CAPÍTULO FINAL: AL CERRAR LOS OJOS…
Cuando estiró los brazos para tomar la lata de sardinas se pinchó el pulgar. Alivió el ardor chupando las gotas de sangre. Hizo un sonido de vacío al expulsar el dedo de la boca. Tomó otra lata. Mientras buscaba el atún se dijo a sí mismo “qué descuidados son en esta tienda”. Tomó el atún.
A las dos latas añadió una de
frijoles bayos refritos. Por las bocinas cenitales se escuchaba El Gato que
Está Triste y Azul. “Qué bonita canción. Ya no hacen canciones como esas”,
volvió al monólogo.
Hacía malabares para no dejar
caer las latas, todo por no haber tomado un carrito pensando que sería
demasiado.
Esperó más de quince minutos
en la fila “rápida”, aun así saludó con una sonrisa a la cajera.
—Buenos
días.
—Tardes
ya.
—Pero
si todavía no son las 12.
—Ya
pasan de las 12, señor. ¿Encontró todo lo que buscaba?
Asintió con una sonrisa. No
quiso discutir asuntos de convencionalismos intrascendentes. Revisó su reloj de
pulso por si acaso. 11:30. ¿Por qué habría mentido la cajera? Un adolescente le
entregó sus pocas latas en una enorme bolsa de plástico. El chico se indignó
con los pocos pesos que recibió de propina.
—Gracias.
Buenos días. —Se despidió del cerillito.
—Buenas
tardes.
Salió de la tienda diciendo
que no con la cabeza. Pensó en lo mucho que contamina el plástico. “Ojalá en un
futuro usáramos bolsas de tela para salvar al planeta”, concluyó.
Tomó un taxi para dirigirse al
dentista. Estaba a tiempo, pero un embotellamiento lo retrasó por veinte
minutos. En esta Capital nadie llega temprano.
Al fin arribó al consultorio.
Al despedirse del taxista prefirió evitar el buenas tardes o buenos días.
Corrió hacia la puerta, pero
encontró a la recepcionista bajando la cortina de acero.
—Buenos…
Emm. Hola. ¿Ya se fue la dentista?
—Hola.
Ya. Lo estuvo esperando una hora. Salió a comer.
—Pero
si solo llegué cinco minutos tarde.
—Una
hora y cinco minutos tarde.
—Señorita,
perdón pero son las 12:05.
—Mire.
—Le mostró la pantalla de su celular—. 1:06, ¿ya vio?
—Discúlpeme.
Creo que mi reloj está mal.
—Ah…
Ja, ja, ja, ja. —Escupió una carcajada hacia las nubes—. Los pacientes inventan
unas cosas que de veras. —Caminó sin voltear a verlo—. Llame dentro de una hora
para que le reagende la cita.
Se quedó sobándose los
molares, viendo cómo la recepcionista se ladeaba con sus tacones. “¿Qué le pasa
al mundo hoy?”.
Mientras caminaba en sentido
contrario escuchó en la radio de un puesto de tortas “ya es la una con veinte
minutos, mi gente bonita”. Entonces confirmó que el ‘contreras’ era realmente
él.
Al otro día despertó a las 9
am. Tuvo que ajustar su reloj. Encendió la computadora y la televisión para
verificar que fuera la hora correcta. Ahora sí, ya no habría contratiempos.
Era su día de descanso. Aprovechó
para ir al banco a cambiar de afore.
El chofer del pesero iba
escuchando el programa de radio estelar. “¡Son las 10:35!”. Consultó su reloj
por si acaso. La hora concordaba. Reflexionaba sobre lo fácil que se
descomponen los relojes de manecillas. Mientras, de fondo, se escuchaba “La
Gata Bajo la Lluvia”. Tocó el timbre de bajada. El chofer nunca frenó por
completo. Bajó trastabillándose.
Al llegar a la fila saludó a
la última persona formada.
—Buenos
días.
—Buenos
días. —Se sentía tan bien recuperar la normalidad.
Al entrar a la sucursal le
pareció que muchos de los presentes tenían el perfil de asaltante que aparecía
en los carteles del banco. Estaba un poco nervioso. Después de esperar por
cuarenta minutos al fin fue su turno. Saludó amablemente a la ejecutiva.
—Buenos
días.
—¿Todavía
son días? Es que ya no sé ni qué hora es. —Revisó su celular—. ¡Ah, sí! Son las
10:40.
—¿Qué?
No. No, señorita. Son las 11:40.
—No,
señor… ¡Ah, no! Sí. Tiene razón. No sé por qué vi que eran las 10. Le digo que
ando bien distraída.
—¡Ah!
Ja, ja. Ya me estaba poniendo nervioso.
—Tranquilo,
señor. El tiempo no hace nada. Permítame su identificación, por favor.
—Aquí
tiene.
—Gracias,
señor… Félix.
—¿Disculpe?
—Félix
Ortiz Zamudio.
—No.
Yo no me llamo así. Mi nombre es Aldo Almazán Pérez.
—No. A
menos que me haya dado otra identificación.
—¿Cómo
cree que le voy a dar otra identificación? Pues si es la única que tengo.
—Mire.
Además, creo que usted no es el de la foto.
—¿Quién
es esa persona? —Al observar la credencial se dio cuenta de que efectivamente
no se trataba de él. No entendió por qué esa identificación estaba en su
cartera en el mismo lugar en el que siempre la guardaba. Se revisó las bolsas
de la ropa desesperadamente—. Oiga, ¿no me habrá cambiado la credencial? ¿No la
habrá revuelto con otras que tiene ahí?
—No,
caballero. Mire, aquí no hay más credenciales.
—No
sé, señorita. Usted anda muy distraída hoy. —Levantó el teclado de la computadora,
la almohadilla del mouse también. Estaba intranquilo. La voz le
temblaba.
—Señor,
tranquilícese. Sin su verdadera identificación no puedo ayudarlo.
—Le
doy mi CURP. —Alzaba la voz gradualmente. Sudaba por la frente.
—No,
señor. Necesitamos la credencial.
—Ni
que estuviera suplantando otra identidad.
—No
dije eso, caballero. Es la política del banco.
—¡Ustedes
nunca hacen bien su trabajo! —Dio un manotazo en el escritorio—. ¡Nada más nos
hacen perder el tiempo!
Salió irritado de la sucursal
cuando vio que un policía se le acercaba. Huyó despavorido como si pensara que
lo fueran a arrestar. Se alejó lo más pronto que pudo del banco. Volvió a mirar
la credencial. ¿Quién demonios era ese tal Félix? Primero la hora y después la
identidad. Eran pequeños detalles que le advertían que no estaba tomando el
control de su vida. Sin embargo, cuando volvió a mirar la identificación notó
algo extraño: su dirección era la misma que la del tal Félix. Los nervios se le
pusieron de punta.
Corrió al café internet más
cercano. Realizó la búsqueda de su CURP. La base de datos arrojó el nombre de
Félix Ortiz Zamudio. ¿Cómo era posible? Las iniciales de su nombre completo
tenían que concordar. Pensó en su nombre, pero… Ya no lo recordaba. “¿Qué
nombre le dije a la ejecutiva?”, “¿cómo me llamo?”. Volvió a mirar la
credencial solo para comprobar que el CURP que ingresó de memoria era el mismo
que el que venía en la identificación. Sintió horribles punzadas en la cabeza.
Tenía la sensación de que alguien lo observaba. Volteó hacia atrás y un niño de
9 años lo miraba fijamente. Lo veía como si supiera lo que estaba pasando. La
camisa se le empapó de sudor. El encargado del café internet se percató de su
estado. Lo miró con desconfianza. El pobre hombre salió corriendo sin pagar.
Llegó a su casa jadeando.
Volteaba a todos lados para ver si nadie lo vigilaba. Entró al edificio.
Recogió la correspondencia del buzón. Solo eran recibos. Subió las escaleras
entre tropezones. Al cerrar la puerta de su apartamento miró los recibos. Todos
estaban a nombre de Félix Ortiz Zamudio. Los arrojó al suelo. Se limpió el
abundante sudor de las manos. Un horrible sonido lo hizo gritar. Era su celular
vibrando en la mesa. Olvidó llevárselo. Tenía miedo de contestar. Era un número
desconocido. No sabía qué hacer. La vibración no cesaba. Estaba a punto de
caerse de la mesa. Decidió atraparlo en el aire.
Dejó pasar la primera llamada,
pero insistieron otras tres veces. Podría ser una emergencia. Se animó a
contestar en la cuarta.
—Bueno.
—Bueno.
—¿Quién
habla?
—¿Cómo
que “quién habla”? ¡Pu’s yo!
—¿Quién
es yo?
—Yo.
¿Qué tienes? ¿Estás bien?
—¿Con
quién desea hablar?
—Pu’s
contigo.
—Perdón,
no tengo su número registrado.
—Es
que es nuevo.
—¿Me
podría decir su nombre, por favor?
—¡Ora!
¿No eres tú?
—No lo
sé. —Le temblaba la voz.
—¿No
eres Félix?
El nombre le produjo
escalofríos. Aventó el teléfono contra la pared. Se masajeó las sienes con
fuerza. Como no había colgado, por la bocina del teléfono aún se escuchaba
“¿bueno?, ¿Félix?, ¿qué tienes?”. Tomó un martillo y fue a reventarlo
desquiciadamente. Caminó a la cocina para servirse un poco de agua, pero al
pasar por el espejo de su pared notó de reojo algo extraño. Le pareció ver a
alguien más. Se detuvo a mitad del camino. El pecho se le ensanchaba como a un
gorrión. Tenía los dedos entumidos. El párpado izquierdo le temblaba. Sabía que,
si regresaba, tendría que aceptar la verdad que el espejo le escupiría. Fue a
la cocina para llenar un vaso con agua. Al tomarlo vio su reflejo borroso en el
líquido. Comprobó que definitivamente algo no iba bien con su apariencia. Volvió
con miedo hacia el espejo. Se detuvo un momento antes de mirar. Inhaló y exhaló
aire. Dio un brinco para plantarse frente a él y confrontar sus miedos de una
vez por todas. Cuando miró su reflejo de cuerpo completo perdió totalmente el
control. Arrojó el vaso contra el cristal. Ambos objetos de vidrio se
quebraron. Trituró los pedazos con sus suelas. Tomó el martillo nuevamente para
romper todos los espejos de la casa mientras gritaba. La vecina de al lado fue
muy preocupada a tocar su puerta.
—¿Señor
Félix? ¿Está bien?
—¡No
soy Félix! ¡No soy Félix! ¡Largo de aquí!
Se metió a su cama para no
salir hasta el otro día. Despertó hasta las 6 de la tarde. Ni siquiera se
molestó en reportarse al trabajo. Había llorado toda la noche. El hambre
comenzó a molestarlo. A las 7 tuvo que ponerse de pie. Fue a la alacena y vio
las tres latas que compró en el súper. Sintió unas náuseas tremendas al abrir
la sardina. Le encantaba, pero en ese momento simplemente no le apetecía. El
rugido estomacal no cesaba. Revisó el refrigerador y estaba vacío. Se colocó
una sudadera con capucha. Tomó las llaves para salir a la calle. Cuando escuchó
que la puerta de la vecina se abría corrió lo más rápido posible para evitarla.
Caminó hacia la tienda con la
capucha puesta. Al pasar por la vinatería, un hombre que estaba parado afuera
le habló.
—¡Chts!
¡Chts! —Lo ignoró—. ¡Ey! ¿Cómo te llamas? —Pensó que le pediría dinero—. Amiga,
¿cómo te llamas? —Le extrañó que se refiriera a él como “amiga”. Volteó a verlo
para despejarle sus dudas. El hombre no pareció sorprendido—. ‘Pérate, amiga,
no te espantes. Nomás te quiero conocer.
—¿Por
qué me dices “amiga”? —Dijo ofendido mientras el hombre se le acercaba
invasivamente.
—¡Oh!
No seas fresa. Es que estás bien guapa. ¿No me quieres dar tu teléfono? —Se acercó
tanto que casi lo rozaba. Indignado, lo empujó con los brazos.
—¡Hazte
para allá, cabrón!
—¡Oh!
No te pongas así, ¿eh? No estés de mamona. —El tipo intentó tomarlo por la
cintura. Decidió echarse a correr.
Se refugió en un puesto de
tacos. Les pidió ayuda a los taqueros.
