CAPÍTULO 14: LAS ENSEÑANZAS DE DON LEANDRO

 

—¿Cuándo lo descubriste?

—¿Qué cosa?

—Que la vida no se trata de lo que quieres ni de lo que puedes sino de lo que aceptas.

—Rocco, déjame decirte algo: ambos somos muy jóvenes para decretar de qué va la vida.

—¿Qué piensas de la pregunta que te hice?

—No creo que la vida se trate de conformarse con lo que se nos ha dado. Creo que también hay veces en las que puedes rechazar sus ofertas y negociar para obtener lo que quieres.

—Gera, llevo semanas “negociando” para poder estar en una audición y cada vez recibo cosas peores a cambio.

—No has lanzado la contraoferta final.

—Ya me estoy cansando de estas metáforas. No pienso ver la vida como una negociación. Estoy muy irritado.

—¿Irritado? ¿Sabes yo cómo estoy después de todo lo que hemos pasado? ¿Después de escapar de esperpentos voladores, ser perseguidos por la policía y luego casi acribillados por unos narcos que mató quién sabe quién? Quisiera estar al menos irritada. Me ayudaría a conectar con mi parte más humana, pero ahora me siento despersonalizada. Me encuentro en un estado en el que no me reconozco para nada.

—Discúlpame por todo. Estoy tratando de solucionarlo.

—Y en el intento lo estás empeorando. No solo tú, todos. Ninguno de nosotros sabe cómo reaccionar porque nos arrebataron nuestro mundo. Ya no estamos en el mundo que conocimos, ya nada volverá a ser igual. Estamos dando palos de ciego como dijo El Conectes. Lo único que queda es…

—Adaptarnos. Conformarnos.

—No. Daremos los palos de ciego que sean necesarios hasta que encontremos la piñata y cuando lo hagamos la vamos a despedazar a la culera. El ciego no solo se adapta a un mundo gobernado por la luz, se lo apropia. Los ciegos han luchado para pertenecer a este mundo. Se han hecho cambios importantes en las conductas humanas cotidianas para que ellos tengan una vida apropiada a pesar de su incapacidad.

—A mí eso me suena a adaptación.

—Rocco: quizá tu inconformidad con la vida no está en perseguir una meta imposible. Quizá es que te has engañado a tal punto que crees que viniste al mundo con una misión. Como si todos estuviéramos destinados a ser alguien en la vida. No creo que todas las personas debamos vivir con esa presión interna para alcanzar nuestro destino. Somos tan insignificantes en el universo que a nadie le importa lo que logremos. Nadie nos va a aplaudir cuando completemos el círculo. Perdóname por ser tan directa contigo, pero yo creo que tu hermano, que te observa desde no sé dónde, no te exige para nada que logres algo loable. Lo más seguro es que solo quiere verte viviendo y ya, viviendo como todos, haciendo lo que sea que hagamos hasta dejar de respirar.

—No estoy enojado porque hablaste de mi hermano sin mi consentimiento. Te lo concedo porque te aprecio. Sin embargo, sigo percibiendo una visión conformista en tus palabras. No hago esto para que me aplaudan. No quiero halagos rimbombantes en mi epitafio. Lo hago por el amor que le tengo a mi hermano, no por su agradecimiento, sino por mantener su recuerdo encendido. ¿Para qué sirven las ofrendas del Día de Muertos? ¿Para que el difunto te dé las gracias por el tequila que le dejaste o para sentirte bien honrando su memoria? Lo hago por mí mismo, porque al lograr eso que me he propuesto me voy a sentir feliz, así nadie me esté mirando cuando lo consiga. Es un desafío personal. Si no me pongo metas propias, me pudro en el aburrimiento. A pesar de todo eso, estoy completamente agradecido porque sé que me sigues apoyando, aunque tengamos ideas contrarias. Tú y Videl, que es la persona más valemadrista del mundo. Sé que me van a apoyar hasta el final. Gracias. No está de más reiterarles que el apoyo incondicional es mutuo.    

—Gracias, Roquín. No pasa nada. Me pediste mi opinión y ahí la tienes.

—¿De qué estarán hablando esos dos? —Rocco miraba a Yeti y al maestro Leandro conversando a unos metros enfrente de ellos. Usurpador estaba al lado, asimilando todos los conocimientos que salpicaba la charla.  

—Cosas de parapsicólogos.

—¿Cómo terminó el Sasquatch ahí? Pensé que a él nada lo turbaba.  

—Mi carnaval tiene una visión muy relajada de la vida. Casi no se toma nada a pecho, solo lo absolutamente relevante, que podría decirse que es su familia, algunos amigos, entre ellos tú, su rock urbano y, últimamente, la parapsicología. No sé si algún día lo reconozca, pero le afectó mucho tu distanciamiento. Sin ti se quedó prácticamente solo porque como sabes es medio sope para hacer amigos. Digamos que un día simplemente estaba aburrido. ¿Ves que a él siempre le han interesado esas cosas de las teorías de conspiración, fenómenos paranormales, OVNIS y cuanta madre se te ocurra? Pues cuando se enteró de que había una disciplina que estudiaba cosas así por el estilo no se lo pensó dos veces. Él era feliz tocando la guitarra y la armónica todo el día, tragando chelas cada fin o trabajando de cocinero en el Carl’s Jr; pero cuando tú te alejaste la parte sentimental quedó vacía causándole un duelo. Compensó esa falta utilizando prácticas poco ortodoxas para sanar. Ahora está bien. Admiro su capacidad para reponerse. Está medio imbécil, pero es una gran persona. Solo quiero que sepas que le importas.

