CAPÍTULO 16: ESPRESSO
—Necesito
un espresso ahora mismo.
—Ya te
dije que no soy el güey de los cafés.
—¿Discúlpame?
La Dra. Samantha Juárez era
una personalidad de renombre en la antropología mexicana. Con un currículum
envidiable, había recorrido las principales instituciones antropológicas del
país. A todos les sorprendió que dejara la presidencia del Museo Nacional de
Antropología para irse a dirigir un modesto museo en el desconocido pueblo de
San Topotenango. Sin embargo, aún conservaba su grado de eminencia y muy pocos
eran los audaces que se atrevían a contrariarla, por eso, el hecho de que
Mariano le contestara tan irrespetuosamente implicaba dos opciones: o tenía la
suficiente insolencia para meterse con una de las vacas sagradas en el área de
investigación del país, o ambos tenían una relación lo suficientemente íntima
como para permitir sublevaciones ocasionales. En este caso, afortunadamente
para Mariano, se trataba de la segunda opción.
Mariano era el asistente de la
Dra. Samantha desde hacía algún tiempo. Se conocieron cuando él estaba haciendo
su servicio social en el Museo de Antropología. Al observar sus notables
cualidades, la entonces presidenta del museo decidió mantenerlo cerca para
instruirlo en la gestión cultural. El chico escaló rápidamente hasta llegar a
ser su mano derecha. Cuando ella renunció a su anterior puesto (o fue
despedida, nunca se supo bien) se llevó a Mariano consigo para juntos coordinar
el Museo Estatal de las Culturas Precolombinas, responsabilidad que se les
asignó temporalmente para realizar una investigación específica. Contaron con
la total cooperación de la actual directora, la Dra. Alma Lorena Villaseñor
García, quien aprovechó para tomarse unas merecidas vacaciones en la perla
caribeña del país.
A pesar de su confidencia y
amistad, a la Dra. le gustaba recalcar de vez en cuando la posición
que ambos tenían en la cadena de mando, la cual, evidentemente, le beneficiaba
a ella.
—Ya no
soy tu becario, Samantha.
—El
grado académico no está de adorno, ¡eh! Lo sabrás bien tú, recién nombrado doctor.
No por eso ya te me quieras subir a las barbas. Sigues siendo un chamaco
imberbe.
—Doctora:
si tanto quieres tu café ve por él tú misma o manda a tu becaria Sarahí.
—¿Discúlpame?
Como la Dra. se
encontraba de buen humor y con disposición de tiempo, tomó la majadería de
Mariano como lo que era: una broma.
Salió de la oficina para ir a
la cafetería del museo. Al cruzar por la sala principal vio admirando los
vestigios de hombres de otras épocas a un estoico homo sapiens de uno noventa y
cinco. Tenía el cráneo reluciente y las orejas perforadas por dos arpones
cristalinos. Su mandíbula angulosa y tupida le causaba un placer inquieto que
le sacudía las hormonas. Por si fuera poco, los tatuajes que salían de su
cuello le dejaron ver que debajo de las prendas de cuero que se les pegaban a
los músculos había un misterio que no se resistía a resolver. La doctora se
percató de que llevaba más de cinco segundos buscando que el sol le iluminara
los ojos claros para apreciarlo mejor, entonces se avergonzó como si hubiera
una regla que la castigara por cada segundo que mira fijamente a una persona.
Bajó la vista lo antes posible y se escabulló traviesamente para llegar a la
cafetería.
Le pidió las dos bebidas a la
barista con todas las especificaciones que ella y Mariano siempre exigían. El
deseo la obligaba a voltear de vez en cuando para saber que el espécimen que analizaba
no había cambiado de posición. Para su fortuna seguía tan rígido como lo
conoció, sin despegarle la vista a unas esculturas olmecas. Por su mente pasó
la pícara ocurrencia de irle a dar la bienvenida como la excelente anfitriona
que podía llegar a ser. A lo mejor se le ofrecía algo. El verbo ofrecer tenía
algunas connotaciones sugerentes que la ruborizaban. Se encontraba con el codo
recargado en una mano, cubriéndose la boca con la otra para que nadie le
descubriera las atrevidas fantasías que maquinaba su mente. Al soltar una
risilla malévola se percató de que dos muchachillos maleducados la miraban sin
discreción. El sentimiento de ser atrapada en su voyerismo discreto le causó
exaltación.
