CAPÍTULO 15: MUERTE A LA FE ARCAICA

Julián se dirigía al salón Melany bastante apresurado. La cita era a las 3:00 de la tarde y ya eran las 3:10. De Ceferino se decía que era la persona más puntual del mundo. Eso, en México, es un defecto.

En el salón Melany toda la organización ya se encontraba reunida. Después de las instrucciones del vocero oficial comenzaron a movilizarse. El ambiente era sumamente agradable, todos bromeaban entre sí. Acordaron comer primero ya que la misión podría tornarse agotadora. Rosario y su esposo Aldahir llevaron comida para todos. Cada uno de los integrantes de esta naciente organización se encontraba agradecido por colaborar en la misión. No se trataba de cualquier cosa. El rumbo del mundo estaba a punto de cambiar y todos querían ser partícipes de ello.

En el grupo no había lugar para el miedo o las dudas. Todos estaban fortalecidos por el amor. No hay nada capaz de romper un vínculo de esa envergadura.

Julián llegó derrapando las suelas. Todos lo miraron con pena. Nadie sabía cómo iría a reaccionar Ceferino.  El recién llegado se deshacía en disculpas.

El vocero, envuelto en seriedad, se acercó intimidante a Julián.

—Vete a casa, hermano. Necesitamos personas confiables para la misión. A partir de hoy el mundo dejará de ser mediocre gracias a nuestro trabajo. El compromiso debe ser loable.  

El reprendido, muy apenado, comprendió que el discurso no era ninguna vacilación. Agachó la cabeza y dio media vuelta, pero al poner la mano en la chapa, un rugido estruendoso cimbró el zaguán. Julián volteó aterrado y vio la imperial figura de un puma, que erguido, marchaba hacia él. Temiendo que su insulto al compromiso de la organización tuviera consecuencias fatales, se arrodilló para mostrar su vergüenza. Lubricaba los azulejos con las aguas saladas de sus ojos. Imploraba misericordia. Sintió cómo una pesada garra le empujó la cabeza. No tenía fuerzas para contrarrestarla. El hábito lo traicionó e invocó al dios judeocristiano en su desesperación. Pero en lugar de encontrar condena en ella, la garra lo reconfortó con una agradable caricia en las mejillas. Recordó que se encontraba nada más y nada menos que con el ser que prometió darle amor a manos llenas.  

—¿A quién imploras misericordia, Julián? ¿A la deidad punitiva en la que te obligaron a creer? Ya no habrá más dioses viscerales a los que temer. Yo los libero a partir de este momento de su yugo. Mírame. —Con la filosa punta de una garra le levantó la cabeza empujándole la barbilla—. Soy la nueva alegoría del amor. La salvación encarnada. Una personificación de la esperanza. No necesito honoríficos pretenciosos para perdonarte. No tengo nada que perdonarte. Te amo por encima de tus defectos. No tienes otro lugar al cual ir. Este es tu lugar. Te quedarás aquí y nos ayudarás a salvar a los tuyos. Ahora todos nosotros somos conquistadores de almas carentes de amor. Vamos a derrocar a la antigua fe, aquella que se erigió a través del miedo.

Julián empujó las almohadillas de la garra con sus labios. Besó también el dorso dorado de la pata de su salvador, el cual parecía adornado con espigas. El puma rugió con garbo dando de comer a sus famélicos seguidores apetitosos bocados de motivación. Ceferino se acercó a disculparse con su libertador, pero este no se lo permitió, por el contrario, le pidió que por favor fuera a alistar los vehículos pues una vez terminada la comida partirían hacia el templo. 

Aproximadamente a las 4:15 ya todos estaban arriba de las camionetas.

A las 4:40 arribaron al templo Alianza del Sinaí. Dejaron los vehículos en la calle de atrás, donde siempre estacionaban sus autos los asistentes de cada reunión. Al abrir el zaguán que aún se lamentaba por su falta de aceite, cada uno de ellos comenzó a realizar el rol que tenía asignado con singular alegría.

A las 5:37 ya habían terminado. Ceferino estaba feliz. Recordó todos los días que él llegó al templo una hora antes para alistarlo sin la más mínima ayuda del pastor Nabucodonosor. Ahora era diferente. Su salvador no solo curó a su hija, también le regaló una nueva familia. No se había sentido así desde que estaba en la cárcel, donde encontró a gente que lo apoyó cuando más solo se sentía; sin embargo, no pensaba que perteneciera a aquel horrible lugar. Pero este nuevo grupo sí lo merecía. Valía la pena dejarse abrazar por el sentido de pertenencia.