—Lo sé. Esto lo hago por él también.  

Videl terminó su conversación con el maestro. Parecían estarse poniendo de acuerdo para algo. Le dijo a Rocco con una seña que se acercara. Los presentó formalmente. El maestro Leandro estaba arriesgando mucho por ellos. Sabía que la policía lo iría a buscar a su casa. Un día antes estaba intentando contactar a El Conectes cuando Videl lo llamó primero. Le explicó a grandes rasgos cómo escaparon de los criminales: mientras ellos eran asesinados, él les ordenó a todos que salieran de ahí sin saber lo que estaba pasando. Usurpador cargó a Rocco. Escaparon en la Hummer. Más tarde buscaron un lugar en donde rentaran autos. Usurpador tuvo que hacer el trámite puesto que él no tenía una Alerta Amber y sería más difícil que lo reconocieran. Lograron conservar los cien mil pesos, aunque realmente no tenían ganas de gastarlos en nada.

El maestro les dio la dirección de un pueblo escondido entre cerros que estaba antes de llegar al puerto. Dijo que los vería allí a la mañana siguiente. Comieron, se repusieron hasta donde pudieron y llamaron a Leandro para avisarle que ya habían llegado. El profesor estimaba bastante a cada uno de sus alumnos, sabía que Videl lo necesitaba y decidió ir a su encuentro en lugar de recibirlos en su casa. La ventaja que ambos tenían era que ya se habían acercado bastante, por lo que solo les tomó cuarenta y cinco minutos llegar al lugar. Les brindó todo su apoyo, pero tenía el tiempo contado; no podía desaparecer muchas horas del rastro de la policía. Lo más urgente era darle herramientas a Rocco para controlar su mente al dormir, lo cual era sumamente complicado de lograr al primer intento.       

Videl los dejó solos y se fue a sentar con su hermana. El maestro, Rocco y Usurpador entraron a una cabaña que parecía pertenecer a Leandro. Una vez dentro pusieron las cartas sobre la mesa.

—Señor Rocco, ¿tiene sueño?

—Todavía no.

—No mienta. Está parpadeando lentamente.

—Es por el golpe. ¿Podría hablarme de tú?

—No, señor Rocco. Déjeme decirle algo: no tenemos mucho tiempo. Hace unos minutos la policía local llegó a mi casa. Mi novio tiene indicaciones de no decirles mi paradero. Cuando regrese diré que vine a visitar a mis padrinos que viven a media hora de aquí, lo cual es cierto. Esta cabaña les pertenece a mis suegros. Aquí estaremos a salvo. No quiero distraerme mucho en explicarle en qué consiste la Parapsicología.

—No se preocupe. Videl me contó bastante sobre ella en su casa.

—¿Y le habló de los sueños lúcidos?

—También conversamos un poco.

—Perfecto. Los sueños lúcidos son completamente normales. Cualquier persona los puede experimentar voluntaria o involuntariamente. Regularmente suceden en la cuarta fase del sueño, la fase REM, que por la expresión de su cara me parece que usted ya lo sabe. Para inducir a alguien en un sueño lúcido se pueden requerir desde experimentos hasta medicamentos. Hay unas pastillas contra el Alzheimer que pueden ayudar. Otras personas optan por métodos que a mí me parecen más arriesgados: el uso de onirógenos, ¿usted sabe qué son?

—Más o menos.

—Son sustancias que influyen en nuestro sueño, desde ayudarnos a dormir hasta trasladarnos a un estado de lucidez. Por lo regular son plantas. Algunas ilegales y otras no. Espero que ya se esté dando una idea de a dónde lo intento conducir.

—Ya me venía haciendo a la idea desde que salí de la casa de mis amigos.

—No le voy a mentir, señor Rocco. Lograr la inducción a un sueño lúcido es algo sumamente difícil. No sé ha logrado exitosamente ni con experimentos respaldados por la ciencia. Con los onirógenos tampoco hay muchas esperanzas, mucho menos al primer intento. Es por eso que elegí una opción que no escogería normalmente, pero como nos encontramos en una situación grave me veo en la necesidad de recurrir a ella. —El maestro sacó un termo de su bolsa de tela con bordados wixárika, además de un vaso tequilero, el cual se lo dio a Rocco con una solemnidad plausible. Dentro del termo parecía haber un brebaje, el cual manipulaba con mucha veneración. Todo en su persona tenía un aire de misticismo—. Espero que haya oído hablar de cierta planta ancestral proveniente del Amazonas que tiene un uso ceremonial de hace miles de años.

