CAPÍTULO 4: DIAMANTINA
El cierre de su mochila se
deslizó con tanta suavidad que parecía estar aceitado. Revisó su lista para ver
si no había olvidado nada. Las bolsas delanteras aún estaban desocupadas. La
mochila no lucía gorda. En realidad, era un empaque ligero ya que solo se iría
el fin de semana: un par de playeras, pantalones, bóxeres, calcetas; una toalla
de baño, jabón, zacate, rastrillo, perfume, crema corporal. La chamarra la
llevaba puesta. Afortunadamente estaba rapado y no necesitaba utensilios para
el cabello, así habría suficiente espacio para la bolsa de pan Bimbo repleta de
sándwiches, dos mandarinas, un Larín y una Fanta. Solo faltaban los Ruffles de
queso, pero esos los compraría en el camino.
Rocco no acostumbraba a comer
tanta chatarra. Gustaba de llevar una alimentación balanceada que combinaba con
el ejercicio. La salud era primordial para él. Sin embargo, este pequeño viaje
se sentía como unas minivacaciones de todo. Era el momento indicado para darse
ese descanso que tanto le exigía su familia. Solo se iba a permitir dos días.
Tiempo suficiente para descansar y resolver las dudas que lo estaban desconcentrando
de las audiciones.
Su destino era San Bartolomé,
un pueblo a tres horas de la capital del país. El viaje era muy importante.
Podría decidir su futuro o quizás el futuro de alguien más también. Era normal
que le escurrieran las manos de tanto nerviosismo.
No había nadie en casa para
despedirlo, pero no importaba, regresaría en un par de días. Se recordaba eso a
sí mismo para no estresarse más de lo necesario. Tomó sus llaves y se dirigió a
la puerta, sin embargo, un reflejo lo detuvo. Provenía de la pared izquierda,
la cual se encontraba tapizada de cuadros con las fotos de todos los
integrantes de la familia. Tenían una formación triangular. Hasta arriba papá y
Candelaria en el mismo nivel. Debajo de ellos Rocco, el mayor de todos. Después
venían Jesús Ramón y José Agustín que se llevaban solo dos años. Al final los
tres más chiquitos: Carlos Alfredo de 8, María Margarita de 6 recién cumplidos
y la tierna Gloria Alejandra de apenas 3 años. Por supuesto que ya estaban
pensando en dónde acomodar el retrato de Sofía Leticia que se esperaba naciera
en octubre con una torta bajo el brazo. A Rocco le pesaba la decisión de no
incluir a Gino en el pino fotográfico. Entendía las razones de su padre al
argumentar que, al no haber conocido a Candelaria, prácticamente no pertenecía
a esa familia en específico, aun así era su hijo y el hermano de Rocco, el lazo
sanguíneo no debería ser ignorado. Pero siempre había un espacio para la foto tamaño
infantil y arrugada de Gino en la cartera de su hermano menor quien la miró
unos segundos antes de salir de la casa.
De camino a la central iba
escuchando la radio del taxi. El chófer contradecía todo lo que se comentaba respecto
al Eclipse Fantasma. Estaba sintonizando una entrevista con un alto ejecutivo
de la NASA. El hombre afirmaba que aún no encontraban respuestas para tal
fenómeno ni hallaron rastros sobre algún cambio en la atmósfera. Los satélites registraron
el suceso, mas no había pistas de dónde vino aquella oscuridad. El taxista se
desvivía en teorías conspirativas. Primero hablaba de ataques alienígenas.
Después de experimentos de las naciones más poderosas. Decía que se trataba de
una prueba para que en un futuro fuera factible esconder la luz solar y
depender de una iluminación artificial por la cual cobrarían altos impuestos a
todos los habitantes de la Tierra. A Rocco le parecían estupideces que ignoraba
deliberadamente sin importarle los sentimientos del conductor. Suficiente tenía
con sus propios problemas como para preocuparse por algo que no tenía ningún
sustento.
Al llegar a la central
camionera se dirigió a la taquilla de la línea Autobuses Vía Premier. En la
pared había un reloj peculiar que llamó su atención. Tenía forma de gato. Era
de un color negro muy llamativo. Su cola se movía como un péndulo y los ojos la
seguían de derecha a izquierda. Lo que en otros tiempos pudo parecerle adorable
en ese momento le produjo escalofríos. Tuvo un flashback del día que se
desmayó. Recordó a la aterradora figura frente a él. Cuando salió del hospital
no pudo reponerse de aquel episodio. Por las noches tenía miedo de dormir.
Tenía miedo de sus pesadillas. Miedo de sus propios pensamientos. De vez en
cuando le llegaba el olor a vinagre o tal vez nunca se fue. Los dolores de
cabeza eran recurrentes. Los médicos no encontraron nada malo en él y le
achacaron todo al estrés, pero definitivamente algo había cambiado en su cuerpo,
por lo que esperaba librarse de lo que sea que fuese lo antes posible.
