CAPÍTULO 6: YETI, QUÉ GUSTO DE VERTE. SUPE QUE ERAS LICENCIADO

Llevaban ya varios minutos comiendo hamburguesas en Burger King. No se dirigían la palabra, tampoco se atrevían a mirarse. Rocco se sobaba los molares superiores por encima del cachete inflamado.  

—¡Ay! Perdón, ¿le dolió al princeso?

—No te lo devolví para que sintieras que estábamos a mano. Así que a partir de ahora te vas a ganar cada madrazo que te acomode.

—Meh. No me interesa quedar a mano contigo. Lo hice por gusto —dijo Yeti con indiferencia antes de regresar la mirada hacia la ventana.

Tenían miedo de verse a los ojos. Era un duelo de esgrima visual emocionante en el que los dos adoptaban una postura defensiva. Lo único que podía ver Rocco frente a él eran las manos de su acompañante: esqueléticas, callosas, con vellos de un centímetro embarrados de mayonesa, mostaza, cátsup y trozos de lechuga. No pudo evitar el asco. Yeti siempre había sido una persona con poco sentido de la higiene personal y los modales. El observado notó de reojo las miradas inquisitivas de su examigo solo para soltar un “¡bah!” disponiéndose a seguir reposando su vista en el cristal. Parecía que estaba esperando a alguien.  

Pasaron otros cinco minutos que se sintieron como treinta. Yeti, un poco resignado, decía que no con la cabeza. Se cansó del silencio. Volteó a ver a Rocco para confrontarlo.

—¿Entonces?

—¿Qué?

—¿Qué de qué?

—No hables con la boca llena, puerco.

—¡Mñah!

—¿Qué dijiste? ¿Ña? ¿Bah? Hasta gruñes como puerco. ¿No sabes hablar?

—Cómo me desespera que seas tan pinche modosito.

No dijeron más volviendo a su acérrimo duelo de miradas esquivas.

A Rocco le molestaba verdaderamente que su examigo siempre repitiera los mismos tres gruñidos de forma cíclica. Si antes podía pasarlo por alto, en ese momento no lo soportaba. La incomodidad llegó a su momento cumbre, pero antes de que pudieran mandarse al diablo nuevamente un factor externo calmó las aguas.

Un manotazo exterior a la ventana espabiló a un Yeti distraído provocándole diversión a Rocco. Afuera se escuchó una carcajada maldosa lo suficientemente fuerte como para oírse en la barra. No se distinguía bien quién era por la oscuridad manchada de niebla, pero parecía ser una chica. Era como de uno setenta de estatura que casi se emparejaba al uno setenta y cinco de Yeti; robusta, con el cabello chino, vestida con pura mezclilla. Le hizo algunas señas al contemplador de la ventana y se dirigió a la entrada.   

—¿Quién es?

—Ya sabía que no la ibas a reconocer.

—Cierra la boca cuando comes. ¡Qué asco!

—¡Mmmta!

La señorita entró al restaurante. Caminaba meneándose alegremente. Se mordía el labio inferior para aprisionar sus carcajadas roncas e involuntarias. Chasqueaba los dedos. Era como si se divirtiera por anticipado, como si fuera a manejar los hilos de las próximas hostilidades. Sus anteojos circulares escondían el color y la forma de sus ojos detrás de la luz que se reflejaba en ellos. Tenía la piel morena, unos tonos más claros que Rocco, pero muy similar a la de Yeti. Su cara estaba salpicada de lunares. Se había enmascarado con un semblante insolente. Rocco desafiaba a la tortícolis en su búsqueda por reconocerla. Cuando ella se sentó impertinentemente desplazando a Yeti hasta la orilla al fin la reconoció. La irruptora se robó la hamburguesa del desplazado y le alzó las cejas al de enfrente.    

—Se invitó sola, como siempre.

—¿Cómo has estado, Geraldine?

—¡Ah! ¡Mira! Sí se acordó de mí.

—Cómo se va a olvidar de la pinche metiche que siempre nos interrumpía cuando juga… ¡Ah! ¡Ay! ¡’Pérate!

—Cálmate, pendejo. No me desesperes. No hables. Escupes la comida y nos das asco —le decía Geraldine a su hermano mientras le pellizcaba el muslo con sus uñas crecidas.  

Rocco tuvo un déjà vu calurosamente familiar. Los hermanos León Bravo, Geraldine y Videl —alias Yeti o a veces Sasquatch—, seguían tan divertidos como siempre. La rigidez de sus pómulos se rindió dando paso a una discreta sonrisa.  