—Oigan,
¿no le pueden hablar a una patrulla, por favor? —Uno de los taqueros se le
acercó agresivamente. Su expresión lo puso alerta. El taquero le soltó una
patada.
—¡Sácate,
pinche perro! —No comprendía lo que estaba pasando.
—¿Qué
te pasa, güey?, ¿por qué me pateas?
—¡No
me ladres!
—¡Órale!
¡A la chingada! —El otro taquero le arrojó agua con una jícara.
No había cosa que deseara más
en ese momento que saber quién era. No quiso volver a su casa para evitar al
acosador. Deambuló por las calles mirándose en las superficies reflejantes. A
veces veía a un anciano. A veces a un niño. A veces a un hurón. A veces a una
serpiente. A veces a una palmera.
La gente en la calle lo
trataba como a una anciana o como a un ciego; como a un hombre de negocios o
como a un cerdo. Se miraba el cuerpo y no había nada diferente, pero fuera de
él era todo y nada a la vez.
Unos policías lo subieron con
brutalidad a una patrulla. Amenazaron con desaparecerlo. Lo llevaron a un
terreno baldío. Al bajarlo de la patrulla le quitaron las esposas. Cambiaron
totalmente su actitud. Le pedían disculpas llamándolo “empresario”.
Corrió y corrió por toda la
ciudad. Al cruzar por la avenida resbaló con un poco de nieve. Cayó sobre una
superficie congelada que se quebraba con su peso. Cuando quiso ponerse de pie
la superficie se venció y se sumergió en un lago que inesperadamente estaba hirviendo. El aire no tardó en hacerle falta. Sintió la
asfixia por veinte desesperantes segundos, pero inverosímilmente no moría. De
hecho, ni siquiera estaba seguro de que sintiera una especie de dolor. Pareció
tener una idea para explicarse todo.
—Esto
es un sueño, ¿verdad? —Dijo mientras se sorprendía por poder hablar bajo el
agua.
El agua desapareció, pero no
había superficie que lo sostuviera. Se fue en caída libre. Gritaba atiborrado
de pánico. Solo podía pensar en por qué le pasaba todo eso. ¿En qué momento su
vida normal se tornó una locura? Se preguntaba cuándo había perdido el control.
Una voz le susurró al oído:
—Al
cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves?
—¿Quién
dijo eso? ¿Quién es?
—Al
cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves?
—Ayúdame,
por favor. No me quiero morir. ¡Sálvame!
—Al
cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves?
—¿Qué?
No entiendo. ¡Ayúdame!
—Al
cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves?
—¡Puta
madre! Ya cállate. Si no me vas a ayudar deja de decir eso.
—Al
cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves?
—¡Que
te calles! —Se golpeó reiteradas veces los oídos con los puños.
—Al
cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves? Responde
—¿Es
en serio? ¿Si lo hago te vas a callar?
—Al
cerrar los ojos…
—¡Ya!
Está bien. Voy a responder. No veo nada. No se ve nada cuando cierras los ojos.
—Al
cerrar los ojos…
—No,
por favor.
—…
¿qué es lo que ves? ¿La luna ensangrentada?
—No. —Cerró
los ojos.
—¿Quién
eres?
—Olvidé
mi nombre.
—¿Quién
eres?
—Soy…
Ni siquiera sé si existo.
—¿Quién
eres?
—No…
No… No lo sé.
—¿Quién
eres?
—¿Soy
una persona?
—¿Lo
eres?
—No.
Soy un canto.
—Eres
tierra.
—Soy
el destino cuando llega tarde.
—Una
perla nacarada sumergida en el viento.
—Soy
una flecha tasajeando el viento.
—Una
estrella explotando en la nada.
—Soy
la melancolía arrastrando un recuerdo.
—Una
lágrima barrida por el viento.
—Yo…
¿Yo? ¿Qué significa esa palabra?
—Nada.
Ya es hora de dormir.
—¿Eternamente?
—Ese
es un privilegio fuera de tus merecimientos.
—¿Qué
hago en esta cama? Conozco esta cama.
—¿Por
qué abriste los ojos? Ciérralos.
—No
deseo nada más. —Los volvió a cerrar.
—Y
bien, ¿qué es lo que ves?
—El
futuro rústico.
—¿La
luna ensangrentada?
—No.
La naturaleza reclamando su terreno. Enredaderas asfixiando edificios. Musgo
carcomiendo espectaculares. Pastizales que ocultan elefantes como piojos en una
mata. El pavimento se ha quebrado. Las copas de los árboles no dejan ver el
sol. La humedad pesa tanto como la gravedad. No hay nadie alrededor.
—Es
hora de dormir.
—No
quiero. Tengo miedo.
—Debes
hacerlo.
—Tengo
la sensación de que ya había vivido esto antes.
—¿Qué
dices?
—¿Por
qué me haces esto? ¿Me castigas?
—No
abras los ojos.
—No.
Los abriré. Deja de hacerme esto. Lo que sea que haya hecho, debe de haber una
forma de pagarlo. Por favor, perdóname.
—Ya es
la hora.
—¡No!
¡Basta! Deseo purgar mis faltas. Por favor.
—Es
imposible. Estás condenado a repetir tus errores.
—Es
falso. Nadie tiene un destino cruento. La maldad es aprendida, no heredada.
Puedo desaprenderla para redimirme.
—Tú
no. Vuelve a cerrar los ojos.
—Al
menos dime qué soy.
—Una
mentira.
—¿Inventada
por quién?
—No
importa quién la inventó, sino quién la creyó.
—La
mentira es mortal. Quiero morir.
—No.
La mentira reencarna. Es la hora de volver a comenzar.
—No me
hagas esto. Es cruel.
—No me
importa.
—¿Por
qué no te importa mi dolor?
—Porque
no existe. Eres ficción. Eres una mentira.
—La
mentira y la ficción habitan en la realidad.
—Tú no
habitas. Eres el personaje de una narración. Una creación ficticia.
—Yo…
Esa palabra solía tener sentido. La recuerdo vagamente. Yo soy… Yo era… Sí.
Eso. Ya casi lo tengo. Si no existo es porque yo soy… Yo era… ¡un sueño!
—Los
sueños no pueden soñar. ¡Suficiente! Vuelve a cerrar los ojos. Es hora de
dormir.
—¡No!
—Aquí
vamos de nuevo.
Despertó agitadamente, como
quien sueña que está a punto de caer y el movimiento de sus piernas lo
despierta. Tuvo la sensación de que había tenido una pesadilla terrible, pero
ya la había olvidado.
Salió de la cama muy apurada.
¿Qué hora era? No estaba su esposo. El baño aún exhalaba vapor. Las puertas
estaban abiertas, pero no había nadie. Se vio en el espejo. Se alteró. Lucía
terrible. ¿Qué habría soñado para verse así?
Fue a la cocina. Él tampoco
estaba ahí. La alacena, abierta; el cereal, destapado. La leche derramada en la
mesa. El plato vacío sin recoger. Ese hombre era un desastre, pero ella no iba
a recoger su tiradero. Tenía ganas de algo caliente. Metió un plato de sopa al
horno, sopa de letras.
Prendió el estéreo. Sonaba El
Gato Volador. Lo apagó de inmediato. Revisó su reloj de bolsillo. Las 9:50.
Pero el segundero no avanzaba. Le dio unos golpeteos con la uña al vidrio.
Parecía descompuesto. ¿Qué hora sería entonces? ¿Ya era tarde para la escuela?
Encendió nuevamente el estéreo. Seguía sonando esa horrible canción. Giró la
perilla del volumen. Cuando terminó la canción el locutor mencionó la hora: las
9:55. Qué alivio. El reloj se acababa de descomponer.
Sacó el plato del horno. Tomó
una cuchara. Se sentó en la mesa. Observó la sopa humeante. Había tres letras
separadas del resto: x, y, z. “¡Ja! Qué curiosa
combinación”, pensó. Era como si alguien las hubiera acomodado a propósito.
Se apresuró a comer para no
llegar tarde a la escuela. Recogió su plato. Se cambió a toda prisa. Se lavó
los dientes. Tomó la mochila. En la escalera se encontró con su esposo.
—¿A
dónde vas?
—Pues
a la escuela.
—¿Hoy?
—Sí.
Hoy.
—Bueno.
Te veo al rato.
—Bye.
Te amo. —Lo besó apresuradamente—. ¡Recoge tu plato!
—Con
cuidado. —Cuando ella iba a mitad de las escaleras le gritó algo más—. No sabía
que tomabas clases los sábados.
—¿Sábado?
Tras reconocer que se
confundió de día, ambos regresaron al departamento. Entraron hablando sobre la
coincidencia en la sopa de letras.
—¡Wow!
—Exclamó él—. A veces se forman palabras.
—Sí. A
veces la sopa te escupe verdades. A veces te dice “idiota”, “jodido”,
“fracasado”.
—¿Son
indirectas?
—La
sopa no se anda con medias tintas. Deberíamos leerla esotéricamente. Se lee el
café, los caracoles, pero no la sopa, ¿o sí? Quizá sea más franca que el tarot.
—Estás
loca. ¡Ah! Ya no hay jabón para trastes.
—Compré
dos. Hay otro abajo del fregadero.
—¡Qué
prevenida!
—Cariño,
yo siempre tengo un plan b.
—Y c.
—Y d
y e y f. Ja, ja, ja. Hasta llegar a x, y, z,
¿ves? La sopa me estaba diciendo algo. Ja, ja… ¡No mames! —Su semblante cambió
por completo.
—¿Qué
pasa? No me asustes.
—Esto
es un déjà vu. Ya lo había vivido.
—En
otra vida, quizás.
—Ajá. X,
y, z. Mmm… Siento que está relacionado con algo que debería
recordar.
—Ya.
Cálmate. Te estás sugestionando. Debe ser por el estrés. Necesitas un masaje. —Se
paró detrás de ella colocándole los dedos en los hombros.
—No.
Espérate. Estoy segura. A veces uso recursos mnemotécnicos. ¿Qué necesito
recordar?
—Ya
párale a eso.
—¿Una
tarea?, ¿un examen?, ¿qué sería?
—¿Cómo
crees que la sopa te va a recordar eso? Ven. Necesitas unos besos.
—¡Que
no! ¡Déjame! —Lo empujó violentamente.
—Sonia,
¿qué te pasa? ¿Por qué estás tan alterada?
—No
sé. Me siento muy estresado.
—Estresada.
—No. Escuchaste
bien. Dije estresado.
De pronto se encontró en su
cama antes de dormir. Ni siquiera recordaba cómo llegó ahí, solo sabía que
estaba abrumada por la última pesadilla. Unos segundos antes de perderse en los
territorios oníricos volvió a pensar en la x, la y, la z.
Soltó involuntariamente unas palabras antes de perder la consciencia.
—Por
favor, perdóname. Detén este castigo ya.
Innumerables fueron las veces
que despertó siendo alguien o algo diferente, pero a partir de la sopa de
letras hubo un patrón que se repitió en todas sus reencarnaciones.
A veces era una niña rusa
buscando el alfabeto latino quién sabe por qué inquietud. Otras veces era un
vendedor japonés de ramen que repentinamente se dispuso a aprender español. También
fue un emperador inca que trazaba las letras x, y o z sin
saber qué significaban. Su mente no dejaba de estar inquieta en cada una de sus
personificaciones. Poco a poco ataba más cabos.
Cuando fue un ave sintió la
necesidad de volar lejos para hallar a un animal desconocido. Despertó siendo
un pirata que miraba al mar preguntándose si existía un pez peludo. Soñaba con
mamíferos que jamás había visto. En otra ocasión, era una luna de Júpiter que
buscaba la luz proveniente de la Tierra. También fue un ser de otro planeta que
comenzó a adorar a un dios de cuatro patas y ojos morados.
Su progreso fue paulatino e inevitable. Nunca dejó de cazar al abecedario y al mamífero. Por más que su memoria se reiniciaba, siempre llegaba al mismo punto.
Hasta que un día, siendo
una araña que no comprendía el lenguaje humano, escuchó un par de voces que la
inquietaron.
—¿Qué
hacemos? Siempre llega al mismo punto.
—Hazlo
creer que es un ser sin consciencia.
—Es
imposible. Lo hemos introducido en objetos inanimados, pero siempre despierta
una consciencia.
—¿No
podemos matarlo aquí?
—No.
Aquí no. Tendríamos que sacarlo, pero es muy arriesgado.
