CAPÍTULO 3: CADENA

Al abrir los ojos encontró a un monstruo de cuatro cabezas observándolo. Dos a su izquierda (José Agustín y María Margarita) y dos a su derecha (Jesús Ramón y Carlos Alfredo). Su corazón estuvo a punto de detenerse, pero pronto tomó conciencia de la situación.

—¡Ya despertó Roquito!

—¡Ese es mi hermanito!

—Tú cállate que dijiste que se iba a morir.

—¿A quihoras, chismosote?

No le fue posible ubicarse ni en tiempo ni en espacio. Estaba en una camilla en quién sabe qué hospital, quién sabe qué día, a quién sabe qué hora.

—¿Cuánto tiempo estuve dormido?

—Un día.

Se talló los ojos y notó la debilidad de su cuerpo. Mientras los cuatro guacamayos no cesaban su graznido, la memoria de Rocco retornaba lentamente. El eclipse, el dolor, la chica, el olor a vinagre, el vapor, el… ¿Cómo nombrarlo? ¿Tenía nombre? ¿Fue real?

—Chuy.

—Eu.

—Saca a los chamacos.

—¡Oigan! Váyanse con mi mamá. Rocco necesita descansar.

—¿Más? Pero si ya se durmió todo el día.

—María, obedece. Pepe, están haciendo mucho escándalo. Sálganse ya.

Jesús Ramón se notaba sumamente preocupado. Rocco tenía miedo de sus recuerdos. No había explicación lógica para la experiencia vivida el día anterior. Tenía plena confianza en el mayor de sus hermanos. Cuando se quedaron a solas imploró respuestas.

—Te dije que no te excedieras con los ensayos.

—Hermanito, me urge saber qué me pasó.

—Mi papá me dijo que te dejara solo. Que necesitabas aire. Yo creo que pensó que podría molestarte. Dijo algo así como que tú sabes cómo reponerte. Quise confiar en eso, pero pasó una hora y no volvías. Mi papá comenzó a preocuparse, aunque fingía que no. La verdad es que me desesperé y salí a buscarte. No sabía ni por dónde empezar, pero vi que a dos cuadras había una ambulancia. Casi me pongo a chillar del miedo. Cuando me acerqué me dijeron que te habías desmayado, que parecía no ser grave pero que tenías la garganta irritada y respirabas con dificultad. Además, tu nariz estaba muy fría.

—Y cuando llegaste, ¿viste a alguien conmigo?

—Sí.

—Entonces sí pasó. —Se dibujó perfectamente el miedo en su rostro—. ¿Quién era él?

—El paramédico. ¿Por qué? También había dos señoras que viven en esa calle. Ellas te encontraron cuando iban a la tienda. Les pregunté que si sabían qué te pasó y me dijeron que solo te encontraron tirado, que no reaccionabas.

—¿Solo?

—Sí. No dijeron nada más. Pensaron que estabas muerto. Ellas llamaron a la ambulancia. Había muchos chismosos asomándose por su ventana. Les pregunté también a ellos, pero nadie vio nada. Le hablé a mi papá. Me vine con él en la ambulancia. Aquí te revisaron bien y dijeron que seguías estable. Que probablemente se debía a la fatiga, pero te van a tener en observación por eso de que no podías respirar bien.

—¿Cuánto tiempo?

—No sé. Brother, en serio, ya no te esfuerces tanto.

—¿Que no me esfuerce tanto? Chuy, ¿qué te pasa? Sabes muy bien qué es lo que anhelo. La vara de mi deseo está muy alta, demasiado alta. No va a bajar porque yo me ande desmayando de vez en cuando.

—¡Cabrón! No te tienes que estar desmayando de vez en cuando. ¿Estás ensayando ahorita?

—No, porque estoy aquí.

—¡Exacto! Sin tu salud no puedes hacer lo que deseas. Ya sé que necesitas escalar una montaña para llegar hasta tu meta pero, ¿cómo pretendes hacerlo si no tienes un cuerpo o una mente que te lleven hasta allá?

—No exageres, güey. Ya me siento bien. Necesito que me den de alta ya.

—Ni siquiera sabes lo que te pasó.  

Rocco pensó una vez más en la serie de eventos inverosímiles que su mente había registrado. Pensó que tal vez Jesús podría tener razón, pero si la tenía, significaba que el ritmo de sus ensayos debería disminuir y eso solo era una opción en una situación de vida o muerte. Con la muerte no podía jugar, pero un desmayo no era una señal de alarma para él.

—Me desmayé por el impacto de la noticia de ayer. ¿Qué pedo con eso? ¿Nadie sabe nada todavía?

—Mis papás dicen que en las noticias no hay nada. Al aparecer aún están investigando. Leí una teoría en internet que dice que…

—Chuy.

—Eu.

—Te quiero, hermano. Gracias por todo.

—De nada. Yo también te quiero.

—Necesito estar solo.

—Sí. Ya me voy. Solo déjame decirte esto: lo que te pasó no es normal. No me parece que sea por el impacto de la noticia. No eres esa clase de persona. Has vivido cosas peores. Ya sé que no debería de hablar de esto, pero sabes que es verdad. Me has contado que superaste con poca dificultad aquello. Ahora, tampoco tienes vicios. Haces ejercicio. Comes bien. No tendrías por qué ponerte así. Reflexiona si tu promesa no se está volviendo una atadura.