Rocco la conocía, Videl le habló de ella también en su casa. No le gustaba nada la idea. No creía en esas cosas, no gustaba de esas prácticas, pero con el sueño atormentándolo tras de él ya no podía darse el lujo de descartar opciones. El maestro procedió a hablarle un poco de ella, de su historia, de sus propiedades; también le mencionó los peligros que conlleva consumirla, dejándole en claro que él estaba capacitado para guiarlo una vez que la ingiriera. A Rocco no le importaba mucho la fuerza alucinógena de la planta, quizá en otros tiempos se hubiera preocupado, pero con lo que había vivido últimamente estaba más preocupado por su exterior que por su interior. Finalmente, Leandro le mencionó en qué consistía el ritual, el cual estaba programado para durar algunas horas ya que el efecto de la planta no desaparece rápidamente. Usurpador quiso probarla también para analizar sus propiedades desde dentro, pero el maestro se negó ya que requería de su apoyo durante la inducción. Rocco al fin estaba listo.  

—Creo que estoy listo.

—¿Ayunó como se lo pidió Videl?

—Sí. Realmente no he tenido mucha hambre desde hace dos días.

—Lo preferible hubiera sido que no consumiera carne y otros alimentos al menos en los últimos días.

—Casi no consumo carne. No lo hice la semana pasada.  

—Bien. Haremos todo lo posible porque funcione. La inducción la haremos todo el tiempo desde su estado de vigilia. Una vez que beba este té, esperaremos unos minutos a que haga efecto. Probablemente en ese lapso vomite o le ande del baño. Después comenzarán los efectos. Quiero que en este momento se concentre en recordar un sueño recurrente en su vida. Si es causado por un recuerdo doloroso, mejor. Por lo que me ha contado solo se han materializado sus pesadillas o personajes de sus pesadillas. Debe ser porque su subconsciente está lidiando con esos pensamientos constantemente, de tal forma que el asimilador en su cabeza accede más rápido a ellos que a sus otros recuerdos. Dice usted, señor Usurpador, que los de su especie solo son percibidos a través del olfato, ¿cierto?

—Eso es medianamente cierto.  

—Suficiente para mí. Tenemos la gran ventaja de que usted, señor Rocco, ya conoce el aroma de esta entidad. La misión es “simple”. —Hizo comillas con los dedos—. Usted se concentra en recordar el sueño. Indagará en su subconsciente. Cuando se encuentre ahí los efectos de la planta comenzarán, le ayudará a tener mayor sensibilidad con su mente. Sus sentidos se alterarán. Tendrá el olfato más alerta. Vendrán las alucinaciones, nos apoyaremos en ellas para penetrar en el estado onírico sin que usted pierda la consciencia. Yo nunca voy a dejar de hablarle, usted tendrá que responderme específicamente lo que está viendo o sintiendo. Lo ideal sería que se durmiera, pero como aún no domina esta técnica lo hará en estado de vigilia, no queremos correr riesgos. La misión es controlar lo que está soñando para observar cómo se comporta el aroma. Al platicar con el señor Usurpador aprendí algo sobre su comportamiento y tengo algunas teorías. Si usted ordena que algo en su sueño cambie a su voluntad y lo logra, el aroma disminuirá en intensidad, entonces sabremos que está haciendo retroceder al asimilador. Si en algún momento el aroma se intensifica y notamos que su cuerpo se está quedando dormido, podríamos tener serios problemas. Lo moveremos para mantenerlo despierto. Por lo que me han contado los tres, la batalla estará perdida si comienza a salir vapor por su nariz. Mantengámonos optimistas pensando que eso no va a ocurrir.

—Lo mío nunca ha sido el optimismo.

—No le creo. Yo lo veo muy decidido a realizar rituales a los que en otros tiempos no se hubiera acercado. ¿Está listo?

—Pues venga de una vez.

—Recuerde: pase lo que pase, vea lo que vea, sienta lo que sienta, no olvide que yo estoy aquí y lo orientaré para que mantenga el control.

—Se dice fácil.

—Beba. —Vertió el contenido del termo en el vasito tequilero.

Rocco hizo todo lo posible para no escupir aquel brebaje amargo y ácido. Hacía arcadas constantemente. Su cubría la boca para encerrar el vómito. Estaba sentado en un tronco. El maestro se puso de pie. Fue por una guitarra que estaba colgada y comenzó a entonar alabanzas dirigidas a la planta. No paraba de predicar. Mencionaba al cosmos, a la tierra, al agua, a los seres vivos, al amor. Usurpador observaba todo con una actitud fresca. No se notaba cansado en lo más mínimo. De alguna forma le ordenaba a su cuerpo contenedor cómo mantenerse despierto.  

