos.

—Podemos instalar en este momento el inhibidor de señal, un aparatito que mi equipo estuvo construyendo desde que me fui a San Topotenango. Yo también me percaté de que el tótem está presentando actividad inusual. ¿Te dio la hora exacta del evento?

—Solo dijo que sería durante la luna de sangre. O sea, cuando suceda el eclipse. Sin embargo, veo que ya ha comenzado y no ha pasado nada.

—Quizá están esperando la señal de Prr Prr Cat.

—Dijo que Ceferino terminaría el trabajo en caso de que él no pudiera.

—Esa es la cosa. —Interrumpió Barragán—. La subinspectora se iba a encargar de ese vato pero no pudo.

—¿Qué le pasó a esa mujer? —Cuestionó Samantha—.  Ya no terminé de entenderle nada.

—La idea era matar a todos los cabecillas de la organización. Hasta donde sé, matamos a todos menos al vocero. Nos comunicamos con ella y nos informó que algo extraño le pasó. Perdió la memoria a corto plazo. No sabe quién es Ceferino. Está perdida en el sur de la ciudad. Al menos tiene la nave y ya fijó las coordenadas para venir hasta acá, pero intuimos que no cumplió con su tarea.

—¿Qué hacemos primero? —Preguntó Mariano.

—Doctora, ¿entonces podemos desviar las ondas que recibe el tótem? ¿Se puede destruir el objeto? —Dijo Geraldine.

—Podemos bloquearle la señal, por así decirlo. No recomiendo destruirlo. Sería muy peligroso alterarlo en estos momentos. Aun así, cuando quemas un puente, alguien vuelve a levantar otro en su lugar. No creo que nos libremos de las amenazas aunque tengamos éxito en la misión.

—Pues ya nos preocuparemos de eso después.

La doctora abrió la caja de dominó en la que solía guardar el tótem. Cuando lo hizo, un enorme resplandor escarlata cegó a todos.

—¡Oigan! En todos los años que llevo estudiando esta cosa nunca lo había visto brillar así.

El objeto quemó su caja y cayó al suelo soltando humo. Ardía como el hierro cuando está recién forjado. Eso alarmó a todos.

En las avenidas de la ciudad, el taxista que transportaba a Ceferino volteaba a verlo constantemente.  

—Oiga, joven, ¿para dónde vamos exactamente? Es que la ciudad ahorita es un caos y yo no me puedo acercar para nada al centro. Imagino que está al tanto de todo lo que ha pasado.

—Sí. No se preocupe. Siga adelante. —El chofer no le dijo nada, pero se notaba un poco irritado.

Rocco vs Prr Prr Cat

En la dimensión onírica, Prr Prr Cat se multiplicó en cientos de clones para contrarrestar las fuerzas de su enemigo. El felino original se batía en un duelo de sables láser contra el chico. Se apoyaba de escudos individuales de grafito que aparecían cada que los necesitaba. La batalla era impresionante. Ambos hacían gala de sus habilidades en las tierras de la imaginación.   

—Me da gusto verte tan divertido como en otros tiempos, Rocco. Si esa es tu finalidad, yo estoy encantado de complacerte.

—En parte sí. Quiero pasar mis últimos minutos jugando con mis amigos imaginarios.

—¿Ahora Videl es uno de tus amigos imaginarios? Podrías materializarlo para devolverle la vida. Lo sabemos muy bien.

—No, estúpido. Ese no sería Videl. No lo puedo reemplazar con un recuerdo. Te voy a cobrar su vida con tu extinción.

—Rocco, entiende que el reino del amor te espera. Tú serías el emperador. ¿Qué tengo que hacer para convencerte? Te he dicho que mis intenciones de ayudarte a que entres en la compañía son verdaderas.  

—Ya no me interesa la estúpida audición. Hoy descubrí que detrás de ese deseo había motivaciones falsas. Esa obsesión que tenía se construyó por la falsa idealización de dos personas primordiales en mi vida. Después de saber la verdad, la dolorosa verdad, entendí que no tengo un verdadero motivo para vivir. Vaya, ni siquiera tengo identidad propia. Lo único que me queda eres tú y toda la mierda que has dejado detrás por conseguir un anhelo artificioso. No alimentaré más a esta bestia que hemos creado juntos.

—¿Entonces por qué no nos mataste desde antes? Tú sabías que al morir tú moriría yo. ¿Por qué desataste toda una guerra en lugar de suicidarte? Es porque muy en el fondo también me amas.

—Todos mis amigos lucharon para detenerte y salvar mi vida. Hubo gente que también pudo asesinarme, pero no lo hizo porque quedaba algo de sensatez en su cabeza. No podía tirar su enorme esfuerzo a la basura. El plan principal siempre fue atraparte y devolverte a mi mente. Confiamos en él. Dimos todo para concretarlo. Aún no fracasamos. Estoy cerca de eliminar tu recuerdo. Si mueres aquí, allá fuera viviré yo.

—Escucha: Ceferino es mi plan z. No tarda en llegar al puente. En cuanto me dé la señal yo saldré de aquí y pienso hacerlo contigo.  

—Muy mal de tu parte depositar tus esperanzas en una persona. Los humanos defraudamos siempre a quienes más nos aman.

—De eso se trata el amor. Hay que confiar ciegamente en quien quieres.

—Yo creo que se trata de aceptar al ser amado con todo y lo decepcionante que es.

—¡Rocco! ¿Necesitas ayuda? —Dijo Astro de Luca llegando valientemente a asestarle sablazos a Prr Prr Cat.

