CAPÍTULO 5: CRISIS DE FE
Casi todos, en algún momento
de nuestras vidas, hemos tenido una crisis de fe.
Sacaba con calma las llaves
del bolsillo derecho desgastado. Introducía una de ellas en el cerrojo para
hacerle cosquillas por la ranura hasta que este se girara buscando un alivio
inmediato. La puerta negra desgastada, descarapelada y oxidada de los umbrales
chilló implorando un poco de aceite para sus pobres bisagras irritadas, pero su
solicitud fue ignorada. El carraspeo que Ceferino Montes emitió al entrar
rebotó por todo el salón; parecía una pelota de pinball extinguiéndose
al no hallar oídos dónde sumergirse. El templo Alianza del Sinaí lucía triste
pero no él, pues con una sonrisa amable siempre les dejaba ver a los demás que
era un hombre pleno a pesar de todo.
Eran las 8 de la mañana. Caminaba
al lado de su esposa Lola arrastrando con cuidado la silla de ruedas de la
pequeña Jezabel que rebotaba a causa del piso disparejo, pero ella no hacía más
que quedarse con la cabeza inclinada hacia un lado, dejando caer una fina tira
de saliva que se adhería a las mangas de su suéter de lana, viendo
infinitamente al frente con esporádicos parpadeos y emitiendo balbuceos en
bucle. Era una preciosa niña de 12 años de edad que lamentablemente había
perdido su dulce sonrisa desde los 9 cuando sufrió un derrame cerebral. Pero la
inquebrantable fe de sus padres los tenía todos los días orando en el templo
para que su Dios amoroso tuviera la misericordia de obrar milagrosamente para
curarla.
Estacionó la silla de su amada
hija en una esquina, la besó a ella en la frente y a su esposa en la boca. Pintó
el recinto de amarillo al subir el switch. El brillo de los focos
empolvados se alojó en los ojos perdidos de Jezabel. Él hizo lo de siempre,
nada especial. Acomodó las cincuenta sillas, les pasó el trapo; remojó el suelo
regando agua con las puntas de sus dedos, barrió todo el complejo; limpió las
ventanas; colocó el mantel de la mesa central; alistó el equipo de sonido y
abrió el zaguán. Todo estaba limpio a las 8:40 como siempre. Le llamó al pastor
Nabucodonosor para informarle que el templo estaba listo para el culto, pero no
obtuvo respuesta como casi siempre… Mejor dicho: como siempre. Era natural, el
pastor era un hombre ocupado; la responsabilidad evangélica es una tarea de
tiempo completo. Mejor le mandó un mensaje, aunque lamentablemente este nunca
fue abierto.
A las 8:50 la dulce Matilde
fue la primera en cruzar el umbral, pasando de las tierras paganas a los
dominios de Dios en un segundo. Podría decirse que la mezcolanza convertía al
recinto en una zona neutral, en donde confluían los mundanos pecadores con la
santísima presencia del que vino al mundo a verter cada litro de su sangre para
purificarlo. Pero aquel que es el Alfa y la Omega ha decidido no presentarse
cara a cara con sus fieles, es por ello que usa un intermediario, un elegido
que debe cargar con la noble misión evangelizadora de conducir a las ovejas a
la divina presencia de El Padre, El Hijo y El Espíritu Santo para unirse a
ellos en el milagro de la vida eterna.
Ese hombre no había llegado
aún, de hecho, siempre llegaba media hora después de la cita, pero su más fiel
ayudante, Ceferino Montes, cargaba sobre sus espaldas con la enorme
responsabilidad de alistar el templo para que el rebaño se fuera acomodando a
la espera de su líder.
Tras Matilde fueron arribando
como gotera (lenta pero tenaz) el resto de los hijos de Dios que cada día se
presentaban para alabarlo. A las 9:00 la mitad del salón ya estaba ocupada.
Unos cuantos murmullos dispersos abrieron las alas como mariposas, revoloteando
por el techo, agrupándose y separándose para dar colorido a un exótico bullicio
que competía con el desolado semblante del inmueble. Solo hasta las 9:15, con
las sillas completamente ocupadas, con los pasillos atiborrados, podría
declararse oficialmente el inicio de la fiesta cristiana.
