CAPÍTULO 7: LA SOBERBIA DE DIOS

Ceferino estaba sentado en su viejo sofá a punto de irse a la cama. Lola lo estaba esperando. Acababa de acostar a Jezabel. Leía en el periódico las impresiones del apagón mundial. Se cumplía una semana desde entonces y el desasosiego tras no encontrar las causas aumentaba el clima de hostilidad. Recordó cómo él mismo experimentó el evento. Por un momento cayó en pánico al pensar que el infierno había llegado por él, pero después tomó conciencia del peligro en el que podría encontrarse su familia. Soltó la chapa de la oficina del pastor y corrió hacia el salón del templo para proteger a su esposa e hija. Al igual que todo el mundo, él y su familia tuvieron que asimilar el impacto de un fenómeno de tales magnitudes. Como buen hombre de fe, sabía que pasara lo que pasara, contaría con el amparo de su padre celestial. Así que dejó todo en manos divinas y salió a la calle.

Se convirtió en un buscador de estrellas. Entrecerraba los ojos para divisarlas a través de la nata tóxica impenetrable. Se crio en un pueblo, estaba acostumbrado a mirar cielos invadidos por luciérnagas milenarias. Pero al llegar a la ciudad cualquiera adopta una perspectiva horizontal y tarde o temprano deja de mirar hacia arriba.

Esa noche sentía ganas de hablar con los astros, pero no sabía de qué. Se sentía inquieto, ansioso; se tronaba los dedos. ¿Qué les podría preguntar? ¿Por qué a ellos y no a Dios? ¿Por qué no había hablado con Dios en todo el día? 0

Pensó en el culto de la semana pasada. En lo mal que se sintió por haber perdido el control tras no desaparecer una mancha del suelo, en lo grosero que fue con el pastor, un hombre que había hecho tantas cosas por él. Quizá debería disculparse, quizá el pastor ni lo había notado. Un siervo de Cristo no puede tener esa clase de arrebatos. Estaba apenado con el Creador, por eso tenía miedo de hablar con él.  

Su ansiedad ganaba terreno. Se estaba volviendo insoportable. Dejó de buscar respuestas en las constelaciones invisibles y volvió a la casa. Entró a la cocina. Encendió el foco que colgaba de un cable cochambroso lleno de telarañas. Buscó algo arriba de la alacena. Tenía miedo de encontrarlo. Era una vieja cajetilla de Raleigh. Se preguntó si aún se vendían esos cigarros. La guardó en la bolsa de la chamarra y volvió a la solitaria calle.

Si las estrellas no respondían estaría dispuesto a escuchar a la nicotina. Las conversaciones con el tabaco siempre son placenteras. No dice mucho. A veces tú tampoco tienes que decir nada. Su comunicación se basa en el silencio placentero, en el silencio breve. Bocanadas que consumen vida. Todo está dicho cuando botas la colilla.  

Pero hacía años que no fumaba.  

Conflicto moral.

¿La Biblia dice que no se puede fumar? No lo recordaba. Se oía como algo que diría el pastor Nabucodonosor. El mismo hombre al que vio fumando una vez, pero lo disculpó porque lo hizo durante el funeral de su padre. Quizá en ocasiones especiales es válido. ¿Quién sabe? ¿Era esa noche taciturna una ocasión especial? Parecía serlo. “Bajó” los cigarros golpeándolos con la palma. Abrió la cajetilla. Brotó su hipnótico aroma. Era como volverse a enamorar. Besó un cigarro. Lo retuvo erótico en sus labios. El cilindro le susurró que lo encendiera. Buscaba algo en su bolsa. Olvidó el encendedor.  

Podría regresar, pero ¿qué estaba haciendo un hombre de principios como él permitiéndose tan frívolo desliz? Qué importa si la Biblia no lo dice o si el pastor también lo hace. Solo un débil mundano se permite justificar sus felonías con tan poco. Importaban y mucho los veinte años que llevaba sin fumar. Todo el apoyo que Lola le dio en los días más duros del proceso. El precioso cartel de “felicidades” que Jezabel le regaló cuando cumplió quince. La placa conmemorativa que le dieron en el templo —entregada por el mismo pastor— cuando llegó a los dieciocho; la avalancha de aplausos de sus hermanos que se vino después de recibirla. Aquello se sentía tan bien. Era el amor de Dios en el estado más puro. Que no hay pruebas de que Dios exista son puras patrañas. Las pruebas están en el día a día, en cada empuje que recibe del cielo cuando se enfrenta a las tentaciones de Lucifer. Les debía fidelidad a muchas personas, especialmente a sí mismo.

