CAPÍTULO 18: START FROM SCRATCH (O VOLVER A COMENZAR)

                                                                SEGUNDA PARTE 


Caminaba por el inmenso desierto teñido de naranja; no solo por el color de la arena, sino también por el del cielo. Podría pensarse que la particular tonalidad se debía al ocaso, pero en realidad esa coloración predominaba durante todo el día. En las noches podías observar al viento arrastrando espirales de pétalos de cempasúchil hechos polvo que combinaban con el amarillo de la luna de queso. Incluso las estrellas espolvoreaban el cielo conticinio con su canela estelar.

Arribó al pozo después de caminar por una hora y media. Se desprendió de su estorbosa mochila de acampar colocándola con cuidado en el suelo, su excesivo peso levantó una estela de arena que lo hizo estornudar. Sacó con delicadeza la bomba. Sabía que estaba solo. Se tomó su tiempo para armarla. Era un excelente aparato. Los dispositivos de la vieja compañía Green Future podían estar pasados de moda, pero aún no eran obsoletos, simplemente eran una víctima más de la obsolescencia programada, sin embargo, él se encargaba de darles el mantenimiento correcto para preservar su funcionamiento. Además, se podía decir que era un amante de la cultura old-fashioned. Estaba convencido de que todo en sus tiempos fue mejor, nadie lo hacía cambiar de parecer.

Terminó de armarla de forma manual, como a él le gustaba. Detestaba resolver las cosas con solo presionar un botón. La bomba hizo su trabajo. En menos de dos minutos ya tenía casi cuatro galones llenos. Amarró el contenedor a la mochila como si no tuviera ya suficiente peso. Echó un último vistazo para cerciorarse de que siguiera solo. Al hacerlo tapó el pozo con una tabla, la cubrió con la arena de tono zanahoria, le puso encima unas enredaderas y al final unas piedras. Era una fortuna que durara dos semanas sin ser descubierto. Los otros dos ubicados en el mismo cuadrante fueron clausurados a dos días de su apertura clandestina. La discreción de cada uno de los usuarios era vital para conservarlo.

Emprendió el camino a casa siendo resguardado por un paisaje impresionante: un rectángulo panorámico le servía de fondo. La esfera de plasma colgada en el firmamento lucía como una mandarina incandescente, se desvanecía en la parte baja del rectángulo como un polvorón sumergido en el té. El cielo cobrizo, segmentado en tres franjas de tonalidades descendentes, se mostraba borroso en su parte inferior, donde se funde con el suelo, provocando que los pies del forastero parecieran ondulantes, efecto que es posible gracias al sofocante calor del desierto. Quedaba hora y media de camino, pero aún no comenzaba la parte difícil del trayecto.

Al cruzar el umbral entre el desierto ya castaño y la ciudad apenas índigo, sus ojos se volvieron agudos. Fue una gran elección haberse inyectado las células de gecko para desplazarse con familiaridad por las noches. Sus pupilas se volvieron lobuladas. El imperio nocturno acababa de instaurarse, la vigilancia oficial comenzaba los rondines; no podía perder ningún detalle si quería volver a salvo a casa.

Doblaba las esquinas de las calles de nombres presidenciales con sigilo. Los reguladores del clima exterior mantenían la temperatura en unos agradables 22°, marcando una notable división entre los insoportables 3° a los que llegaría el desierto en unas horas.

A paso cauteloso se acercaba a su morada, no obstante, los bólidos de la Fuerza Federal deambulaban con mayor frecuencia cerca de su manzana.

Una calle antes se detuvo. Pudo observar el modesto muro de su hogar, estaba cubierto por una pantalla donde se proyectaba una imagen holográfica, era propaganda electoral: “Adonaí Cortina. Regidor 2071. Vota por la Asamblea Popular”, rezaba el anuncio. La foto de un hombre regordete y mostachón, con un sombrero ranchero iluminado por focos led enfriaba un poco el calor hogareño. Suspiró resignado. Recordó con tersa nostalgia, tan suave, tan confortante como una frazada que calienta el pecho, cómo hace unos 15 años había un ventanal en lugar de la pantalla. Un cristal polvoriento, pero libre de contaminación visual, de saturación de luces que malgastaban la energía en pos de la chapucería electoral. En ese ventanal siempre divisaba a Fátima, su esposa y a Xóchitl, su pequeña hija, cuando regresaba de trabajar. Las pesadas jornadas en la planta se olvidaban al verlas retozando de alegría. La añoranza casi le arranca un puñado de lágrimas, pero no pudo, las células de gecko suprimían el funcionamiento de las glándulas lagrimales.

Antes de cruzar miró a los dos lados y luego arriba para asegurarse de que ningún gendarme lo vigilara. Al comprobar que el terreno estaba despejado cruzó corriendo para entrar en su hogar. Al pisar la banqueta se dejó llevar por la rampa mecánica para discapacitados que aún funcionaba. Ya casi nadie la ocupaba porque quedaban muy pocas personas que usaran sillas de ruedas o muletas; los avances de la biotecnología en la medicina humana eran una bendición.

