CAPÍTULO 1: LA PROMESA PARADÓJICA
“Este cuarto es muy pequeño,
Para las
cosas que sueño”
—¿Cómo
que de pronto se hizo de noche?
—Así
como lo oyes.
Los gritos de una mujer casi
le revientan los tímpanos al anciano que transitaba a su lado.
Una sobresaliente capa de
asombro recubrió la atmósfera.
Dos calaveras estallaron en
pedazos al estrellarse después de la sincronizada distracción de un par de
conductores.
Con la luz extraviada los
ciudadanos se rindieron al caos.
Llanto, pánico, confusión.
#SeHizoDeNoche
#SeRobaronLaLuz
#TengoMiedo
#EsElFin
#Eclipse
Después de las
correspondientes investigaciones científicas los medios arrojaron el primer
veredicto: “no se trató de un eclipse”, “científicos descartan que el repentino
oscurecimiento de esta tarde se deba a la alineación de la luna con el sol”,
“¡fenómeno inédito!”, “La NASA asegura no tener respuestas”, “se investigan las
causas y posibles consecuencias”, “¡de locos!”.
Por las verticales calles de
la colonia capitalina San Miguel, Don Miguelito, el borracho local, recogía
latas de las banquetas. Un brillo particular proveniente del suelo cautivó su
atención. Era una moneda de veinte pesos, de esas que salen cada cierto tiempo
para conmemorar algún hecho histórico; estaba recostada bocabajo. Lucía la majestuosa
figura de un águila devorando una serpiente grabada sobre su lomo. Era tan
bonita, tan brillante porque acababa de ser puesta en circulación. Don
Miguelito no creyó ser digno de ella, se autoconcebía carente de merecer
incluso una moneda de bajo monto. Pero derrotado por su brutal preciosura, se
rindió a sus destellos y se inclinó para recogerla. Casi la tuvo en sus manos
cuando simplemente desapareció de su vista. No solo aquella reliquia se esfumó,
también lo hicieron el pavimento, las paredes, los autos, el cielo y el sol. Don
Miguelito cayó en una prisión de oscuridad. A nada estuvo de declararse ciego,
culpando a la barata bebida etílica que engarrotaban sus manos, pero pronto recuperó
su cordura al escuchar los gimoteos de la señora de la tienda que no soportó el
insólito fenómeno.
Anonadados, todos los vecinos
salieron a las calles con linternas o con velas en busca de la normalidad que
la noche vespertina les arrebató. Los murmullos y cuchicheos efervescentes se derramaron
por los labios palpitantes que parecían moverse por cuenta propia. El
desasosiego los tenía sometidos.
Medio minuto después del
evento, los postes comenzaban a encenderse mientras las personas no dejaban de
mirar sus relojes. “Pero si son las 2:37, ¿qué horas tienes tú?”, se escuchaba
por las cuadras ahogadas en negrura.
Los buscadores de internet se
saturaron con la pregunta “¿por qué se hizo de noche?”.
Sé que ustedes, curiosos
lectores, se están preguntando lo mismo. Aún es muy pronto para decirles la
respuesta, pero tengan la certeza de que la recibirán. Lo que puedo decirles es
que aquella tarde del 11 de agosto de 2014, la realidad que conocemos cambiaría
para siempre, cuando a las 2:36 pm (hora del centro de México) la mitad del
mundo fue revolcada por una ola de oscuridad durante poco más de tres minutos.
Todo se quedó en penumbras. Pero lo más importante de este extraño suceso
nombrado vulgarmente ‘El Eclipse Fantasma’, es que no todos los mexicanos
fueron testigos de él. Justo en ese mismo instante, un joven capitalino dormía
una inusual y nada oportuna siesta.
CAPÍTULO 1: LA PROMESA
PARADÓJICA
Rocco dormía, ¿qué más podía
hacer?, se había pasado las últimas semanas ensayando para LA GRAN AUDICIÓN. Definitivamente
esta era la definitiva. Era su quinta oportunidad para por fin entrar a la prestigiosa
compañía de teatro Jorge Ibargüengoitia. Tenía que hacerlo, se lo había
prometido a Gino. Todos en casa confiaban en él, sin embargo, el agotamiento
llegó a un punto crítico. Por otra parte, las clases en el Centro Universitario
de Teatro recién comenzaban y su agenda se saturó, así que en cuanto encontró
un tiempo libre lo aprovechó para dormir.