Al sentarse en el autobús
desbloqueó su celular con un poco de ansías. Miró nuevamente la conversación
como si necesitara encontrar pruebas contundentes de que ese viaje no era un
error. Inmediatamente le llegó un
mensaje de su padre. Era una foto. Un Rocco bebé en pañales y portando unas
orejas de Mickey Mouse estaba gateando en una cama. Una imagen que toda su vida
le pareció vergonzosa pero que en ese momento lo hizo llorar. Estaba
completamente conmovido. Su padre le mandó un “te quiero cuidate mucho hijo” e
inmediatamente después su percepción cambió. Le pareció atravesar una especie
de lienzo cubierto con pintura revuelta. Una vez dentro, los pigmentos se ordenaron
poco a poco hasta formar un paisaje. El tiempo se perdió entre árboles vueltos
ráfagas. Había un enjambre luminoso al final del camino que resplandecía cuanto
más se acercaba. Se sentía como un flujo chorreante que se escabulló en
instantes hasta que todo recobró su forma habitual cuando arribó a la central camionera
de su destino.
El corazón se le agigantó
cuando puso un pie fuera del autobús. Claro que tenía miedo. Pero las flores
muertas de la incertidumbre vuelven a germinar en semillas de esperanza. Algo
le estaba floreciendo en el estómago. No sabía mucho de botánica estomacal, si
acaso conocía la flora intestinal, aun así estaba seguro de que no se trataba
de los Ruffles de queso haciendo estragos. Un ímpetu irreconocible le inyectó
una alegre gama de colores a su espíritu degradado en una escala de grises.
Fue recibido por el cielo inmaculado
de San Bartolomé que se arropaba con una frazada de estrellas blancas,
acurrucándose en el negro de la noche, mamando el néctar de la vía láctea hasta
dormitar como un bebé a pesar de sus miles de millones de años.
Apenas eran las 8 de la noche.
En la sala de espera de la terminal había un decorado vivaracho de música
ranchera, Virgencitas cyberpunks con mantos de neón y un vaivén de
mexicanos variopintos mezclados con uno que otro forastero. El lugar no podía
estar más vivo, pero Rocco comenzó a sentirse con ganas de morir.
Le temblaban las rodillas y
miraba nervioso su celular. Sentía que el tumulto le robaba el aire; había poco
oxígeno para tantos pulmones. Se rascaba la cabeza. Fruncía el ceño. Giraba
sobre su propio eje buscándolo, sin embargo, a pesar de su 1.90 de estatura no
tenía éxito. Quizás le jugó una broma y no lo había ido a recibir. Quizás se
estaba vengando, era propio de él, propio de alguien de su calaña.
Si no podía hallarlo con la
vista probablemente lo haría con el oído. Cerró los ojos para concentrarse.
Buscaba unas notas en el aire, vibraciones familiares que lo llevaran a él. A
través de la oscuridad de los párpados vio las placas doradas de una armónica
siendo empujadas con la fuerza de un aliento. La melodía era inconfundible: No
Tengo Tiempo de ‘Rockdrigo’ González. Esa era su señal, cualquier otro podría
tocar la misma melodía, pero no de esa forma, no con esa melancolía. Recordó
entonces su rostro feo, su barbita fibrosa, su cabello largo y seboso, su voz aguardentosa,
su rústica forma de hablar. Era él, pero ¿dónde estaba? No se escuchaba ni
lejos ni cerca.
Abrió los ojos para
encontrarlo, aunque también sentía miedo de hacerlo. Recordaba los maravillosos
momentos que pasaron juntos y también los sinsabores. No se habían visto desde
aquel incidente en el estacionamiento del Kentucky, cuando fue golpeado
por él disolviendo así la relación. Eso fue lo último que recibió de él: un
golpe. ¿Podrían volver a ser amigos?
La melodía cesó. Las placas
doradas parecieron oxidarse en lágrimas de rencor. Se sintió observado. Detuvo
su búsqueda sensorial. Entendió que ya no dependía de él. Que era el momento
decisivo para saber si se volverían a encontrar o aquel se iría, con su
armónica en la mano, dejándolo parado como imbécil esperando a que sus semillas
de esperanza germinaran. Todo estaba en manos del otro. Rocco se puso a su
disposición. Vibró su celular. Estaba por sacarlo del pantalón cuando un dedo
huesudo le tocó el hombro derecho. Rocco giró la cabeza, pero no había nadie.
Entendió la broma. Volteó ofendido hacia el lado izquierdo cuando se topó con
cuatro nudillos furiosos que se sumieron en su cachete.
—Te
dije que si nos volvíamos a ver te “saludaría” de la misma forma que me
despedí.
—¡Eres
un pendejo!
Y aquel puñetazo provocó que
Rocco vomitara las notas doradas de la armónica, que aún vibraban dentro de su
cabeza, para estrellarse en el piso convirtiéndose en polvo de diamantina.
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