—¡Ah!
—Discúlpenos,
señora, queríamos hablar con usted, pero somos muy malos acercándonos a la
gente.
—¿“Señora”?
Para eso no se estudia. ¿Cuánto tiempo llevan mirándome, stalkers?
—No
mucho. Desde que pidió su espresso. —A la doctora se le subieron los
colores al rostro.
—No
los vi porque estaba buscando a mi asistente.
Notó que acababa de dar una
explicación que nadie le pidió. Recibió los dos cafés y los ignoró
deliberadamente para volver a su oficina con la esperanza de que el atractivo
grandulón siguiera ahí parado. Los chicos se sorprendieron por el nivel de
indiferencia de la Dra., pero no podían dejarla ir bajo ninguna circunstancia,
así que fueron tras ella.
—¡Ah!
¿Otra vez ustedes, mini espías?
—Nuevamente
le pedimos disculpas, pero no nos dejó explicarle el motivo por el cual la
buscamos.
—Porque
no me interesa. —Les alzó las cejas e inclinó ligeramente la cabeza para
decretarles que no tenía nada más que explicar.
—Tenemos
una emergencia y necesitamos hablar con usted.
—Miren,
son un par de cabroncillos muy singulares. No me gusta que se me acerquen así.
La gente normal y educada elabora una cita cuando desea hablar con la autoridad
de alguna institución. Pueden llamar por teléfono o enviar un correo, pero no
se me acerquen sigilosamente mientras yo ando en la baba. Formas, chamacos, las
formas son muy importantes en nuestra civilización.
—Lo
sabemos, doctora. —Aquel formalismo la complació—. Pero nuestra emergencia es
un asunto de vida o muerte y creemos que debería escucharnos.
—¿“Debería”?
Mi vida, ¿tú crees que yo “debería”? ¡Ja! Primero Mariano y ahora tú. Las insolencias
están a la orden del día. Corazones, tengo mucho trabajo. Si me disculpan…
La Dra. se dirigió a su
oficina dejándolos con la palabra en la boca. Cuando estaba a punto de bajar la
manija de la puerta una palabra la dejó petrificada.
—Escuincle,
repite lo que dijiste.
—No.
Si le interesa hablar sobre este asunto tendrá que venir usted hacia nosotros.
—Serán
cabrones.
Rocco, Videl, Geraldine y
Usurpador esperaban serenos en una cafetería del centro de San Topotenango. Los
dos varones veinteañeros hablaban de un tema que nunca dejaba de inquietarlos:
Star Wars. Ambos eran fanes de la franquicia, pero Rocco superaba con creces a
Videl cuando de aficionarse a algo se trataba. El estudiante de actuación sacó
el tema a colación cuando mencionó que el rodaje de una nueva trilogía para la
saga había comenzado. Yeti mencionaba la posibilidad de que en la Comic-Con del
siguiente año se estrenara el trailer de la primera entrega, pero Rocco
afirmaba que sucedería antes. Geraldine volteaba los ojos puesto que no
compartía las nerdeadas aficiones de los caballeros.
—Roberto,
este tipo de información es basura. No creo que a tu asimilador madre le
interesen las películas para ¡niños!
—Es
curioso que en la consciencia de mi contenedor existen registros del tema que
conversan los masculinos, aunque parece que para esta entidad receptora dicha
información no estimula las áreas del cerebro asociadas a las emociones, cosa
que seguramente sí sucede en las consciencias de Francisco y Damián.
—“Masculinos”,
ja, ja. Te recomiendo el término “machines”. Es más adecuado y coloquial.
