CAPÍTULO 2: LA DERROTA DEL FUEGO
La familia Guerrero Santos estaba por llegar a casa.
El pequeño Carlos Alfredo
alborotando a todos como siempre. Jesús Ramón, cumpliendo el papel de hermano
mayor suplente, lo reprendía enérgicamente. José Agustín bromeaba con todas las
situaciones que le proveía el contexto. Detrás de ellos sus padres, Isaac y
Candelaria, malabareaban con la serie de fechorías que sus hijos les arrojaban.
La madre realizaba el doble de esfuerzo al caminar con la aún desconocida Sofía
Leticia durmiendo dentro de su vientre.
María Margarita, pinga como
ella sola, se adelantó para abrir la puerta, pero la empujó tan fuerte que la
estrelló con la pared y se rompió uno de los vidrios, despertando así a Gloria
Alejandra, que dormía en los brazos de su padre y a Rocco, que momentos antes
sonreía ensimismado a causa de su sueño. Los regaños para María Margarita no se
hicieron esperar. La bulla familiar le hizo saber a Rocco que su descanso de
respaldo estaba arruinado. Carlos Alfredo corrió hacia él gritándole con todas
sus fuerzas.
—¡Hermano!
¡Hermano! ¡Hermano! ¿Viste el eclipse?
—Ya te
dijimos que no fue un eclipse, retrasado —lo corrigió José Agustín, quien no se
salvó de la reprimenda de su madre por su actitud hostil.
—Rocco,
¿estabas dormido? ¿No viste lo que pasó? —Le cuestionó su padre.
Aún estaba limpiándose las
babas y las lagañas cuando cayó en cuenta de que había escuchado la palabra
“eclipse”.
—Alfredo,
¿qué dijiste? ¿Dijiste eclipse?
—Que
no fue eso —intervino Jesús Ramón sacando su celular—. Tienes que ver esto,
Roquito.
Le mostró un video que grabó
durante el incidente. Toda la familia se colocó detrás de la pantalla, incluso
María Margarita que con gozo interrumpió la barrida de los vidrios. En el video
no se veía nada, pero se escuchaba todo: rechiflas, gritos desorientados,
pitidos de autos y plegarias. Jesús Ramón encendió la linterna de su teléfono
para corroborar que el mundo que todos conocemos siguiera ahí y ahí estaba, hundido
en las tinieblas, pero tan palpable como siempre. La cámara captaba las risas
nerviosas de las personas que sabían que algo no andaba bien pero no tenían ni
la más mínima idea de cuál era el origen del fenómeno. El camarógrafo enfocó el
cielo, sin embargo en él no se encontraba la luna, tampoco había rastros del
sol. Según el testimonio de Jesús Ramón el calor no dejaba de percibirse. El
sol estaba ahí, en algún lado, pero oculto. Tras algunos minutos de
desesperación el astro rey reclamó su territorio y todo volvió a una aparente
normalidad. Fue como si en algún punto del espacio alguien encendiera un
apagador gigante fulminando a la oscuridad en milésimas de segundo.
Al detenerse el video la
familia estaba atenta a la reacción de Rocco. El joven actor dudaba de lo que
sus ojos habían visto. En su mente no existían las herramientas para comprender
el insólito hecho. ¿Qué demonios había pasado mientras soñaba con trenes
diabólicos y superhéroes afelpados? Se había perdido por completo un evento histórico
con implicaciones reservadas.
—En Internet
le pusieron ‘El Eclipse Fantasma’ —Isaac rompió el incómodo silencio—. Los astrólogos
lo están investigando, pero aún no saben qué pasó.
Rocco se adentró en las redes
sociales y absorbió el caos de inmediato. Memes, videos, imágenes, teorías, hashtags,
noticias falsas, encabezados sensacionalistas, párrafos y párrafos kilométricos
utilizados por la gente para desahogar su desasosiego.
El impacto lo tenía mal. Fue
un golpe demasiado duro. Sintió un dolor agudo y punzante. Le dio una sed
tremenda, también se le nubló un poco la vista. Pensaba que se iba a desmayar.
Se paró enseguida para evitarlo. Candelaria notó su malestar, pero antes de
preguntarle cómo se sentía, el chico corrió hacia la puerta pisando los vidrios
rotos sin levantar. Jesús Ramón se alistaba para ir en su auxilio, pero su
padre lo detuvo.
—Déjalo.
No lo molestes. Nada más necesita un poco de aire.
—Parece
que se le olvidó cómo respirar.
—Es
Rocco. Si algo hace bien mi hijo es reponerse. Rocco siempre se repone.
El afectado trastabillaba a
unas cuadras de su casa. La calle entera estaba vacía. Había un sentir general
de resguardarse en el hogar ese día. Nadie sabía en qué momento las tinieblas podrían
volver para raptar la calma.
Se llevó las manos al abdomen
pues padecía un intenso ‘dolor del caballo’. Respiraba por la boca. Su playera
estaba manchada por el sudor de sus axilas. Castigado por el insoportable dolor
se recargó en un poste. El panorama era terrible.