— ‘Pérate.
¿Qué está haciendo?
—No
sé. Se ve asustado.
—No.
Parece como si… Reaccionara a nuestras voces. ¿Nos estará escuchando?
—¿Puede
hacer eso?
—No lo
sé, pero lo más probable es que no nos entienda. No me da buena espina su
expresión. ¡Reinícialo! ¡Reinícialo!
—Ok.
Pero la araña, que veía al
cielo con sus ocho pupilas vidriosas, encontró un recuerdo que no comprendía. Pudo
ver en su mente la silueta de una criatura con cuatro extremidades, una cola,
una cabeza redonda con dos orejas triangulares. Aquella visión la alteró. Se
puso inquieta.
Subió de prisa por una pared.
Sintió unas tremendas ganas de dormir. En instantes se quedó dormida sobre la
pared, pero tuvo la fuerza para despertarse. Tenía la necesidad de resistir al
sueño.
Mientras dormitaba, visualizó
los caracteres x, y, z. No los comprendía, mas los veía.
Los observó por dos minutos hasta que empezó a soñar que trepaba por otro muro.
Al parecer estaba en un baño.
En su camino visualizó un borde grueso y brillante. Caminó hacia él. Se paró
sobre su superficie resbaladiza. Con algo de trabajo se mantuvo en ella. Aquel
borde tenía un límite. Avanzó hacia él y vio otra superficie mucho más lisa. Se
detuvo en el límite de ambas. Dirigió sus ocho ojos hacia la nueva superficie.
Vio entonces la figura de aquel animal de sus sueños, aunque ya no era su
silueta. Notó los detalles de su rostro: peludo como sus ocho patas, pero solo
tenía dos ojos, mucho más enormes que los suyos. Los triángulos en su cabeza
tenían unos huecos rosados. En medio de la cara tenía dos orificios muy juntos
y, al lado de ellos, un juego de pelos más extensos y gruesos que los de la
cara. Debajo de los orificios de en medio había unas pequeñas curvas. La araña
movió su cuerpo hacia la derecha. El animal enfrente de ella se movió al mismo
lugar. Se asustó. Se echó para atrás, pero el animal hacía los mismos
movimientos. La superficie era una especie de pared invisible que los separaba.
Colocó una pata sobre ella y el animal la puso en el mismo punto. Lo contempló
un rato. Su cabeza empezó a dolerle.
Ver a aquella criatura le
provocó una sensación con la que nunca había lidiado. Le provocaba una singular
alegría. Tenía una energía hipnótica. Los ojos del animal de enfrente
brillaban, los suyos también.
Su sueño se sentía a punto de
terminar. Su mente trabajaba más que nunca. Le llegaron al instante un montón
de memorias desconocidas, pero poco a poco iban cobrando significado. Aquellos
recordatorios fueron abrumadores.
Despertó siendo un microbio nadando en un líquido grisáceo, pero su consciencia ya no era la misma. Así que, con solo decidirlo, abandonó la fantasía para volver a ser lo que siempre había sido.
—¿Qué
pasó? —Preguntó Rocco.
—No lo
sé. Ya no lo veo. ¿Dónde está? —Cuestionó Geraldine.
—¿Quieren
jugarme sucio? Estoy muy decepcionado. Sobre todo de ti, Rocco.
—¡Mierda!
—¡Mierda!
—Admito
que fue un gran plan. Se los reconozco. Quizá nunca hubiera salido de ahí.
Afortunadamente yo siempre tengo un plan b o c o d… O x
o y o z. Planté pistas mnemotécnicas en mi memoria por si
algún día perdía la consciencia. Digamos que ese es mi plan x.
—Lo
bueno que solo te quedan dos planes.
—¡Ah!
Rocco. Te aseguro que no les gustarán los siguientes. Te lo juro: nunca más me
verás llegar.
La ilusión desapareció. Rocco
y Geraldine flotaban en un vacío de tonos verdes, grisáceos y púrpuras. Prr Prr
Cat se perdió de vista. Los chicos se prepararon para defenderse de cualquier
ataque.
De pronto, un relámpago
intentó caerle a los dos, pero Rocco usó un escudo de colores azules eléctricos
para protegerlos. Lo hizo justo unos segundos antes de recibir el impacto.
—Puede que esta sea tu mente, Rocco, pero te recuerdo que yo nací aquí. Este es mi
hábitat. Si allá afuera me considerabas una amenaza, aquí seré invencible.
—Muy
bien, veamos quién domina mejor este territorio. —Se puso en guardia.
—Tengo
ventaja ya que conozco tus pensamientos mejor que tú. El ser humano sabe muy
poco sobre sí mismo. Pero yo puedo acceder a lo más recóndito de tu cabeza. No
hay secretos para mí.
—¿Qué
pasó con todo el amor que me jurabas? ¿Se convirtió en odio?
—El
amor también puede ser rudo. Se requiere la rudeza cuando el objeto amado es
testarudo. —Le arrojó un par de bolas enormes de fuego que Rocco transformó en
hielo para quebrarlas.
—Déjala ir. Arreglemos esto solo tú y yo.
—No
puedo hacerlo. Lo siento. Ustedes dos son mi plan y. —Los chicos desaparecieron.
De pronto el vacío se convirtió en un laberinto inmenso. Prr Prr Cat quemó
todos los muros en un segundo—. Basta de ilusiones. No podrás engañarme de esa
forma. Aquí siempre te voy a encontrar por más invisible que te vuelvas.
Una mano gigante atrapó a
Rocco volviéndolo visible. Geraldine intentó escabullirse, pero fue atrapada
por otra mano. El chico incrementó su tamaño cien veces para liberarse de la
opresión. Tomó a su amiga con sus enormes dedos.
—Gera,
vete de aquí. Podría perderte para siempre si este imbécil elimina tu recuerdo.
—¿Cómo
escapo?
—Necesito
concentrarme un minuto para sacarte. Mantente cerca. En cuanto puedo te
expulso.
—Tenemos
que protegerte en el exterior. Te quedaste solo. No sabemos si uno de sus
lacayos pueda hacerte daño.
—No. —Transformó
a ambos en agua para no ser lastimados por una ráfaga de cuchillos. Los
devolvió a su forma humana—. No me protejas. Tienes que matarme.
—¡No
mames!
—Es neta.
No hay otra forma de frenar a este güey. —Un torrente de agua los sumergió. El
joven actor hizo que brotaran aletas de sus extremidades para nadar a través de
él.
—Rocco,
no voy a poder hacer eso.
—Gera,
entiende que esta es nuestra última opción. No tenemos más recursos. Ya
perdimos a Videl. Tenemos que proteger a nuestras familias.
—También
te vamos a perder a ti.
—A mí
me perdieron desde hace mucho. “A veces hay que matar a la oveja enferma para
salvar al rebaño”, como dijo la subinspectora. —Un potente ventilador los
atrajo para destazarlos. El chico los transformó en materia gelatinosa. A pesar
de ser tasajeados por las enormes aspas volvieron a recuperar sus formas.
Geraldine no se la estaba pasando nada bien—. No te preocupes, no te puede
pasar nada. Eres materia onírica. Esto solo lo hace para mantenernos ocupados y
que no pueda sacarte de aquí. Recuerda que el verdadero peligro es que te
quedes aquí y elimine tu recuerdo para siempre.
—Ok.
Pero discúlpame, en caso de salir no voy a poder hacer lo que me pides.
—Videl
lo hubiera hecho.
—Ah,
bueno. Bien por él. Pero yo soy otra persona.
—Hazlo
para honrar su memoria.
—No me
chantajees así.
—¡Chingá!
No tengo tiempo para convencerte.
Cuando voltearon se
encontraron con un colosal Prr Prr Cat de quince metros en su forma
multifelina. El muchacho intentó agigantarse, pero fue encerrado en una cápsula
de la que sorpresivamente no podía escapar. El monstruo tomó a Geraldine con
sus garras y la acercó a su hocico. La chica gritaba aterrorizada.
—No te
voy a comer ni nada. Solo quiero asegurarme de que no detengas lo que estamos
construyendo.
—¡Chinga
tu madre, monstruo horrendo! ¡Mataste a mi hermano! Te vamos a joder a ti y a
todos tus lacayos.
El muchacho se transformó en
múltiples formas, pero no podía salir. Se teletransportaba fuera, mas era
encapsulado de nuevo.
—Te
dije que conocía este lugar mejor que tú. Estoy un paso adelante. —Rocco movía
la boca, pero no podían escucharlo afuera. La capsula también bloqueaba el
sonido interior—. Lo hice porque quiero que me escuchen. Sabotearon nuestra
celebración, sin embargo, la misión sigue en marcha. Ya no puede detenerse.
Sería una pena que nos abandonaras, Rocco, pero si es tu decisión, la respetaré
aunque me duela. Lamentablemente ya no podrás ver el mundo que construimos.
—¡Qué
horror! —Dijo Geraldine—. Creo que ya me están dando ganas de suicidarme.
—Escuchen.
Se me acaba el tiempo. Debo volver porque en pocas horas presenciaremos un
evento espectacular.
—¿Y
ahora con qué chingaderas nos vas a salir?
—Realmente
no haré mucho. Solamente tengo que enviar un mensaje por medio de un puente. —Ambos
muchachos pusieron cara de preocupación.
—¿Estás
hablando del tótem?
—Por
supuesto.
—¿Y a quién se lo vas a enviar? —El monstruo sonrió siniestramente.
—Escuchen bien los dos: todos somos prescindibles, solo el amor es eterno. Siempre encuentra las formas para triunfar. Sabe cómo abrirse camino. Yo, por ahora, solo soy su instrumento mortal. Me iré, pero mi sangre seca hará germinar una semilla. Partiré con la tranquilidad de hacer lo que nunca nadie se atrevería.
—Tengo
una duda. No te gira mucho la ardilla, todos lo sabemos. ¿Cómo descubriste la
naturaleza del tótem? Tan solo a la doctora le costó años entenderlo.
—Acepto
tus irrespetos, Geraldine, porque admito que la sobreinteligencia no es mi
virtud. Sin embargo, yo no tuve que descubrir nada. Como te comento, solo soy
un instrumento.
—¿Que
utiliza quién?
—El
amor. —La bestia mostró los colmillos de manera amenazadora.
—Eso
era lo que le preocupaba a la doctora. —Reflexionó—. Dinos: ¿le vendiste
nuestra realidad a una amenaza interdimensional? —Rocco soltó puñetazos sobre
el cristal de su cápsula al escuchar eso.
—Sembré
las semillas para tener un mundo mejor. Alguien mucho más capaz que yo vendrá a
cosechar los frutos. Sabrán entonces que toda la sangre derramada será el
fertilizante que haga germinar la abundante cosecha de amor.
—¡Déjate
de rodeos! Cómo te encanta hacerte el misterioso. ¡Qué mierda nos has hecho!
—Rocco:
es tu decisión quedarte aquí o salir a recoger los frutos de nuestro huerto,
pero quiero que sepas una cosa: no eres el único chico especial con un
asimilador en la cabeza. Hay otras personas que también lo tienen. Si tú no vas
a cooperar ellos lo harán. Hay una chica de tu barrio a la que iremos a
visitar. Algo me dice que en su cabeza existe mayor sensatez que en la tuya. —El
chico gritaba desesperado por la ira.
—Qué
revelador es todo esto —dijo Geraldine con un semblante abrumado—. Bueno.
—Cambió repentinamente de expresión. Ahora se veía animada—. Gracias por la
info’. Era lo único que necesitábamos.
—Un
placer.
—Ahora
sí podemos matarte.
—Es
imposible.
—No.
De hecho no lo es. Mira, no hay mnemotecnias ni esas mamadas. Todo fue un
engaño.
—¿Tratas
de confundirme? La mnemotecnia habita en mi cabeza, no aquí, en la de Rocco. La
implanté como una opción para salvarme.
—No.
Nosotros te hicimos creer eso. Es una de las fantasías en las que te introdujimos.
“Al cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves?”, ¿recuerdas? —Rocco escuchaba
atentamente sin reaccionar.
—Te
advierto que no vas a jugar conmigo. Voy a borrarte en este momento y tu
intento de juego mental quedará en una anécdota.
—Hazlo.
No soy la verdadera yo. Mi compa y yo estamos afuera. Esto que ves es otra
ilusión. Estamos a punto de destruir el tótem.
—No se
puede destruir.