—El
uso del lenguaje coloquial es conflictivo puesto que puede estar condicionado
por la región en la que se habla. Nosotros hemos viajado por distintas zonas de
esta entidad federal y me he percatado de una serie de coloquialismos que no
termino de asimilar por completo debido a nuestra necesidad de huir. Espero
poder darme un tiempo para aprenderlos.
Los interesantes temas que se
discutían en parejas tuvieron que ser interrumpidos cuando Mariano llegó a la
cita. No se disculpó por el retraso, por el contrario, pidió unos cinco minutos
más para pasar al baño antes de sentarse. Cuando el joven estuvo lo
suficientemente lejos para escucharlos, el cuarteto se dispuso a cuchichear.
—¿Por
qué no vino la vieja? —Comenzó Videl.
—No sé.
Tú viste que nos afirmó que vendría —lo secundó Geraldine.
—¿Qué
le dijeron para convencerla? —Intervino Rocco.
—La
palabra mágica, amigo Francisco. Cuando escuchó que mencionamos la pieza se
cagó pa’ dentro.
—¡Damián!
No tienes que ser un asqueroso vulgar todo el tiempo. Pero sí, básicamente fue
eso. Además, nos percatamos de que tuvo otro interés muy particular. —Geraldine
agudizaba la voz juguetonamente mientras le daba ligeros codazos a Usurpador.
—Según
la capacidad intuitiva de esta consciencia, las expresiones faciales, bucales y
motrices de Sofía me indican que estoy recibiendo una indirecta, pero no logro
comprender el motivo.
—Le
gustastes a la 'ñora.
—Damián
se refiere a que le gustaste de una manera sexo-afectiva o, como decimos
coloquialmente, le prendiste el anafre bien cabrón.
—Quiere
que le usurpes aquellito.
Las carcajadas descontroladas
de los tres a las que Usurpador no reaccionaba se vieron interrumpidas cuando Mariano
regresó del baño.
—Discúlpenme
caballeros, señorita, ¿puedo sentarme?
—Sí,
pero primero dinos quién eres, ¿no? —Intervino Videl—. Ya sabemos que vienes en
representación de la señora, pero, ¿qué eres de ella o qué?
—Soy
su asistente, por decirlo así. La Dra. Samantha no se va a presentar. Cualquier
asunto que sea de su interés yo se los puedo resolver.
—¡Ah!
No, mi rey. Nosotros queremos hablar con la jefa, no con ningún becario —respondió
Geraldine un poco agresiva, pero consciente de la seriedad de la reunión.
—No
soy ningún “becario”, señorita. Soy el vicepresidente interino del museo y
también soy doctor. No soy tan delicado con el tema de los grados académicos
como mi jefa, pero quiero que entiendan que tampoco deberían subestimarme. Vengo
a resolverles sus dudas porque puedo y porque nos interesa. Las razones de la doctora
para no presentarse no son de su incumbencia. Nuevamente les pregunto: ¿puedo
sentarme?
Todos aceptaron un tanto
resignados. Videl dictó el rumbo de la conversación como era su costumbre.
—‘Ta
bien, amigo. Pero bájale tantito al tono formal, pareces su abogado. Nada más
queremos tener una charla relajada. Hemos tenido días complicados. Aunque te
cueste trabajo creerlo, nosotros también tenemos información que les interesa.
Ayudémonos mutuamente que supongo que ya sabes que muchas personas corren
peligro.
—En
eso tienes razón, chico. Sus intereses son nuestros intereses. Sin embargo, no
nos gustó la forma en la que nos contactaron y nos presionaron para venir. Las
formas son importantes aún en momentos de crisis. Terminemos rápido con esto.
¿Qué saben del tótem olmeca y quién se los dijo?