—Aquí estamos, noble supremo líder. —El Capitán Clavel hizo lo mismo, pero él atacaba con su lanza.

—Gracias, amigos, pero debo enfrentarlo solo.

—Como gustes —dijeron ambos al mismo tiempo. Se concentraron en batallar contra otros clones.  

Nuevamente en la bodega, el tótem se encontraba fuera de control. Cuando estaba a punto de perforar el piso con su calor, se elevó por sí solo como a dos metros de altura. Se mantuvo flotando frente a todos. Su brillo cambiaba de escarlata a amarillo, de verde a morado, de azul a blanco. Barragán se cansó de ser una espectadora y disparó con su blaster, los otros policías la secundaron, mas el objeto absorbió los impactos. Parecía una fuente de energía.

—Doctora, ¿ya está el inhibidor? —Gritó Geraldine ante el enorme zumbido que emitía la pieza.

—Ya. Puedo ver que estamos desviando las ondas, pero esa cosa no deja de hacer sus chingaderas —decía la antropóloga mirando a un monitor que era manipulado por Mariano.

—Usu, ¿qué te parece esto? ¿Tienes información al respecto?  

—Imagino que alguien está intentando comunicarse desde otra dimensión, pero no encuentra respuesta de este lado. Quizá por eso el objeto se ha sobrecalentado. El único que podría atender el llamado es Ceferino. Desconozco las consecuencias que pueda tener el rechazar la invitación interdimensional.

El brillo del tótem se intensificó captando la atención de todos. Parecía una divinidad, como el Espíritu Santo el día de Pentecostés. Uno de los paramédicos se arrodilló ante él. Barragán se persigno diciendo “Dios, de verdad existes”. De pronto, la pieza se desplegó. Entre cada cabeza de animal apareció un panel, en cada uno de ellos se trazaron extraños caracteres irreconocibles. Parecía un tipo de escritura antigua.

—Creo que está esperando a que alguien descifre una combinación —dijo Usurpador acercándose un poco—. Tal vez Ceferino sea el único que pueda leerla.  

La luz de cada uno de los paneles parpadeaba enceguecedoramente.

El taxi donde iba Ceferino al fin dio la vuelta. Ascendía por calles angostas y empinadas. En el asiento trasero, el vocero de la Fe del Amor veía el cielo rojo a través del cristal. Bajó la ventana para sacar la cabeza. Observó fijamente a la luna ensangrentada. Sacó una mano para palpar la brisa del viento con los dedos.

Rocco vs Prr Prr Cat

El enfrentamiento entre soñador y pesadilla se intensificaba.

—Me empeñé en construir un mundo nuevo para ti y así me pagas —reclamaba Prr Prr Cat mientras soltaba zarpazos. El chico protegió su rostro con una piel de hierro que rebotó los impactos.   

—Tu mundo se derrumbará porque fue construido sobre mentiras. —Le cortó la cabeza al felino, pero este la repuso inmediatamente.

—Yo me entregué a ti, pero tú jamás me devolviste ni una pizca de cariño. No tienes el valor de liberarte del odio.

—Lo siento mucho, imbécil. El amor es voluntario. No debes forzar a alguien a que te ame. De todos modos, tú ya tienes a todos esos locos que fingen amarte. Solo están contigo por interés.

—No comprenderías el amor que se vive ahí dentro.

—Tuviste que sobornarlos para que te quisieran. Qué patético. —Las palabras estaban calando en la bestia pues golpeaba con mucha más fuerza.

—En unos momentos más Ceferino te demostrará que su devoción por esta fe es firme.  

—Me agrada que confíes ciegamente en él. Se nota que nunca te han roto el corazón. Qué bueno que estés tan lleno de confianza. Tu caída será catastrófica y me alegraré de verlo.

Rocco cortó en dos a la bestia, esta desapareció ambas mitades. Apareció detrás de él con el cuerpo unido nuevamente. El chico volteó inmediatamente para cortarlo. El gato amagó con golpearlo. El muchacho retrocedió para esquivar el golpe, sin embargo, no se dio cuenta de que detrás de él otra cápsula lo esperaba. Prr Prr Cat lo volvió a aprisionar. Petrificó a todo su ejército, incluso al Halcón Milenario que asombrosamente arrasaba con hordas de clones. El supremo líder golpeó el cristal inútilmente. Prr Prr Cat se acercó flotando hacia él.

—Sí me han roto el corazón. Tú me lo has roto. Jamás olvidaré todas las veces que te salvé aquí en este mundo. Fui muy dichoso al hacerlo. A pesar de eso, te has comportado como un ingrato conmigo. No correspondes a mi amor. Debo irme. Sé que piensas que estoy loco, pero sigo haciendo todo esto por ti. Todo lo que soy lo aprendí aquí, en los rincones más tenebrosos de tu mente. Toda esta locura son deseos reprimidos tuyos. Jamás te hice olvidar nada, como dijiste hace un momento. Pude hacerlo, porque tengo ese poder, pero entendí que no ganaba nada con hacerte olvidar las cosas que te duelen. Lo mejor era que las superaras por ti mismo. Lo utilicé a las afueras del museo porque sabía que en ese momento era lo mejor para todos. Rocco, no te avergüences de lo que hay en tu subconsciente. Acéptalo, abrázalo y haz lo mejor que puedas con ello. Esto que hago es tu voluntad. Yo solo soy tu instrumento. Nunca más me volverás a ver. Ciao.   