—¿Ah,
no? Bueno, podemos desviar las ondas que recibe de otra dimensión. La doctora sabe
cómo hacerlo. —Rocco sonreía malévolamente.
—¿La doctora?
Es verdad. Samantha debió tomar la pieza cuando me desmayé. ¡Maldita sea!
—Al
cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves? Ja, ja, ja.
—¿Qué?
—Aún
no lo comprendes, ¿verdad? Estás soñando, imbécil. Tienes los ojos cerrados. Te
atascamos de somníferos.
—Ustedes
no pueden entrar en mi mente.
—No
tenemos que hacerlo. Te estamos induciendo en un sueño lúcido. Te dimos a beber
el brebaje de una planta amazónica. El maestro de Parapsicología de Videl sabe
cómo hacerlo. Tuvimos mucho tiempo para desarrollar esta idea. Llevas días
aquí.
—Eso
no puede ser. Ceferino debía rescatarme.
—Lo
matamos.
—Jamás
podrían hacerlo. Además, el puente debió conectarse minutos después de que me
introdujeron aquí.
—No,
la doctora desvío la señal. Te lo dije. No se conectó ningún puente.
Seguramente intentarán conectarlo de nuevo, pero gracias a tu información
sabremos qué precauciones tomar.
—No,
no, no. ¡Mientes! Me quieres engañar. Tengo que despertar pronto.
—Ja,
ja, ja. Ya es muy tarde. Al cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves? ¿La luna
ensangrentada?
—¿Luna
de sangre? ¿Eclipse lunar? ¡Lo sabes! El 15 de septiembre habría un eclipse
lunar. Solo en ese momento se podría conectar el puente. No habrá otra luna de
sangre en meses. ¡Necesitábamos esta oportunidad!
—Al
cerrar los ojos…
—¡Cállate!
No sé cómo lo descubrieron. No había forma.
—Otss —Le
guiñó el ojo—. Tenemos nuestros trucos.
—Debes
estar mintiendo. Debe ser 15 de septiembre aún.
—¿Estás
seguro? ¿Como cuando creíste que eran las 11 y en realidad eran las 12? ¿Como
cuando creías que te llamabas Aldo y en realidad eras Félix? Las cosas no
siempre son como tú crees. ¿Realmente eres el Salvador o solo un risible
personaje? ¿Quién eres?
—¡Tú
no sabes nada!
—Yo
solo sé que hoy es 29 de septiembre.
—¡No!
Rocco, libérame de este sueño lúcido. —El chico encogió los hombros y torció la boca. Prr Prr
Cat estaba sufriendo un ataque de ansiedad. Se vio obligado a sacarlo de la
cápsula—. Libérame, te lo imploro. El puente tuvo que haberse conectado
hace quince días. Si no hacemos algo ocurrirá una catástrofe.
—¿Cuál?
—Dijo el muchacho confiado, sin mirar a la bestia, ajustándose los guantes con
tranquilidad.
—Hicimos
un pacto con alguien. No te puedo decir quién es, pero créeme que si no cumplo
con mi parte habrá consecuencias terribles.
—Está
bien, te sacaré de aquí. Prepárate.
—¿En
serio?
—¿Quién
te está hablando a ti? Bye, Geraldine.
—Ciao,
Rocco. —Geraldine se esfumó, entre torrentes de vapor, de las manos de un Prr
Prr Cat distraído. El monstruo se quedó perplejo. Comenzaba a sospechar que lo
habían engañado.
—Es
muy buena para estafar, ¿no? Hace poco la vi hacerlo con unos narcos. No se
anda con rodeos.
—¿Me
engañaron? Sí. Sí. Sabía que no debía confiar en ustedes. ¡Cómo se atreven! —De
las garras de Prr Prr Cat salieron relámpagos y sus ojos se incendiaron con
fuego púrpura.
—Ja,
ja. Es verdad que tú y yo somos unos idiotas. Pero nuestra estupidez ya no
dañará a nadie. Dentro de poco vamos a morir.
—No se
atreverá a matarte.
—¿Qué
importa? De cualquier forma ya no vas a salir de aquí. Este poder tuyo que
desconocía, que me ayudó a provocarte un desmayo allá afuera, fue el mismo que usaste
cuando nos raptaste afuera del museo, ¿cierto? No sé cómo pude utilizarlo. Fue
involuntario, pero tú lo hiciste sin ningún problema. ¿Cómo es que no sabía de
él? Pienso que es porque me lo ocultabas. Quizá lo has utilizado conmigo otras
veces dentro de mi cabeza. Es algo parecido a lo que hace el subconsciente con
los recuerdos dolorosos. Empiezo a creer que me has estado mintiendo desde hace mucho tiempo. Te voy a cobrar cada una de las mierdas que
me has hecho.
—¿Deseas
enfrentarme solo?
—Quizás
un poco de ayuda me vendría bien. —Rocco chasqueó los dedos y apareció detrás
de él toda la flota rebelde, La Guardia Florida y el Halcón Milenario, al cual
volteó a ver con un dejo de melancolía.
—Ya
veo. Es una lástima que el verdadero Videl no se encuentre ahí dentro.
—Solo
es un bonito recuerdo que conservo.
—Ninguno
de ellos es real.
—No.
Solo son sueños. Nunca debieron salir de aquí. Igual que tú. ¡Muchachos!
—¡Sí, supremo
líder! —Respondieron todos en coro.
—A
divertirnos como en los viejos tiempos. —El joven actor encendió su sable de
luz.
El ejército y el agigantado
Prr Prr Cat chocaron en una guerra impresionante.
Geraldine apareció en la Plaza
Mariana rodeada de una espiral de vapor. El cuerpo de su amigo yacía dormido sobre
el templete. Vio que soldados norteamericanos estaban limpiando la zona. Dos
de ellos se percataron de su presencia. Se aproximaron apuntándole con armas
largas. La chica tomó su blaster y les disparó. Aunque no tenía buena
puntería los obligó a replegarse.
Afuera de la Basílica, el grupo
de la doctora, en modo furtivo, se aproximaba a su nave, la cual, al haberse
vuelto visible, era custodiada por dos militares. Los policías los noquearon
a cachazos. Entraron a la nave. Nuevamente la volvieron invisible. Notaron, gracias al radiotelescopio, que el tótem estaba captando ondas, además, irradiaba
calor y tenía una coloración rojiza.
—¿Qué
le pasa? —Preguntó Mariano.
—Se
está comportando igual que el día del Eclipse Fantasma —contestó la doctora preocupada.
—No se
irá a activar, ¿o sí?
—No si
desviamos las ondas.
La subinspectora vs Ceferino
Muy lejos de ahí, en la zona
boscosa del sur, casi en los límites de la ciudad, la subinspectora y Ceferino
estaban sentados en un tronco. Fumaban Raleigh como si fueran viejos amigos.
—Ya
veo, conque ese es el plan del gato —dijo Luisa.
—Más
que el plan del Redentor es el plan de… Ya sabes. Te lo acabo de decir.
—Sí.
Sí. Entiendo. ‘Tá cabrón. —Expulsó una bocanada de humo y tiró la colilla al
suelo para apagarla con su bota.
—Solo
el Redentor y yo lo sabemos. Nadie más de la Fe del Amor lo sabe.
—Ahora
también lo sé yo.
—Sí,
pero eso no importa.
—Pues
estuvo bueno el cigarrito, pero debo irme. Me tardé mucho platicando contigo. Ni modo. Era necesario sacarte toda esta información. Ahora debo ir con la doctora
para ver si lo podemos impedir. Y, por supuesto, sabes bien que tengo que
matarte.
—No
podrás hacerlo.
—Sí.
Mira, este pistolón te va a atravesar la jeta y allí te vas a quedar. —Le
mostró el blaster ladeándolo.
—Me
refiero a que no podrás evitar el cruce dimensional.
—¿A ti
qué te importa si ya no vas a estar para comprobarlo?
—Sí
voy a estar. Te dije que no tenía ninguna habilidad para la batalla, sin embargo, eso no significa que no haya sido bendecido con un don.
—Pues
yo te di chance de mostrarlo hace rato. Ahorita ya no puedes. —Le apuntó a la
cara con el arma.
—Nunca
sabrás cuál es mi habilidad porque ya olvidaste todo.
—¿Qué?
—Luisa cambió radicalmente de semblante. Se notaba extrañada. Bajó el arma.
Miraba todo como si estuviera perdida—. ¿Qué hago aquí?
—¿Ya
lo olvidó?
—¿Quién
eres tú?
—Nadie.
Con permiso. Debo retirarme.
—¡Espera!
Perdí algo de mi memoria. No sé cómo llegué aquí. Estaba en la televisora y
luego…
—Lo
lamento. Yo solo vine aquí por un poco de leña. La encontré aquí muy alterada.
—¿Me
hiciste algo, cabrón? —Le apuntó desesperadamente con el blaster. La
muñeca le temblaba como nunca.
—Señorita,
debería pedir ayuda.
Bajó el arma como quizá nunca
lo hubiera hecho en ninguna otra ocasión. Revisó el intercomunicador. Cuando
volvió a alzar la vista el hombre desconocido ya no estaba, se fundió con la
oscuridad. Inmediatamente se comunicó con la doctora.
—Subinspectora,
¿ya terminó con su misión? La necesitamos aquí.
—¿Qué misión?
—Pues
la que tenía asignada
—Perdón,
ahora no puedo responder. —Cambió de canal para hablar en privado con Dorantes—.
Dorantes, ¿me oyes? Tengo una emergencia. Perdí la memoria a corto plazo. Estoy
varada en un bosque. No sé cómo llegué aquí.
Dorantes vs El Suricato
El oficial no respondía porque
seguía en su duelo con El Suricato. Los dos hombres dejaron las armas a un lado
para batirse a golpes con el cerro del Tepeyac como testigo. Recibían las
mismas trompadas que regresaban. La pelea era pareja a pesar de la diferencia
de edad.
—¡Ah! ¡Ah! Pinche ruco. ¡Ah! ¡Ah!
—Apenas si podía hablar por la falta de aire. Se separaron unos segundos para
reponerse —. Sí pegas duro.
—Pues
pinches morros, ya no quieren hacer ejercicio. Se la pasan drogándose en las
banquetas.
—¿Qué
pasó, padrino? Si yo juego fron’ todo el día. Por eso tengo la manita pesada.
Tú ya lo comprobaste por eso tienes el hocico todo hinchado. Pinches labios de
mamador, mi’jo.
—‘Orita
te los voy a dejar igual, hijo de tu puta madre.
Dorantes lo derribó. Le puso
las rodillas en los brazos y lo golpeó brutalmente. El muchacho, enloquecido,
escupió la sangre acumulada en la boca para carcajearse.
—Sería
muy pendejo si no uso mis poderes para matarte, ¿no crees, perro?
—Haz
lo que quieras. Pinche naco sin honor.
—¡Ah! ¡Cómo
te las curas ‘conejo’, papá! Ja, ja, ja. Ya te di chance de rifarnos a tu
manera, pero ahora va la mía.
El Suricato los teletransportó
a la fuente de la Virgen de Guadalupe. Él aterrizó en el piso que está debajo, pero a Dorantes lo apareció a cuatro metros sobre las rocas,
provocando que este cayera de forma violenta rompiéndose las piernas. Mientras
el oficial aullaba de dolor, el capellán saltó dentro de la fuente para ir a
finiquitar la batalla.
—No
chille, no chille, mi ñero. Al chile a mí me vale verga el honor y esas
mamadas. Bien que sabías en lo que te metías. —Trepó por las rocas hasta llegar
a donde yacía Dorantes. Al darse cuenta de sus fracturas, no tuvo piedad para
empezar a pisotearle las maltrechas piernas—. ¿Creyó que era coto o qué, mi’jo?
Ahorita te vamos a sacrificar en honor a Tonantzin, no te agüites.
Aún con todo su sufrimiento, el
oficial juntó las pocas fuerzas que le quedaban para sostener a El Suricato de
una de sus piernas. Provocó que el capellán perdiera el equilibrio y estuvo a
punto de caer. Para evitar golpearse contra las rocas, se trasladó hasta el backstage
de La Catedral creyendo que ahí podría estar Rosario para apoyarlo. Desapareció
de la fuente con todo y el oficial que se aferró a su pierna derecha.