Ceferino abrió la puerta del zaguán provocando nuevamente su rechinido desgarrador. De la bolsa de su camisa sacó una cajetilla de Raleigh. Bajó los cigarros golpeándolos contra su muslo. Prendió uno en la entrada del templo ante la mirada ofendida de una viejita que pasaba por ahí. Lo fumó sin remordimiento. El romance entre él y el tabaco iniciaba una nueva etapa. Era sumamente satisfactorio volver a flirtear con ese viejo placer. Su nueva fe le permitía cualquier libertad que no atentara contra el bienestar de otros. Ahora todos los liberados se regían bajo las nuevas leyes del amor.

Ceferino volteaba hacia adentro. Sus dientes amarillos y encimados se asomaban cada que contemplaba las modificaciones que sus nuevos hermanos en amor acababan de instalar. El templo ya no se veía descuidado. Su nueva imagen transmitía fortaleza. Eso mismo era lo que parecía: una fortaleza. Todo aquel que se sintiera atormentado por la crueldad de la vida tendría la completa libertad para refugiarse bajo el techo de este nuevo búnker. Pero solo era el comienzo. Un templo jamás sería suficiente. La liberación del yugo religioso que tenía sometido al mundo era una tarea magnánima. Comenzarían con un templo, sí, pero la misión sería derrocar a todos los fariseos que estaban al frente de cada santuario.   

El Suricato se acercó al vocero con su escandaloso argot. Le preguntó si era momento de que todos tomaran sus puestos. Ceferino le ofreció un cigarro y meneó la cabeza para responderle afirmativamente. Los dos degustaron aquellos cilindros de papel con un caché envidiable. Dalia, la hija del anciano que se curó de su ceguera gracias al poder del amor, le dijo a su vocero que el salvador se encontraba en la oficina de Nabucodonosor y desde ahí haría su entrada. Ceferino lo sabía. No le respondió nada a la mujer, en cambio le preguntó por su padre, a lo que ella le contestó que estaba en casa disfrutando de sus nietos y bisnietos; lamentablemente su salud no le permitía ser parte de la misión. El hombre del cigarro se alegró iluminadamente. Tanto él como El Suricato tiraron las colillas para despanzurrarlas con las suelas. Hicieron gemir de dolor nuevamente a las bisagras de la puerta. Se dirigieron a sus puestos. Ya casi eran las 5:50 y, como siempre, la dulce Matilde sería la primera en arribar.

Por las calles aledañas, unos minutos antes, la creyente más puntual del mundo saludaba a todos con una sonrisa afable. Cargaba unas gelatinas en la misma mano con la que se apoyaba en el bastón de aluminio con la empuñadura y la dragonera de plástico negro. Se preguntaba por qué Ceferino no se había presentado en la última semana. Había escuchado los rumores de Jezabel, pero no había tenido la oportunidad de verlo con sus propios ojos. Desde que Ceferino y su familia se ausentaron, no había quién alistara el templo; el pastor echaba fuego del coraje. Le dio un duplicado de la llave principal a Matilde ya que sabía que siempre era la primera en llegar.

Cuando la gentil septuagenaria dobló la esquina pudo ver, con sus potentes lentes de fondo de botella, que la puerta del templo parecía abierta. Se desconcertó un poco. Caminó a su ritmo semilento, meneando las gelatinas que golpeaban contra la empuñadura del bastón. Eran las 5:50 y Matilde casi escupe la dentadura cuando confirmó que la puerta sí estaba abierta. Pensó que Ceferino había vuelto y tenía unas ganas insoportables de volver a hablar con él. Con su temblorosa mano moteada como un plátano maduro empujó la puerta que al abrirse cantó su agonía prolongadamente. Las luces estaban todas apagadas por lo que Matilde no se había percatado de nada. Cruzó el umbral levantando su piecito envuelto en una media amarillenta y calada. Cuando la luz que se filtraba por los resquicios de la lámina dejó ver la nueva apariencia del templo, la seguidora de Cristo puso un grito en el cielo dejando caer las gelatinas al piso de concreto.   

