CAPÍTULO 18: START FROM SCRATCH (O VOLVER A COMENZAR)
SEGUNDA PARTE
Caminaba por el inmenso
desierto teñido de naranja; no solo por el color de la arena, sino también por
el del cielo. Podría pensarse que la particular tonalidad se debía al ocaso,
pero en realidad esa coloración predominaba durante todo el día. En las noches
podías observar al viento arrastrando espirales de pétalos de cempasúchil
hechos polvo que combinaban con el amarillo de la luna de queso. Incluso las
estrellas espolvoreaban el cielo conticinio con su canela estelar.
Arribó al pozo después de
caminar por una hora y media. Se desprendió de su estorbosa mochila de acampar
colocándola con cuidado en el suelo, su excesivo peso levantó una estela de
arena que lo hizo estornudar. Sacó con delicadeza la bomba. Sabía que estaba
solo. Se tomó su tiempo para armarla. Era un excelente aparato. Los
dispositivos de la vieja compañía Green Future podían estar pasados de
moda, pero aún no eran obsoletos, simplemente eran una víctima más de la
obsolescencia programada, sin embargo, él se encargaba de darles el
mantenimiento correcto para preservar su funcionamiento. Además, se podía decir
que era un amante de la cultura old-fashioned. Estaba convencido de que
todo en sus tiempos fue mejor, nadie lo hacía cambiar de parecer.
Terminó de armarla de forma
manual, como a él le gustaba. Detestaba resolver las cosas con solo presionar
un botón. La bomba hizo su trabajo. En menos de dos minutos ya tenía casi
cuatro galones llenos. Amarró el contenedor a la mochila como si no tuviera ya
suficiente peso. Echó un último vistazo para cerciorarse de que siguiera solo.
Al hacerlo tapó el pozo con una tabla, la cubrió con la arena de tono
zanahoria, le puso encima unas enredaderas y al final unas piedras. Era una
fortuna que durara dos semanas sin ser descubierto. Los otros dos ubicados en
el mismo cuadrante fueron clausurados a dos días de su apertura clandestina. La
discreción de cada uno de los usuarios era vital para conservarlo.
Emprendió el camino a casa
siendo resguardado por un paisaje impresionante: un rectángulo panorámico le
servía de fondo. La esfera de plasma colgada en el firmamento lucía como una
mandarina incandescente, se desvanecía en la parte baja del rectángulo como un
polvorón sumergido en el té. El cielo cobrizo, segmentado en tres franjas de
tonalidades descendentes, se mostraba borroso en su parte inferior, donde se
funde con el suelo, provocando que los pies del forastero parecieran
ondulantes, efecto que es posible gracias al sofocante calor del desierto.
Quedaba hora y media de camino, pero aún no comenzaba la parte difícil del
trayecto.
Al cruzar el umbral entre el
desierto ya castaño y la ciudad apenas índigo, sus ojos se volvieron agudos.
Fue una gran elección haberse inyectado las células de gecko para desplazarse
con familiaridad por las noches. Sus pupilas se volvieron lobuladas. El imperio
nocturno acababa de instaurarse, la vigilancia oficial comenzaba los rondines;
no podía perder ningún detalle si quería volver a salvo a casa.
Doblaba las esquinas de las
calles de nombres presidenciales con sigilo. Los reguladores del clima exterior
mantenían la temperatura en unos agradables 22°, marcando una notable división
entre los insoportables 3° a los que llegaría el desierto en unas horas.
A paso cauteloso se acercaba a
su morada, no obstante, los bólidos de la Fuerza Federal deambulaban con mayor
frecuencia cerca de su manzana.
Una calle antes se detuvo. Pudo
observar el modesto muro de su hogar, estaba cubierto por una pantalla donde se
proyectaba una imagen holográfica, era propaganda electoral: “Adonaí Cortina.
Regidor 2071. Vota por la Asamblea Popular”, rezaba el anuncio. La foto de un
hombre regordete y mostachón, con un sombrero ranchero iluminado por focos led enfriaba
un poco el calor hogareño. Suspiró resignado. Recordó con tersa nostalgia, tan
suave, tan confortante como una frazada que calienta el pecho, cómo hace unos
15 años había un ventanal en lugar de la pantalla. Un cristal polvoriento, pero
libre de contaminación visual, de saturación de luces que malgastaban la
energía en pos de la chapucería electoral. En ese ventanal siempre divisaba a
Fátima, su esposa y a Xóchitl, su pequeña hija, cuando regresaba de trabajar.