Ambos oponentes aparecieron en
la Plaza de la Constitución. El Suricato se llevó una gran sorpresa al
encontrar una escena muy distinta a la que esperaba. La mitad de la Catedral
estaba destruida. El escenario ya no estaba. La plancha estaba repleta de
soldados agonizando. Centenares de militares llegaron a limpiar la zona. El
cielo se había tornado rojo por el fuego derramado durante la guerra. No vio
en los alrededores a ninguno de sus hermanos, mucho menos a su salvador. La
victoria que creyó haberse consumado mientras peleaba simplemente no existió.
—Jefa,
acabo de encontrar al Dorantes —dijo una voz a sus espaldas.
El que era considerado uno de
los creyentes más fieles en la doctrina de Prr Prr Cat intentó voltear. Nunca
pudo conocer el rostro de la policía que le disparó porque una ráfaga entró por su ojo izquierdo y salió por su cráneo desapareciendo en la luz de las
estrellas. Su cuerpo todavía no caía al suelo cuando Barragán ya estaba
atendiendo a Dorantes.
—Jefa,
aquí la Kiki de nuevo. El Dorantes está bien mal. Aguanta, Claudio, el Rocco
tiene unas pastillas milagrosas. Ahorita que lo encontremos te tomas una.
Perdón, jefa —le habló al intercomunicador mientras le quitaba la pulsera para
formar escudos al cadáver del capellán—, no puedo ayudarle con la situación del
Ceferino.
—¿Quién
es Ceferino?
El vocero caminó hasta salir de la zona boscosa sin que nadie lo turbara. En la carretera
paró un taxi.
—¿A
dónde va, señor?
—Siga
todo derecho. Yo le diré dónde dar vuelta. —Cuando arrancó el taxi sacó su
cartera. Ahí tenía una vieja carta que Jezabel le escribió cuando cumplió quince
años sin fumar. Las palabras de su pequeña lo conmovieron como cuando la leyó
por primera vez. No pudo contener el llanto. Miró melancólico por la ventana.
En los alrededores de la Catedral,
después de haberle aclarado un poco el panorama a la subinspectora, Barragán
viajaba en una fragata pilotada por Jar Jar Binks. Buscaban desesperadamente
una ambulancia debido a que Rocco no respondía. Los guerreros floridos hacían
lo posible por detener la hemorragia de las piernas del oficial. Ellos habían
concluido la misión de eliminar rápidamente a los hermanos que quedaban de pie.
La policía notó que el canal de Geraldine nuevamente estaba activo. Le indicó
al gungan que se dirigieran hacia donde estaba localizada la chica.
Cuando arribaron a la
Basílica, notaron que algunos soldados eran repelidos por un blaster. Encontraron
a Geraldine defendiéndose sola contra un grupo de hombres armados. Jar Jar
Binks condujo la nave hasta una distancia considerable para poder dispararles. Cuando logró ponerla a salvo, se estacionó para recogerla. Amapola cargó el
cuerpo de Rocco. Los tripulantes pensaron que estaba muerto.
—Dios
lo tenga en su santa gloria —dijo Barragán cuando subieron a la nave.
—Sí…
¿A quién? —Preguntó Geraldine.
—Pues
al Rocco. Está petatiado, ¿no?
—¡Ah!
No. Eso quisiera él, pero solo está desmayado. Gracias por ayudarme.
Geraldine ayudó a realizarle
unos torniquetes a Dorantes. Buscaron en todos los bolsillos de Rocco las
tabletas milagrosas, mas no hallaron ninguna. La única sobreviviente del trío fantástico les explicó que el
supremo líder se las confío a Videl. Tuvo que hablarles sobre su dolorosa
pérdida. Encontraron a unos paramédicos que ayudaban a todos los heridos en la
zona de guerra. Barragán los obligó a subir a la nave apuntándoles con su arma.
El grupo acordó reunirse con
la doctora en la bodega donde fue hallado El Conectes puesto que todavía tenían
que detener al tótem.
Ambos equipos se reencontraron,
pero no había tiempo para ponerse al corriente de todo.
—Geraldine,
lamento tu pérdida —dijo Mariano.
—Gracias.
Ya habrá tiempo de llorarle a mi hermano. Primero tenemos que acabar con esto.
—¡Ay,
Dios! ¿Qué le pasó a ese hombre? —cuestionó asustada la doctora cuando vio a
Barragán y a Cempaxúchitl bajar a Dorantes.
—Le
hicimos unos torniquetes, pero perdió mucha sangre antes. Órale, cabrones,
pónganse a hacer su chamba. —La policía primera se dirigió a los paramédicos,
quienes no estaban muy alegres de haber sido secuestrados, pero tampoco
pensaban dejar así al oficial.
Geraldine les explicó
rápidamente todo lo que Prr Prr Cat dijo en la mente de Rocco. El equipo aceptó
las noticias con preocupación.
—Bueno,
¿qué vamos a hacer con el chavo con el nombre de galleta? —Preguntó Samantha.
—Quiere
que lo mate para que nos deshagamos de Prr Prr Cat de forma inmediata, pero de
todos modos ya viene esa cosa de otra dimensión. Igual estamos jodidos.
—Podemos
instalar en este momento el inhibidor de señal, un aparatito que mi equipo
estuvo construyendo desde que me fui a San Topotenango. Yo también me percaté
de que el tótem está presentando actividad inusual. ¿Te dio la hora exacta del
evento?
—Solo
dijo que sería durante la luna de sangre. O sea, cuando suceda el eclipse. Sin
embargo, veo que ya ha comenzado y no ha pasado nada.
—Quizá
están esperando la señal de Prr Prr Cat.
—Dijo
que Ceferino terminaría el trabajo en caso de que él no pudiera.
—Esa
es la cosa. —Interrumpió Barragán—. La subinspectora se iba a encargar de ese
vato pero no pudo.
—¿Qué
le pasó a esa mujer? —Cuestionó Samantha—.
Ya no terminé de entenderle nada.
—La
idea era matar a todos los cabecillas de la organización. Hasta donde sé,
matamos a todos menos al vocero. Nos comunicamos con ella y nos informó que
algo extraño le pasó. Perdió la memoria a corto plazo. No sabe quién es
Ceferino. Está perdida en el sur de la ciudad. Al menos tiene la nave y ya fijó
las coordenadas para venir hasta acá, pero intuimos que no cumplió con su
tarea.
—¿Qué
hacemos primero? —Preguntó Mariano.
—Doctora,
¿entonces podemos desviar las ondas que recibe el tótem? ¿Se puede destruir el
objeto? —Dijo Geraldine.
—Podemos
bloquearle la señal, por así decirlo. No recomiendo destruirlo. Sería muy
peligroso alterarlo en estos momentos. Aun así, cuando quemas un puente,
alguien vuelve a levantar otro en su lugar. No creo que nos libremos de las
amenazas aunque tengamos éxito en la misión.
—Pues
ya nos preocuparemos de eso después.
La doctora abrió la caja de
dominó en la que solía guardar el tótem. Cuando lo hizo, un enorme resplandor
escarlata cegó a todos.
—¡Oigan!
En todos los años que llevo estudiando esta cosa nunca lo había visto brillar
así.
El objeto quemó su caja y cayó
al suelo soltando humo. Ardía como el hierro cuando está recién forjado. Eso
alarmó a todos.
En las avenidas de la ciudad,
el taxista que transportaba a Ceferino volteaba a verlo constantemente.
—Oiga,
joven, ¿para dónde vamos exactamente? Es que la ciudad ahorita es un caos y yo
no me puedo acercar para nada al centro. Imagino que está al tanto de todo lo
que ha pasado.
—Sí.
No se preocupe. Siga adelante. —El chofer no le dijo nada, pero se notaba un
poco irritado.
Rocco vs Prr Prr Cat
En la dimensión onírica, Prr
Prr Cat se multiplicó en cientos de clones para contrarrestar las fuerzas de
su enemigo. El felino original se batía en un duelo de sables láser contra el chico. Se apoyaba de escudos individuales de grafito que aparecían cada que los
necesitaba. La batalla era impresionante. Ambos hacían gala de sus habilidades en
las tierras de la imaginación.
—Me da
gusto verte tan divertido como en otros tiempos, Rocco. Si esa es tu finalidad,
yo estoy encantado de complacerte.
—En
parte sí. Quiero pasar mis últimos minutos jugando con mis amigos imaginarios.
—¿Ahora
Videl es uno de tus amigos imaginarios? Podrías materializarlo para devolverle
la vida. Lo sabemos muy bien.
—No,
estúpido. Ese no sería Videl. No lo puedo reemplazar con un recuerdo. Te voy a
cobrar su vida con tu extinción.
—Rocco,
entiende que el reino del amor te espera. Tú serías el emperador. ¿Qué tengo
que hacer para convencerte? Te he dicho que mis intenciones de ayudarte a que
entres en la compañía son verdaderas.
—Ya no
me interesa la estúpida audición. Hoy descubrí que detrás de ese deseo había
motivaciones falsas. Esa obsesión que tenía se construyó por la falsa
idealización de dos personas primordiales en mi vida. Después de saber la
verdad, la dolorosa verdad, entendí que no tengo un verdadero motivo para
vivir. Vaya, ni siquiera tengo identidad propia. Lo único que me queda eres tú
y toda la mierda que has dejado detrás por conseguir un anhelo artificioso. No alimentaré
más a esta bestia que hemos creado juntos.
—¿Entonces
por qué no nos mataste desde antes? Tú sabías que al morir tú moriría yo. ¿Por
qué desataste toda una guerra en lugar de suicidarte? Es porque muy en el fondo
también me amas.
—Todos
mis amigos lucharon para detenerte y salvar mi vida. Hubo gente que también
pudo asesinarme, pero no lo hizo porque quedaba algo de sensatez en su cabeza.
No podía tirar su enorme esfuerzo a la basura. El plan principal siempre fue
atraparte y devolverte a mi mente. Confiamos en él. Dimos todo para
concretarlo. Aún no fracasamos. Estoy cerca de eliminar tu recuerdo. Si mueres
aquí, allá fuera viviré yo.
—Escucha:
Ceferino es mi plan z. No tarda en llegar al puente. En cuanto me dé la
señal yo saldré de aquí y pienso hacerlo contigo.
—Muy
mal de tu parte depositar tus esperanzas en una persona. Los humanos
defraudamos siempre a quienes más nos aman.
—De
eso se trata el amor. Hay que confiar ciegamente en quien quieres.
—Yo
creo que se trata de aceptar al ser amado con todo y lo decepcionante que es.
—¡Rocco!
¿Necesitas ayuda? —Dijo Astro de Luca llegando valientemente a asestarle
sablazos a Prr Prr Cat.
—Aquí
estamos, noble supremo líder. —El Capitán Clavel hizo lo mismo, pero él atacaba
con su lanza.
—Gracias,
amigos, pero debo enfrentarlo solo.
—Como
gustes —dijeron ambos al mismo tiempo. Se concentraron en batallar contra otros
clones.
Nuevamente en la bodega, el
tótem se encontraba fuera de control. Cuando estaba a punto de perforar el piso
con su calor, se elevó por sí solo como a dos metros de altura. Se mantuvo
flotando frente a todos. Su brillo cambiaba de escarlata a amarillo, de verde a
morado, de azul a blanco. Barragán se cansó de ser una espectadora y disparó con
su blaster, los otros policías la secundaron, mas el objeto absorbió los
impactos. Parecía una fuente de energía.
—Doctora,
¿ya está el inhibidor? —Gritó Geraldine ante el enorme zumbido que emitía la
pieza.
—Ya. Puedo ver que estamos desviando las ondas, pero esa cosa no deja de hacer sus
chingaderas —decía la antropóloga
mirando a un monitor que era manipulado por Mariano.
—Usu,
¿qué te parece esto? ¿Tienes información al respecto?
—Imagino
que alguien está intentando comunicarse desde otra dimensión, pero no encuentra
respuesta de este lado. Quizá por eso el objeto se ha sobrecalentado. El único
que podría atender el llamado es Ceferino. Desconozco las consecuencias que
pueda tener el rechazar la invitación interdimensional.
El brillo del tótem se intensificó
captando la atención de todos. Parecía una divinidad, como el Espíritu Santo el
día de Pentecostés. Uno de los paramédicos se arrodilló ante él. Barragán se
persigno diciendo “Dios, de verdad existes”. De pronto, la pieza se desplegó.
Entre cada cabeza de animal apareció un panel, en cada uno de ellos se trazaron
extraños caracteres irreconocibles. Parecía un tipo de escritura antigua.