A las 6:00 dos feligreses más llegaron a la reunión. Lo primero que vieron fue a Matilde desconsolada en una de las bancas cercanas al zaguán. Se acercaron para asistirla aplastando sin querer las gelatinas. La anciana no podía articular por lo profundo de su sollozo. Con una mano frenaba la hemorragia lagrimal y con la otra señalaba el interior del templo. Cuando los recién llegados alzaron la vista comprendieron el porqué de su lamento. El recinto había sufrido algunas modificaciones que se sentían como un claro atentado en contra de sus creencias: unas extensas cortinas púrpuras recubrían las paredes de los costados hasta el suelo. Eran satinadas, con una caída notable, totalmente lisas a excepción de las costuras cosidas con un fino hilo dorado.

Frente a las cortinas habían colocado una serie de jarrones árabes; parecían estar hechos de metal, latón y cobre. Medían casi cincuenta centímetros de largo. Eran preciosos y llamativos, con temas floreados que invocaban un aura exótica propia del Medio Oriente.

En medio de las bancas se extendía una alfombra violeta que nacía a los pies del zaguán para morir a orillas de un púlpito de madera.   

El atril colocado en medio de las primeras bancas era más propio de la estética católica, por lo que tenía a los testigos frunciendo el ceño, pero apenas era el inicio de la cólera evangélica.

Frente al púlpito, había una simple silla blanca de plástico que parecía esperar a alguien; en cada uno de sus costados, dos ánforas doradas de un metro cada una, con asas decoradas con elementos de relieve que fungían como florero para unas tropicales palmas que alcanzaban los dos metros de altura.

Pero lo más impactante estaba detrás: en la pared del fondo fue colocada una impresionante cortina con un elegante lambrequín estilo grace que le daba un aspecto teatral, este, así como los velos y el visillo, eran de color púrpura, mientras que los volantes y alzapaños lucían de una tonalidad blancuzca.

La cortina servía como marco para una manta rotulada con un símbolo que a esa distancia no era perceptible. El pedazo de tela estaba amarrado con cuerdas de yute que colgaban de las esquinas superiores.

Apenas estaban los testigos lidiando con el asombro cuando un grupo de personas que vestían unas sotanas con capucha puntiaguda del tono de las cortinas entraron al salón desde la oficina del pastor. Formaron dos hileras a los costados, justo frente a los jarrones árabes. Se quedaron estáticos. Todos tenían los dedos entrelazados y las cabezas agachadas. Parecían una secta intimidante. Matilde afirmaba que el templo había sido tomado por satánicos.

Poco a poco fueron llegando los demás evangélicos. Todos ponían la misma cara de espanto cuando cruzaban la puerta. Se acercaban a las personas de las hileras para pedirles que se identificaran, pero nadie abandonaba su pose. Reconocieron a algunos de ellos. Rosario, Aldahir y Dalia eran miembros de la iglesia. El Suricato era un personaje sumamente popular en la zona. Julián, quien solo iba los domingos al culto, era el chofer de una combi. Casi todos eran viejos conocidos. ¿De qué se trataba aquella afrenta? ¿Qué clase de burla hacia su fe era esa? ¿A quién trataban de intimidar?

Alguien vio de cerca la manta. El rotulado dibujaba a un gato negro con una capa púrpura que sostenía un corazón en llamas en sus garras.

Se sentían asqueados por toda la escena. Comenzaron a exaltarse. Algunos empujaban a los hombres de las sotanas, pero estos se esforzaban por mantener la posición. Otros intentaban bajar la manta. Sacaron una navaja para cortar los lazos. Pedían explicaciones a gritos. Entre todo el desconcierto salió Ceferino a imponer orden con una voz engrosada. El impacto fue mayor al reconocerlo. Lo identificaron como el principal responsable de tal insulto. Nadie creía que el hombre de las sombras hubiera abandonado las frías esquinas para buscar iluminarse con un acto tan repulsivo.  

Ceferino volvió a gritar con autoridad y su tono imponente doblegó a los briosos. Todos aguardaban la explicación del principal asistente del templo, quien se desenvolvía más ligero que nunca.

—Ansío, como no tienen idea, explicarles a todos de qué se trata este cambio en la apariencia del templo, pero no lo voy a hacer hasta que Nabucodonosor llegue.

—¡Igualado! ¡Cómo te expresas así de él! Es “el pastor Nabucodonosor” para ti.

—No sabes, Adelita, cómo detesto las jerarquías religiosas.