Rocco dormía en el sofá de la
planta baja. Acababa de llegar de la escuela cuando la sala se le cruzó de
pronto ofreciéndole la oferta de descansar sin la necesidad de subir las
escaleras. Se acostó, encendió la tele, pero, cuando la voz de la conductora
del noticiero comenzó a propagarse más allá de las bocinas de la pantalla, los
ronquidos de Rocco ya la habían superado en decibeles.
No había nadie en casa, solo
estaban él y sus primeras cuatro fases de sueño, las cuales superó sin
dificultades. Aproximadamente a las 2:30 de la tarde, el joven de 22 años se
adentró en la fase REM. A juzgar por sus preocupantes expresiones y agitada
respiración, podríamos decir que estaba teniendo una pesadilla o, mejor dicho,
una horrible pesadilla.
El escenario donde sucedía la
historia estaba cubierto de niebla. De fondo se escuchaba una melodía fúnebre.
Murciélagos surcaban el cielo clavando sus afiliados chillidos por doquier. Rocco
intentó cubrir sus oídos para que no fueran atravesados por aquellas dagas,
pero los brazos no le respondieron, estaba atado de cuerpo completo.
De pronto su percepción del
espació cambió. Todo se veía como en una película silente. Las imágenes habían
sido retocadas por un filtro a blanco y negro ensuciado por las marcas típicas
de una cinta dañada. Los objetos se movían con una gracia titubeante, como si
la velocidad hubiera sido aumentada. La música fúnebre cesó intempestivamente. El
ruido de fondo era el clásico sonido de la cinta corriendo por el carrete que
hacía un eco fastidioso e incesante.
El inicio de la escena lo
marcó un piano vertiginosamente dramático que arrojó pistas sobre el peligro
que estaba a punto de acechar al protagonista. La premisa era una situación
cliché: Rocco estaba atado sobre las vías de un tren luchando por liberarse. A
lo lejos, una amenazante bestia de sesenta mil toneladas marchaba violentamente
hacia la víctima. El tren tenía unos ojos agresivos y una sonrisa infernal.
Echaba vapor con un furioso frenesí, tan alto que aniquilaba las nubes de un
soplido. Las llantas, afiladas como discos, escupían chispas a borbotones.
Rocco sufría por digerir una
burda fantasía con un amargo sabor a realidad. El pánico infestaba todo su
cuerpo. El corazón caliente se le remarcaba en el pecho. Lloraba granos de sal
que le blanqueaban el bigote. Sabía que pronto sería rebanado por la grotesca
máquina que no frenaba su marcha. Intentó gritar con todas sus fuerzas, pero
sus cuerdas vocales no arrojaron ni un cachito de su voz. Al voltear hacia el
punto de fuga, observó cómo su depredador aumentaba su tamaño. Las vías se
sacudían con brusquedad. La esperanza se fundía lentamente hasta convertirse en
cenizas.
Por mera casualidad, el chico
levantó la cabeza poniendo su mirada en el frente. Las pupilas se le
expandieron al notar con emotiva sorpresa que ocho siluetas se enfilaban
delante de él. Los irreconocibles
espectros abandonaron las sombras para dejar ver sus caras. Todos eran rostros
familiares. Ahí estaban papá; Candelaria con su bebé en el vientre; los cinco
enanos jodones: Jesús Ramón, José
Agustín, Carlos Alfredo, María Margarita y Gloria Alejandra; además, en el
extremo izquierdo, la cereza en el pastel: Gino, que había regresado triunfante
de El Valle de la Muerte para volver a verlo una última vez. No había duda,
estaba salvado. Todos habían emprendido un viaje por los dominios oníricos para
rescatarlo. Los granos de sal que brotaban por sus ojos pasaron a un estado
líquido bañando su cara con torrentes de felicidad. El cosquilleo que sintió en
las mejillas lo hizo sonreír torpemente como un niño chiveado. El corazón
ardiente bajó su temperatura hasta dejar de marcar su pecho y calentarle los
órganos internos con su furor.