Podías ver mejillas enrojecidas
y abultadas. Pupilas tan brillantes como si hubieran sido recién pulidas. El
calor humano no era sofocante, era dulcemente reconfortante. Podías tomar la
mano del hermano de al lado o voltear para abrazar al de enfrente y nunca
encontrarías el rostro del rechazo ni siquiera acechando por las esquinas. Los
“Dios te bendiga” acariciaban las almas de los fatigados de tanto castigo por
levantarse todos los días para luchar por sus vidas. Después de la muerte se
encontraba la vida eterna, pero mientras llegaba había una misión que cumplir, la
cual requería de un espíritu fuerte. Por eso estaban ahí, para renovar fuerzas
puesto que la batalla afuera del salón era cruel con aquel que mostrara
vulnerabilidad.
Eran las 9:30 cuando por fin
se apareció el anfitrión —mas no el protagonista— de la fiesta. El rebañó lo
recibió entre palmas. Gritos enjundiosos vitoreaban su presencia. El brillo de
su Rolex reflejaba los rayos del sol como si fuera el único digno de
hacerle frente a la artillería ultravioleta. Los deslumbrantes zapatos Louis
Vuitton le abrían paso separando a los creyentes como Moisés separó el mar.
Un par de gafas de sol Ray-Ban protegían la vista de un hombre que
guarda sus ojos para mirar a sus hermanos cuando les hace saber que Dios los
ama. Necesita cuidar su mirada debido a que siempre la tiene levantada,
buscando a su Señor entre las nubes, esperando divisarlo en el azul inacabable
del cielo. Venía enfundado en un Brook Brothers clásico con una camisa Madison
color salmón nada discreta y una corbata DiBanGu color oro negro con
gemelos. Para el hombre que se llena la boca predicando la gloria del Creador
la imagen es muy importante. No se debe escatimar en gastos puesto que ninguna
cifra compensará toda la gracia que recibe al rendirse ante el único Mesías.
Ceferino sabía mejor que nadie
la prioridad que tiene el lucir presentable los días de culto. Por eso se
levantaba cada día a las 6 de la mañana para encender la leña con la que
calentaba el agua para que él y su familia se bañaran. Le dedicaba su debido
tiempo al emparejamiento de su barba con unas tijeras BACO oxidadas. Trataba de
que los escasos cabellos que aún le quedaban en la coronilla estuvieran
peinados hacia el mismo lado. Abotonaba con sumo cuidado su camisa amarillenta
como un papiro antiguo que afortunadamente tenía hoyos en las partes que eran
cubiertas por el saco. A doble nudo se colocaba la corbata a rayas que le había
heredado su finado padre. Lo sabía muy bien, la imagen era importante, lo sabía
sobre todo cuando miraba desde el rincón ensombrecido del templo cómo el pastor
Nabucodonosor saludaba a los fieles de lejos sin dejarlos tocar ni siquiera la
solapa de su elegante saco, mirando constantemente si nadie le había ensuciado
los zapatos con una pisada.
Después de las fanfarrias
habituales, el ritual estaba a punto de comenzar. El predicador tomaba sus
principales armas: una biblia y un micrófono. Recitaba versos de memoria
agitando enérgicamente los libros sagrados. Repartía bendiciones por aquí y por
allá. El ministerio de música Mensajeros de la Paz no cesaba de tocar divinas
melodías que tenían a Dios sonrojado y complacido en su trono celestial. Los
feligreses, con los ojos cerrados, tenían la esperanza de ver al protagonista
de la fiesta o al menos de sentirlo. Quizás transformado en el viento que
entraba con fuerza por los ventanales rotos o en un cosquilleo en las manos o
podrían ir más lejos y recibir el don de hablar lenguas antiguas con la gracia
del Espíritu Santo. Era un festín de manifestaciones que el director de
orquesta conducía durante las tres horas que duraba la celebración. A veces
imponía las manos a los más exaltados para que encontraran descanso en los
brazos de su protector quien, debido a su ausencia física, mandaba a sus
hermanos los hombres a recibir los cuerpos vencidos en su nombre. El
orquestador estaba tan ocupado en su labor predicativa que no tenía ni tiempo
de voltear a ver a Ceferino, pero sabía que él estaba ahí para apoyarlo
incondicionalmente. El propio asistente, al ver que el pastor tenía todo bajo
control, se concentraba en su propia oración para pedir que, si era la voluntad
del Padre, su hija se recuperara del derrame cerebral; no había nada más que
pedir, solo eso le bastaba.