Rocco estaba concentrado en sus recuerdos. Aún no sabía qué sueño alterar. Intentaba localizar el aroma dentro de él, pero no hallaba nada, todo olía a madera, musgo, tierra y humedad. Notaba que su cuerpo dormitaba. Luchaba para mantenerse despierto. Intentaba concentrarse en los cantos del maestro, mas estos lo arrullaban. Volvía a sus recuerdos. Al fin se decantó por uno. Era bastante doloroso. Normalmente le producían llanto, sin embargo, en ese momento le vino una efusividad irreconocible. Empezó a reír roncamente. Su risa forzaba tanto su garganta que le provocaba tos. Las alabanzas comenzaron a tener sentido. Las palabras de amor tenían sentido. Era capaz de comprender cada palabra que salía de la boca del maestro. Decía que “sí” cada que Leandro terminaba una oración. Cada vez decía que “sí” más alto. Alzaba el puño para mostrar enérgicamente que estaba de acuerdo. Intentó pararse a abrazar al maestro, pero este lo volvió a sentar amablemente. Se sentía sumamente contento porque Usurpador estuviera ahí. Lo miraba con los ojitos ensoñados, como si lo conociera de toda la vida.   

Nuevamente hizo una arcada. Su estado de ánimo estaba por los cielos. Pensaba que iba a vomitar conejos, como lo había leído en un libro. Pensó que tendría que ponerlos a todos en una jaula. Se la imaginó y sus barrotes comenzaron a serpentear. Se separaron, tenían vida propia. Dejaron de ser grises para adoptar una coloración arcoíris. Formaban distintas figuras geométricas entre ellos. Rocco estaba asombrado con aquello, pero entonces se dio cuenta de que eso no era normal. Las alucinaciones estaban comenzando.  

¿Alguien abrió la puerta o por qué hacía tanto frío? ¿Alguien entró? ¿Alguien salió? ¿Cuántas personas había en la casa? ¿No era una cabaña? Ahora era una casa. Más bien, una mansión, de esas estrafalarias como la del viejo escritor en la Naranja Mecánica. Tenía un aire setentero impresionante. Se sentía muy confortable, pero un peligro acechaba. ¿Acaso llegarían Alex DeLarge y su pandilla de degenerados a importunar? Tuvo mucho miedo. Temblaba. No sabía si era por el frío o por el miedo. Le ordenó a su cuerpo sentir calor. El cuerpo obedeció. Sintió que tenía el control de su temperatura. Se carcajeó desmesuradamente y le echó en cara al usurpador que tenía dentro de sí su pequeño logro. Gritaba atolondrado cuando reconoció la voz del maestro. Le pedía que se concentrara. Recordó su misión.  

La mansión poco a poco se convirtió en una casa que él conocía a la perfección. Cuando terminó de reconocerla se echó a llorar. El recuerdo de esa casa le dolía. Se dio cuenta de que el plan para inducirse en un sueño lúcido ya estaba en marcha. Había localizado un recuerdo y se adentró en él. Se lo comunicó al maestro, pero dudó si este lo escuchaba. La voz de Leandro le confirmó que sí. El maestro le pidió concentración. Le hizo saber que todo iba bien. Quería llenarlo de confianza. Comenzó a guiarlo.   

Rocco le contaba todo lo que veía. Le describía la casa lo mejor que podía. Notó que su visión no era muy clara. Se sentía todo como… ¡Un sueño! Estaba funcionando. Ahora debía encontrar el olor a vinagre. Si no lo hacía intentaría con otro recuerdo. El maestro le pidió que intentara modificar algo de esa casa. Quería hacerlo, mas era difícil. De repente se alejaba de la visión y regresaba a la cabaña. Se estaba perdiendo, pero el maestro hacía todo para mantenerlo dentro de esa casa.   

Una puerta se abrió. Eso no lo había controlado él. Reconoció unas pisadas. Tenía años que no las escuchaba. Se alegró bastante. Gino se acercaba. Lo volvería a ver. Siempre lo veía en sueños, pero esta vez sería diferente. Las pisadas se acercaban a él, sin embargo, no veía a nadie, ni siquiera una sombra. Entonces alguien comenzó a bajar las escaleras. Gritó muy feliz “¡Gino!”, en cambio se encontró con la sombra de una mujer que le pareció familiar. Entonces su percepción de la realidad volvió a cambiar.

Todo se veía borroso, tan difuminado que de pronto dejaron de distinguirse las formas. Una serie de paneles amplios color café se adhirieron a su retina. Era como si tuviera los ojos cerrados. “¡Estoy ciego!”, chillaba, pero el maestro intentaba calmarlo diciéndole que era una alucinación. Rocco no estaba tan seguro, intentaba jugar a la gallinita ciega tentando las cosas a su alrededor. Buscó el vasito tequilero. Al hallarlo notó que el vidrio se volvía peludo. Recuperó la vista. Tenía una rata en sus manos. Asustado, la arrojó al piso, mas el roedor no cayó sobre una superficie sólida, sino que se sumergió en una especie de charco sobre el que estaba parado Rocco. La rata nadó dentro del charco y al hacerlo se difuminaba emitiendo ondas sonoras parecidas al canto de un ave que rebotaban causando una vibración intensa. El corazón de Rocco rebotaba con la vibración. Era tan violento que le dolía. La rata comenzó a emitir una luz intermitente que oscilaba entre tonalidades verdes y amarillas. Fue tras ella.   