Las pesadas jornadas en la planta se olvidaban al verlas retozando
de alegría. La añoranza casi le arranca un puñado de lágrimas, pero no pudo,
las células de gecko suprimían el funcionamiento de las glándulas lagrimales.
Antes de cruzar miró a los dos
lados y luego arriba para asegurarse de que ningún gendarme lo vigilara. Al
comprobar que el terreno estaba despejado cruzó corriendo para entrar en su
hogar. Al pisar la banqueta se dejó llevar por la rampa mecánica para discapacitados
que aún funcionaba. Ya casi nadie la ocupaba porque quedaban muy pocas personas
que usaran sillas de ruedas o muletas; los avances de la biotecnología en la
medicina humana eran una bendición.
Llegó a su puerta. Estaba a
punto de colocar su retina en el escáner biométrico cuando una voz aguardentosa
lo interrumpió.
—Buenas
noches, caballero. Revisión de rutina, por favor.
—Gendarme,
buenas noches. No existen las revisiones de rutina y en caso de que existieran
no me puede revisar en la entrada de mi casa. Es propiedad privada. Solo me
puede revisar con una orden.
—¡Oh!
Por eso, joven. Las reformas al artículo tercero de la Ley de Libre Tránsito
indican que se puede realizar una revisión siempre y cuando un transeúnte luzca
sospechoso y siempre y cuando se encuentre fuera de los límites de una
propiedad privada. En este caso, las banquetas no son exclusivas de la
propiedad privada, es una zona mixta. Así que por favor ve abriendo tu
mochila. —El gendarme dirigía su vista a una sola dirección—. ¿Qué tienes en
ese contenedor? No será agua ilegal, ¿verdad?
—Es
gasolina. Gendarme, insisto: me parece que hay un error con su interpretación
personal del reglamento. Lo conozco a cabalidad. Especifica claramente que las
banquetas forman parte de la propiedad privada. Las zonas mixtas son otra cosa.
—Tú no
me vas a decir cómo hacer mi trabajo. Estamos aquí para garantizar su
seguridad. No vengo a chingarte. Veme abriendo ese contenedor para ver si es
cierto que traes gasolina.
—¡Pfff!
¿Seguridad? La Gendarmería de Tránsito no hace más que jodernos todo el tiempo.
Sus reformas nos han dejado prácticamente sin espacio público. ¿Ahora resulta
que ni siquiera en nuestras casas estamos libres de ustedes? Perdóname, pero tu
ley no tiene nada de libre.
—¡Oh!
Por eso, joven. Mira, yo ya cumplí con mi deber explicándote la ley. Si tú no
quieres hacer caso me vas a obligar a hacer uso de la fuerza pública. Ábreme el
contenedor porque a mí no me vas a venir con ese cuento de que traes gasolina.
Los combustibles fósiles dejaron de usarse hace décadas.
—No
soy ningún joven. Tengo 79 años. Me sometí al tratamiento de longevidad
asistida. Trabajo en una planta de energía sustentable. Manejamos residuos de
gasolina. Nos permiten venderlos a fábricas de plástico. Es por eso que a veces
me traigo unos galones a casa.
—Qué
bueno. Pero aun así te tengo que revisar ese contenedor. Es mi trabajo. Así que
o cooperas o te voy a hacer cooperar. —El gendarme se estiró para alcanzar el
contenedor, pero él lo apartó con su mano, eso enfadó al uniformado—. Bueno,
cabrón, como te veo reticente voy a tener que usar la fuerza que el Regimiento
me confiere. —Desenfundó un arma parecida a un teaser, pero más
sofisticada, con el cañón alargado como si fuera una escopeta—. Por ley estoy
obligado a comunicarte las consecuencias de aplicar el aturdidor en tu cráneo.
La descarga de ondas vibratorias no te va a provocar ningún daño cerebral, ni a
corto ni a mediano plazo, únicamente te causará un aturdimiento que dura
alrededor de cinco segundos. Después procederé a inyectarte un inhabilitador de
manos para arrestarte; si te resistes te aplicaré otra descarga.
—Gracias.
Conozco perfectamente los efectos.
—Te
digo que no quieres cooperar. —El gendarme accionó las ondas vibratorias que
oscilaban en la fina punta doble del arma. Cuando se acercó con vehemencia
Fátima salió justo a tiempo para interponerse.
—¡Óigame!