—Creo
que está esperando a que alguien descifre una combinación —dijo Usurpador
acercándose un poco—. Tal vez Ceferino sea el único que pueda leerla.
La luz de cada uno de los
paneles parpadeaba enceguecedoramente.
El taxi donde iba Ceferino al
fin dio la vuelta. Ascendía por calles angostas y empinadas. En el asiento
trasero, el vocero de la Fe del Amor veía el cielo rojo a través del cristal.
Bajó la ventana para sacar la cabeza. Observó fijamente a la luna
ensangrentada. Sacó una mano para palpar la brisa del viento con los dedos.
Rocco vs Prr Prr Cat
El enfrentamiento entre soñador y pesadilla se intensificaba.
—Me
empeñé en construir un mundo nuevo para ti y así me pagas —reclamaba Prr Prr
Cat mientras soltaba zarpazos. El chico protegió su rostro con una piel de
hierro que rebotó los impactos.
—Tu
mundo se derrumbará porque fue construido sobre mentiras. —Le cortó la cabeza
al felino, pero este la repuso inmediatamente.
—Yo me
entregué a ti, pero tú jamás me devolviste ni una pizca de cariño. No tienes el
valor de liberarte del odio.
—Lo
siento mucho, imbécil. El amor es voluntario. No debes forzar a alguien a que
te ame. De todos modos, tú ya tienes a todos esos locos que fingen amarte. Solo
están contigo por interés.
—No
comprenderías el amor que se vive ahí dentro.
—Tuviste
que sobornarlos para que te quisieran. Qué patético. —Las palabras estaban
calando en la bestia pues golpeaba con mucha más fuerza.
—En
unos momentos más Ceferino te demostrará que su devoción por esta fe es firme.
—Me
agrada que confíes ciegamente en él. Se nota que nunca te han roto el corazón. Qué
bueno que estés tan lleno de confianza. Tu caída será catastrófica y me
alegraré de verlo.
Rocco cortó en dos a la bestia,
esta desapareció ambas mitades. Apareció detrás de él con el cuerpo unido
nuevamente. El chico volteó inmediatamente para cortarlo. El gato amagó con
golpearlo. El muchacho retrocedió para esquivar el golpe, sin embargo, no se
dio cuenta de que detrás de él otra cápsula lo esperaba. Prr Prr Cat lo volvió
a aprisionar. Petrificó a todo su ejército, incluso al Halcón Milenario que
asombrosamente arrasaba con hordas de clones. El supremo líder golpeó el
cristal inútilmente. Prr Prr Cat se acercó flotando hacia él.
—Sí me
han roto el corazón. Tú me lo has roto. Jamás olvidaré todas las veces que te
salvé aquí en este mundo. Fui muy dichoso al hacerlo. A pesar de eso, te has
comportado como un ingrato conmigo. No correspondes a mi amor. Debo irme. Sé
que piensas que estoy loco, pero sigo haciendo todo esto por ti. Todo lo que
soy lo aprendí aquí, en los rincones más tenebrosos de tu mente. Toda esta
locura son deseos reprimidos tuyos. Jamás te hice olvidar nada, como dijiste
hace un momento. Pude hacerlo, porque tengo ese poder, pero entendí que no
ganaba nada con hacerte olvidar las cosas que te duelen. Lo mejor era que las
superaras por ti mismo. Lo utilicé a las afueras del museo porque sabía que en
ese momento era lo mejor para todos. Rocco, no te avergüences de lo que hay en
tu subconsciente. Acéptalo, abrázalo y haz lo mejor que puedas con ello. Esto
que hago es tu voluntad. Yo solo soy tu instrumento. Nunca más me volverás a
ver. Ciao.
Rocco percibió el olor a
vinagre. Eso solo significaba una cosa.
Afuera, el tótem brillaba
tanto que la bodega se tornó blanca. Se sentía como si estuviera a punto de
explotar. A pesar de que era difícil visualizar las cosas, Geraldine se percató
de que el lugar se estaba llenando de vapor. Corrió inmediatamente a observar el
cuerpo de su amigo.
—¡Oigan!
Hay vapor en la nariz de Rocco.
—¿Va a
salir él? —Dijo Mariano.
—No.
Él no sale a través del vapor. No puede meterse físicamente en sí mismo.
Solamente cierra los ojos para soñar.
—¿Entonces
qué es lo que va a salir? —Preguntó Manríquez
—Quizá
va a mandar un arma para destruir el tótem —opinó Melgarejo.
—O
quizás quien va salir es… Prr Prr Cat —dijo Geraldine con horror.
—¿Qué?
—Se asustó Mariano.
—No lo
dejes que salga —vociferó la doctora.
—¿Qué
hago entonces?
—La
mejor opción es matarlo —aconsejó sin ningún empacho Usurpador—. Él podría
permitir que el puente se abra.
—No
puedo. ¡Es mi amigo!
—Entonces
lo voy a matar yo —dijo sin rechistar Barragán apuntándole con su blaster,
pero Geraldine desvió su disparo. En ese momento Usurpador tomó su propia arma y se dispuso a acabar con el soñador.
—¡No,
Usu! Está bien. Lo haré yo. —Geraldine estaba resignada. Sabía que no podría
salvar a su amigo de sus propios aliados asustados—. Esa fue su voluntad.
Usurpador dejó de apuntar confiando en la chica. El vapor aumentaba. Geraldine apuntó a su amigo en el
corazón. Aún lo dudaba. Las manos le temblaban incontrolablemente. Mocos y
lágrimas le escurrían por la cara.
Prr Prr Cat se desvanecía
lentamente frente a Rocco. Se despidió de él con una amable sonrisa. Un gesto
que jamás se le había visto al formal personaje.
El muchacho desgastaba energúmeno
la luz de su sable en un cristal que era impenetrable. Los gritos de furia del vencido
no los escuchó nadie más que él mismo. Resbalaba en un pantano de frustración.
Miraba cabizbajo el surgimiento de un nuevo fracaso. Otro más a la colección. Su
vida era un paseo de momentos vergonzosos. Pensaba que por eso todos estaban decepcionados
de él. Empezando por Gino. Puede que fuera el peor hermano del mundo, pero
tenía razón en algo: Rocco era un fracaso. Lloró por haber dedicado su vida a
agradarle a él, a agradarle a su papá, a sus hermanos, a Videl, a Geraldine, a
todo el mundo. Jamás logró ser la persona que visualizaba en sus sueños. Jamás
pudo ni agradarse a sí mismo. Quería olvidarlo todo. Si tan solo pudiera meter
todos sus recuerdos en una caja y prenderles fuego.
El taxista estaba por llegar a
su destino.
—¿Es
ahí adelante, joven?
—Si,
por favor. Déjeme en la esquina.
Todos se mantenían expectantes
ante el acto de Geraldine. El tótem comenzó a hacer unos ruidos impresionantes. Parecía que una avalancha se aproximaba. La chica rechinaba los dientes. La
bodega se llenó de vapor.
Ceferino pagó y bajó del taxi.
Sacó el último Raleigh de la cajetilla. Lo miró elegante bailar entre sus
dedos. Lo colocó en sus labios. Gozó como nunca el sabor de la nicotina y el
olor a alquitrán. Sacó su encendedor. Intentó prender el cigarro, pero después
de cinco intentos el encendedor no produjo ninguna flama. “Una verdadera
lástima” dijo el hombre. Tiró el cigarro al suelo y pasó por encima de él con
seguridad.
El tótem esperaba
impacientemente que alguien atendiera su llamado.
La mitad del cuerpo de Prr Prr
Cat ya se estaba desvaneciendo. Rocco abandonaba la cápsula, pero volvía a ser
encerrado. Tan solo necesitaba unos segundos para olvidar el recuerdo de su
felino salvador. Su última jugada estaba por anularse. La bestia lo volteó a ver
y le murmuró burlonamente a Rocco “al cerrar los ojos, ¿qué es lo que ves?”.
Geraldine no tuvo más opción
cuando vio que las espirales de vapor estaban ansiosas por materializar una
nueva pesadilla. La derrota de Rocco era prácticamente un hecho. No había otro
momento más que ese para terminar con la amenaza. Con un inmenso dolor,
pensando en la muerte de su hermano y en los últimos momentos que pasó el trío
fantástico cuando salvó a su amigo de la mansión, la chica derramó la última
lágrima. Mientras esta le acariciaba la mejilla, su dedo se contraía para
accionar el gatillo. Cerró los ojos para no presenciar el acto más doloroso que
llevaría consigo durante el resto de su vida.
Rocco yacía sobre el piso de
la cápsula recubriendo su frustración con lágrimas.
El gatillo se accionó, pero Geraldine
no pudo ver el destino de su disparo porque una fuerte explosión los arrojó a
todos a varios metros de donde se encontraban.
En el techo de la bodega
rebosaba la luna de sangre en su escarlata esplendor. Un segundo de quietud.
Nada se oía afuera hasta que la azotea estalló en miles de pedazos. Del lugar
salió una kilométrica columna de luz que se estiró tanto que parecía conectar
con la luna. Se podía observar desde varias partes del mundo
Una nave invisible sobrevolaba
la zona cuando la explosión casi la alcanza. Tuvo que retroceder. Era la subinspectora,
quien estuvo a nada de ser consumida por el impacto. Luisa aterrizó en un edificio.
Bajó de un brinco. Se quitó el casco y en sus pupilas se reflejó la columna de
luz roja que brillaba incandescentemente.
La bodega quedó destruida. Barragán
usó la pulsera de El Suricato para crear un escudo de grafito que los
protegiera a todos, pero aun así fueron arrojados por la fuerza del impacto.
Todos terminaron dispersos.
Geraldine abrió los ojos.
Estaba tiraba bocarriba. Le dolían los huesos. No tenía su blaster. No
estaba segura de haber matado a Rocco. Se puso de pie, pero al intentar dar un
paso casi cae en un enorme precipicio. Un gigantesco cráter se abrió en el
suelo. Tuvo que esforzarse por mantener el equilibrio. Se alejó un poco de la
orilla. Se hincó con cuidado para asomarse en el agujero. No se veía ni se
escuchaba absolutamente nada. Aventó una piedra que desapareció al cruzar el
umbral. Estaba por meter la mano cuando Usurpador la detuvo.
—No lo
hagas. No te acerques. Lo que tienes frente a ti es un umbral a mi dimensión.
A pocos kilómetros de ahí, la
doctora intentaba acercarse al tótem que seguía emitiendo la interminable
columna de luz. Detrás de ella, el inhibidor y el radiotelescopio estaban hechos
pedazos. La subinspectora arribó al lugar.
—¿Quién
es? ¿Quién está detrás de mí? —Dijo la antropóloga acercando sus dedos a la
luz.
—Soy
Luisa.
—“Luisa”.
Qué raro oír que te llamas a ti misma por tu nombre.
—¿Qué
está haciendo? ¿No es peligroso?
—¿Ubicas
el cliché de los científicos que arriesgan su vida para lograr un
descubrimiento? Bueno, soy una de esos.
Mientras remojaba su índice en
el brillo, la subinspectora apuntó a la columna con su arma. Tras ver que no
sucedía nada, Samantha introdujo toda su mano. Alcanzó a ver cómo unas líneas
amarillas se dibujaban en su palma. Se le ocurrió mirar hacia arriba. Luisa la
secundó. Los caracteres trazados en los paneles del tótem estaban proyectados,
gigantescos, en el cielo negro. Eran perfectamente legibles para cualquiera. Ambas
estaban maravilladas.
—Luisa, todavía es usted, ¿verdad?
—Sí.
—Un
poco más mansita, pero sí lo es. A ver, ¿qué piensa de esos caracteres?
—No
reconozco este tipo de escritura.
—No,
pues nadie. Una, porque no pertenece a este mundo y dos, porque no es una
escritura.
—¿Cómo
lo sabe?
—Porque
la entidad que forjó esto no pretende darnos un mensaje, solo dejar una huella.
Un historiador y yo recolectamos algunas pistas sobre el origen del tótem. Fue
de los pocos interesados en mi investigación. Descubrió que este mismo año se
encontró una columna con tres cabezas talladas en ella en un templo abandonado
de Tailandia. Tenía una escritura con caracteres muy similares a estos.