Atravesó una especie de pared gelatinosa. El fondo de ese espacio tenía un tono violeta. La imagen no era tan nítida. Parpadeaba para enfocar mejor, pero al hacerlo emitía una serie de flashes a través de sus ojos. Delante de él había un cráter gigante que escupía lava morada soltando un rugido amenazador. Rocco mantuvo su distancia. El cráter arrojó una fumarola que rechinaba tan agudo que el pobre muchacho se tuvo que cubrir los oídos para aislar el dolor. Al fin pudo percibir un olor, pero no era a vinagre, sino a azufre.

El maestro estaba angustiado porque Rocco llevaba unos minutos sin narrarle nada. Los ojos del chico estaban perdidos. No entendía por qué la alucinación era tan fuerte si había consumido una ligera dosis. No paraba de gritar su nombre para retomar el contacto.  

De vuelta en la cabeza de Rocco, tras disiparse el humo de la fumarola una figura emergía dentro del cráter. Cubierta de caldo volcánico tenía la silueta de una mujer. Al salir a la superficie se sacudió la lava. Dejó ver una cabellera rubia, unos ojos azul zafiro invasivos y un cuerpo desnudo cubierto de joyas. Rocco reconoció ese rostro que solo había visto en fotografías. Supuso que la única persona capaz de elaborar una entrada tan estrafalaria para presentarse debía ser su madre. Aquella presunción le provocó asco. El fondo violáceo desapareció para dejar a madre e hijo solos en la casa incómoda nuevamente. Leandro retomó el contacto.  

—Rocco, ¿me escucha? Necesito que me haga saber qué está viendo. —Rocco lo escuchaba, pero no deseaba contestarle. Se acercó molesto hacia la mujer. La tomó de la mano para evitar que huyera—. Hábleme. Quiero saber que está consciente. Dígame qué ve.

—No es de su incumbencia —replicó molesto mientras miraba con resentimiento a su mamá.

—Por supuesto que es de mi incumbencia. Soy su guía, soy como su médico. No se puede reservar ninguna información por muy personal que sea. Acordamos que cooperaría en todo. Al menos hágame saber si puede alterar algo en su visión.

La mujer tenía un semblante burlón. Sonreía mientras miraba con gracia su mano asfixiada por la de su hijo. Transmutó a un estado gaseoso extendiendo delgadas líneas perpendiculares a los dedos de Rocco. Eso lo enfureció aún más.

—¡Carajo! Aquí estoy, maestro. Me encontré con alguien de mi pasado, pero se volvió a largar. ¿Qué quiere que haga?

—Describa detalladamente lo que está viendo.  

—Estoy en una casa. Una casa en la que viví hace muchos años. Es muy pintoresca. Tiene tonalidades pastel en las paredes: azul y amarillo. Frente a mí hay unas escaleras con un barandal de madera. El piso tiene una loseta blanca. Hay un candelabro como del siglo… Del… Así como… ¡No sé! Un candelabro. Es muy pequeña, no sé decirle de cuántos metros cuadrados aproximadamente. Hay un tapete gris debajo de mí. Detrás de mí está la sala en la cual hay un sofá blanco, una televisión de esas que se prendían con una perilla, otro tapete feo y cuadros. Están las fotos de la boda de mis padres. Hay retratos de mis abuelos, de mi hermano fallecido Gino y míos. 

—¡Perfecto! Su descripción es bastante detallada. Parece que su visión es más clara que cuando está teniendo un sueño ordinario. Puede ser que ya esté teniendo el sueño lúcido. ¡Es un gran avance! La prueba final es que altere algo en esa visión y que perciba el olor a vinagre. ¿Aún no lo ha podido hacer?

—No.

No podía compartir la efusividad del maestro porque se distrajo con los cuadros de la sala. Se acercó para mirarlos con mayor detalle. Era cierto, su visión no parecía ensoñada. Todo se sentía como si fuera real. Además, estaba totalmente consciente. El frenesí de los primeros minutos había quedado atrás. Miró todos los retratos de izquierda a derecha, como si leyera la biografía de su familia. Había olvidado cada una de esas imágenes. No pisaba esa casa desde los 5 años, cuando tuvieron que mudarse a su actual hogar, cuando su padre se casó con Candelaria, cuando conoció a Videl, cuando acababa de perder a Gino. Miraba el retrato de su hermano. Siempre salía feliz en las pocas fotos que conocía de él. Casi siempre con la misma ropa: una camiseta negra desteñida sin mangas, un pantalón baggy beige con un cinturón con colores rastafaris. Tenía la cabeza rasurada, barba de candado, tatuajes en ambos antebrazos y un piercing en la lengua. Era su Gino. El mejor hermano que la vida le pudo haber regalado. Siempre fue tan bueno con él, aunque lo conoció por poco tiempo. No merecía irse así. Culpaba de todo a la mujer que encabezaba el muro familiar. A ese espectro que desapareció de sus manos unos minutos atrás. Le guardaba un rencor enfermo. No pudo evitar que el odio le infectara la sangre. Aborrecía todo lo que tuviera que ver con ella y con su personalidad tan superficial.