—Prácticamente
nada —respondió Rocco—. Por eso vinimos a ver a la doctora. Supongo que a estas
alturas ustedes ya tienen bastante información sobre la pieza. Creemos que algo
muy serio descubrió tu jefa después del Eclipse Fantasma para aislar al objeto
de las autoridades y estudiarlo en secreto. Me parece que llevan doce años
observándolo. Por supuesto que deben saber mucho sobre él. Creemos que está directamente
relacionado con el incidente al que nosotros consideramos un “cruce
dimensional”. Nuestra mayor preocupación por ahora es saber qué probabilidades
hay de que el fenómeno vuelva a ocurrir. De eso depende el bienestar común.
Sobre nuestras fuentes, nos vamos a reservar esa información por razones de
seguridad.
—¿Eso
es saber “prácticamente nada” sobre el tótem? ¿Cuántos años tienen ustedes?
¿Van en la prepa todavía? ¿Por qué tres chavitos chilangos y un casi cuarentón,
sin ofender, vienen hasta acá con toda esa información? Díganme exactamente
cuál es el problema que quieren resolver porque no puedo revelar ningún tipo de
información sensible si no considero que se pueda hacer buen uso de ella.
Tendremos un intercambio de información, pero tienen que cooperar más.
—La
desconfianza es mutua. Tanto ustedes como nosotros desconfiamos de las
autoridades. Yo no puedo darte información a cambio si no nos confirmas que no
la entregarás a alguien que pueda perjudicarnos.
—Miren,
son muy malos negociantes. Debe ser la juventud. No pretendan que voy a ceder
con eso. No me están dando nada. ¿Quieren confianza? Bien, los llevaré con la
Dra. para que vean la pieza. Ella les dará detalles más oportunos, pero antes
tienen que soltarme todo.
—¿Y si
no lo haces qué?
—¡Ash!
No sé. Son cuatro contra uno, ¿no? Mírense el tamaño de ustedes dos. Yo no
llego ni al uno setenta y además estoy chubby. Miren, yo vivo aquí a la
vuelta.
—¿Y
por qué llegaste tarde? —Le reclamó Videl.
—Qué
importa. Ya estoy aquí. El asunto es que podemos ir a mi casa. Les presento a
mi gata y a mi tortuga. Les enseño mi álbum familiar y mi identificación. Solo
soy un güey cualquiera refundido en un pueblucho bicicletero. No soy un espía
del Gobierno.
—Yo
creo que así luciría un verdadero espía del Gobierno. —Nuevamente contraatacó
Videl, aunque Mariano lo ignoró.
—Chicos:
no les puedo ofrecer más. ¿Aceptan mi oferta?
Los cuatro se miraron
pensativos. Usurpador pudo haber hablado, pero la tensión entre los tres amigos
le sugirió que no era lo ideal. Cada vez se acoplaba más al comportamiento
humano. Rocco entendió que había llegado muy lejos como para no arriesgar nada.
La experiencia con el sueño lúcido lo llevó a replantearse muchas cosas. Adán
había hecho un esfuerzo gigantesco al arriesgarse llevándolos hasta allá. A su
regreso podría encontrar dificultades y ninguno de ellos lo sabría ya. No
conocía ni a la doctora ni a Mariano, pero el hecho de que ambos se refugiaran
en un pueblo fuera de los focos de atención habituales para estudiar
cautelosamente una pieza le daba buena espina. Usurpador observó cuidadosamente
las expresiones de Rocco y supo que estaba a punto de hablar, pero no se
organizaba para saber por dónde empezar, por lo que se tomó la libertad de
asistirlo.
—Permítame
decirle, con toda honestidad, señor Mariano, que probablemente ustedes tengan
en sus manos un artilugio sumamente peligroso que está fuera de la comprensión
humana. Lo que ustedes intentan descifrar no es posible dentro del rango de las
capacidades humanas. Ustedes aún no están listos para captar este tipo de
información.
—¿Y
usted es…?
—No
importa —respondió Geraldine—. Viene de otra dimensión. Es una voz autorizada. Te
lo iremos explicando. Promesa. —La frase “otra dimensión” no le causó el tipo
de furor que los demás esperaban notar.
—Ok,
señor… Desconocido. Me llamó la atención su franqueza. Es lo único que pido,
pero se equivoca un poco. Nosotros sí comprendemos la naturaleza del objeto. Al
menos sabemos qué es.