Los recuerdos dulces de la infancia del muchacho se paseaban libremente por su cabeza; se deslizaban con suma destreza como si practicaran patinaje sobre hielo. Lo llevaban de vuelta a la primaria, cuando conoció a Yeti en primer grado. Él acababa de mudarse a esa colonia después de que su padre se casó con Candelaria. Comenzaron a hablarse porque un día la armónica de Videl se cayó de su mochila al salir de la escuela. Rocco lo siguió hasta su casa para devolvérsela. A partir de ahí fueron típicas las tardes de juegos en la casa del papá de Yeti. Sus padres estaban divorciados desde que él iba en el kínder. Su madre se llevó a vivir a Geraldine a San Bartolomé cuando ella tenía 6 años. Al cumplir 9 regresó a vivir unos meses con su padre debido a que su madre estaba enferma. Ahí conoció a Rocco, pero convivieron por poco tiempo. Desde entonces se vieron esporádicamente, pero fue tiempo suficiente para que floreciera su amistad. En cambio, con Videl prosperó la relación por muchos años. Fueron juntos en todas las escuelas en las que estudiaron.

También trabajaron juntos en un Kentucky cuando ambos tenían 19 años. Fue la época en la que Rocco se preparaba para su primera audición en la compañía Jorge Ibargüengoitia. Él siempre fue muy disciplinado, además de honesto. En cambio, Videl era todo lo contrario. Un día fue a trabajar estando bajo los efectos de la mariguana. El gerente del restaurante lo descubrió. Yeti le pidió a Rocco que intercediera por él, pero su amigo se negó diciéndole frente a su jefe que tenía que decir la verdad. Videl fue despedido. La amistad terminó. El último contacto que tuvieron desde ese día fue un puñetazo. Habían pasado tres años desde entonces. Una amistad de toda la vida interrumpida por diferencias éticas.

Mientras Rocco seguía perdido en sus recuerdos los hermanos seguían insultándose. La mayor parte de lo que salía de sus bocas cuando estaban juntos eran agravios, pero entre todo ese bazar de leperadas algo llamó la atención del fuereño.  

—De hecho, ella te hizo un dibujo una vez, ¿no te acuerdas?

—¿Un dibujo?

—Sí. Un gato como superhéroe. Que te gustaba mucho.

Las palabras “gato” y “superhéroe” no le hicieron mucho bien al joven actor. Se levantó intempestivamente al baño. Los dos hermanos se miraron desconcertados por tres segundos y después procedieron a disputarse las papas a la francesa.  

En el baño, el chico se abrazaba al inodoro para verter todo lo que se comió desde el autobús. Había recuperado un recuerdo que volvía a su memoria como el hijo pródigo regresó a los brazos de su padre. A los 6 años, poco después de que conoció a Geraldine, ella le dibujó un gato negro con unos ojos y una capa color púrpura. A él le agradó bastante. Lo conservó por un tiempo hasta que finalmente se perdió, pero la imagen del felino cobró derecho de piso en su cabeza.   

Un año después del incidente que marcaría la vida de Rocco para siempre, era una terrible costumbre que tuviera pesadillas todos los días. Así que su subconsciente desarrolló un mecanismo de defensa en pos de su tranquilidad. Ya sea que fuera perseguido por monstruos o que cayera de precipicios e incluso que se encontrara desnudo en el salón de clases frente a la niña que le gustaba, las pesadillas del pequeño siempre tenían el mismo final: un gallardo superhéroe afelpado se aparecía en escena con su distintiva capa para salvarlo.

Era un recuerdo agradable pero que inquietaba su presente. Ese mismo personaje fue la criatura con la que se encontró la tarde que se desmayó en la calle. “¿Cómo era esto posible?”, se preguntaba nuevamente. No había forma de explicárselo. Lo único seguro era que allí afuera, sentada en su mesa, comiendo hamburguesas con pésimos modales, había una persona que se ofreció a ayudarlo. Una persona en la que en otros tiempos confiaba plenamente. Alguien que, le había confirmado, tenía conocimientos en Psicología ya que se dedicó a estudiarla desde que se dejaron de hablar. Videl, alias Yeti, era el único en quien Rocco podía confiar en esos momentos.  

Intentó sosegarse. Se enjuagó la boca. Decidió volver a la mesa para hablar del motivo principal de su viaje. Cuando se reencontró con los hermanos León ellos le dieron unos segundos para relajarse.

—Güey: de veras necesito que me ayudes.

—Ajá. Ya te dije que sí.

—No sé por dónde empezar. Me gustaría sondearte un poco de eso que estábamos hablando por el chat. Me dijiste que eras licenciado en Psicología, ¿verdad?

—Sí. —Geraldine lo reprendió con una mirada agresiva hasta obligarlo a corregirse—. Bueno, no exactamente. Más bien en Parapsicología.

—Qué bueno, porque te iba a decir… Espera, ¿qué? Para… Para ¿qué?

Mientras los aún no reconciliados lidiaban con una nueva disyuntiva, desde el estacionamiento, a bordo de un Mustang coupé deportivo color rojo rubí, haciendo rechinar el volante con la presión de sus manos, los ojos de una sombra se reflejaban en el retrovisor, ojos que no parpadeaban, ojos que intimidaban, ojos que apuntaban a una sola dirección: la cabeza de Rocco.

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