De pronto escuchaba que el maestro lo llamaba con preocupación. Algo estaba pasando afuera. Estaba a punto de responderle cuando finalmente detectó el olor a vinagre. Era intenso. Al parecer el recuerdo de su madre lo había atraído. El asimilador era un tiburón oliendo la sangre de los corazones tristes. Lo buscó con la vista, pero recordó que esa no era la forma. Mantuvo su nariz alerta. El aroma se incrementaba y el maestro gritaba más agitado. Rocco quería responderle, pero no podía desconcentrarse. Tenía que batirse en un duelo interno. La garganta le empezó a arder. Entendió por qué Leandro estaba tan alterado. Quizás había vapor saliendo de su nariz. El profesor le hizo hincapié en manipular el sueño. Intentó cambiar algo de lo que tenía enfrente, pero nuevamente no pasaba nada.    

El asimilador se lanzó al ataque. Se veía bastante adaptado a su nuevo contenedor. La casa desapareció y Rocco fue trasladado a una oscuridad asfixiante. El muchacho hacía todo por mantener la calma. Ya no se sentía como en la alucinación del fondo violáceo, ahora era una especie de realidad aumentada. Una burbuja enorme de color morado emergió desde el fondo. Lucía tan susceptible a reventarse que Rocco echó un brinco hacia atrás. La esfera giraba, le provocaba nauseas al chico. Se empezó a inflar peligrosamente. Rocco intentó correr para escapar de la explosión, pero fue inevitable. La imagen se distorsionó y ahora todo se veía como si tuviera visión de rayos x. Ya no se escuchaba la voz del maestro. El chico le ordenaba a su mente volver a su visión normal, pero no funcionaba. Una serie de flashazos comenzó a manifestarse mostrándole escenas de su vida pasada: su vieja casa, sus amigos de la primaria, sus primeros amores; él andando en bicicleta, él mirando al mar, él recién nacido en los brazos de Gino; la boda de su padre y Candelaria, el nacimiento de cada uno de sus hermanos.

A Rocco le apuñalaron el corazón. Alguien intentaba quebrarlo. Ya no pensaba en controlar nada. Se rompió. Atravesado por el dolor lloraba hojas marchitas en tono melancolía. Atrapaba los trozos con sus palmas, los apretaba para hacerlos florecer, pero se desvanecían. Frente a él se proyectaba aquella imagen dolorosa, la más dolorosa de su vida: él, papá y Gino aquel día terrible, cuando vivió la peor pesadilla de su vida, la cual no sucedió en su subconsciente sino en la realidad. El dolor de perder a su hermano de esa forma le destazaba el alma. Las hojas secas y quebradizas de sus mejillas se evaporaban volviéndose etéreas. El muchacho volvía a ser un niño de 4 años con la cara embarrada de mocos secos, el cuerpo blandengue, el corazón y la mente inmaculados. Detrás se escuchaba un canto doloroso que sepultaba los bríos de la infancia con tierra mortuoria. Sueños sepultados bajo piedras impenetrables. Un surco le atravesaba el pecho desgarrándole el corazón. Lo desmanteló gajo por gajo para exprimirle el ímpetu de la ilusión inocente hasta pudrirlo y convertirlo en hiel. La vertió en un vasito tequilero dándola a beber al inofensivo niño. Él la sintió como un veneno que le recorría los canales vitales, ardiendo para flagelar al desdichado. Ardía tan fuerte que su temperatura se disparó a grados tan intensos que el cerebro se le coció. Rocco quería vivir para lograr su meta, pero algo dentro de él se estaba encargando de sepultarle las esperanzas. No podía más. La motivación estaba al borde de la extinción. Alguien tuvo misericordia por el miserable y le permitió lanzar un último aliento.

—Maestro, sáqueme de aquí. Sáqueme de aquí o me voy a morir.

El maestro, con el semblante corrompido por la lástima, apretaba la mano del joven en agonía.

—Rocco… Señor Rocco, resista. El vapor ya se ha esfumado. Afortunadamente no pasó nada aquí afuera. Ya han pasado algunas horas desde que ingirió el té. Los efectos están cerca de desaparecer.

Pero Rocco no lo escuchaba más. Se encontraba en un abismo, sentado en cuclillas, perdido en su miseria. Los recuerdos de su vida se entremezclaban. Ya no los identificaba en lo absoluto. Anhelaba a su gato superhéroe, su confiable salvador. Escapó de su mente dejándolo a su merced con un usurpador que no tenía la capacidad de sentir compasión por aquello que destruía. Los ojos se le llenaron de lágrimas verdaderas. Torrentes le nublaron la vista. No la volvió a recuperar en un buen rato. Cayó devastado por el cansancio emocional. Quedó completamente dormido en los brazos del maestro, quien lo acostó sobre un petate y lo cubrió con una manta. Leandro estaba nervioso por el sueño de Rocco. Volteó a ver a Usurpador y este le indicó que probablemente en esa ocasión no se materializaría ninguna pesadilla. Rocco peleó bastante bien. Aunque perdió el duelo, dio batalla suficiente para hacer retroceder a su rival.

El maestro salió de la cabaña para hacer pasar a los hermanos León.