—Sabes muy bien que nosotros no tenemos jerarquías, tampoco les rendimos culto a las imágenes. ¿Qué significa ese símbolo ridículo de ahí arriba y esas vestimentas? ¿Nos quieres volver católicos?  

—Ya les dije. No voy a explicar nada hasta que el… Miren quién está aquí. Hablando del rey de Roma.

Ceferino sonreía complacido al ver que el pastor, con su atuendo impecable de siempre, entraba haciendo contraste con el cascajo perenne del templo. El líder espiritual caminaba por el primer tercio del salón y se quitaba los lentes costosos para observar el desastre. Daba pasos cuidadosos con sus mocasines, pero ni así pudo evitar embarrar sus suelas con las gelatinas de Matilde. Refunfuñaba rechinando los dientes. Más que impresionado, su rostro dejaba ver una molestia que solo se le quitaría buscando un culpable. Se detuvo para interpelar al vocero de los invasores.

—Por supuesto que nos vas a explicar todo tu numerito, Cefe, pero digas lo que digas no te vas a salvar de limpiar estas cochinadas. Diría que me extraña de ti, pero lo cierto es que siempre me pareciste medio perturbador. No sé si fue la cárcel o la desgracia de tu hija. No lo sé. Tienes algo en la cabeza que nos preocupa a todos. Desde la vez que hiciste tu berrinche por la escoba ya me suponía que terminarías haciendo una locura. Sin embargo, no te dejas ayudar por el Señor. Dejas de venir, no das el pago de tu diezmo y quién sabe si ya andarás fumando de nuevo. —Veía las colillas en el piso sospechosamente—. Es Satanás, Ceferino. Te está seduciendo. Sabe que eres uno de los mejores soldados de Cristo, por eso te quiere reclutar, pero también sabe que eres débil. Él se aprovecha de nuestras debilidades. Deja que Dios te cure, hermano. No lo alejes de tu vida. Cancelaremos la reunión de hoy para hacerte una oración de liberación ahora mismo. Las oraciones de todos serán tu salvación. Ya lo verás.

El pastor deambulaba lentamente. Se notaba confiado y retórico como siempre, pero aun así no se atrevía a acercarse a la pandilla de invasores de Ceferino.

—Siempre tan elocuente, pastor. ¿Crees que vas a interceder por mí? Te atreves a considerarte un canal divino, pero ningún dios se atrevería a fluir por tus putrefactas cañerías. —Un asombro colectivo resonó en el templo. El pastor recibía los insultos de su asistente con los pies a la altura de los hombros, las manos juntas a la altura de la pelvis sosteniendo los lentes, el pecho hacia adelante y la cara tan levantada que apenas si veía al andrajoso orador frente a él—. Bienvenido al ocaso de tu insultante desparpajo, Nabu. El día de hoy es un hito histórico en los anales del culto humano. Muere el dios invisible y sus falsos profetas. —Ceferino, empoderado, levantaba sus extendidos brazos—. Emerge el auténtico salvador que viene a arroparnos con su amor. Aquel que no nos liberará de pecados inexistentes, sino de hombres anatemas que son la verdadera amenaza. No hay otro Satanás que el que vive en tu arrogancia. El verdadero Mesías ha venido a romper las cadenas a las que nos has atado con tus discursos ponzoñosos. No solo te derrocaremos a ti, sino a cada líder de cualquier templo o culto del mundo. Siéntete afortunado de ser el primero en caer. La gente entonará cantos en tu nombre, pero no serán de victoria.   

Nabucodonosor se relajó un poco. Soltó una mofa que trastabilló con sus labios entrecerrados. La locura de Ceferino le pareció risible. Sacó su iPhone para llamar a la policía. Le guiñó el ojo a su retador.  

—Suficiente, Cefe. Ya viene la policía. Lo tuyo no se arregla con oraciones. No se puede salvar al que no se deja ayudar. Tú me obligaste a hacer esto. Te vamos a conseguir un buen loquero.

—Qué bonito teléfono. Igual de impecable que todo tu atuendo. Ahora que están todos presentes, sería interesante que nos explicaras cómo adquiriste todos esos objetos ostentosos.

—Sabes que vengo de una familia solvente. La envidia es un pecado, hermano. Lo sabrías si no tuvieras tanta falta de comprensión al leer la Biblia. Lamento que te hayas visto obligado a estudiar en una escuela pública.