Rocco percibió el olor a vinagre. Eso solo significaba una cosa.

Afuera, el tótem brillaba tanto que la bodega se tornó blanca. Se sentía como si estuviera a punto de explotar. A pesar de que era difícil visualizar las cosas, Geraldine se percató de que el lugar se estaba llenando de vapor. Corrió inmediatamente a observar el cuerpo de su amigo.

—¡Oigan! Hay vapor en la nariz de Rocco.  

—¿Va a salir él? —Dijo Mariano.

—No. Él no sale a través del vapor. No puede meterse físicamente en sí mismo. Solamente cierra los ojos para soñar.

—¿Entonces qué es lo que va a salir? —Preguntó Manríquez

—Quizá va a mandar un arma para destruir el tótem —opinó Melgarejo.  

—O quizás quien va salir es… Prr Prr Cat —dijo Geraldine con horror.

—¿Qué? —Se asustó Mariano.  

—No lo dejes que salga —vociferó la doctora.

—¿Qué hago entonces?

—La mejor opción es matarlo —aconsejó sin ningún empacho Usurpador—. Él podría permitir que el puente se abra.  

—No puedo. ¡Es mi amigo!

—Entonces lo voy a matar yo —dijo sin rechistar Barragán apuntándole con su blaster, pero Geraldine desvió su disparo. En ese momento Usurpador tomó su propia arma y se dispuso a acabar con el soñador.  

—¡No, Usu! Está bien. Lo haré yo. —Geraldine estaba resignada. Sabía que no podría salvar a su amigo de sus propios aliados asustados—. Esa fue su voluntad.

Usurpador dejó de apuntar confiando en la chica. El vapor aumentaba. Geraldine apuntó a su amigo en el corazón. Aún lo dudaba. Las manos le temblaban incontrolablemente. Mocos y lágrimas le escurrían por la cara.

Prr Prr Cat se desvanecía lentamente frente a Rocco. Se despidió de él con una amable sonrisa. Un gesto que jamás se le había visto al formal personaje.

El muchacho desgastaba energúmeno la luz de su sable en un cristal que era impenetrable. Los gritos de furia del vencido no los escuchó nadie más que él mismo. Resbalaba en un pantano de frustración. Miraba cabizbajo el surgimiento de un nuevo fracaso. Otro más a la colección. Su vida era un paseo de momentos vergonzosos. Pensaba que por eso todos estaban decepcionados de él. Empezando por Gino. Puede que fuera el peor hermano del mundo, pero tenía razón en algo: Rocco era un fracaso. Lloró por haber dedicado su vida a agradarle a él, a agradarle a su papá, a sus hermanos, a Videl, a Geraldine, a todo el mundo. Jamás logró ser la persona que visualizaba en sus sueños. Jamás pudo ni agradarse a sí mismo. Quería olvidarlo todo. Si tan solo pudiera meter todos sus recuerdos en una caja y prenderles fuego.

El taxista estaba por llegar a su destino.

—¿Es ahí adelante, joven?

—Si, por favor. Déjeme en la esquina.

Todos se mantenían expectantes ante el acto de Geraldine. El tótem comenzó a hacer unos ruidos impresionantes. Parecía que una avalancha se aproximaba. La chica rechinaba los dientes. La bodega se llenó de vapor.

Ceferino pagó y bajó del taxi. Sacó el último Raleigh de la cajetilla. Lo miró elegante bailar entre sus dedos. Lo colocó en sus labios. Gozó como nunca el sabor de la nicotina y el olor a alquitrán. Sacó su encendedor. Intentó prender el cigarro, pero después de cinco intentos el encendedor no produjo ninguna flama. “Una verdadera lástima” dijo el hombre. Tiró el cigarro al suelo y pasó por encima de él con seguridad.

El tótem esperaba impacientemente que alguien atendiera su llamado.

La mitad del cuerpo de Prr Prr Cat ya se estaba desvaneciendo. Rocco abandonaba la cápsula, pero volvía a ser encerrado. Tan solo necesitaba unos segundos para olvidar el recuerdo de su felino salvador. Su última jugada estaba por anularse. La bestia lo volteó a ver y le murmuró burlonamente a Rocco “al cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves?”.

Geraldine no tuvo más opción cuando vio que las espirales de vapor estaban ansiosas por materializar una nueva pesadilla. La derrota de Rocco era prácticamente un hecho. No había otro momento más que ese para terminar con la amenaza. Con un inmenso dolor, pensando en la muerte de su hermano y en los últimos momentos que pasó el trío fantástico cuando salvó a su amigo de la mansión, la chica derramó la última lágrima. Mientras esta le acariciaba la mejilla, su dedo se contraía para accionar el gatillo. Cerró los ojos para no presenciar el acto más doloroso que llevaría consigo durante el resto de su vida.

Rocco yacía sobre el piso de la cápsula recubriendo su frustración con lágrimas.

El gatillo se accionó, pero Geraldine no pudo ver el destino de su disparo porque una fuerte explosión los arrojó a todos a varios metros de donde se encontraban.

En el techo de la bodega rebosaba la luna de sangre en su escarlata esplendor. Un segundo de quietud. Nada se oía afuera hasta que la azotea estalló en miles de pedazos. Del lugar salió una kilométrica columna de luz que se estiró tanto que parecía conectar con la luna. Se podía observar desde varias partes del mundo

Una nave invisible sobrevolaba la zona cuando la explosión casi la alcanza. Tuvo que retroceder. Era la subinspectora, quien estuvo a nada de ser consumida por el impacto. Luisa aterrizó en un edificio. Bajó de un brinco. Se quitó el casco y en sus pupilas se reflejó la columna de luz roja que brillaba incandescentemente.