¡Hágase para atrás! Usted no puede hacer eso. Baje esa arma. Soy abogada. Mi
marido tiene razón: no puede someter a nadie dentro de una propiedad privada
sin una orden. Y sí, la banqueta forma parte de la propiedad privada. Las zonas
mixtas no funcionan para las revisiones policíacas. Tienen fines comerciales.
Usted no entiende las leyes que protege. Si no le parece vamos en este momento
a resolver el asunto en la gendarmería con un fiscal para que él le explique
personalmente cómo funciona la ley. —El servidor público apagó el aturdidor.
—No
hay necesidad, señorita. Yo solo trato de cumplir con mi deber. Me pareció que
esos galones eran de agua ilegal. Mi deber es confirmarlo. Si el joven me
muestra la factura de compra o un comprobante que avale que son beneficiarios
de los programas de apoyo ciudadano, me doy por bien servido.
—“El
joven” tampoco tiene la obligación de mostrarle nada.
—Como
usted diga, señorita —dijo rechinando los dientes—. Me disculpo por las
incomodidades. Que descansen. A lo mejor nos volvemos a ver muy pronto.
—Cuando
venga con una orden de cateo, por favor.
—Por
eso mismo lo decía.
Sonreía desagradablemente
colocando el ápice de la lengua en los dientes amarillos. Tenía un semblante
revanchista. Accionó el botón del casco que desplegaba la visera de acrílico.
Inclinó la cabeza burlonamente para mostrar cortesía. Se trepó al bólido que
levitaba debajo de la banqueta. Encendió el piloto automático con un impulso
neuronal y se fue sin que su vehículo emitiera ningún tipo de ruido.
—Te
tardaste mucho en salir.
—Estaba
muy clavada leyendo la carpeta del caso San Juan. Con este pinche anuncio
ruidoso no escucho nada. Perdóname. Si no me asomo por el interfón ya estarías
convulsionado en el piso.
—Ya
sé. Pinche puerco abusivo. Ya también estoy harto de ese anuncio, pero cuando
nos dan el dinero de la renta y pago los servicios se me olvida lo desagradable
que es. Nada más deja que pasen las elecciones para rentarlo a alguien menos indeseable.
—Ambos entraron a la casa—. ¿Ya llegó Xóchitl?
—Viene
bajando la escalera.
—Hola,
Rocco.
—¿Ya
nunca me vas a decir papá?
—Ya
nadie usa esos sustantivos. Son nífulos.
—¿Qué
significa eso?
—Old-fashioned.
—Detesto
la jerga de la generación sustentable.
—Ya
tampoco se dice detesto, se utiliza padezco —intervino Fátima.
—Ese
verbo no se utiliza para eso. No tiene sentido.
—Pues
para los lozanos sí significa eso. No lo entiendes porque eres de otro periodo.
—“Los
lozanos”, “periodo”. En mis tiempos decíamos “chavos” y “época”.
—Ja,
ja, ja. Chavos es una palabra esperpéntica —dijo Xóchitl.
—No
estoy entendiendo nada. Extraño los dosmiles.
—¿Por
qué tu clanteo tiene una obsesión por clasificar todo por décadas o
generaciones? —Sentenció Xóchitl.
—¿Mi
qué?
Rocco se dio la vuelta para
comenzar a vaciar los galones en un tanque purificador también de la marca Green
Future. Al hacerlo reflexionaba sobre los cambios generacionales repitiendo
todas las palabras que acababa de aprender para darles sentido. Pensaba en el
mundo que vio pasar frente a sus ojos durante casi 80 años, en cómo mientras el
mundo se renueva hay ciertos ciclos que se repiten en cada época, como los
choques generacionales.
Se sentó a cenar con su
familia. Ya nadie comía como en sus tiempos. Todo el mundo ingería los
alimentos vía nasal. Se conectaban un par de tubos a las fosas. Tenían una gama
de opciones muy basta que les surtía una pequeña máquina. Prácticamente no
había ningún sabor del que se pudieran privar, sin embargo, los nostálgicos
siempre extrañaban degustar los platillos con sus papilas, machacarlos con los
dientes y deglutirlos hasta sentir cómo les masajeaban el esófago. En eso
también pensaba Rocco, pero no externaba su sentir ya que siempre lo contraargumentaban
diciendo que los alimentos sustitutos salvaban a los animales de la crueldad;
también, que servían para aprovechar mejor los nutrientes. No obstante él, un
chapado a la antigua, de vez en cuando se permitía alimentarse a la vieja
usanza. Además, así podía seguir usando la antigua vajilla de talavera que le
heredó Candelaria. Ellas no tenían ningún problema con eso, siempre y cuando él
lavara los trastes.