Embriagados con la gracia del
Santo Espíritu, los creyentes pasaban a la etapa de descanso. Las gargantas
estaban secas de tanto gritar, los ojos ardían de tanto llorar, el corazón se
acalambraba de tanto latir, pero nunca era suficiente. Nunca dejarían de adorar
al Redentor. Era preciso un descanso, pero al día siguiente estarían ahí
nuevamente para entregarse a la adoración.
A las 12:15 el pastor
predicaba con una calma increíble. Bajando al máximo las revoluciones. Llevando
la fiesta a un clima de meditación en donde el silencio recubría los cuerpos
desfallecidos de las ovejas.
A las 12:45 se cumplió la
misión: todas las almas del templo estaban completamente bendecidas. El pastor
Nabucodonosor se limpiaba el sudor con un pañuelo Kylin Express. Los
pocos que faltaban por incorporarse se apresuraban al ver que la mayoría ya
estaba de pie escuchando el sermón final. Lo último que se dijo fueron algunos
informes. Se les recordó la importancia que tenía el pequeño detalle de
entregar el diezmo para el mantenimiento del recinto y para las donaciones que
el templo realizaba periódicamente. Pero esto, evidentemente, era lo menos
importante del culto, mas no por eso debía ser ignorado. La fe en Jesucristo
era indestructible. En los soldados no cabía la menor duda de todos los favores
que les caían del cielo. Estaban tan agradecidos que, si pudieran por lo menos
intentar devolver la mínima parte de lo que recibían, lo harían a la primera
oportunidad; por ello cada uno cooperó con lo que corresponde sin rechistar.
Ceferino era el encargado de la colecta; tenía la instrucción de depositar todo
en una caja fuerte que era resguardada en la oficina del pastor.
Entre cálidas despedidas que
navegaban a través de abrazos profundos, la pesada melancolía del templo
recuperaba terreno. La algarabía era barrida junto con el polvo que Ceferino
arrastraba con la escoba. A la 1:30 Matilde era la única persona que quedaba.
Se despedía del otra vez sonriente Ceferino comentando lo hermoso que predicó
el pastor. Daba sus propias reflexiones acerca del sermón. Platicaba con Lola
dándole ánimos por la salud de Jezabel. Había amor en sus palabras, eso era
innegable, por eso el matrimonio la despedía entre agradecimientos. El ‘tap-tap’
de los zapatos de charol de Matilde fue lo último que se escuchó antes de
cerrar el zaguán y volver a oír el llanto de las bisagras.
Lola esperó a su marido en una
banca. Le limpiaba la saliva a Jezabel con un paliacate. Ceferino tardaba el doble
en recoger el templo que en alistarlo. A sus 50 años pesa mucho levantar 50
sillas. Pero el hombre no se quejaba. Lo hacía con gusto. Era uno honor
servirle a su dios en las tareas más humildes. En cada exprimida que le daba a
la franela llena de tierra imaginaba las sagradas aguas con las que bautizaron a
Jesús a orillas del río Jordán. Recordó el día que él mismo recibió el bautismo
a manos del pastor Nabucodonosor sellando así su entrada al cristianismo.
Recordó todo lo que vivió antes de convertirse, la vida entregada al pecado que
tuvo que dejar atrás. Tenía una deuda que pagar. Sabía su responsabilidad y su
lugar en el templo Alianza del Sinaí. A pesar de todo eso, no se explicaba por
qué era el único que no se sentía lleno del Espíritu Santo. ¿Qué estaba
pasando? Aquella sensación era una constante en los últimos días. Más que
sentirse bendecido se sentía irritado.