La bodega quedó destruida. Barragán usó la pulsera de El Suricato para crear un escudo de grafito que los protegiera a todos, pero aun así fueron arrojados por la fuerza del impacto. Todos terminaron dispersos.

Geraldine abrió los ojos. Estaba tiraba bocarriba. Le dolían los huesos. No tenía su blaster. No estaba segura de haber matado a Rocco. Se puso de pie, pero al intentar dar un paso casi cae en un enorme precipicio. Un gigantesco cráter se abrió en el suelo. Tuvo que esforzarse por mantener el equilibrio. Se alejó un poco de la orilla. Se hincó con cuidado para asomarse en el agujero. No se veía ni se escuchaba absolutamente nada. Aventó una piedra que desapareció al cruzar el umbral. Estaba por meter la mano cuando Usurpador la detuvo.

—No lo hagas. No te acerques. Lo que tienes frente a ti es un umbral a mi dimensión.  

A pocos kilómetros de ahí, la doctora intentaba acercarse al tótem que seguía emitiendo la interminable columna de luz. Detrás de ella, el inhibidor y el radiotelescopio estaban hechos pedazos. La subinspectora arribó al lugar.

—¿Quién es? ¿Quién está detrás de mí? —Dijo la antropóloga acercando sus dedos a la luz.

—Soy Luisa.

—“Luisa”. Qué raro oír que te llamas a ti misma por tu nombre.

—¿Qué está haciendo? ¿No es peligroso?

—¿Ubicas el cliché de los científicos que arriesgan su vida para lograr un descubrimiento? Bueno, soy una de esos.

Mientras remojaba su índice en el brillo, la subinspectora apuntó a la columna con su arma. Tras ver que no sucedía nada, Samantha introdujo toda su mano. Alcanzó a ver cómo unas líneas amarillas se dibujaban en su palma. Se le ocurrió mirar hacia arriba. Luisa la secundó. Los caracteres trazados en los paneles del tótem estaban proyectados, gigantescos, en el cielo negro. Eran perfectamente legibles para cualquiera. Ambas estaban maravilladas.

—Luisa, todavía es usted, ¿verdad?  

—Sí.

—Un poco más mansita, pero sí lo es. A ver, ¿qué piensa de esos caracteres?

—No reconozco este tipo de escritura.

—No, pues nadie. Una, porque no pertenece a este mundo y dos, porque no es una escritura.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque la entidad que forjó esto no pretende darnos un mensaje, solo dejar una huella. Un historiador y yo recolectamos algunas pistas sobre el origen del tótem. Fue de los pocos interesados en mi investigación. Descubrió que este mismo año se encontró una columna con tres cabezas talladas en ella en un templo abandonado de Tailandia. Tenía una escritura con caracteres muy similares a estos. Contactó a varios filólogos, arqueólogos y lingüistas. Nada. Es una escritura única en el mundo. Queríamos investigar más viajando allá, pero me vi envuelta en este inevitable suceso. Hablamos de la posibilidad de que alguien esté sembrando pistas por nuestro planeta. Nunca habíamos experimentado nada similar. ¿Por qué tendría que ser en esta parte del mundo? ¿Qué tenemos de especial los mexicanos o los tailandeses del siglo veinte?

—Nada. Creo.

—Así es. Seguramente fue una decisión aleatoria. No podemos saberlo ahora. Mi hipótesis es que esto está comenzando y si es un plan bien pensando nadie va a llegar a destruir todo na’más porque sí. El movimiento de la Fe del Amor ha actuado meticulosamente. No se detendrán ahora. Estamos en el paso número cero de un plan más ambicioso. Los aliados que colaboran de este lado deben saber de alguna manera que todo marcha a la perfección, pero ¿por qué no les manda un memo o un comunicado en lugar de esta pinche señal gigantesca?

—Porque también desea que todos nos enteremos de esto. Por eso también organizaron el espectáculo en las plazas.

—¡Exacto! El chiste es mostrar el músculo.

—¿Qué sigue ahora?

—¡Quién sabe! Ja, ja. Yo no soy la autora de esta ridícula historia, sin embargo, hay algo que quiero que vea. Cheque las tres cabezas del tótem. ¿Ya vio la que está enrojecida?

—¿La del lobo?

—Es un conejo. Tiene una pequeña marca debajo que aún brilla y es la primera cabeza en el sentido de orientación totémica.

—¿Es decir…?

—¿Ya vio la luna? Es a lo que le llaman luna de sangre. Un eclipse lunar. ¿Con qué animal asociamos a la luna?

—Con el conejo.

—El tótem podría dar indicios de en qué fechas sucedería un cruce dimensional, porque si lo ve la siguiente cabeza es un tigre.

—¿Alguna fecha asociada con los tigres?

—¿El calendario chino?

—Podría ser en el siguiente año del tigre

—¡Ah! ¿Ya ve? Yo sabía que usted era lista y relista. Tiene razón, es probable que en el siguiente año del tigre el tótem se vuelva a conectar. Quizás por ahora ya no corremos más peligro, aun así, la niña Geraldine nos explicó que el gato estaba muy ansioso por atender al llamado del tótem y dijo que el tal Ceferino era el único que podía hacerlo en caso de que él no saliera.

—Perdóneme por haber olvidado quién era.

El teléfono de la doctora comenzó a sonar.