—No deberías de meterte con eso.

—Ya lo sé. Pero me importas. Adiós.

—¡Oye!

—¿Qué?

—¿Te acuerdas de que tu mamá fue al psicólogo hace unos años?

—Entonces lo que te pasa tiene que ver con eso.

—Pásame su número, por fa’. Y no le digas ni a ella ni a mi papá.

—Sí. Ya sé. Ya sé.  

Jesús Ramón cerró la puerta. El tormento de Rocco apenas comenzaba. Lo que vio, lo que sintió, no había manera de que fueran reales. No tenían explicación, pero El Eclipse Fantasma tampoco la tenía y era una certeza para todos. Ojalá se tratara de un sueño, pero como no lo era había que lidiar con ello.

Recuperó otro recuerdo: él tirado en el piso jalando la capa púrpura de un peludo bastante conocido. Si ese individuo había escapado de sus pesadillas para infiltrarse en la realidad algo muy serio estaba ocurriendo, por más que para él no representara una amenaza al menos en el papel.  

Tenía que hablarlo con un profesional. Una respuesta lógica para todo era que su mente podría estar fabricando alucinaciones. Por eso debía consultar a un… Su teléfono timbró. “Adrian psicologo 5578931122 te quiero”. Jesús Ramón había cumplido su parte. Su familia siempre cumplía con la parte del apoyo incondicional. Ahora era su turno para hacer algo por ellos. Merecían tener la certeza de que él haría lo posible por no dejarse caer. No podía suceder cuando faltaba un mes para las audiciones, solo un mes para enfrentarse por quinta vez con el mayor reto de su vida.

Pero comenzó a darle vueltas al asunto, tantas que la ruleta de posibilidades arrojó escenarios que podrían no ser favorables. ¿Qué pasaría si el psicólogo no le creyera? ¿Qué pasaría si su mente se encontrara tan atribulada que necesitara un tratamiento más demandante? Podría pasar mucho tiempo en terapia, lo cual le restaría horas a sus ensayos. ¿Qué tipo de persona ve en la calle a un personaje de sus pesadillas? Solo un loco y los locos van al manicomio ¿Aún existen los manicomios? Quién sabe, pero lo que es seguro es que tendría que iniciar un tratamiento que podría llevarlo a internarse en algún lugar. Aunque tal vez lo que vio sí fue real, en ese caso hay una criatura ahí en la calle que podría causar estragos entre la gente o puede que esté interesada en él y podría ser hostigado en cualquier momento. A final de cuentas, él sabía cuál era el peor escenario de todos: que el psicólogo le recomendara dejar los ensayos para evitar la fatiga y los juegos mentales. Eso NO debía suceder. Gino merecía que su hermano menor lo intentara todo.

Se pasó toda la noche pensando en eso. Las enfermeras le dijeron que probablemente lo darían de alta al día siguiente, pero ni siquiera las escuchó. Durante la noche pasaba y pasaba memes a los cuales no les encontraba ninguna gracia mientras pensaba en un plan. Necesitaba a alguien que tuviera los conocimientos en la materia, pero también la empatía suficiente para no juzgar su relato teóricamente fantasioso. ¿Había alguien que supiera la enorme necesidad de continuar con los ensayos y además estuviera capacitado para hablar sobre cuestiones mentales? ¿Había alguien dispuesto a ayudarlo inmediatamente? Un nombre resonó en su cabeza.

Ingresó a Facebook. Introdujo ese nombre en el buscador. El texto predictivo arrojó el resultado deseado cuando tecleó las primeras letras. Se sorprendió de no haber sido bloqueado por él. Sí, él. Él parecía reunir todos los requisitos, pero, como siempre, hay un pero cuando todo parece ir bien.

El orgullo es una cadena. Te arrincona. Te aísla de quien pueda brindarte ayuda. Limita tus oportunidades. Te transfiere su frialdad. Hay veces que uno mismo es capaz de cortar con esa cadena, sin embargo, la libertad es un terreno desconocido que puede asustar a cualquiera. Mejor la certeza de la desgracia que la incertidumbre de toparse con algo peor. ¿En qué momento el hombre es capaz de cortar esa cadena?: cuando decide enfrentar las consecuencias de pedir ayuda y pedir perdón.

Rocco cortó su cadena porque su anhelo era más grande que cualquier tenebrosa incertidumbre. Envió una solicitud de amistad. Tan pronto como lo hizo sintió pánico por ser confrontado y bloqueó su celular. A los treinta segundos lo desbloqueó otra vez. Actualizó. “Solicitud enviada”. Mejor intentó dormirse. Despegó los párpados a los dos minutos. Actualizó. “Solicitud rechazada”. “¡Hijo de perra! ¡Maldito rencoroso!”. Se cubrió con la sábana para berrear en secreto.

A los cinco minutos le llegó un mensaje de un número desconocido: “Te dije que hibas ha regresar arrastrandote marikon JAJAJJJAJAJJA”. Jamás se había arrepentido tanto en su vida. Extrañó la cadena. La visualizó en sus manos fantaseando con volver a ponérsela.

Se tapó nuevamente. Se destapó. Con rabia llevó su dedo al botón de “bloquear número”, pero lo interrumpió otro mensaje del mismo emisor: “Ya en serio necesitas algo??”. Y deshaciéndose en llanto arrojó con todas sus fuerzas la cadena por la ventana.  

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