Llegó a su puerta. Estaba a punto de colocar su retina en el escáner biométrico cuando una voz aguardentosa lo interrumpió.

—Buenas noches, caballero. Revisión de rutina, por favor.

—Gendarme, buenas noches. No existen las revisiones de rutina y en caso de que existieran no me puede revisar en la entrada de mi casa. Es propiedad privada. Solo me puede revisar con una orden.

—¡Oh! Por eso, joven. Las reformas al artículo tercero de la Ley de Libre Tránsito indican que se puede realizar una revisión siempre y cuando un transeúnte luzca sospechoso y siempre y cuando se encuentre fuera de los límites de una propiedad privada. En este caso, las banquetas no son exclusivas de la propiedad privada, es una zona mixta. Así que por favor ve abriendo tu mochila. —El gendarme dirigía su vista a una sola dirección—. ¿Qué tienes en ese contenedor? No será agua ilegal, ¿verdad?

—Es gasolina. Gendarme, insisto: me parece que hay un error con su interpretación personal del reglamento. Lo conozco a cabalidad. Especifica claramente que las banquetas forman parte de la propiedad privada. Las zonas mixtas son otra cosa.

—Tú no me vas a decir cómo hacer mi trabajo. Estamos aquí para garantizar su seguridad. No vengo a chingarte. Veme abriendo ese contenedor para ver si es cierto que traes gasolina.

—¡Pfff! ¿Seguridad? La Gendarmería de Tránsito no hace más que jodernos todo el tiempo. Sus reformas nos han dejado prácticamente sin espacio público. ¿Ahora resulta que ni siquiera en nuestras casas estamos libres de ustedes? Perdóname, pero tu ley no tiene nada de libre.

—¡Oh! Por eso, joven. Mira, yo ya cumplí con mi deber explicándote la ley. Si tú no quieres hacer caso me vas a obligar a hacer uso de la fuerza pública. Ábreme el contenedor porque a mí no me vas a venir con ese cuento de que traes gasolina. Los combustibles fósiles dejaron de usarse hace décadas.

—No soy ningún joven. Tengo 79 años. Me sometí al tratamiento de longevidad asistida. Trabajo en una planta de energía sustentable. Manejamos residuos de gasolina. Nos permiten venderlos a fábricas de plástico. Es por eso que a veces me traigo unos galones a casa.

—Qué bueno. Pero aun así te tengo que revisar ese contenedor. Es mi trabajo. Así que o cooperas o te voy a hacer cooperar. —El gendarme se estiró para alcanzar el contenedor, pero él lo apartó con su mano, eso enfadó al uniformado—. Bueno, cabrón, como te veo reticente voy a tener que usar la fuerza que el Regimiento me confiere. —Desenfundó un arma parecida a un teaser, pero más sofisticada, con el cañón alargado como si fuera una escopeta—. Por ley estoy obligado a comunicarte las consecuencias de aplicar el aturdidor en tu cráneo. La descarga de ondas vibratorias no te va a provocar ningún daño cerebral, ni a corto ni a mediano plazo, únicamente te causará un aturdimiento que dura alrededor de cinco segundos. Después procederé a inyectarte un inhabilitador de manos para arrestarte; si te resistes te aplicaré otra descarga.

—Gracias. Conozco perfectamente los efectos.

—Te digo que no quieres cooperar. —El gendarme accionó las ondas vibratorias que oscilaban en la fina punta doble del arma. Cuando se acercó con vehemencia Fátima salió justo a tiempo para interponerse.

—¡Óigame! ¡Hágase para atrás! Usted no puede hacer eso. Baje esa arma. Soy abogada. Mi marido tiene razón: no puede someter a nadie dentro de una propiedad privada sin una orden. Y sí, la banqueta forma parte de la propiedad privada. Las zonas mixtas no funcionan para las revisiones policíacas. Tienen fines comerciales. Usted no entiende las leyes que protege. Si no le parece vamos en este momento a resolver el asunto en la gendarmería con un fiscal para que él le explique personalmente cómo funciona la ley. —El servidor público apagó el aturdidor.  

—No hay necesidad, señorita. Yo solo trato de cumplir con mi deber. Me pareció que esos galones eran de agua ilegal. Mi deber es confirmarlo. Si el joven me muestra la factura de compra o un comprobante que avale que son beneficiarios de los programas de apoyo ciudadano, me doy por bien servido.

—“El joven” tampoco tiene la obligación de mostrarle nada.

—Como usted diga, señorita —dijo rechinando los dientes—. Me disculpo por las incomodidades. Que descansen. A lo mejor nos volvemos a ver muy pronto.