Pulverizó el tabaco en su puño. Esparció las cenizas del difunto por la tierra de la calle sin pavimentar. No hubo testigos del crimen. Se sintió un ganador. Pensó que si el tabaco conduce a la muerte, rechazarlo es triunfar en la vida.

Caminó hasta la esquina para arrojar la cajetilla completa en un lote baldío. La ausencia de postes de luz sería su cómplice. Un ensamble de grillos musicalizaba el acto. Arrojó la cajetilla sin siquiera ver hacia dónde, entonces, de la hierba crecida del lote, salió disparado un animal pequeño. Le dio un susto terrible. Era solo un gato o podría ser un tlacuache, pero a quién le importaba, él ya iba de regreso a casa para acurrucarse victorioso con su esposa.   

A mitad de la calle lo invadió un mal presentimiento. La ansiedad estaba de vuelta. ¿Era su impresión o no escuchó al animal huir? En una de esas podría estar parado detrás de él. Un escalofrío le congeló la sangre. Se sintió ridículo por tenerle miedo a una pequeña criatura, pero indudablemente algo no se sentía bien. Detrás de él se encendieron unos potentes faros violáceos obligándolo a dirigirse a la orilla de la calle. Pensó que eran otra vez esos ‘chamacos vándalos’ que andaban por ahí imponiendo desorden a bordo de sus autos modificados, pero no se oía el ruido de las piedras aplastadas por las llantas, tampoco el del motor. Entonces, ¿qué eran esas luces detrás de él?   

Más miedo.

Tenía más miedo. Su religión no le permitía creer en cosas paranormales, pero sí era válido considerar teorías infernales. Podría ser el mismo demonio el que estuviera perturbando su paz nocturna. Podría estar intentando sabotear su noche victoriosa. No era un secreto que ese ‘infeliz’ solo se encarga de robarse al rebaño del Cordero de Dios para enlistarlo en su ‘ejército maldito’. 

Manifestó en voz alta que él era hijo de Dios y que cualquier juego sucio de Satanás no lo turbaría. El grito lo llenó de valor. Lo repitió, pero ahora más fuerte. Sentía la gloria de Dios encendiéndole la sangre, enrojeciéndola más de lo normal. Volvió a gritarlo una vez más. La luz no se apagaba. Los gritos lo llenaron de valor. Decidió voltear hacia sus espaldas para encarar al enemigo, pero la luz era tan potente que lo encegueció. Se talló los ojos con las yemas de los dedos. Satanás jugaba sucio. Perdió su vista por un momento, pero aún tenía su voz. Volvió a manifestar su lugar como cristiano. Eso le daba poder. Cuanto más gritaba la luz se hacía más intensa. Era una ilusión, solo una ilusión. El Diablo tiene sus trucos. Pensó que se trataba de una prueba de resistencia. La luz era tan potente que lo derribó. Cayó de rodillas, mas no dejaba de lanzar plegarias. Era la única arma que tenía. Notó que la luz era más brillante porque su portador se estaba acercando. Ya no había temor en él, sino una tremenda furia por derribar a su enemigo. Esa noche había conseguido una victoria importante, ahora iba por una más. Seguro la tentación de los cigarros vino del poder del Maligno también. Seguro se trataba de un plan para hacerlo caer.

Pasó el suficiente tiempo para darse cuenta de que la fuente de iluminación se encontraba frente a él, sin embargo, nada le había pasado. Pronto los faros se volvieron más tenues hasta extinguirse dibujando una peculiar silueta sobre un fondo aún brillante. No era nada más que un gato, pequeño, inofensivo, color negro, que portaba una curiosa capa púrpura. El animal aguardaba sostenido en sus cuatro patas a que Ceferino se recuperara. El hombre se dio cuenta de que el felino que escapó del lote baldío lo había estado siguiendo. Eso no tenía nada de extraño, pero ¿de dónde habían venido las potentes luces? Puede que alguien le estuviera jugando una broma o puede que sí se haya tratado del demonio y por lo tanto aún no debería bajar la guardia. Un poco más sereno se sintió con la confianza de bromear con el pequeño.

—Oiga, Don Gato, no me ande asustando así. ¿No ve que he estado un poco ansioso estos días?  