“Rocco siempre se repone”. ¿Lo
volvería a lograr? Últimamente había estado pasando por varias cosas: los
ensayos, las clases, las pesadillas de siempre, la promesa que tenía que
cumplir. Ante un reciente clima apocalíptico, ¿cómo cumplir la promesa que le
había hecho a Gino si el mundo se podría acabar?
Un ruido captó su atención.
Una adolescente corría hacia su dirección, pero al notar su estado se detuvo.
Lo observó preocupada. Estaba a punto de preguntarle algo cuando él volvió a
retorcerse por el dolor. En la nariz del muchacho se impregnó un olor fortísimo
a vinagre que le produjo arcadas de asco. La chica sintió un malestar
repentino, parecía que ella también tenía molestias olfativas. Estaba en la
contraesquina marcando gestos de desagrado. Finalmente, la adolescente reunió
fuerzas para reponerse y siguió su camino dejando solo a Rocco.
El chico sintió que su vista
estaba por esfumarse a través de un intenso vapor que lo tenía rodeado. Estaba
tan concentrado en su estómago que no se percató de que el vapor le salía
lentamente por la nariz helada. Qué aberrante sensación estaba viviendo el
muchacho al sentir que su cuerpo se evaporizaba frente a los ojos de nadie.
Moriría en soledad. Jamás se hablaría de cómo se transformó en una nube para
ser arrastrado por las corrientes de aire hasta desintegrarse en un país anónimo.
Eso no podía suceder. No iba a permitirlo. Gino se fue de este mundo sin
cumplir su sueño. La estafeta recayó automáticamente sobre él. Cómo iba a
permitirse morir antes de conseguir la meta de ambos. Su hermano mayor tendría
el corazón destrozado mirándolo desde el cielo.
“Rocco siempre se repone”. No
importaba de dónde le llegaran las fuerzas, pero decidió que iba a sabotear la
coronación de la muerte escupiendo fuego sobre su trono. Realmente estaba en un
plan incendiario y el tono rojo de su deseo refulgía como lava. Con el calor de
sus punzadas abdominales derritió el hielo de sus piernas hasta lograr erigirse.
El chico lucía encantador ante la mirada prometeica, pero no era ningún titán el
que ponía sus ojos en él, era alguien más. Rocco, por jugar a ser un fénix, no
se percató de su presencia.
Una vez de pie, sabía que la
parte más difícil vendría cuando intentara iniciar la locomoción. “Un paso y
después el otro”, se decía a sí mismo botando babas de sus labios.
Tambaleándose, le ordenó a su pierna izquierda moverse hacia adelante, mas esta
no lo escuchaba. ¿Por qué los dioses maldecían a un hombre sano que solo quería
volver a casa? Tomó su muslo izquierdo con ambas manos e intentó impulsarlo
hacia adelante, pero estaba tan rígido que los brazos salieron disparados
impulsando su torso hacia arriba.
Fue entonces cuando lo vio.
Era una presencia aterradora. Una espiral de vapor le rodeaba el cuerpo como si
fuera una serpiente traslucida. Medía dos metros de alto. Tenía una apariencia
hercúlea pero no era un hombre. Una criatura bestial era lo menos que se podía
decir de aquella aparición. Se encontraba en la misma contraesquina en la que había
estado la adolescente. Parada al filo de la banqueta, la bípeda amenaza tamborileaba
sus garras contra el piso mostrando impaciencia. Las manos también estaban
decoradas con aquellas poderosas uñas puntiagudas, además de un puñado de
almohadillas en las palmas. El monstruo estaba cubierto de un majestuoso pelaje
color negro tan brillante que parecía satinado. Pero lo más impresionante de
todo se encontraba en su cara. En medio de un par de orejas y una nariz triangulares,
estaban empotradas dos amatistas con una potencia luminosa que obligaba a
cualquiera a bajar la mirada. Rocco se cubrió la vista con el brazo derecho
pero los rayos púrpuras lo desequilibraron llevándolo a clavar las rodillas en
el pavimento.
El fuego se extinguió en un
segundo. El cuerpo del muchacho se escarchó cuando el monstruo y su helada
ventisca se acercaron a él. ¿Qué pasó con aquello de que “Rocco siempre se
repone”? Bueno, al parecer nos encontrábamos ante una excepción. Al chico ya no
le quedaban fuerzas más que en los brazos.
A punto del desmayó, decidió
rendirse ante la imponente presencia que, para sorpresa de cualquiera, le era
más familiar de lo que podía parecer. No había temor en el corazón del enfermo,
solo resignación. Gastó sus últimas energías en extender el brazo para sujetar
la enorme capa púrpura que colgaba del cuello de la criatura. Al hacerlo logró
que dejara de ondear de manera soberbia.
—Sabía
que eras tú. Gracias por venir en mi ayuda otra vez. —Hizo una pausa ante la
intromisión de una duda—. Vienes a ayudarme, ¿verdad? Tú… Tú… No. Tú no vienes
a ayudarme. Tú… ¿Qué estás haciendo? Auxi…
Su voz se pulverizó antes de
que su cabeza se desplomara aterrizando en las oscuras almohadillas de la
enigmática encarnación.
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