—No lo logró. Este muchacho está destrozado por dentro. Pero luchó valientemente. Al menos pudimos inducirlo al sueño lúcido en un grado mínimo. Quizás con la práctica logre controlar su subconsciente. La cuestión es que dudo que quiera volver a intentarlo. La experiencia fue bastante ruda.

—¿Se durmió? —Dijo Videl—.  No hay que dejarlo dormir.

—Mejor que descanse ahora que el asimilador de su cabeza fue obligado a retroceder. Es probable que no se manifieste en un rato, al menos eso piensa el señor Usurpador. Ha tenido demasiado. Lo importante es que solo está dormido. Si pasa algo raro lo despiertan y ya. Ustedes también deberían descansar. Podrían turnarse para mantener una guardia. Es necesario que terminen con todo esto. Hablen con sus familias. Dejen que la policía los interrogue. El señor Rocco debería recibir tratamiento psicológico o psiquiátrico. Si quiere volver a intentar lo de los sueños lúcidos yo puedo trasladarme a la Capital para guiarlo. Bajo ninguna circunstancia lo debe intentar por su cuenta o con otro chamán, ¿entiendes, Videl? Te lo encargo a ti.

—La cosa es que vivimos lejos, maestro. Este tipo es terco. No lo conoce. Lo que me preocupa es que no haya logrado controlar sus sueños.

—Sabíamos que había mínimas probabilidades.

—Pues sí, pero imagine que en el lapso en que usted lo visita para seguir practicando pasa una desgracia en su casa o en su escuela o en la calle. ¿Tan solo en dos días cuánto caos se generó? Los humanos tenemos que dormir todos los días. No podemos pedirle que mantenga una vigilia extrema. Además, somos susceptibles a sufrir desmayos. Este sujeto se nos desmayó dos veces de camino a acá. ¿No se puede hacer algo más? Yo sé que usted siempre tiene opciones.  

—Videl, hasta ahora no tenemos ninguna certeza de nada. Que la policía o médicos especialistas lo ayuden. Lo que nosotros tenemos únicamente son teorías.  

—Me gustaría escuchar una de esas teorías.

El maestro sabía que Videl intentaba sacarle información que él consideraba delicada. Desde el día de El Eclipse Fantasma escuchó un sinfín de teorías conspiratorias que a su juicio rayaban en la locura. Sin embargo, uno de sus alumnos, que vivía en un estado en el occidente del país y que no estaba muy lejos de la Capital, tenía información que le pareció interesante. Aun así no se convencía de revelarla.

—Videl, sin certezas no me atreveré a actuar.

—¿Me lo dice usted que imparte la materia de las creencias sin sustento? Suena contradictorio. ¿De cuándo a acá tan rigorista? Eso no fue lo que me enseñó. Recuerde que una certeza primero fue una teoría. Además, nosotros solamente queremos escuchar. Como principales protagonistas de estos eventos paranormales merecemos saber todo lo que llega a sus oídos, maestro.

—Entiende que no vamos a irnos de aquí sin escucharlo, ¿verdad? —Intervino Geraldine, quien abría su bolso para sacar una fracción de los cien mil pesos que conservaba.  

—No intente llamar mi atención con cosas materiales, señorita, que yo no me rijo bajo los estándares capitalistas.

No pensaba ceder a la presión de un par de muchachitos inocentes, pero aun así las palabras de su alumno le calaron un poco. Además, fue testigo por un momento del peligro que podía escapar por la nariz de Rocco. Una mente tan atormentada capaz de materializarse era un peligro que no se podía tomar a la ligera. Recapacitó un poco y decidió confiarles lo que había escuchado.

—Somos todo oídos, maestro —dijo Videl viendo a su mentor mostrar señales de doblegamiento.  

—El señor Usurpador me comentó que el origen de este fenómeno fue El Eclipse Fantasma. Aunque me lo explicó detalladamente nadie sabe qué lo provocó ni si podría volver a pasar. Estábamos discutiendo que quizás un nuevo cruce dimensional abra la posibilidad de que las entidades que nos visitan regresen a su propia dimensión. La naturaleza reclama lo que es suyo, aquí y en todas las dimensiones. Si encontráramos la causa del evento, si supiéramos cuándo podría volver a ocurrir o incluso, estoy diciendo una locura, si se pudiera provocar tal cruce, abriríamos una posibilidad para salvar al señor Rocco y al hombre calvo que no tiene vela en este entierro.  

—Gran preámbulo. Ahora sí ya puede decirnos lo que sabe.