—¿No lo había apagado? Es un número desconocido. ¿Bueno?

—Aún no están listos.

—¡Uy! Qué miedo. ¿Esa es toda la broma?

—Ese es el mensaje que pretenden darles. Yo solo soy el mensajero.

—O el vocero. Eres Ceferino, ¿cierto?

—Lo soy. —Ceferino estaba en su casa. Su esposa y Jezabel alistaban unas maletas. Portaba un sombrero y un abrigo.

—Nos quedamos esperándolo.

—No fueron los únicos. Decidí renunciar a mi misión. Por mis propios principios y la seguridad de mi familia.

—Pues nada más provocó que los entes del más allá se alborotaran.

—No hay entes, doctora. Usted no es capaz de comprender la naturaleza de eso a lo que se refiere.

—¿Y usted sí?

—Yo solo recibí el mensaje de nuestra visita. No hay nada más que sepa: la humanidad no está lista. Es todo lo que me dijeron.

—Sí. La señal del cielo. Gracias por confirmar nuestras intuiciones. ¿Como pa’ cuándo vamos a estar listos?

—No tengo más que decirle. Podría obligarla a que me olvidara, así como a la subinspectora, pero me gustaría que nos volviéramos a ver.

—A mí no.

—No pierdan su tiempo intentando buscarme.

—Yo nunca pierdo mi tiempo.

—Todos lo hacemos. Hasta pron… —Le colgó.

—Pinches hombres. No sé por qué piensan que se ven bien haciéndose los misteriosos. Bueno, busquemos a lo que queda de nuestro equipo antes de decidir qué hacemos con el tótem. No estoy segura de que podamos tocarlo ahora y me gustaría escuchar ideas. Seguramente Mariano tendrá un sabio consejo. No lo digo con sarcasmo. En fin. Ahora debería viajar a Tailandia. Me vendría bien un poco de protección.

—Cuente con ella.

Ambas subieron a la nave de la subinspectora.

Ceferino salió de su casa acompañado de su esposa y su hija. Cargaban grandes maletas y se veían apurados. Antes de emprender su próximo viaje, le dio un beso en la frente a Jezabel.

—Mi amor, ¿recuerdas ese lugar maravilloso al que te prometí que iríamos?

—Sí, papi —dijo con un enorme puchero en su cara.

—¡Vamos a ir para allá! No te preocupes por nuestra casa ahora. Vamos a ir a un lugar mejor. Ya lo verás cuando lleguemos.

Lola tomó de la mano a su adorable hija y del brazo a su elegante esposo. Ella no se quedaba atrás pues, además del maquillaje, el vestido y el sombrero, cubría su mirada con unos ostentosos lentes de sol.

La familia caminó hacia un auto negro con los vidrios polarizados que los esperaba afuera de su casa.

Rocco vs Prr Prr Cat: el asalto final

En otro punto de la orilla del cráter, un descarnado Prr Prr Cat cojeaba buscando acercarse a la columna de luz. En el hombro derecho cargaba el cuerpo desmayado de Rocco, en el izquierdo tenía la clavícula expuesta. Pero no era el único hueso que se asomaba, también su rodilla derecha, su codo izquierdo, su barbilla. Derramaba sangre por una rajada que tenía en el abdomen. Ya no era dueño de su cola, la cual se pudría unos metros atrás. Sus colmillos estaban partidos a la mitad. Había perdido la vista de su ojo izquierdo.

Al fin llegó hasta el tótem. Bajó con cuidado a su amado para acostarlo en el suelo. Todavía tuvo fuerzas para matar a los militares que intentaban levantar el objeto.

—El amor se adueña de uno para nunca más soltarlo. Yo no sabía que después de todo lo que me hiciste me quedarían ganas de salvarte la vida. Te protegí con mi cuerpo de esa explosión. Supongo que el cariño que te tengo morirá hasta que me extinga. —Se le acercó con pasividad. Le acarició tiernamente la cara con su garra. Lo movió con suavidad para despertarlo. El muchacho dio indicios de recuperar el conocimiento—. ¡Ah! El amor lo puede todo. ¡Qué maravilla! Volverás a despertar. Justo a tiempo para verme completar mi misión.

A la debilitada bestia le costó un mundo poder agacharse para levantar el tótem. Respiraba por la boca. Emitía pujidos como un animal agonizante. Con el ojo derecho produjo un patético resplandor púrpura que apenas si pudo empatar con los paneles de la pieza. Al recibir la luz, el objeto se contrajo para recuperar su forma original. La columna resplandeciente y los caracteres fueron absorbidos por cada una de las cabezas que volvieron a enfilarse. El multifelino se tiró al suelo bocarriba. Tenía las extremidades extendidas. Su costilludo abdomen se inflaba con sus jadeos.

—¡Lo logré! El mensaje ha sido respondido. Ahora Ceferino debe encargarse del siguiente paso porque la vida no me va alcanzar ni siquiera para levantarme del suelo.

—¿Cuál es el siguiente paso? —Dijo Rocco levantando la mitad de su cuerpo.

—¡Mi amado! ¡Gran júbilo! ¡Lo logramos! Qué alegría que hayas despertado para celebrar nuestro triunfo. Nos costó la vida, pero el amor nos impulsó a completar la misión.

—¿Cuál es el siguiente paso, cabrón?

—¿Sigues con esa actitud? Bueno, no importa. Qué mas da que nunca tenga tu afecto. Lo di todo por ti, por la humanidad, por la existencia. Las generaciones venideras lo valorarán. No eres el perdedor que siempre has pensado. ¡Ahora eres una leyenda! Hemos dejado un legado.