Eran las 2:10 y estaba a punto
de terminar. Lola lo veía preocupada, pero no se atrevía a cuestionarlo. Al fin
terminó de trapear y se dirigió al cuarto de limpieza. A mitad del camino se
detuvo. Quiso seguir, pero algo se lo impedía. Dudaba. Se decía a sí mismo “he
dado todo hoy. Estoy agotado. No debería preocuparme por eso”, sin embargo, se
preocupaba. La gente acostumbra vomitar durante las oraciones. Es una reacción
del cuerpo ante el desgaste que se sufre por luchar contra el pecado. Cuando
expulsas el mal espiritual que hay en ti a veces también se manifiesta de forma
física. Había una mancha de un vomito removido durante la adoración que
atormentaba al exhausto Ceferino. Podría dejarla ahí, casi no se notaba. Ya no
aguantaba la espalda. Merecía ir a casa a descansar con su familia. Pero
recordó su responsabilidad y su lugar en el templo. La fe por Cristo es
irrompible. Él era un soldado de Dios. Tenía que entregar todo o nada. Tomó el
trapeador, lo remojó una vez más y lo pasó por la mancha. No se lo puso fácil;
se negó a borrarse del suelo. Otra pasada y nada. Dos pasadas más. Tres. Le
aplicó más fuerza. Apoyó su pie en el trapeador, también las manos, pero nada. Su
esposa no pudo ignorar aquella disputa. Tartamudeó intentando detenerle, pero
él la miró de forma amenazante. La mujer calló. Ceferino casi enjuagaba el
trapeador con el sudor de su frente, pero nada. Comenzó a lanzar incómodos pujidos.
Apretaba el palo del trapeador con una fuerza anormal, sin embargo, no lo lograba.
La frustración llegó a su punto máximo. Ceferino rompió el palo. Una vena se
remarcó en su frente. Salivó tanto que parecía tener rabia. Tenía las orejas
coloradas. En medio de aquella tensión soltó insolentemente un “¡chingá!” en seco.
Lola se llevó las manos a la boca. Hacía años que no lo escuchaba maldecir,
menos en la divina presencia de Dios. Jezabel miraba perdida al frente pensando
quién sabe qué cosa.
El hombre de Cristo esta vez
se retiraba sin terminar su labor. La fe es capaz de mover las montañas más
imponentes, mas no pudo salvarlo de una pálida mancha estampada en suelo.
Entendía su lugar, pero ya no podía, estaba rendido.
Al guardar los utensilios vio
una luz encendida en la habitación de al lado del cuarto de limpieza. El
impulso por maldecir ya no era lo único que lo poseía en ese momento. Con una
energía furiosa se acercó a la puerta de la habitación. Dominó sus fuerzas para
tocar moderadamente. No esperó el permiso para abrir.
—Le
aviso que se rompió el palo del trapeador.
—¿“Se
rompió”? ¿Solito?
—Mañana
lo repongo.
—Cierra
bien la puerta.
—Dios
lo bendiga, pastor.
Cerró la puerta tan enérgicamente
que ni siquiera escuchó si le lanzaron la bendición de regreso. Las bendiciones
casi siempre son un búmeran, aunque esta fue más bien un frisbee
atrapado por un sabueso hambriento por acapararlo todo.
Iba en camino a reunirse con
su familia cuando se detuvo justo a la mitad entre la oficina del pastor y el
salón principal. Jadeando entre rabietas y rechinando los dientes volteó de
reojo para ver hacia la ventana de la oficina. Ahí se veía al adorado pastor
Nabucodonosor sentado en su silla de oficina, remojando su pulgar con la lengua
para pasar con mayor facilidad los billetes que contaba una y otra vez hasta
acomodarlos en pequeñas columnas que tenía sobre el escritorio. No soportó la
escena. Con arrojo se dispuso a regresar a la oficina. Podría decirse que
estaba más cerca de su versión prebautismo, cuando no atendía a la razón,
cuando era esclavo de la furia. Subió las mangas de su saco hasta los codos,
apretó ambos puños, colocó la mano en la chapa que giró justo en el momento en
que el reino de las tinieblas reclamó la cotidianidad vespertina como suya. Sus
ojos dejaron de captar la luz. Se quedó congelado, con la perilla a medio abrir,
pensando que el señor de los infiernos había arribado con sus huestes
tenebrosas para castigarlo por sus arrebatos.
Eran las 2:36 pm del lunes 11
de agosto de 2014 cuando el templo Alianza del Sinaí sucumbió ante la
inesperada irrupción de la noche clandestina.
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