Xóchitl encendió el
multitransmisor con su actividad cerebral. No era muy aficionada de las
imágenes, prefería las transmisiones radiofónicas. Decidió que quería escuchar
el noticiero subversivo favorito de todos: ¡Viva la sublevación! La
transmisión de este noticiero era ilegal. La Ley de Ética Periodística o, como
también se le conocía, Ley Censura, prohibía difundir cualquier contenido que
promoviera ideales definidos, por ello, ¡Viva la sublevación!, tenía el
impresionante récord de transmitir durante 10 años ininterrumpidos. Ningún otro
medio ilegal lo había conseguido. Nadie sabía desde dónde se transmitía y hackeaban
una red distinta cada noche.
El programa estaba comenzando.
Sotelo, el conductor, daba los pormenores del día con su tradicional tono
relajado. Rocco no era muy afín a sus ideales, pero permitía que su hija
ejerciera su propia libertad de pensamiento, aunque muchas veces coincidía con
la furia colectiva a la que Sotelo le daba voz en cada programa.
Se hablaba de que una próxima
guerra interdimensional estallaría en pocos días. Como siempre, las involucradas
eran las principales potencias del mundo: China, Corea del Norte y Rusia, por
un lado; Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Australia, por el otro.
El mundo estaba en guerra con
otras dimensiones desde hacía 50 años, desde que el siniestro Prr Prr Cat
conectó un puente interdimensional invitando a fuerzas desconocidas a alterar
nuestro universo. Todo ello provocó cambios bruscos en el ecosistema, en el
clima (uno de ellos, la coloración naranja del firmamento y la arena), en la
evolución de las especies, en la salud de los seres vivos; también en las
formas de gobierno, en los métodos de defensa, en la redistribución de los
recursos; así como en la socialización de las personas, en la rutina cotidiana
o en la propia concepción de la existencia. Los cambios que traería el próximo
conflicto interdimensional eran impredecibles. Nunca se sabía a qué tipo de
amenaza se enfrentaría la raza humana.
—México
nunca participa en esas guerras y siempre termina afectado —refunfuñó Xóchitl.
—Es
porque siempre ha sido una nación que se destruye a sí misma —dijo con
resignación su madre.
Rocco escuchaba el reporte
periodístico, pero no reaccionaba, estaba perdido en sus reflexiones. Su hija
trató de sacarlo de su ensimismamiento.
—Rocco:
tú eres un héroe nacional. Tú y tus aliados acabaron con el malvado Prr Prr Cat.
¿Por qué el Gobierno ha olvidado eso y te han relegado de participar en este
tipo de conflictos bélicos?
—Porque
yo voluntariamente decidí no involucrarme. Ese no era mi plan de vida.
—Bueno,
a ver, bueno. ¿Realmente estás satisfecho con la vida que tienes? Somos muy
pobres. No tenemos acceso a agua potable. No tenemos alianzas con clanes
privilegiados a los cuales sacarles provecho. Tú deberías de ser una duper-duper
celebridad. ¿Certecivamente es lo que querías?
—Yo
quería ser actor.
—Y lo
fuiste hasta que el teatro dejó de importarle al mundo y desapareció. Luego no
te quisiste adaptar a las nuevas formas de entretenimiento.
—La
ficción performativa me parece deleznable. Disfruté la actuación mientras pude.
Después el mundo cambió como siempre. Uno tiene que adaptarse al paso de su
sociedad. Tuve que inyectarme células animales para sobrevivir a las
condiciones climáticas hostiles, prolongar mi longevidad para gozar de buena
salud. Eso me ha permitido disfrutar de ustedes por más tiempo, porque las amo
como no tienen idea —lo decía conmovido mientras les tomaba la mano a ambas,
pero Fátima se mantenía ausente de la conversación por estar concentrada en la
lectura de sus carpetas.
—¡Ridiculizo!
En verdad que eres un anciano. Ya nadie usa la palabra amor.
—Lo
sé. Incluso el afecto cambió drásticamente. —Miraba con tristeza a su esposa
quien discretamente retiraba la mano para poder manipular la pantalla
holográfica en la que se proyectaban sus documentos.
—No
debiste haberte casado con Fátima, le llevas 40 años. No tiene los mismos
intereses que tú. Ella es bonita y tú eres feo. Nuestras carencias no le
permiten disfrutar del capital que genera. A mí ya me tuviste muy viejo. Tú
eres un adulto clase cuarta, yo apenas voy iniciando mi tercera década. Apenas
estoy entrando en la última fase de la niñez.