—¿Te refieres a mi vecina y a los otros infectados por el asimilador?

—Qué horrible no poder verlo, ¿no crees?

El chico se sobresaltó al ver el tótem en su garra derecha. Se puso rápidamente de pie. Desenfundó su sable láser. Con dos relampagueantes movimientos cortó la mano de la bestia. Prr Prr Cat chilló, pero no por el dolor, sino por el hecho de ver que su apreciado objeto se desprendía de su cuerpo. Cuando el joven se arrojaba hacía la pieza, el ágil felino hizo gala de sus reflejos al tomarla con su hocico. El sablazo de Rocco no pudo decapitar al monstruo porque se volvió invisible junto con el tótem.

—¡No! ¡No! ¡No! ¡Puta madre! ¡No!

—Ya no me queda vitalidad para teletransportame, tampoco para estar en otros lugares al mismo tiempo. Así que me quedaré aquí, pero no podrás encontrarme. Ceferino está por llegar. Eso fue lo que acordamos. Ya debe de estar cerca. Yo moriré, tú morirás, mas mi vocero se llevará la pieza y jamás lo podrán encontrar.

El energúmeno muchacho no sabía que Ceferino había huido con su familia desentendiéndose de su maestro. Prr Prr Cat de verdad se veía en las últimas. Rocco hacía lo posible por encontrarlo, sin embargo, todos sus esfuerzos eran en vano al ver que su sentido de la vista era inútil ante una estrategia tan simple.

La doctora y la subinspectora habían encontrado a Mariano, Dorantes, Barragán, Melgarejo, Manríquez, Jar Jar Binks y a los guerreros floridos. Volaban en una nave buscando a Geraldine cuando vieron el enorme cráter en la tierra. Antes de que pudieran acercarse, la chica les hizo señas desde abajo. Por el intercomunicador les advirtió que no se acercaran. Se estacionaron para permitirle abordar el vehículo.

—¿Qué carajos es eso, bonita? —Preguntó la antropóloga.

—¡Algo! ¡Un hoyo! ¡Un cráccccter! ¡Un umbral! Ets. Ta. Chts.

—¡Cálmate, por Dios! Ni puedes hablar.

—No hay tiempo. ¿Dónde está Rocco? Tenemos que encontrarlo antes de que lo encuentre Usurpador.

—No mames que no lo mataste. —Le recriminó Barragán.

—Pues su canal está activo otra vez. —Apuntó Mariano.

—¿Qué? ¡Es verdad! Subinspectora, llévenos a donde marca su ubicación.

—Espérate. —Samantha se dirigió a Luisa. Luego volteó a ver a Geraldine—. ¿Por qué lo está buscando mi Usurpador y qué tiene eso de malo?

El vencido supremo líder se cansó de cortar objetos con su láser. No atinaba ni por un instante a su enemigo. La pesadilla encarnada le hablaba cada cierto tiempo para convencerlo de que aceptara su destino.

—¡Cállate, carajo! ¿Por qué nunca te callas? Te hubiera imaginado sin lengua, así me habría evitado todo esto.

Pero las palabras del orador no cesaban. La palabra amor se repetía cada tres frases. Rocco la escuchó tantas veces que sintió asco por ella. Repulsión. Ya no representaba nada relacionado con el afecto. Todo lo que le venía a su mente al oírla eran pensamientos repugnantes. El amor de su padre, el de su hermano, el de su madre eran una aberración. Veía a las cuatro letras vocalizarse en los labios del animal, expulsadas por su boca putrefacta, con los dientes llenos de sangre gangrenada. Imaginó el fétido aliento que debía salir de ahí. La imagen le provocó náuseas. Recordó que Videl, una de las personas que más lo había amado en el mundo acababa de morir. Una catástrofe se erigió en nombre del amor.

Se dobló para vomitar. Soltó el sable. Al terminar de purgar su estómago colocó sus manos en sus oídos. Prr Prr Cat no se callaba. Lo torturaba con su voz. Un sonido infernal. Ruido. Un escándalo que se propagaba a través de ondas invisibles que se alojaban en sus oídos. Entonces su mente se iluminó. Con el cuerpo empinado y la barbilla casi pegada al suelo; con las manos sobre la nuca y los antebrazos a los costados de sus orejas, dirigió su vista al frente. Sus dientes tintineaban. Bufaba como un toro levantando el polvo del piso. La quijada le temblaba. Sus pupilas se dilataron. Volvió a tomar su sable.

—Ya sé. Ya sé cómo. —Prr Prr Cat no se callaba—. Sigue hablando hijo de perra. No cierres el hocico. —El profeta del amor levantaba la voz con ímpetu. Cada vez más animado. Quería perecer predicando sus dogmas. Tamborileaba las garras de las patas sobre el pavimento—. Muy bien. Ja, ja, ja. Ya te encontré.

Apoyándose con su oído ecolocalizador y sus fosas estereofónicas, dio con la ubicación de su enemigo. Encendió el sable con decisión. Giró en ciento ochenta grados. Dio un salto inverosímil y se arrojó hacia el profeta. Prr Prr Cat miró por encima de sus bigotes chamuscados al rozagante muchacho a punto de embestirlo. El láser surcó a través del viento hasta cercenar las piernas del emperador onírico. El extremo dolor lo debilitó aún más despojándolo de su capacidad para volverse invisible. La mutilada ensoñación se mostró una última vez. Los músculos de la cara no le respondieron. Soltó el tótem. Rocco fundió la pieza con su arma. No quedó nada de aquel enigmático objeto. Prr Prr Cat, al fin derrotado, estrelló su hocico contra el concreto. La refulgente espada se contrajo y el ahora vencedor se sentó a lado de su otrora salvador a esperar su muerte.   

