CAPÍTULO 13: ATLAS
Una cucaracha se paseaba
libremente por las esquinas de la sala de espera. Las obsoletas lámparas de
neón parpadeaban a un compás sereno. Se encontraba rodeado por unas paredes en
otros tiempos blancas, pero ahora más bien grises al estar saturadas de mugre. Las
voces de los presentes palpitaban a contratiempo con el vaivén de los párpados
de El Conectes, quien estaba tan disociado que sin darse cuenta comenzaba a
sincronizar su parpadeo con el de las lámparas. Si alguien hubiera leído aquel
patrón se hubiera entretenido con una melodía visual interesante.
La cucaracha llegó hasta sus
botas. Pudo aplastarla, pero detestaba oír el crujir de la muerte. Optó por
levantar sus pies recogiendo sus rodillas con las manos. De pronto perdió la coordinación
con las luces. Retomó el ritmo. La secuencia llegó a ser tan armoniosa que se
podría incluso tocar un vals con aquella intermitencia. Todo eso sucedió
durante las cinco horas que pasó esperando su oportunidad para rendir su
declaración. La cucaracha por fin se echó a volar y El Conectes escuchó
vociferar sus apellidos: “¡Martínez Balbuena!”.
Mientras rendía su declaración
se masajeaba los molares. Ya había pasado a revisión médica. Le cosieron el
labio superior, también le dieron analgésicos. Parecía un boxeador en el round diez.
Físicamente sus heridas no eran graves, pero mentalmente estaba sobrepasado.
Solo quería irse a descansar. No deseaba saber nada más de criaturas oníricas,
parapsicología ni del hombre que lo había golpeado.
El Conectes había terminado su
declaración y se preparaba para volver a casa. Intentaba retomar su parpadeo
sincronizado cuando se escuchó un pequeño alboroto en el ministerio. La subinspectora
Luisa Altamirano Bustamante hacía su entrada acompañada de algunos policías que
la escoltaban. Su presencia imponía respeto sin importar su uno sesenta y cinco
de estatura. Tenía el cabello teñido de rubio y le llegaba a la altura de los
hombros. Ojos color avellana. Complexión atlética. Tanto bíceps como tríceps
perfectamente marcados en sus delgados brazos. El maquillaje impecable engrosaba
sus labios y aclaraba el tono de su piel. En cada muñeca llevaba un tatuaje que
le recordaba el nombre de uno de sus dos hijos: Arlene y Jonás. Los dedos anillados, un
dije de plata en el cuello y su uniforme impecable.
Su principal talento era la
atracción. Atraía a los abogados, a los funcionarios, a los fiscales y a los
jueces. Ninguno se quedó sin una petición específica. Volteó a ver a El Conectes
con la ceja derecha arrogantemente levantada. No podía entender cómo el
muchacho distraído era inmune a su imantación. Pidió que se lo llevaran a una
oficina para entrevistarlo. El Conectes, llamado también Marco Genaro Martínez
Balbuena, veía con envidia el libre vuelo de la cucaracha.
Por otro lado, la casa de
Rocco había sido sitiada por la tragedia. Los siete miembros y medio de su
familia no podían sacudirse la ansiedad. Su padre, Isaac Guerrero, mantenía
constante comunicación con el papá y el abuelo de los hermanos León que vivían
en la misma colonia. En otros tiempos llegaron a ser muy buenos amigos,
emulando el vínculo de sus hijos. Se podría decir que la comunicación entre
ellos jamás se disolvió. Por su parte, Candelaria no dejaba de llamar a la
madre y la abuela de Videl y Geraldine. A pesar de la distancia, compartían el
mismo dolor, pero no solo eso, también se las ingeniaban para burlar a la
policía e ir en busca de sus hijos, aunque realmente ninguna de ellas sabía con
exactitud por dónde empezar a buscar. La única certeza que tenían todos era que
la ausencia de un ser querido abre una grieta en los cimientos que sostienen a
la institución familiar.