—Tú mismo sabes que la gente no se traga esa ridiculez tan fácilmente. Sabes que los hermanos hablan. Ya me lo habías dicho una vez. Se habla de las donaciones que no llegan a los centros de caridad, de las remodelaciones que nunca se hacen en el templo. De tus cuentas sospechosas en islas caribeñas. De las propiedades que adquiriste en zonas acaudaladas de la ciudad. Entiendo que tu familia te brinda comodidades, pero para la gente avariciosa nunca es suficiente. Entre los de tu calaña, el acto de poseer se entiende como una especie de competencia. Siempre están viendo quién puede acaparar más. Quieren que su enriquecimiento sea sostenible. Se matarían si algún día pierden todo lo que arrebataron, si tuvieran que vivir como nosotros. Pero no nada más es una cuestión de clase, también de moral. Aunque eres casado sabemos muy bien que gastas sin reparo en regalos para tus amantes. Encima de todo lo haces con el dinero de nuestros diezmos. Se supone que creemos en el matrimonio como algo sagrado, sin embargo, al parecer tú no lo ves así. Podría seguir toda la tarde, pero tenemos mucho trabajo que hacer. Si quieres liberarnos del pecado esta es tu oportunidad de hacerlo realmente. Tú, Nabu, aglutinas todos los pecados. Robas, mientes, eres avaro, lujurioso, manipulador, soberbio. Toda una fichita. No queremos vernos en la necesidad de tomar medidas drásticas. Te daremos la oportunidad de abandonar este templo y tu posición como pastor para siempre. Renuncia ahora mismo. Incluso te nos puedes unir si así lo deseas. Date la oportunidad de conocer el verdadero amor. Pero tienes que saber que nuestra nueva fe no es ningún juego. Tienes solo una oportunidad. Dado que te consideramos una potencial amenaza para nuestra misión, seremos estrictos si te resistes. Es hora de decidir.  

El pastor permanecía en su pose. No se movía y retaba a Ceferino con una cínica sonrisa.

—No escuché nada de lo que dijiste. Estaba hablando con la policía. Te va a salir muy caro todo esto.  

—Última advertencia.

—Dios te bendiga, Ceferino. No puedo hacer más por ti.

Un adorable gatito negro entró a escena. Nabucodonosor no le prestó atención hasta que lo vio portar una capa morada. Pensó que era otra locura de Ceferino. El animalito se puso a los pies del vocero para dejarse cargar por él. El hombre lo acariciaba con templanza.

—Se acabó tu tiempo. No vinimos a jugar.

—Baja a ese gato, por Dios. Pareces un villano de Disney.

Ceferino cumplió su deseo, en cuanto el felino puso las patas en el suelo su tamaño se incrementó de manera impresionante. Ya no era un gato negro lo que se veía, sino un enorme tigre blanco que tenía la complexión de un guerrero. Nabucodonosor soltó la pose y cayó de bruces. El resto de los fieles intentó huir, pero El Suricato trabó la puerta. Intentaban derribarlo, por lo que los demás miembros de la organización les hicieron frente para obligarlos a retroceder. El pastor intentó levantarse, pero las suelas de sus mocasines embarrados de gelatina lo tenían resbalando en cada intento. Incluso, entre el esfuerzo, rompió sus valiosos lentes sin querer. Ceferino se acercó a él. Lo tomó del sacó y lo arrastró de espaldas hacia el nuevo salvador. La enorme fiera se sentó en la simple silla de plástico para esperar a que le entregaran al charlatán como una ofrenda. La bestia rugió nuevamente para hacerse notar. Todos temblaron con aquel estruendo aterrador. Comprendieron que cualquier movimiento disgustaría al felino hercúleo. Rogaron por sus vidas, pero el animal parlante únicamente les pidió calma.