—Me conoces, Videl, sabes que tengo alumnos por todo el país. Lo mío es llevar la Parapsicología a donde pueda. Tengo un alumno en San Topotenango, por donde están las mariposas, ¿saben dónde es? A unas seis horas de aquí. Ese alumno trabaja en un museo de culturas precolombinas que dirige una antropóloga muy respetada en el país. Es raro que una profesional con su trayectoria, que incluso fue directora del Museo de Antropología, se haya aislado a un pueblito desconocido justo un día después de El Eclipse Fantasma sin dar argumentos convincentes. Se sabe que no tiene buena relación con las instituciones culturales del país. Muchos la tachan de desalineada. La investigué un poco con los contactos que tengo en la Secretaría de Cultura y sí, efectivamente, la están vigilando constantemente porque no confían en ella. Se sabe que ha luchado incansablemente por demostrar que una pieza perteneciente a la cultura olmeca en realidad no tiene orígenes prehispánicos. Se ha obsesionado con ese objeto. Encabeza una lucha por demostrarle a sus superiores que no perteneció a los olmecas. So pretexto de esto, logró que trasladaran la pieza al Museo de las Culturas Precolombinas, en donde es la directora interina con facultades totales para estudiar encarecidamente a este objeto. Lo curioso es que esa decisión se tomó unos días después de El Eclipse Fantasma. Algo nos dice que ella tiene valiosa información sobre las causas del eclipse y que podría estar relacionada con el estudio de su pieza. Mi alumno no tiene mucha información porque es una especie de becario. Pero ha notado actitudes en la personalidad de la directora que le causan curiosidad. Tal vez ustedes podrían hablar con ella, dado que tienen a un experto de los cruces dimensionales en su equipo.  

—O sea que vamos a volver a las carreteras.

—Con la policía buscándolos en todas las casetas tendrán que tomar la carretera libre, pero aun así es arriesgado. Les sugiero que no manejen ustedes. La policía sospecha de mí, pero no de Adán, mi novio. Él los podría llevar escondidos en su camioneta. Yo me regreso a mi casa para hablar con las autoridades. Cualquier cosa me pueden llamar, si no les contesto es porque considero que me están vigilando. De ser así no intenten llamar otra vez. Yo me comunicaré con ustedes. Les aconsejo comprarse otro chip para eso o un celular, dado que tienen mucho dinero y no saben en qué gastarlo. Por favor. Resuelvan esto lo más pronto posible y vuelvan con sus familias o al menos díganles en qué consiste su plan. Ellos son los más afectados. No merecen tanto sufrimiento.  

—Nadie lo merece, mi profe. Muchas gracias. De verdad que no tiene por qué hacer esto, tampoco su novio.

—Lo repito por si lo olvidaste, Videl: mis alumnos son todo para mí. —Le guiñó el ojo—. Lo ideal es que mi novio venga hasta acá por ustedes. Manténganse aquí hasta entonces. Ya saben: no salgan para nada. Veo que ya tienen víveres. Si sale vapor de la nariz de este joven denle una buena cachetada.  

—No sabe las ganas que tengo de hacerlo —dijo Geraldine simpáticamente.  

El maestro se dirigía a su casa. Se reportó con su novio y este le dio aviso a las autoridades de que se encontraba en camino para rendir su declaración. Sin embargo, al cruzar la única caseta que tenía que cruzar, un improvisado retén policíaco lo obligó a descender de su vehículo. Le pareció muy sospechoso todo. Unos policías lo tranquilizaban diciéndole que no pasaba nada, que era una “revisión de rutina” y que su jefa quería hablar con él personalmente. Entre las luces rojiazules vio a una mujer bajita y menudita, pero con una personalidad llamativa custodiada por un enorme gorila malencarado. Al pararse frente a él, la mujer le sonrió confiadamente.

—Todo bien, ¿profesor?

—¿Me conoce?

—Sí sabe que lo están buscando, ¿verdad? No me diga que no se ha enterado porque no le voy a creer.  

—Lo sé, por eso mismo me dirigía a declarar en estos momentos.

—¿Pues dónde andaba que no avisó?

—Fui a visitar a unos parientes muy cerca de aquí.

—¿Todo bien? Supongo que les habrá pasado algo porque salió hecho la mocha. ¿A qué se debió su visita?

—No creo que tenga la obligación de darle detalles, jefa.

—Subinspectora, que mi trabajo me ha costado ganarme estas insignias. —Lo corrigió bastante ofendida mientras apuntaba a sus hombros—. Pues mire, déjeme decirle que yo soy bien paranoica y como que sospechaba que iba a visitar hoy a sus… Padrinos, ¿verdad, Dorantes? —El gorila gruñó algo que pareció ser una afirmación—. Fue algo así como un presentimiento. Entonces me le adelanté y los fui a visitar yo misma, pero usted nunca llegó. Nos quedamos esperando. Y sus parientes no sabían que iba a visitarlos. Supongo yo que se le atravesó algo más importante, ¿no? Entonces, le vuelvo a preguntar: ¿de dónde viene?

—No me puede interrogar aquí en la calle sin una justificación legal. Esto es ilegal. Necesito un abogado.

—¿Ah, sí? ¿Qué va a saber de leyes un para… ¿Qué?, ¿parapsicólogo? Si ustedes se pasan las leyes de la ciencia por donde le platiqué la otra vez. Pero si se siente más cómodo lo llevamos mejor al ministerio para que rinda su declaración de una vez, ¿cómo ve?

—No me gustan las preguntas retóricas.

La subinspectora echó a reír mientras Dorantes intentaba hacerle segunda con la quijada monstruosa trabada. Subieron al maestro esposado a una patrulla. Una grúa se llevó su auto. A través del cristal pintado de rojo y azul, Leandro le confiaba el bienestar de los muchachos (y probablemente el bienestar mundial) a su incondicional y amado Adán.

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