CAPÍTULO 1: LA PROMESA PARADÓJICA

 “Este cuarto es muy pequeño,

Para las cosas que sueño”

             

—José María Cano 









                                                                PRIMERA PARTE 




—¿Cómo que de pronto se hizo de noche?

—Así como lo oyes.

 

Los gritos de una mujer casi le revientan los tímpanos al anciano que transitaba a su lado.

Una sobresaliente capa de asombro recubrió la atmósfera.

Dos calaveras estallaron en pedazos al estrellarse después de la sincronizada distracción de un par de conductores.

Con la luz extraviada los ciudadanos se rindieron al caos.

Llanto, pánico, confusión.

#SeHizoDeNoche

#SeRobaronLaLuz

#TengoMiedo

#EsElFin

#Eclipse

Después de las correspondientes investigaciones científicas los medios arrojaron el primer veredicto: “no se trató de un eclipse”, “científicos descartan que el repentino oscurecimiento de esta tarde se deba a la alineación de la luna con el sol”, “¡fenómeno inédito!”, “La NASA asegura no tener respuestas”, “se investigan las causas y posibles consecuencias”, “¡de locos!”.

Por las verticales calles de la colonia capitalina San Miguel, Don Miguelito, el borracho local, recogía latas de las banquetas. Un brillo particular proveniente del suelo cautivó su atención. Era una moneda de veinte pesos, de esas que salen cada cierto tiempo para conmemorar algún hecho histórico; estaba recostada bocabajo. Lucía la majestuosa figura de un águila devorando una serpiente grabada sobre su lomo. Era tan bonita, tan brillante porque acababa de ser puesta en circulación. Don Miguelito no creyó ser digno de ella, se autoconcebía carente de merecer incluso una moneda de bajo monto. Pero derrotado por su brutal preciosura, se rindió a sus destellos y se inclinó para recogerla. Casi la tuvo en sus manos cuando simplemente desapareció de su vista. No solo aquella reliquia se esfumó, también lo hicieron el pavimento, las paredes, los autos, el cielo y el sol. Don Miguelito cayó en una prisión de oscuridad. A nada estuvo de declararse ciego, culpando a la barata bebida etílica que engarrotaban sus manos, pero pronto recuperó su cordura al escuchar los gimoteos de la señora de la tienda que no soportó el insólito fenómeno.  

Anonadados, todos los vecinos salieron a las calles con linternas o con velas en busca de la normalidad que la noche vespertina les arrebató. Los murmullos y cuchicheos efervescentes se derramaron por los labios palpitantes que parecían moverse por cuenta propia. El desasosiego los tenía sometidos. 

Medio minuto después del evento, los postes comenzaban a encenderse mientras las personas no dejaban de mirar sus relojes. “Pero si son las 2:37, ¿qué horas tienes tú?”, se escuchaba por las cuadras ahogadas en negrura.

Los buscadores de internet se saturaron con la pregunta “¿por qué se hizo de noche?”.  

Sé que ustedes, curiosos lectores, se están preguntando lo mismo. Aún es muy pronto para decirles la respuesta, pero tengan la certeza de que la recibirán. Lo que puedo decirles es que aquella tarde del 11 de agosto de 2014, la realidad que conocemos cambiaría para siempre, cuando a las 2:36 pm (hora del centro de México) la mitad del mundo fue revolcada por una ola de oscuridad durante poco más de tres minutos. Todo se quedó en penumbras. Pero lo más importante de este extraño suceso nombrado vulgarmente ‘El Eclipse Fantasma’, es que no todos los mexicanos fueron testigos de él. Justo en ese mismo instante, un joven capitalino dormía una inusual y nada oportuna siesta.


 

CAPÍTULO 1: LA PROMESA PARADÓJICA  

 

Rocco dormía, ¿qué más podía hacer?, se había pasado las últimas semanas ensayando para LA GRAN AUDICIÓN. Definitivamente esta era la definitiva. Era su quinta oportunidad para por fin entrar a la prestigiosa compañía de teatro Jorge Ibargüengoitia. Tenía que hacerlo, se lo había prometido a Gino. Todos en casa confiaban en él, sin embargo, el agotamiento llegó a un punto crítico. Por otra parte, las clases en el Centro Universitario de Teatro recién comenzaban y su agenda se saturó, así que en cuanto encontró un tiempo libre lo aprovechó para dormir.