—Todos estaremos mejor si se calman y escuchan lo que tengo que decir. —Los creyentes se mantuvieron de pie expectantes—. Seré breve ya que nuestro vocero ha expresado soberbiamente nuestras ideas. No deseo que me teman. Entiendo que mi apariencia les pueda parecer intimidante, pero el miedo que les inculcó la religión no tiene cabida en nuestra misión; la esperanza, en cambio, sí. No podemos comenzar nuestro proyecto si ustedes no se sueltan del pecado que los sostiene. Como dijo Ceferino, en este caso el “pecado” es más bien un hombre carente de escrúpulos que se ha aprovechado de su necesidad espiritual para enriquecerse. Seremos enfáticos, ya no vamos a permitir esto. Las pruebas de que este charlatán les ha mentido a todos serán publicadas en las pizarras del templo. Hay documentos que respaldan nuestras acusaciones. Y así como lo hicimos con él, desenmascararemos a cada uno de los falsos profetas que encabezan los santuarios del mundo. Empezaremos en la delegación, después nos extenderemos por la ciudad, luego en el país, luego en el continente, hasta cubrir al mundo entero, ¿de qué? De nada más que amor. Es lo único. Solo eso basta. Tengo el poder para hacerlo, sin embargo, necesito el apoyo de ustedes. Quien se quiera unir a nuestra organización voluntariamente puede hacerlo, quien no, se puede ir. Contamos con que no interferirán en nuestros planes. Somos pocos, pero cada vez seremos más. Los invito a ser parte de la historia. Lo que ven frente a ustedes puede ser catalogado como un milagro. Pues bien, si así lo prefieren, soy un hacedor de milagros. Curé a la hija de Ceferino y al padre de Dalia. Supongo que ustedes ya están al tanto de esas milagrosas recuperaciones. Puedo darles lo que me pidan, siempre y cuando eso no atente contra el bienestar de otra persona. Lo haré porque los amo. Acompáñennos a cambiar el mundo. Les prometo darles salvación y liberarlos de sus verdugos espirituales. —Miró con furia a Nabucodonosor.      

—¿Quién eres tú? —Preguntó una señora entre llantos.

—Yo soy, querida, la criatura que más te ama en el mundo —decía mientras aprisionaba lentamente la cabeza de Nabucodonosor con su garra.

Todos tenían un mal presentimiento. Se sentía como si el pastor, quien lloraba desesperadamente limpiándose con su corbata, tuviera las horas contadas. El fornido tigre se dio cuenta de la impresión que estaba causando y relajó a todos los fieles.  

—Les dije que el miedo no tiene cabida en mi organización. No convenceremos a nadie por medio de la sangre. Confíen en mí. La violencia no es parte del amor. Sin embargo, habrá gente que intente frenarnos por la fuerza. En ese caso les aseguro que, si es necesario, si alguien me obliga a hacerlo, un poco de sangre no me detendrá para lograr nuestra voluntad. Aunque, por supuesto, en este caso nuestro amigo el pastor va a cooperar amablemente.

Eran las 10:00 de la noche y no había ni un alma en el salón del templo. Los policías que acudieron al llamado del pastor fueron recibidos por Rosario y Aldahir, quienes les mencionaron que se trató de una falsa alarma, que todos ejercieron el culto como de costumbre sin ningún problema. A excepción de Ceferino y su libertador, el resto de la organización se había ido a casa. Fue una labor extenuante anotar en una lista a todos los nuevos miembros que se unieron. Al terminar su discurso, el nuevo hacedor de milagros realizó una breve exhibición de su poder. Algunos voluntarios se postraron frente a él para externarle sus necesidades. El increíble ser cumplía todos sus caprichos sin rechistar. No fue difícil alistarlos en el naciente conglomerado. Muy pronto se empezaría a correr la voz de que había una nueva manera de concebir la fe o, mejor dicho, se había fundado una nueva fe.

Ceferino platicaba con el ente que nuevamente era un gato inofensivo en la ahora exoficina del pastor.  

—El plan ya está en marcha, maestro. Pero dime por favor por qué no estarás con nosotros en el festejo de mañana.

—Hay un hermano tuyo muy importante para nosotros que me necesita más que nunca y yo también a él.

—¿El muchacho desaparecido de quien me hablaste? ¿El de las noticias? ¿Un tal Rocco?

—Así es. Lo amo profundamente, pero lo he abandonado. Está sufriendo. Me siento avergonzado por ello.

—Lo que pasó en esa fiesta, ¿está relacionado con la misión?

—Todo está relacionado, hermano mío. Esta persona es fundamental en nuestro proyecto. Él es el origen y la fuente de todo. Lo necesitamos.

—¿Estará dispuesto a cooperar?

El felino hizo una pausa luciendo serio, después respondió con una sonrisa agradable.

—¡Claro que sí! Lo convenceré como te convencí a ti: por medio del amor.

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