—Lo sé. Te he estado observando. —Una respuesta del animal no estaba en el papel. Ceferino no creía lo que estaba pasando. Probablemente la ansiedad le estaba tendiendo una trampa. No dijo nada y apresuró el paso hacia su casa. Pero el gato no se lo permitió—. No estás loco. Realmente puedo hablar y puedo hacer muchas más cosas que ni te imaginas. Por eso estoy aquí.  

—Conque no estoy loco. Tú, gato parlanchín, ¿me estás diciendo que no estoy loco? Qué irónico y qué absurdo que vengas a subestimar mi inteligencia. No voy a ser tu incauto esta noche, maldito demonio. Llévate tus cuentos a otra parte.

—Yo no soy un demonio.

—Tienes razón. No eres un demonio cualquiera. Eres el Diablo. El mero Diablo y el Diablo es un mentiroso.

—No soy el Diablo, tampoco un gato, mucho menos un mentiroso. Soy un portador de poder y, afortunadamente, también un proveedor de amor.

—¡Qué babosadas estás diciendo! Ni sé por qué estoy hablando contigo. Ni siquiera debería escucharte. Conozco todas tus tretas. No voy a perder mi tiempo escuchando las patrañas del Maligno. Dios está conmigo. Nada me falta. Con su permiso, Don Gato demoníaco. Me voy a dormir.  

—No des un paso más si tu deseo es irte de aquí sin conocer el amor verdadero.

—Muchas gracias, ya lo conozco. El amor verdadero es el amor de mi padre.

—Mi amor va más allá de los lazos familiares.

—No el amor de mi papá, papá, que en paz descanse. No pensé que el Rey de los Infiernos fuera tan tonto. Me refiero al amor de Dios Padre. Bien que sabes de qué estoy hablando.

—Te pido que disculpes mi confusión. Lo que intento decirte es que mi forma de amar es suprema a la de cualquiera.

—A ver, bichito. No entiendes. No hay amor más grande que el de aquel que dio la vida por sus amigos. Juan 15:13-17. Y mi amigo Jesús ya dio la vida por mí para salvarme del pecado.

—¿Eso quiere decir que ya no existe el pecado?

—Te haces el inocente para probarme. ¡Tú eres el proveedor del pecado! No el proveedor del amor, como dices. Eres un lobo queriendo hacerse pasar por oveja. El pecado sigue existiendo, pero no morimos por su causa. A pesar de ser pecadores podemos encontrar la vida eterna. Eso es el amor verdadero y un amor incondicional.

—Suena como si su dios los estuviera estafando.

—¿Ves? Más a mi favor. Estás blasfemando contra mi salvador. Sin duda eres el Diablo. Solito te estás desenmascarando.

—Lo que parece es que tu dios les prometió algo de lo que no existe certeza para tenerlos a su servicio durante el tiempo que duren sus vidas.

—De eso se trata la fe. No hay certezas hasta la muerte. Confías en él “a ciegas” para demostrarle qué tan grande es tu compromiso por alcanzar la vida eterna a su lado.

—Me parece que eso nos lleva a elaborar dos hipótesis: una, que Dios es un estafador, ya que no eliminó el pecado y, además, les dejó a ustedes la responsabilidad de lidiar con él a cambio de algo que nadie puede comprobar que existe. Me suena a que su pecado es un paliativo. La segunda me lleva a pensar que a quien te rindes es un personaje soberbio, que necesita ser adorado las veinticuatro horas del día a cambio de darles algo que en un principio parecía ser un regalo. Jamás les dijo que cambiaría las reglas y el regalo se entregaría a cambio de cientos de condiciones. Si ya sacrificó su vida, ¿para qué tienen que estar compitiendo entre ustedes para ganar su atención? Qué soberbio, ególatra y vanidoso es su dios. Realmente no vino a darles nada, vino a pedirles algo a cambio. Eso demuestra que su amor no es incondicional, como dijiste antes. Dios es más parecido a un político que a un libertador.     

—Eres muy hábil con la lengua. El pastor me lo advirtió. Tu labia es tu mejor arma. Pero lo que puede ser una bomba para el ignorante para nosotros, los seguidores de Cristo, es una pistola de agua. Mi fe inquebrantable no va a caer con tu demagogia.

—Contrario a lo que puedas pensar a mí no me gusta perder el tiempo en conversaciones. Puedo ver que estamos cayendo en un círculo indeseable. No planeo convencerte de mi amor con palabras, como sí lo hace tu dios. He venido a demostrarte con hechos que tengo el poder para salvar tu vida.

—Ya estoy salvado, muchas gracias.