Rocco dormía en el sofá de la planta baja. Acababa de llegar de la escuela cuando la sala se le cruzó de pronto ofreciéndole la oferta de descansar sin la necesidad de subir las escaleras. Se acostó, encendió la tele, pero, cuando la voz de la conductora del noticiero comenzó a propagarse más allá de las bocinas de la pantalla, los ronquidos de Rocco ya la habían superado en decibeles.   

No había nadie en casa, solo estaban él y sus primeras cuatro fases de sueño, las cuales superó sin dificultades. Aproximadamente a las 2:30 de la tarde, el joven de 22 años se adentró en la fase REM. A juzgar por sus preocupantes expresiones y agitada respiración, podríamos decir que estaba teniendo una pesadilla o, mejor dicho, una horrible pesadilla.

El escenario donde sucedía la historia estaba cubierto de niebla. De fondo se escuchaba una melodía fúnebre. Murciélagos surcaban el cielo clavando sus afiliados chillidos por doquier. Rocco intentó cubrir sus oídos para que no fueran atravesados por aquellas dagas, pero los brazos no le respondieron, estaba atado de cuerpo completo.

De pronto su percepción del espació cambió. Todo se veía como en una película silente. Las imágenes habían sido retocadas por un filtro a blanco y negro ensuciado por las marcas típicas de una cinta dañada. Los objetos se movían con una gracia titubeante, como si la velocidad hubiera sido aumentada. La música fúnebre cesó intempestivamente. El ruido de fondo era el clásico sonido de la cinta corriendo por el carrete que hacía un eco fastidioso e incesante.

El inicio de la escena lo marcó un piano vertiginosamente dramático que arrojó pistas sobre el peligro que estaba a punto de acechar al protagonista. La premisa era una situación cliché: Rocco estaba atado sobre las vías de un tren luchando por liberarse. A lo lejos, una amenazante bestia de sesenta mil toneladas marchaba violentamente hacia la víctima. El tren tenía unos ojos agresivos y una sonrisa infernal. Echaba vapor con un furioso frenesí, tan alto que aniquilaba las nubes de un soplido. Las llantas, afiladas como discos, escupían chispas a borbotones.  

Rocco sufría por digerir una burda fantasía con un amargo sabor a realidad. El pánico infestaba todo su cuerpo. El corazón caliente se le remarcaba en el pecho. Lloraba granos de sal que le blanqueaban el bigote. Sabía que pronto sería rebanado por la grotesca máquina que no frenaba su marcha. Intentó gritar con todas sus fuerzas, pero sus cuerdas vocales no arrojaron ni un cachito de su voz. Al voltear hacia el punto de fuga, observó cómo su depredador aumentaba su tamaño. Las vías se sacudían con brusquedad. La esperanza se fundía lentamente hasta convertirse en cenizas.

Por mera casualidad, el chico levantó la cabeza poniendo su mirada en el frente. Las pupilas se le expandieron al notar con emotiva sorpresa que ocho siluetas se enfilaban delante de él.  Los irreconocibles espectros abandonaron las sombras para dejar ver sus caras. Todos eran rostros familiares. Ahí estaban papá; Candelaria con su bebé en el vientre; los cinco enanos jodones:  Jesús Ramón, José Agustín, Carlos Alfredo, María Margarita y Gloria Alejandra; además, en el extremo izquierdo, la cereza en el pastel: Gino, que había regresado triunfante de El Valle de la Muerte para volver a verlo una última vez. No había duda, estaba salvado. Todos habían emprendido un viaje por los dominios oníricos para rescatarlo. Los granos de sal que brotaban por sus ojos pasaron a un estado líquido bañando su cara con torrentes de felicidad. El cosquilleo que sintió en las mejillas lo hizo sonreír torpemente como un niño chiveado. El corazón ardiente bajó su temperatura hasta dejar de marcar su pecho y calentarle los órganos internos con su furor.