Rocco tuvo voz, pero no a
través del sonido, sino en una pizarra negra que ocupaba toda la pantalla. En
ella se transcribía el diálogo del victimario en apuros: “Familia, han venido a
ayudarme. ¡Los estaba esperando!”. Sin embargo, las ocho figuras seguían
inmóviles y la música dramática no se esfumaba. Además, la marcha del tren no
se había detenido en ningún momento.
La tensión regresó a
acelerarle el corazón. Las caras de sus familiares lucían como viejos retratos
del siglo pasado, carcomidos por las orillas, arrugados y desdibujados. Llamas
inesperadas surgieron del pastizal en el que estaban parados. Comenzaron a
consumir los ocho cuerpos que se extinguían rápidamente como papel fotográfico.
El muchacho se retorcía en el dolor de ver cómo su familia estaba ahí tan cerca
de él, pero era incapaz de hacer algo para salvarlo. La desesperación se
transformó en resignación y el tren monstruoso estaba más cerca que nunca. El
piano tocaba notas sacadas del inframundo. Todo daba vueltas mientras los ochos
retratos se extinguían en las llamas.
El bólido al fin llegó a su
destino. El pobre victimario no pudo más que apretar la mandíbula y enterrar
los párpados en las mejillas. Anhelaba como nunca el desmayo. Solo quería
sentirse ligero antes de perecer. El tren nunca se detuvo.
Aún con los ojos cerrados,
percibió una intensa luz que se engrandecía frente a él filtrándose a través de
sus párpados. Pensó que se trataba del faro de la locomotora por lo que no se
preocupó de echar un vistazo. Pronto reflexionó que aún tenía conciencia de sí
mismo. Era extraño, el monstruo llegó a su meta, pero él no se sentía
desfallecido. Dejó de percibir la luz. Su ritmo cardiaco se ralentizó. La
música ya no se escuchaba más. A sus oídos los acariciaba el silencio. ¿Qué era
esa sensación? ¿Estaba flotando? ¿De dónde venía ese sentimiento de liviandad?
Solo estaba él rebotando en el vacío.
“Conque así se siente la
muerte. Es una profunda inyección de calma”.
Al terminar de decir la
palabra calma notó que ya podía escuchar su voz. También había sido liberado de
las cuerdas. Su cuerpo recuperó su total movilidad. El corazón volvió a su
cauce. Las lágrimas se evaporaron con un intenso viento dejando una sensación
de frialdad en sus cachetes tibios. Se regocijaba en una preciosa sensación.
“La calma sabe a algodón de azúcar”. Se sonrojó al decir algo como eso y rio
avergonzado. No se había sentido así nunca, menos en esos últimos días que
lidiaba con el estrés a cada minuto.
Después notó que el viento
resoplaba con fuerza en sus oídos. Se sentía como si estuviera… ¿volando? No.
No volaba por cuenta propia, se desplazaba gracias a alguien más, a alguien que
lo llevaba cargando. Decidió probar la superficie sobre la que descansaba su
cuerpo. Era afelpada y calientita, llena de confort. Percibió músculos y huesos
en movimiento. Definitivamente se trataba de un mamífero o una criatura
parecida. Pensó en abrir los ojos, pero le pareció divertido dilatar la
sorpresa. Escuchó un sonido tenue. El pecho del presunto animal vibraba como si
tuviera un pequeño motor adentro. Al prestar más atención notó que se trataba
de un ronroneo. Entonces ya todo estaba claro para Rocco. Levitaba sobre la
tierra en los brazos de alguien muy familiar, de un viejo protagonista de sus
sueños, del salvador de sus pesadillas, de alguien que hizo un voto para
protegerlo por siempre. No tuvo la necesidad de confirmarlo ni siquiera con la
vista, no es necesario cuando hay una promesa de por medio.
“Gracias por salvarme otra
vez”.
Y se recostó en su pecho como
un niño pequeño que se deja proteger por sus padres.
El ser que lo cargaba continuó
su marcha sosteniéndolo firmemente con sus garras, pero con la delicadeza
necesaria para no lastimarlo.
Se alejó dejando una estela de
pelos tras de sí. Sus bigotes largos rebotaban en el aire a cada paso que daba.
Sobre su cuello colgaba una majestuosa capa color púrpura que ondeaba
victoriosa y se fundía con el horizonte.
El salvador no dijo ni una
sola palabra, pero sí lanzó un maullido perentorio que el eco fragmentó en una
lluvia escandalosa similar al trino de las aves.
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