—Tu semblante dice lo contrario. Luces preocupado, asustado. Probablemente hay miles de cosas en tu cabeza a las que yo podría dar solución, si me lo permites. Pero quiero demostrarte todo mi amor salvándote de la mayor de tus preocupaciones.

—Apuesto a que no.

—Puedo curar a tu hija.

Los ojos de Ceferino se incendiaron. El rojo de sus mejillas disipaba la densa oscuridad. El coraje que se venía gestando desde que perdió la batalla contra la mancha estaba a punto de hacer erupción. Ceferino era un sol a punto de estallar y arrasar con miles de galaxias. El embustero había roto todas las barreras de lo tolerable llevando la discusión a un terreno personal. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar para convencerlo? Ceferino no estaba dispuesto a aceptarlo.

—Te pasaste de la raya. Hijo de la chingada te pasaste de la pinche raya. No me vengas a decir pendejadas de mi hija. ¡No te metas con eso! No sabes ni una mierda de mi hija. Te sientes muy cabrón, puto mentiroso. Vamos a ver qué tan cabrón eres.

El hombre de fe, enloquecido, se abalanzó sobre el cuadrúpedo, pero este lo esquivó haciendo gala de su agilidad. Escurridizo, se fugó hacia la casa del energúmeno, quien no toleraría ninguna ofensa hacia su más grande tesoro. El felino parecía conocer bien el inmueble porque se fue directo a la ventana de Jezabel. Ceferino pasó del coraje al miedo e intentó detenerlo antes de que el ángel caído con disfraz de minino le hiciera daño a su pequeña.

Los ojos de la criatura brillaron una vez más a la velocidad de un potente flash que obligó al cristiano a detener su furiosa marcha. Cuando Ceferino se recuperó vio al gato sentado en la marquesina de la ventana, con su cola pendular y su capa ondeante colgando en el vacío.

El padre tomó una piedra que jamás fue arrojada porque la voz gatuna se hizo presente de nuevo.

—Te equivocas, Ceferino. Sé algunas cosas de ti. No he venido a hacerte daño. He venido a salvarte a ti y a los que te rodean porque te amo. Te amo de verdad. No te he pedido nada a cambio por este milagro. Lo único que deseo es verte retozando de amor. No solo a ti, sino a todas las personas del mundo, como a Jezabel, por ejemplo.

—¿Qué le hiciste?

—Míralo tú mismo.  

El hombre de fe comprendió que lo que sea que haya hecho el gato parlanchín ya no podía anularse. En lugar de derribarlo pensó que Jezabel podría haber sufrido algún ataque. Entró desesperado a su casa. Irrumpió en su habitación haciendo un escándalo que inevitablemente trajo de vuelta a la niña del reino de los sueños. La abrazó con absoluta desdicha pensando lo peor.   

—Jezabel, mi niña. ¿Qué tienes? ¿Qué te pasó?

Y en medio de tal zozobra, Ceferino fue testigo del mayor milagro de amor de toda su vida. Nunca, en los casi veinticinco años que llevaba convertido al cristianismo, había visto una prueba del poder del amor tan palpable como esa.  

La dulce Jezabel abrió los ojos, unos ojos sensatos, que miraban directamente a su padre. Ya no eran los ojos distraídos de antes, los ojos muertos que miraban a la nada. Eran un par de astros centelleantes explotando frente a él. Los músculos de la cara no lucían tensos. La piel ya no estaba pegada a los huesos. Recuperó la viveza de su tez con la que nació, que llevaba tiempo poseída por la palidez de la enfermedad. Jezabel volvió a sonreír. Después de tres años la niña más sonriente del mundo volvía a brillar. Tan frágil, tan pequeña como siempre, miró a su padre con amor y articuló unas palabras por primera vez en tres años. El color de su voz floreció nuevamente en los oídos de su viejo.   

—Papi, ¿qué haces? Déjame dormir. Estaba soñando muy bonito.

A partir de ahí las convicciones religiosas de Ceferino dieron un giro tremendo. Había nacido un nuevo concepto de fe. El título de Salvador pasó a las manos de alguien más digno de poseerlo, alguien que miraba desde la ventana como una sombra extensiva de la noche, una silueta que se erigía imponente viendo hacia abajo a dos nuevos merecedores de su amor, una figura majestuosa que se desvaneció por la intensa iluminación de sus ojos púrpuras, una luminosidad que devoró todo lo que la rodeaba hasta instaurar un blanco predominante.

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