El agotamiento sentimental los
tenía incapacitados para recibir otra terrible noticia. Las esperanzas que comenzaban a derrumbarse en las tres casas fueron aplastadas por rocas
insostenibles. La policía les informó que en la carretera que conecta a los
estados con climas opuestos se suscitó un nuevo evento trágico. Testigos
reportaron que un grupo criminal poderosamente armado fue abatido por una
persona o varias personas que portaban armas blancas. Los cuerpos fueron
trasladados a la morgue para ser revisados por médicos forenses, pero de
entrada todos ellos sufrieron mutilaciones siniestras. Las heridas parecían
carbonizadas, como si al ser cortados sufrieran quemaduras también. No se sabía
de una espada, sable, cuchillo o machete que pudiera causar algo así. Lo
relevante para las familias fue que la Caribe de Videl se encontró muy cerca de
los vehículos de los presuntos narcotraficantes. Hallaron algunos objetos de
los tres chicos ahí dentro, pero no localizaban aún a ninguno de ellos. Había
huellas y rastros de sangre que estaban siendo analizados para determinar si
pertenecían a los desaparecidos. Los testigos afirmaron que escucharon
disparos, después vieron cómo las camionetas alcanzaron a la Caribe. Luego todo
se llenó de vapor, más disparos y gritos aterradores. Alguien mencionó oír
zumbidos. Pero nadie reconoció a los chicos. Sin embargo, en la cantina a
orillas de la carretera, don Anastasio narró todo el encuentro entre los cuatro
muchachos y los cinco hombres armados.
Ambas familias no tenían ni
idea de por qué sus hijos escaparon, por qué se aliaron con un desconocido, por
qué estafaron a criminales, por qué se estaban divirtiendo como si nada en una
cantina mientras sus seres queridos estaban preocupados. No tenían respuestas,
solo el amor roto, pisoteado. Únicamente pedían una pista para saber si sus
hijos seguían vivos.
La policía se esforzaba por
tranquilizar a los padres. Mencionaron que la subinspectora de la Policía
Federal estaba a cargo del caso. Tenía una alta efectividad en resolución de
casos. Se encontraba en el lugar de los hechos haciendo indagaciones. Había
entrevistado al muchacho que los acompañó hasta la carretera y él le mencionó
que probablemente se dirigían al puerto a encontrarse con un tal maestro
Leandro, además de otra información “delicada” que prefirió reservarse. Se
coordinó con la policía del puerto e intentaron localizar al profesor lo más
pronto posible.
Pero tarde o temprano, algún familiar
de los chicos terminaría por desesperarse. Jesús Ramón pidió ayuda a un amigo y
se dirigió al puerto a buscar a Rocco. Isaac tuvo que ir tras él con la
intranquilidad de dejar sola a Candelaria con sus siete meses de embarazo y cuatro
niños confundidos. Fue difícil tomar esa decisión, pero no podía permitirse
perder a otro hijo. Ineludiblemente se culpaba por lo de Rocco. El orgullo
paternal le dolía hasta la médula. Tenía que limpiar su reputación.
Unos momentos antes, de vuelta
al ministerio, la subinspectora Luisa ordenó escoltar a El Conectes a su hogar.
Había sido sumamente cooperativo. La información que aportó fue oro sólido. Ordenó
una patrulla para trasladarse de inmediato al puerto. Estaba al tanto del
incidente en la carretera. Ni con todo su talento policíaco se sentía capaz de
responderse todas las incógnitas rápidamente. Al menos sabía por dónde empezar:
por las pistas. Las pistas siempre la habían conducido al éxito. Ella estaba sobrecalificada
para leerlas. Lidiar con monstruos oníricos les competía a otras instancias. La
policía únicamente tenía que localizar a los chicos vivos o muertos. Si lograba
eso podría irse a casa a descansar tranquila. El peso de una consternación
nacional estaba sobre sus hombros decorados con insignias.
Cuando abordó la patrulla
recibió otra mala noticia, pero estaba preparada para recibir todas las que
fueran posibles. Le comentaron que el maestro había desaparecido. No mostró ni
una pizca de preocupación. Se acomodó los lentes de aviador mirándose en el
retrovisor. Destapó su agua mineral para aclararse la garganta. Después de un
trago les informó tranquilamente a sus hombres que ya contemplaba una posible
desaparición de Leandro, insinuando que fue voluntaria. No importaba porque
tenía una pista importante para hacerlo salir de su escondite. Nadie pareció
entender a qué se refería a excepción del oficial Dorantes, que con su boca
chueca hizo un intento por sonreír.
Ella subió el vidrio de la puerta.
El cristal polarizado lentamente comenzó a reflejar en su cara exterior a un
policía, el cual estaba en firmes llevándose la mano a la frente para rendirle
un saludo marcial a su superiora. La patrulla hizo chillar su sirena. Avanzó
escoltada por cuatro unidades más. El policía las vio alejarse manteniendo la
pose y el saludo. Observó, orgulloso y lleno de confianza, cómo los cinco
vehículos se fundieron con el firmamento devenido en ocaso.
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