—Es la
mejor etapa de tu vida. Disfrútala. Nuestra niñez solo duraba 12 años. ¿Verdad,
amor?
—Ajá.
Sí.
—Bueno,
bien, bueno. Rocco: vas a vivir como hasta los 130. Trabajas en una empresa de
energía sustentable cuando tú querías ser actor toda tu vida. El mundo olvidó
que lo salvaste alguna vez ¿Quieres vivir los próximos 50 años solo por
nosotras? Certecivamente no valemos la pena. No deberías malgastar tu vida por
dos personas. La familia hace mucho dejó de tener sentido. El mundo es una
mierda como para tolerarlo en nombre de un concepto tan anacrónico como el
amor.
—Xóchitl:
el mundo era una mierda incluso desde los tiempos del amor. Créeme que no
hubiéramos dejado de creer en el amor si Prr Prr Cat no nos hubiera arruinado
la percepción que teníamos de ese concepto. El mundo siempre será una mierda.
Por eso no estoy orgulloso de haberlo salvado, porque aunque lo arregles
siempre se va a volver a averiar. De igual forma, si no intentas salvarlo encontrará
su cauce para no destruirse por completo. Ese es el inexplicable equilibrio de
la vida. Cuando la balanza se inclina hacia un lado, surge un contrapeso que la
endereza. Llámalo una pugna eterna. Nosotros no podemos controlar eso, somos
demasiado insignificantes para ello. Lo entenderás cuando tengas mi edad.
—¡Awesome!
Tu percepción del mundo me dice que te vas a quebrar antes de los 130. ¿De
verdad es lo que quieres?
—Lo
haré por ustedes. —Intentó forzar una sonrisa que nunca terminó de dibujarse.
Con el rostro entumido quiso cambiar la conversación, pero su hija se le
adelantó.
—Ya se
acabó el noticiero. ¿Quieren sintonizar otra transmisión?
—Pon
música. Algo de acid jazz o una balada romántica.
—¡Ñao!
Bueno, bien, bueno. Pero qué afán de los arcaicos de escuchar la música hecha
por otros cuando es mejor crear la que a ti te gusta más. Además, es caro
reproducirla. No entiendo cómo pueden pagar por arte.
—Cariño,
no tienes ni idea de lo que dices.
Una semana después llegó otra
mañana naranja como la arcilla. Rocco tuvo que aventurarse nuevamente a robar
agua para subsistir. Se colocó unos audífonos para escuchar a Ricardo Montaner
sin que nadie lo molestara. Su música era sumamente barata ya que nadie la
compraba. Pensaba en todas las barbaridades que Xóchitl dijo sobre el arte la
otra noche. Los niños de ahora ya no entendían nada.
Caminó como siempre por el
tramo que no era custodiado por la Fuerza Federal. Aunque le tomaba bastante
tiempo recorrerlo era la opción más segura.
Llegó al radio del pozo
tarareando viejas baladas del milenio pasado. Vestía un traje con similitudes
militares, pero de un tono verde salvia, con bolsas frontales por todo el saco
y el pantalón; además de tener unas rasgaduras en las mangas que le colgaban
como si fueran hierbas. Llevaba puesto un casco similar al de un aviador, con
unos googlees de plástico grueso polarizados, pero de tono verde botella.
Presionó uno de los botones del casco para activar una visión térmica que
detectaba las firmas calóricas cercanas. Nadie se encontraba en el perímetro,
sin embargo, las enredaderas y las piedras estaban acomodadas de una forma
distinta a la acordada por los usuarios clandestinos. Todo parecía indicar que
el pozo había sido descubierto.
Se puso en alerta. Corrió a
esconderse detrás de una enorme roca. Esperaba que no hubiera ningún oso del
desierto cerca. Nuevamente activó la visión térmica. Giró una rosca en el
armazón para ajustar la temperatura detectada. Lo único que encontraba eran
insectos, reptiles pequeños o mamíferos subterráneos. Nada fuera lo común. Sin
embargo, las células de murciélago que se inyectó lo dotaban de un oído ecolocalizador
al que era difícil engañar. Activó el modo camuflado de su traje adoptando los
colores de su entorno para volverse prácticamente invisible. Emitió los sonidos
de alta frecuencia imperceptibles para el humano. Buscaba pistas de sus presas
a través del eco recibido. Rápidamente dio con sus objetivos. Allí estaban
camuflados a solo cinco metros de él. Eran al menos quince hombres los que lo
rodeaban. Detectó sus escandalosas respiraciones debido a que los sujetos no
estaban familiarizados con las hostilidades climáticas del desierto.