Rocco miraba a una hilera de hormigas cargar un pedazo de pan. Pensaba en lo afortunadas que eran al no ser conscientes del amor, la religión, los sueños, la familia, ni ningún otro concepto que pudiera originar una guerra. El pan se les cayó. El chico lo tomó con sus dedos. Oyó que alguien se acercaba.

—¿Usu? —Le extendió la mano.

La nave pilotada por Luisa arribó a la ubicación del muchacho. Geraldine intentó comunicarse con él.

—Bonita, de veras no te creo que mi Usu sea capaz de eso —dijo la doctora sin recibir respuesta ni atención de la chica.

Usurpador también le extendió la mano. El victorioso muchacho vio que el canal de su amiga requería atención. Volteó a ver al cuerpo que tenía enfrente antes de responder.

—¿De verdad quieres acabar con esto? —Le dijo Usurpador—. Entonces no atiendas el llamado de Geraldine.

Rocco apagó su intercomunicador. El visitante de otra dimensión se agachó para tocar el cuerpo despedazado de Prr Prr Cat y también sujetó la mano del chico. Geraldine gritó con todas sus fuerzas mientras los tres seres desaparecían.

La luna volvió a su argentada tonalidad. El cráter se convirtió en un abismo poco profundo de rocas y tierra. El viento limpió las flamas del cielo. Como pocas veces en la Capital, las estrellas fisgoneaban en el firmamento viendo a la humanidad levantar los escombros de su planeta. Quisiera el mundo haber despertado de una horrible pesadilla, pero eso no sucedió.

Rocco despertó sumergido en una oscuridad agobiante. Jamás había visto un negro tan pesado en toda su vida. Abrumado, quiso hablar, pero no escuchó su voz. La sensación era sofocante. Se sentía incorpóreo. Sin embargo, en plena crisis pudo conservar la cordura cuando percibió el aroma a vinagre. Tenía la sensación de que alguien le dosificaba el aroma en un patrón que se repetía cada cierto tiempo. Fue hasta después de mucho que entendió que trataban de comunicarse con él, pero era sumamente complejo decodificar el mensaje.

Estuvo así por un tiempo incalculable. No tenía ni idea de cuántos minutos u horas habían pasado. Era como si olvidara la percepción cronológica. Finalmente, una voz dentro de su cabeza lo llamó.

—Rocco, te pido que no pierdas la razón. Sé que este ambiente es sumamente hostil para ti, pero trataré de apoyarte. No intentes hablar ni mover los labios. Solo conseguirás frustrarte. Mejor piensa. Piensa en lo que vas a decir y yo lo escucharé.

—¿Me oyes? ¿Me oyes?

—Exacto. Así es como podemos comunicarnos.

—¿Estoy muerto? ¿Quién eres?

—Soy Usurpador. Lo lamento, Rocco, no estás muerto. Estás en mi dimensión. “La dimensión oscura”, si la quieres llamar así.

—¿Por qué me trajeron aquí? Estaba a punto de morir.

—Te pido una disculpa. Yo no decidí que vinieras aquí. Realmente fuiste atraído hasta acá. El asimilador madre nos reclamó a ambos.

—¿Para qué?

—Rocco, su naturaleza no es como la de los humanos. No se guía por razones ni motivaciones. Esta es una realidad totalmente nueva para ti.

—¿Cuánto tiempo ha pasado?

—Aquí no medimos el tiempo. Es imposible saberlo.

—Deben haber sido unas horas.

—Tal vez en tu realidad ya hayan pasado millones de años.

—¿Qué? Yo no puedo estar aquí. ¡Mátame, por favor!

—No tengo la facultad para hacer eso.

—¿Cuándo moriré?

—No existen las fechas aquí.

—Bien, si no me alimento mi cuerpo perecerá.

—Lamento mucho lo que te voy a decir: tú ya no tienes cuerpo. Ahora solo eres una consciencia. El asimilador de tu cabeza seguirá siendo usado como instrumento para extraer tu información. Hasta que termine su misión, ambos morirán.

—No. ¡Maldita sea! ¿Por qué no me dijiste que pasaría esto? Esta realidad es horrible. Estoy asustado. Quiero llorar, pero no tengo lágrimas ni puedo hacer gestos. Se siente como cuando pruebas algo insípido. Por favor. Sácame de aquí.

—Mientras estuve en tu realidad hice todo lo que pude para ayudarte. Ahora ya no tenemos ningún interés en común. Y aunque quisiera, no puedo hacer nada por ti.

—Espera, quizá aún pueda salir de aquí. ¿Dónde está Prr Prr Cat?

—También fue reclamado.

—¿Está aquí?

—El asimilador madre se encuentra extrayendo sus conocimientos ahora mismo. Tiene un interés genuino en él. Pero a diferencia de ti, Prr Prr Cat sigue inconsciente. Lamento decir que no puedo garantizar su muerte y aunque perecería, el vínculo entre ustedes ha finalizado. Ambos son dos consciencias independientes ahora.

—¿Al menos tengo voluntad sobre mi mente?

—Así es. Nadie modificará tus pensamientos. El hecho de que el asimilador trabaje no quiere decir que te restará autoridad sobre lo que decidas.