—Imposible.
En este punto de la evolución humana no existen los antecedentes para
descubrirlo.
—Es un
puente, señor, sabemos que es un puente interdimensional.
Todos se quedaron impávidos un
momento hasta que Videl decidió romper el hielo.
—¿Sabías
eso, Roberto?
—Sí. Preciso
saber cómo lo descubrieron.
—Mi
amigo Roberto. Usted viene de otra dimensión y también eso nos interesa. Le
aclararemos las dudas a su tiempo, pero me gustaría escuchar lo que el señor…
—Tronó los dedos de la mano izquierda y se presionó los párpados con el índice
y pulgar de la derecha—. Francisco, ¿verdad? Me gustaría escuchar lo que Francisco
tenía atorado en su mente hace unos momentos.
—Necesitamos
ese objeto para evitar más sucesos caóticos como el Eclipse Fantasma y todo lo
que ha devenido después. —Intervino oportunamente Rocco ya con las ideas más
ordenadas—. La entidad con la que hablaste hace un momento es un asimilador que
se apropió de la mente de este hombre del cual no sabemos ni su nombre. No
tiene cuerpo, no podemos verlo, pero está dentro de este cerebro. Yo también
tengo un asimilador en mi cabeza, pero trabaja diferente. Él se encarga de
materializar mis pesadillas en contra de mi voluntad. Mientras yo no tenga la
capacidad de dominarme al dormir, muchas personas van a correr peligro porque
las horribles cosas que hay en mi mente saldrán desbocadas causando daño. Una
solución rápida sería que ambos asimiladores regresaran a su dimensión. Si hay
un portal para cruzar a su territorio de origen, queremos saber si es
manipulable o simplemente queremos saber lo que sea que tenga que ver con su
naturaleza. ¿Entiendes?
—Eso
era lo que quería escuchar, señores. Ahora tienen el pase directo para visitar
a la doctora.
—¡Ah!
Desgraciado. ¿O sea que nada más fuiste un filtro para que tu jefa averiguara
más sobre nosotros? Querías tantear el terreno.
—Por
supuesto, señor Damián. Les dije que eran malos negociantes. También son una
bola de mentirosos. Para empezar, se presentaron con nombres falsos ante la doctora
y creyeron que no los descubriríamos. No estoy hablando con Sofía, Francisco,
Damián ni Roberto, sino con Geraldine, Rocco, Videl y Alexis.
—¿Quién
es Alexis? —Preguntó Geraldine hecha un manojo de nervios.
—El
pobre hombre al que nuestro querido monstruo interdimensional le asimiló el
cerebro. ¿Qué? ¿Ni siquiera sabían el nombre de este sujeto a pesar de que
llevan días viajando con él? O bueno, al menos con su cuerpo porque de su
consciencia ya no queda nada. La policía no lo ha podido identificar, pero nosotros
sí. Chicos, sabemos todo sobre ustedes.
No pudieron ocultar su
vergüenza al darse cuenta de su pifia. Habían sido demasiado ingenuos al pensar
que nadie estaba al tanto de sus movimientos a pesar de que sus caras y sus nombres
estaban en todas las noticias. Hubo un silencio medianamente largo. Rostros
apenados mirando a la mesa, puños apretados, bocanadas frías.
La mesera les entregó su orden
a todos. Mariano recibió su espresso con una marcada sonrisa. Esperaron amablemente
a que se retirara la señorita para continuar las hostilidades.
—¿Qué
tanto sabes de nosotros? —Le preguntó asustado Rocco. El vicepresidente del
museo hizo una pausa para darle un plácido sorbo a su café.
—Lo
que la doctora me permita decirte. ¿Vas a venir a conocerla o te vas a quedar aquí
a llorar?
El muchacho no respondió. Se
levantó de la mesa intempestivamente. Sus tres compañeros lo secundaron por
reflejo.
—Suelta
ese pinche espresso y llévanos con ella, ¡pero ya!
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