Tenía poco tiempo para actuar.
Desenfundó su arma plegable la cual también estaba camuflada. Sacó un pequeño
bastón como de cincuenta centímetros. Accionó un botón para desplegar una
especie de arpón sofisticado que medía casi un metro. Se puso pecho tierra.
Destrabó la mirilla. Los objetivos eran imperceptibles a la vista gracias a un
traje inteligente que aislaba la temperatura al igual que un termo. Ocultó los googlees
automáticos dentro de su casco. No importaba que no los viera ya que se valía no
solo de su impresionante oído ecolocalizador, sino también de su olfato, puesto
que las células de topo le ayudaban a detectar olores de forma estereofónica,
utilizando independientemente cada una de sus fosas nasales. Así, a diferencia
del humano común, podía saber con exactitud de dónde provenía un olor lejano. En
este caso, los militares de las Fuerzas Federales que lo acechaban siempre
olían a vinagre. Rocco pensó en ese olor. Hace mucho que no lo percibía. Su
memoria olfativa lo estaba olvidando. Recordó que en otros tiempos el olor a
vinagre representaba una advertencia, pero en ese momento no sabía de qué. Muchos
de sus recuerdos se perdieron cuando un servidor de bancos de memoria estalló a
causa de un atentado. Recuperarlos era una proeza.
Mantenía el ojo reptiliano en
la mirilla. Apuntaba a una de sus presas. Sin embargo, ¿le daría tiempo de
eliminar a todos? Podía deshacerse de dos o tres, pero los otros lo capturarían
en un instante. Se maldecía por no contar con ayuda. En otros tiempos mozos el
apoyo nunca le faltaba. Durante su juventud hizo un buen equipo con los aliados
que le ayudaron a vencer a Prr Prr Cat. Había al menos dos con los que se
entendía a la perfección. Sus nombres eran… Qué problema. Los había olvidado.
Se estaba distrayendo. No
tenía más opción que enfrentarlos si no quería terminar enjuiciado por la
excavación ilegal de pozos. ¿Y entonces quién se haría cargo de su familia? Era
lo más importante para él. Así que llegó el momento de confiar en sus
habilidades tácticas para salir bien librado. Fue apretando lentamente el
gatillo. Sabía que al culminar saldría disparado un blaster de la punta
del arpón. El blaster lo llevó a pensar en una historia de ficción. Una
historia que tampoco recordaba a la perfección, una historia que también le
gustaba a… ¿Cómo se llamaba? Su nombre comenzaba con b o con v. La cabeza
comenzó a dolerle. Las manos le temblaban. No estaba listo para actuar. Una vez
más una crisis de memoria le estaba saboteando todo. Era lo peor que le podía
pasar. Siempre que las tenía volvía a comenzar. Desde cero. Era un martirio.
Justo ahora que tenía una familia, que estaba cerca de cumplir los 80 años y en
plenitud física. Tenía algo por lo cual vivir. No podía volver a empezar. Qué
fastidio. Parecía una condena.
El olor a vinagre se hizo más
intenso. La garganta le picaba intolerablemente. Tuvo que soltar el arpón para
presionarse el cuello. No conseguía aliviar la molestia. Dejó escapar un grito
involuntariamente. Se hizo descubrir. Los militares desactivaron el camuflaje.
Vestían uniformes vistosos color mostaza. Corrieron hacia él apuntándole con
armas biológicas del tamaño de un encendedor. Eran unas pequeñas probetas con
un líquido escarlata dentro. Lo rodearon. Amenazaron con arrojárselas sino
cooperaba. Rocco ni los miraba debido a que estaba retorciéndose en el suelo.
El escuadrón esperaba la señal.
De pronto se escuchó una voz
gruesa que venía de quién sabe dónde. Como si apareciera de un portal, un
hombre regordete, con alopecia, andrajoso, como de unos 50 años apareció
gritando “¡detengan el ataque!”. Se acercó a Rocco con premura fumando un
cigarro Raleigh. Se agachó para mirar al anciano jovial asfixiándose. Le echó
el humo en la cara. Lo miró con un poco de pena.
“No funcionó, muchachos, es
hora de volver a comenzar. ¡Vámonos! Desde cero”, dijo y el mundo que Rocco
creía conocer se desvaneció hasta disolverse en una insípida oscuridad que lo
absorbió hasta tragarse su consciencia.
Aterra el futuro sin agua
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