Contactó a varios filólogos, arqueólogos y lingüistas. Nada. Es una escritura
única en el mundo. Queríamos investigar más viajando allá, pero me vi envuelta
en este inevitable suceso. Hablamos de la posibilidad de que alguien esté
sembrando pistas por nuestro planeta. Nunca habíamos experimentado nada
similar. ¿Por qué tendría que ser en esta parte del mundo? ¿Qué tenemos de
especial los mexicanos o los tailandeses del siglo veinte?
—Nada.
Creo.
—Así
es. Seguramente fue una decisión aleatoria. No podemos saberlo ahora. Mi hipótesis es que esto está comenzando y si es un plan bien pensando nadie va a llegar a
destruir todo na’más porque sí. El movimiento de la Fe del Amor ha actuado
meticulosamente. No se detendrán ahora. Estamos en el paso número cero de un
plan más ambicioso. Los aliados que colaboran de este lado deben saber de
alguna manera que todo marcha a la perfección, pero ¿por qué no les manda un
memo o un comunicado en lugar de esta pinche señal gigantesca?
—Porque
también desea que todos nos enteremos de esto. Por eso también organizaron el
espectáculo en las plazas.
—¡Exacto!
El chiste es mostrar el músculo.
—¿Qué
sigue ahora?
—¡Quién
sabe! Ja, ja. Yo no soy la autora de esta ridícula historia, sin embargo, hay
algo que quiero que vea. Cheque las tres cabezas del tótem. ¿Ya vio la que está
enrojecida?
—¿La
del lobo?
—Es un
conejo. Tiene una pequeña marca debajo que aún brilla y es la primera cabeza en
el sentido de orientación totémica.
—¿Es
decir…?
—¿Ya
vio la luna? Es a lo que le llaman luna de sangre. Un eclipse lunar. ¿Con qué
animal asociamos a la luna?
—Con
el conejo.
—El
tótem podría dar indicios de en qué fechas sucedería un cruce dimensional,
porque si lo ve la siguiente cabeza es un tigre.
—¿Alguna
fecha asociada con los tigres?
—¿El
calendario chino?
—Podría
ser en el siguiente año del tigre
—¡Ah! ¿Ya
ve? Yo sabía que usted era lista y relista. Tiene razón, es probable que en el
siguiente año del tigre el tótem se vuelva a conectar. Quizás por ahora ya no
corremos más peligro, aun así, la niña Geraldine nos explicó que el gato estaba
muy ansioso por atender al llamado del tótem y dijo que el tal Ceferino era el
único que podía hacerlo en caso de que él no saliera.
—Perdóneme
por haber olvidado quién era.
El teléfono de la doctora
comenzó a sonar.
—¿No
lo había apagado? Es un número desconocido. ¿Bueno?
—Aún
no están listos.
—¡Uy!
Qué miedo. ¿Esa es toda la broma?
—Ese
es el mensaje que pretenden darles. Yo solo soy el mensajero.
—O el
vocero. Eres Ceferino, ¿cierto?
—Lo
soy. —Ceferino estaba en su casa. Su esposa y Jezabel alistaban unas maletas.
Portaba un sombrero y un abrigo.
—Nos quedamos
esperándolo.
—No
fueron los únicos. Decidí renunciar a mi misión. Por mis propios principios y
la seguridad de mi familia.
—Pues
nada más provocó que los entes del más allá se alborotaran.
—No
hay entes, doctora. Usted no es capaz de comprender la naturaleza de eso a lo
que se refiere.
—¿Y
usted sí?
—Yo
solo recibí el mensaje de nuestra visita. No hay nada más que sepa: la
humanidad no está lista. Es todo lo que me dijeron.
—Sí.
La señal del cielo. Gracias por confirmar nuestras intuiciones. ¿Como pa’
cuándo vamos a estar listos?
—No
tengo más que decirle. Podría obligarla a que me olvidara, así como a la subinspectora,
pero me gustaría que nos volviéramos a ver.
—A mí
no.
—No
pierdan su tiempo intentando buscarme.
—Yo
nunca pierdo mi tiempo.
—Todos
lo hacemos. Hasta pron… —Le colgó.
—Pinches
hombres. No sé por qué piensan que se ven bien haciéndose los misteriosos.
Bueno, busquemos a lo que queda de nuestro equipo antes de decidir qué hacemos
con el tótem. No estoy segura de que podamos tocarlo ahora y me gustaría
escuchar ideas. Seguramente Mariano tendrá un sabio consejo. No lo digo con
sarcasmo. En fin. Ahora debería viajar a Tailandia. Me vendría bien un poco de
protección.
—Cuente
con ella.
Ambas subieron a la nave de la
subinspectora.
Ceferino salió de su casa
acompañado de su esposa y su hija. Cargaban grandes maletas y se veían apurados.
Antes de emprender su próximo viaje, le dio un beso en la frente a Jezabel.
—Mi
amor, ¿recuerdas ese lugar maravilloso al que te prometí que iríamos?
—Sí,
papi —dijo con un enorme puchero en su cara.
—¡Vamos
a ir para allá! No te preocupes por nuestra casa ahora. Vamos a ir a un lugar
mejor. Ya lo verás cuando lleguemos.
Lola tomó de la mano a su
adorable hija y del brazo a su elegante esposo. Ella no se quedaba atrás pues,
además del maquillaje, el vestido y el sombrero, cubría su mirada con unos
ostentosos lentes de sol.
La familia caminó hacia un
auto negro con los vidrios polarizados que los esperaba afuera de su casa.
Rocco vs Prr Prr Cat: el asalto final
En otro punto de la orilla del
cráter, un descarnado Prr Prr Cat cojeaba buscando acercarse a la columna de
luz. En el hombro derecho cargaba el cuerpo desmayado de Rocco, en el izquierdo
tenía la clavícula expuesta. Pero no era el único hueso que se asomaba, también
su rodilla derecha, su codo izquierdo, su barbilla. Derramaba sangre por una
rajada que tenía en el abdomen. Ya no era dueño de su cola, la cual se pudría
unos metros atrás. Sus colmillos estaban partidos a la mitad. Había perdido la
vista de su ojo izquierdo.
Al fin llegó hasta el tótem. Bajó
con cuidado a su amado para acostarlo en el suelo. Todavía tuvo fuerzas para
matar a los militares que intentaban levantar el objeto.
—El
amor se adueña de uno para nunca más soltarlo. Yo no sabía que después de todo
lo que me hiciste me quedarían ganas de salvarte la vida. Te protegí con mi
cuerpo de esa explosión. Supongo que el cariño que te tengo morirá hasta que me extinga. —Se le acercó con pasividad. Le acarició tiernamente la cara con su
garra. Lo movió con suavidad para despertarlo. El muchacho dio indicios de
recuperar el conocimiento—. ¡Ah! El amor lo puede todo. ¡Qué maravilla!
Volverás a despertar. Justo a tiempo para verme completar mi misión.
A la debilitada bestia le
costó un mundo poder agacharse para levantar el tótem. Respiraba por la boca.
Emitía pujidos como un animal agonizante. Con el ojo derecho produjo un patético
resplandor púrpura que apenas si pudo empatar con los paneles de la pieza. Al
recibir la luz, el objeto se contrajo para recuperar su forma original. La columna
resplandeciente y los caracteres fueron absorbidos por cada una de las cabezas
que volvieron a enfilarse. El multifelino se tiró al suelo bocarriba. Tenía las
extremidades extendidas. Su costilludo abdomen se inflaba con sus jadeos.
—¡Lo
logré! El mensaje ha sido respondido. Ahora Ceferino debe encargarse del
siguiente paso porque la vida no me va alcanzar ni siquiera para levantarme del
suelo.
—¿Cuál
es el siguiente paso? —Dijo Rocco levantando la mitad de su cuerpo.
—¡Mi
amado! ¡Gran júbilo! ¡Lo logramos! Qué alegría que hayas despertado para
celebrar nuestro triunfo. Nos costó la vida, pero el amor nos impulsó a
completar la misión.
—¿Cuál
es el siguiente paso, cabrón?
—¿Sigues
con esa actitud? Bueno, no importa. Qué mas da que nunca tenga tu afecto. Lo di
todo por ti, por la humanidad, por la existencia. Las generaciones venideras lo
valorarán. No eres el perdedor que siempre has pensado. ¡Ahora eres una
leyenda! Hemos dejado un legado.
—¿Te
refieres a mi vecina y a los otros infectados por el asimilador?
—Qué
horrible no poder verlo, ¿no crees?
El chico se sobresaltó al ver
el tótem en su garra derecha. Se puso rápidamente de pie. Desenfundó su sable
láser. Con dos relampagueantes movimientos cortó la mano de la bestia. Prr Prr
Cat chilló, pero no por el dolor, sino por el hecho de ver que su apreciado
objeto se desprendía de su cuerpo. Cuando el joven se arrojaba hacía la pieza,
el ágil felino hizo gala de sus reflejos al tomarla con su hocico. El sablazo
de Rocco no pudo decapitar al monstruo porque se volvió invisible junto con el
tótem.
—¡No!
¡No! ¡No! ¡Puta madre! ¡No!
—Ya no
me queda vitalidad para teletransportame, tampoco para estar en otros lugares
al mismo tiempo. Así que me quedaré aquí, pero no podrás encontrarme. Ceferino
está por llegar. Eso fue lo que acordamos. Ya debe de estar cerca. Yo moriré,
tú morirás, mas mi vocero se llevará la pieza y jamás lo podrán encontrar.
El energúmeno muchacho no
sabía que Ceferino había huido con su familia desentendiéndose de su maestro.
Prr Prr Cat de verdad se veía en las últimas. Rocco hacía lo posible por
encontrarlo, sin embargo, todos sus esfuerzos eran en vano al ver que su
sentido de la vista era inútil ante una estrategia tan simple.
La doctora y la subinspectora habían
encontrado a Mariano, Dorantes, Barragán, Melgarejo, Manríquez, Jar Jar Binks y
a los guerreros floridos. Volaban en una nave buscando a Geraldine cuando
vieron el enorme cráter en la tierra. Antes de que pudieran acercarse, la chica
les hizo señas desde abajo. Por el intercomunicador les advirtió que no se
acercaran. Se estacionaron para permitirle abordar el vehículo.
—¿Qué
carajos es eso, bonita? —Preguntó la antropóloga.
—¡Algo!
¡Un hoyo! ¡Un cráccccter! ¡Un umbral! Ets. Ta. Chts.
—¡Cálmate,
por Dios! Ni puedes hablar.
—No
hay tiempo. ¿Dónde está Rocco? Tenemos que encontrarlo antes de que lo
encuentre Usurpador.
—No
mames que no lo mataste. —Le recriminó Barragán.
—Pues
su canal está activo otra vez. —Apuntó Mariano.
—¿Qué?
¡Es verdad! Subinspectora, llévenos a donde marca su ubicación.
—Espérate.
—Samantha se dirigió a Luisa. Luego volteó a ver a Geraldine—. ¿Por qué lo está
buscando mi Usurpador y qué tiene eso de malo?
El vencido supremo líder se
cansó de cortar objetos con su láser. No atinaba ni por un instante a su
enemigo. La pesadilla encarnada le hablaba cada cierto tiempo para convencerlo de que
aceptara su destino.
—¡Cállate,
carajo! ¿Por qué nunca te callas? Te hubiera imaginado sin lengua, así me
habría evitado todo esto.
Pero las palabras del orador
no cesaban. La palabra amor se repetía cada tres frases. Rocco la escuchó
tantas veces que sintió asco por ella. Repulsión. Ya no representaba nada
relacionado con el afecto. Todo lo que le venía a su mente al oírla eran
pensamientos repugnantes. El amor de su padre, el de su hermano, el de su madre
eran una aberración. Veía a las cuatro letras vocalizarse en los labios del
animal, expulsadas por su boca putrefacta, con los dientes llenos de sangre
gangrenada. Imaginó el fétido aliento que debía salir de ahí. La imagen le
provocó náuseas. Recordó que Videl, una de las personas que más lo había amado
en el mundo acababa de morir. Una catástrofe se erigió en nombre del amor.
Se dobló para vomitar. Soltó
el sable. Al terminar de purgar su estómago colocó sus manos en sus oídos. Prr
Prr Cat no se callaba. Lo torturaba con su voz. Un sonido infernal. Ruido. Un
escándalo que se propagaba a través de ondas invisibles que se alojaban en sus
oídos. Entonces su mente se iluminó. Con el cuerpo empinado y la barbilla casi
pegada al suelo; con las manos sobre la nuca y los antebrazos a los costados de
sus orejas, dirigió su vista al frente. Sus dientes tintineaban. Bufaba como un
toro levantando el polvo del piso. La quijada le temblaba. Sus pupilas se
dilataron. Volvió a tomar su sable.