—Estoy totalmente jodido. Todo se fue al carajo. ¿Qué me queda ahora?

—Bueno, conservas todos tus recuerdos, tus conocimientos, tus ideas. Creo que solo te queda una cosa por hacer: soñar. Ahora puedes hacerlo libremente, sin miedo a que tus pesadillas arruinen tu realidad. Ahora el mundo onírico es tu única realidad.

—Creo que siempre quise vivir dentro de mis fantasías. La realidad es dolorosa. Solo nos queda el dulce alivio de los sueños. Espero que la muerte sea un sueño eterno. Los humanos merecemos eso.

—Aquí no existen los merecimientos.

—¡Ja! Ni siquiera tengo que cerrar los ojos. Ya está todo oscuro.

—Y en esta oscuridad, ¿qué es lo que ves?

—El suave veneno de lo imposible.  

 

En una noche aterciopelada. En un teatro muy elegante, enorme, una verdadera bóveda revestida de oro y guinda, atiborrado de gente autoproclamada conocedora del buen gusto, vestida de etiqueta, una obra se llevaba a cabo.

Una luz central dibujó un círculo amarillo en un fondo negro. El público educado estaba en silencio. Un actor escapó de las sombras para refugiarse en el círculo. Con elocuentes ademanes, finas expresiones y una voz elegante. Con una pasión incendiaria el personaje cobró vida gracias a la astucia del actor. No reconocían el nombre en el programa.

El personaje dijo su nombre y era todo lo que sabían. La historia cobró sentido con aquella magnífica interpretación.

Conmovió exprimiendo lágrimas de los sacos de carne. Tocó corazones, movió consciencias.

Ocurrió un milagro, de esos que solo el arte puede lograr. Un milagro histriónico, que le valió llevarse un alud de aplausos, un concierto de chiflidos, una tormenta de rosas a sus pies.

Una luz famélica se devoró al anfiteatro para teñir todo de amarillo. El público de pie, el actor de rodillas. Elevando besos con un finísimo ademán, que, como burbujas de jabón, se estrellaron en los trajes de los más distraídos.

La obra: un éxito como en cada fecha. Infinitas representaciones. Nunca se supo cuál fue la primera ni cuál sería la última. Pero qué importa, el chiste es deleitarse mientras sea posible.

Entre toda la gente elegante, ahí, en primera fila, había rostros familiares: Videl y Geraldine. Isaac y toda su flota: Jesús Ramón, José Agustín, Carlos Alfredo, Gloria Alejandra, María Margarita y la pequeña Sofía Leticia en los brazos de Candelaria. Aurora, la madre de Rocco. También estaba la subinspectora Luisa acompañada de Dorantes, Melgarejo, Manríquez y la Kiki; la doctora con Mariano; Usurpador y la familia del usurpado Alexis: su esposa Paloma y su hijo Michelle. Los padres y los abuelos de los hermanos León. Leandro con su novio. Carmela. Atrás de ellos se encontraban el general Astro de Luca, Adara Milakis, Harrison Ford, Ahsoka Tano, Noketzal Ijupi, Freya Leonore, Jar Jar Binks y todo el ejército de la Alianza Rebelde. Desde los palcos observaba El Rey Altazor Gastón Garañón III con Reginaldo, escoltado por el Capitán Clavel, Narciso, Cempaxúchitl, Amapola y el resto de la Guardia Florida. Todos de pie, aplaudiendo la maravillosa interpretación de Rocco, quien fue levantado en un abrazo por su hermano Gino, el coprotagonista de la obra. Los hermanos se abrazaron más fuerte y el aplauso fue ensordecedor.

—Felicidades, cabrón, lo lograste —dijo Gino.

—Todo fue gracias a ti. Tú me inspiraste a hacerlo —contestó Rocco.

—¡Cumpliste tu sueño!

—Nuestro sueño. Yo siempre quise esto: convertirme en actor profesional y actuar a lado de mi hermano, con todos nuestros seres queridos presentes.

—Pues ya no es un sueño. ¡Ahora es una realidad!

—¿De verdad lo crees?

—Es en serio —dijo una voz gruesa que se escuchó tras bambalinas. El teatro hizo silencio en instantes. Todo el elenco se partió en dos para hacerle pasillo a alguien. Las luces se apagaron nuevamente. Una luz cenital alumbró desde bambalinas—. Te felicito, Rocco. Me da gusto ver que el amor te impulsó a cumplir tus sueños. —El ser del que provenía la voz se iluminó. Era un pequeño gato negro con una capa y ojos púrpuras. Se acercó a Rocco.

—Si tú estás aquí significa que es un sueño o, más bien, una pesadilla. —Reflexionó el consagrado actor apartando a Gino de la cercanía del gato. En medio del escenario únicamente permanecieron Rocco y el gato.

—No, mi amado. Si yo estoy aquí significa que el milagro del amor trasciende realidades.

—Tengo todo lo que siempre soñé. No necesito tu amor.

—Tú me necesitas. Siempre me vas a necesitar porque necesitas el caos, porque de sus cenizas florece el verdadero amor. De no ser así, jamás me hubieras creado.

—Si te creé, te puedo destruir.

—Entonces, ¿por qué aún no lo haces?

—Porque el día que lo haga será el día que tendré que despertar y aún no estoy listo para abrir los ojos. 

El telón se cerró cubriendo a los dos individuos por completo, pero nadie en el teatro volvió a hacer ningún ruido. Todo se quedó a oscuras y en silencio.

 

 

 

 

FIN

Comentarios