Rocco tuvo voz, pero no a través del sonido, sino en una pizarra negra que ocupaba toda la pantalla. En ella se transcribía el diálogo del victimario en apuros: “Familia, han venido a ayudarme. ¡Los estaba esperando!”. Sin embargo, las ocho figuras seguían inmóviles y la música dramática no se esfumaba. Además, la marcha del tren no se había detenido en ningún momento.

La tensión regresó a acelerarle el corazón. Las caras de sus familiares lucían como viejos retratos del siglo pasado, carcomidos por las orillas, arrugados y desdibujados. Llamas inesperadas surgieron del pastizal en el que estaban parados. Comenzaron a consumir los ocho cuerpos que se extinguían rápidamente como papel fotográfico. El muchacho se retorcía en el dolor de ver cómo su familia estaba ahí tan cerca de él, pero era incapaz de hacer algo para salvarlo. La desesperación se transformó en resignación y el tren monstruoso estaba más cerca que nunca. El piano tocaba notas sacadas del inframundo. Todo daba vueltas mientras los ochos retratos se extinguían en las llamas.

El bólido al fin llegó a su destino. El pobre victimario no pudo más que apretar la mandíbula y enterrar los párpados en las mejillas. Anhelaba como nunca el desmayo. Solo quería sentirse ligero antes de perecer. El tren nunca se detuvo.

Aún con los ojos cerrados, percibió una intensa luz que se engrandecía frente a él filtrándose a través de sus párpados. Pensó que se trataba del faro de la locomotora por lo que no se preocupó de echar un vistazo. Pronto reflexionó que aún tenía conciencia de sí mismo. Era extraño, el monstruo llegó a su meta, pero él no se sentía desfallecido. Dejó de percibir la luz. Su ritmo cardiaco se ralentizó. La música ya no se escuchaba más. A sus oídos los acariciaba el silencio. ¿Qué era esa sensación? ¿Estaba flotando? ¿De dónde venía ese sentimiento de liviandad? Solo estaba él rebotando en el vacío.

“Conque así se siente la muerte. Es una profunda inyección de calma”.

Al terminar de decir la palabra calma notó que ya podía escuchar su voz. También había sido liberado de las cuerdas. Su cuerpo recuperó su total movilidad. El corazón volvió a su cauce. Las lágrimas se evaporaron con un intenso viento dejando una sensación de frialdad en sus cachetes tibios. Se regocijaba en una preciosa sensación. “La calma sabe a algodón de azúcar”. Se sonrojó al decir algo como eso y rio avergonzado. No se había sentido así nunca, menos en esos últimos días que lidiaba con el estrés a cada minuto.  

Después notó que el viento resoplaba con fuerza en sus oídos. Se sentía como si estuviera… ¿volando? No. No volaba por cuenta propia, se desplazaba gracias a alguien más, a alguien que lo llevaba cargando. Decidió probar la superficie sobre la que descansaba su cuerpo. Era afelpada y calientita, llena de confort. Percibió músculos y huesos en movimiento. Definitivamente se trataba de un mamífero o una criatura parecida. Pensó en abrir los ojos, pero le pareció divertido dilatar la sorpresa. Escuchó un sonido tenue. El pecho del presunto animal vibraba como si tuviera un pequeño motor adentro. Al prestar más atención notó que se trataba de un ronroneo. Entonces ya todo estaba claro para Rocco. Levitaba sobre la tierra en los brazos de alguien muy familiar, de un viejo protagonista de sus sueños, del salvador de sus pesadillas, de alguien que hizo un voto para protegerlo por siempre. No tuvo la necesidad de confirmarlo ni siquiera con la vista, no es necesario cuando hay una promesa de por medio.

“Gracias por salvarme otra vez”.

Y se recostó en su pecho como un niño pequeño que se deja proteger por sus padres.

El ser que lo cargaba continuó su marcha sosteniéndolo firmemente con sus garras, pero con la delicadeza necesaria para no lastimarlo.

Se alejó dejando una estela de pelos tras de sí. Sus bigotes largos rebotaban en el aire a cada paso que daba. Sobre su cuello colgaba una majestuosa capa color púrpura que ondeaba victoriosa y se fundía con el horizonte.

El salvador no dijo ni una sola palabra, pero sí lanzó un maullido perentorio que el eco fragmentó en una lluvia escandalosa similar al trino de las aves.

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