—Ya
sé. Ya sé cómo. —Prr Prr Cat no se callaba—. Sigue hablando hijo de perra. No
cierres el hocico. —El profeta del amor levantaba la voz con ímpetu. Cada vez
más animado. Quería perecer predicando sus dogmas. Tamborileaba las garras de
las patas sobre el pavimento—. Muy bien. Ja, ja, ja. Ya te encontré.
Apoyándose con su oído
ecolocalizador y sus fosas estereofónicas, dio con la ubicación de su enemigo. Encendió
el sable con decisión. Giró en ciento ochenta grados. Dio un salto inverosímil
y se arrojó hacia el profeta. Prr Prr Cat miró por encima de sus bigotes
chamuscados al rozagante muchacho a punto de embestirlo. El láser surcó a través
del viento hasta cercenar las piernas del emperador onírico. El extremo dolor
lo debilitó aún más despojándolo de su capacidad para volverse invisible. La
mutilada ensoñación se mostró una última vez. Los músculos de la cara no le
respondieron. Soltó el tótem. Rocco fundió la pieza con su arma. No quedó nada
de aquel enigmático objeto. Prr Prr Cat, al fin derrotado, estrelló su hocico
contra el concreto. La refulgente espada se contrajo y el ahora vencedor se
sentó a lado de su otrora salvador a esperar su muerte.
Rocco miraba a una hilera de
hormigas cargar un pedazo de pan. Pensaba en lo afortunadas que eran al no ser
conscientes del amor, la religión, los sueños, la familia, ni ningún otro concepto
que pudiera originar una guerra. El pan se les cayó. El chico lo tomó con sus
dedos. Oyó que alguien se acercaba.
—¿Usu?
—Le extendió la mano.
La nave pilotada por Luisa
arribó a la ubicación del muchacho. Geraldine intentó comunicarse con él.
—Bonita,
de veras no te creo que mi Usu sea capaz de eso —dijo la doctora sin recibir
respuesta ni atención de la chica.
Usurpador también le extendió
la mano. El victorioso muchacho vio que el canal de su amiga requería atención.
Volteó a ver al cuerpo que tenía enfrente antes de responder.
—¿De
verdad quieres acabar con esto? —Le dijo Usurpador—. Entonces no atiendas el
llamado de Geraldine.
Rocco apagó su
intercomunicador. El visitante de otra dimensión se agachó para tocar el cuerpo
despedazado de Prr Prr Cat y también sujetó la mano del chico. Geraldine gritó
con todas sus fuerzas mientras los tres seres desaparecían.
La luna volvió a su argentada
tonalidad. El cráter se convirtió en un abismo poco profundo de rocas y tierra.
El viento limpió las flamas del cielo. Como pocas veces en la Capital, las
estrellas fisgoneaban en el firmamento viendo a la humanidad levantar los
escombros de su planeta. Quisiera el mundo haber despertado de una horrible
pesadilla, pero eso no sucedió.
Rocco despertó sumergido en
una oscuridad agobiante. Jamás había visto un negro tan pesado en toda su vida.
Abrumado, quiso hablar, pero no escuchó su voz. La sensación era sofocante. Se sentía incorpóreo. Sin embargo,
en plena crisis pudo conservar la cordura cuando percibió el aroma a vinagre.
Tenía la sensación de que alguien le dosificaba el aroma en un patrón que se
repetía cada cierto tiempo. Fue hasta después de mucho que entendió que
trataban de comunicarse con él, pero era sumamente complejo decodificar el
mensaje.
Estuvo así por un tiempo
incalculable. No tenía ni idea de cuántos minutos u horas habían pasado. Era
como si olvidara la percepción cronológica. Finalmente, una voz dentro de su
cabeza lo llamó.
—Rocco,
te pido que no pierdas la razón. Sé que este ambiente es sumamente hostil para
ti, pero trataré de apoyarte. No intentes hablar ni mover los labios. Solo
conseguirás frustrarte. Mejor piensa. Piensa en lo que vas a decir y yo lo
escucharé.
—¿Me
oyes? ¿Me oyes?
—Exacto.
Así es como podemos comunicarnos.
—¿Estoy
muerto? ¿Quién eres?
—Soy
Usurpador. Lo lamento, Rocco, no estás muerto. Estás en mi dimensión. “La
dimensión oscura”, si la quieres llamar así.
—¿Por
qué me trajeron aquí? Estaba a punto de morir.
—Te
pido una disculpa. Yo no decidí que vinieras aquí. Realmente fuiste atraído
hasta acá. El asimilador madre nos reclamó a ambos.
—¿Para
qué?
—Rocco,
su naturaleza no es como la de los humanos. No se guía por razones ni
motivaciones. Esta es una realidad totalmente nueva para ti.
—¿Cuánto
tiempo ha pasado?
—Aquí
no medimos el tiempo. Es imposible saberlo.
—Deben
haber sido unas horas.
—Tal vez
en tu realidad ya hayan pasado millones de años.
—¿Qué?
Yo no puedo estar aquí. ¡Mátame, por favor!
—No
tengo la facultad para hacer eso.
—¿Cuándo
moriré?
—No
existen las fechas aquí.
—Bien,
si no me alimento mi cuerpo perecerá.
—Lamento
mucho lo que te voy a decir: tú ya no tienes cuerpo. Ahora solo eres una
consciencia. El asimilador de tu cabeza seguirá siendo usado como instrumento
para extraer tu información. Hasta que termine su misión, ambos morirán.
—No.
¡Maldita sea! ¿Por qué no me dijiste que pasaría esto? Esta realidad es
horrible. Estoy asustado. Quiero llorar, pero no tengo lágrimas ni puedo hacer
gestos. Se siente como cuando pruebas algo insípido. Por favor. Sácame de aquí.
—Mientras
estuve en tu realidad hice todo lo que pude para ayudarte. Ahora ya no tenemos
ningún interés en común. Y aunque quisiera, no puedo hacer nada por ti.
—Espera,
quizá aún pueda salir de aquí. ¿Dónde está Prr Prr Cat?
—También
fue reclamado.
—¿Está
aquí?
—El
asimilador madre se encuentra extrayendo sus conocimientos ahora mismo. Tiene
un interés genuino en él. Pero a diferencia de ti, Prr Prr Cat sigue
inconsciente. Lamento decir que no puedo garantizar su muerte y aunque
perecería, el vínculo entre ustedes ha finalizado. Ambos son dos consciencias
independientes ahora.
—¿Al
menos tengo voluntad sobre mi mente?
—Así
es. Nadie modificará tus pensamientos. El hecho de que el asimilador trabaje no
quiere decir que te restará autoridad sobre lo que decidas.
—Estoy
totalmente jodido. Todo se fue al carajo. ¿Qué me queda ahora?
—Bueno,
conservas todos tus recuerdos, tus conocimientos, tus ideas. Creo que solo te
queda una cosa por hacer: soñar. Ahora puedes hacerlo libremente, sin miedo a
que tus pesadillas arruinen tu realidad. Ahora el mundo onírico es tu única
realidad.
—Creo
que siempre quise vivir dentro de mis fantasías. La realidad es dolorosa. Solo
nos queda el dulce alivio de los sueños. Espero que la muerte sea un sueño
eterno. Los humanos merecemos eso.
—Aquí
no existen los merecimientos.
—¡Ja!
Ni siquiera tengo que cerrar los ojos. Ya está todo oscuro.
—Y en
esta oscuridad, ¿qué es lo que ves?
—El
suave veneno de lo imposible.
En una noche aterciopelada. En
un teatro muy elegante, enorme, una verdadera bóveda revestida de oro y guinda,
atiborrado de gente autoproclamada conocedora del buen gusto, vestida de
etiqueta, una obra se llevaba a cabo.
Una luz central dibujó un
círculo amarillo en un fondo negro. El público educado estaba en silencio. Un
actor escapó de las sombras para refugiarse en el círculo. Con elocuentes
ademanes, finas expresiones y una voz elegante. Con una pasión incendiaria el personaje
cobró vida gracias a la astucia del actor. No reconocían el nombre en el
programa.
El personaje dijo su nombre y
era todo lo que sabían. La historia cobró sentido con aquella magnífica
interpretación.
Conmovió exprimiendo lágrimas
de los sacos de carne. Tocó corazones, movió consciencias.
Ocurrió un milagro, de esos
que solo el arte puede lograr. Un milagro histriónico, que le valió llevarse un
alud de aplausos, un concierto de chiflidos, una tormenta de rosas a sus pies.
Una luz famélica se devoró al
anfiteatro para teñir todo de amarillo. El público de pie, el actor de
rodillas. Elevando besos con un finísimo ademán, que, como burbujas de jabón,
se estrellaron en los trajes de los más distraídos.
La obra: un éxito como en cada
fecha. Infinitas representaciones. Nunca se supo cuál fue la primera ni cuál
sería la última. Pero qué importa, el chiste es deleitarse mientras sea
posible.
Entre toda la gente elegante, ahí, en primera fila, había rostros familiares: Videl y Geraldine. Isaac y toda su flota: Jesús Ramón, José Agustín, Carlos Alfredo, Gloria Alejandra, María Margarita y la pequeña Sofía Leticia en los brazos de Candelaria. Aurora, la madre de Rocco. También estaba la subinspectora Luisa acompañada de Dorantes, Melgarejo, Manríquez y la Kiki; la doctora con Mariano; Usurpador y la familia del usurpado Alexis: su esposa Paloma y su hijo Michelle. Los padres y los abuelos de los hermanos León. Leandro con su novio. Carmela. Atrás de ellos se encontraban el general Astro de Luca, Adara Milakis, Harrison Ford, Ahsoka Tano, Noketzal Ijupi, Freya Leonore, Jar Jar Binks y todo el ejército de la Alianza Rebelde. Desde los palcos observaba El Rey Altazor Gastón Garañón III con Reginaldo, escoltado por el Capitán Clavel, Narciso, Cempaxúchitl, Amapola y el resto de la Guardia Florida. Todos de pie, aplaudiendo la maravillosa interpretación de Rocco, quien fue levantado en un abrazo por su hermano Gino, el coprotagonista de la obra. Los hermanos se abrazaron más fuerte y el aplauso fue ensordecedor.
—Felicidades,
cabrón, lo lograste —dijo Gino.
—Todo
fue gracias a ti. Tú me inspiraste a hacerlo —contestó Rocco.
—¡Cumpliste
tu sueño!
—Nuestro
sueño. Yo siempre quise esto: convertirme en actor profesional y actuar a lado
de mi hermano, con todos nuestros seres queridos presentes.
—Pues
ya no es un sueño. ¡Ahora es una realidad!
—¿De
verdad lo crees?
—Es en
serio —dijo una voz gruesa que se escuchó tras bambalinas. El teatro hizo
silencio en instantes. Todo el elenco se partió en dos para hacerle pasillo a alguien.
Las luces se apagaron nuevamente. Una luz cenital alumbró desde bambalinas—. Te
felicito, Rocco. Me da gusto ver que el amor te impulsó a cumplir tus sueños.
—El ser del que provenía la voz se iluminó. Era un pequeño gato
negro con una capa y ojos púrpuras. Se acercó a Rocco.
—Si tú
estás aquí significa que es un sueño o, más bien, una pesadilla. —Reflexionó el
consagrado actor apartando a Gino de la cercanía del gato. En medio del
escenario únicamente permanecieron Rocco y el gato.
—No, mi
amado. Si yo estoy aquí significa que el milagro del amor trasciende
realidades.
—Tengo
todo lo que siempre soñé. No necesito tu amor.
—Tú me
necesitas. Siempre me vas a necesitar porque necesitas el caos, porque de sus
cenizas florece el verdadero amor. De no ser así, jamás me hubieras creado.
—Si te
creé, te puedo destruir.
—Entonces,
¿por qué aún no lo haces?
—Porque
el día que lo haga será el día que tendré que despertar y aún no estoy
listo para abrir los ojos.
El telón se cerró cubriendo a
los dos individuos por completo, pero nadie en el teatro volvió a hacer ningún
ruido. Todo se quedó a oscuras y en silencio.
FIN
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