—Cuando venga con una orden de cateo, por favor.

—Por eso mismo lo decía.

Sonreía desagradablemente colocando el ápice de la lengua en los dientes amarillos. Tenía un semblante revanchista. Accionó el botón del casco que desplegaba la visera de acrílico. Inclinó la cabeza burlonamente para mostrar cortesía. Se trepó al bólido que levitaba debajo de la banqueta. Encendió el piloto automático con un impulso neuronal y se fue sin que su vehículo emitiera ningún tipo de ruido.

—Te tardaste mucho en salir.

—Estaba muy clavada leyendo la carpeta del caso San Juan. Con este pinche anuncio ruidoso no escucho nada. Perdóname. Si no me asomo por el interfón ya estarías convulsionado en el piso.

—Ya sé. Pinche puerco abusivo. Ya también estoy harto de ese anuncio, pero cuando nos dan el dinero de la renta y pago los servicios se me olvida lo desagradable que es. Nada más deja que pasen las elecciones para rentarlo a alguien menos indeseable. —Ambos entraron a la casa—. ¿Ya llegó Xóchitl?

—Viene bajando la escalera.

—Hola, Rocco.

—¿Ya nunca me vas a decir papá?

—Ya nadie usa esos sustantivos. Son nífulos.

—¿Qué significa eso?

Old-fashioned.

—Detesto la jerga de la generación sustentable.

—Ya tampoco se dice detesto, se utiliza padezco —intervino Fátima.

—Ese verbo no se utiliza para eso. No tiene sentido.

—Pues para los lozanos sí significa eso. No lo entiendes porque eres de otro periodo.

—“Los lozanos”, “periodo”. En mis tiempos decíamos “chavos” y “época”.

—Ja, ja, ja. Chavos es una palabra esperpéntica —dijo Xóchitl.

—No estoy entendiendo nada. Extraño los dosmiles.

—¿Por qué tu clanteo tiene una obsesión por clasificar todo por décadas o generaciones? —Sentenció Xóchitl.

—¿Mi qué?

Rocco se dio la vuelta para comenzar a vaciar los galones en un tanque purificador también de la marca Green Future. Al hacerlo reflexionaba sobre los cambios generacionales repitiendo todas las palabras que acababa de aprender para darles sentido. Pensaba en el mundo que vio pasar frente a sus ojos durante casi 80 años, en cómo mientras el mundo se renueva hay ciertos ciclos que se repiten en cada época, como los choques generacionales.

Se sentó a cenar con su familia. Ya nadie comía como en sus tiempos. Todo el mundo ingería los alimentos vía nasal. Se conectaban un par de tubos a las fosas. Tenían una gama de opciones muy basta que les surtía una pequeña máquina. Prácticamente no había ningún sabor del que se pudieran privar, sin embargo, los nostálgicos siempre extrañaban degustar los platillos con sus papilas, machacarlos con los dientes y deglutirlos hasta sentir cómo les masajeaban el esófago. En eso también pensaba Rocco, pero no externaba su sentir ya que siempre lo contraargumentaban diciendo que los alimentos sustitutos salvaban a los animales de la crueldad; también, que servían para aprovechar mejor los nutrientes. No obstante él, un chapado a la antigua, de vez en cuando se permitía alimentarse a la vieja usanza. Además, así podía seguir usando la antigua vajilla de talavera que le heredó Candelaria. Ellas no tenían ningún problema con eso, siempre y cuando él lavara los trastes.  

Xóchitl encendió el multitransmisor con su actividad cerebral. No era muy aficionada de las imágenes, prefería las transmisiones radiofónicas. Decidió que quería escuchar el noticiero subversivo favorito de todos: ¡Viva la sublevación! La transmisión de este noticiero era ilegal. La Ley de Ética Periodística o, como también se le conocía, Ley Censura, prohibía difundir cualquier contenido que promoviera ideales definidos, por ello, ¡Viva la sublevación!, tenía el impresionante récord de transmitir durante 10 años ininterrumpidos. Ningún otro medio ilegal lo había conseguido. Nadie sabía desde dónde se transmitía y hackeaban una red distinta cada noche.  

El programa estaba comenzando. Sotelo, el conductor, daba los pormenores del día con su tradicional tono relajado. Rocco no era muy afín a sus ideales, pero permitía que su hija ejerciera su propia libertad de pensamiento, aunque muchas veces coincidía con la furia colectiva a la que Sotelo le daba voz en cada programa.   

Se hablaba de que una próxima guerra interdimensional estallaría en pocos días. Como siempre, las involucradas eran las principales potencias del mundo: China, Corea del Norte y Rusia, por un lado; Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Australia, por el otro.

El mundo estaba en guerra con otras dimensiones desde hacía 50 años, desde que el siniestro Prr Prr Cat conectó un puente interdimensional invitando a fuerzas desconocidas a alterar nuestro universo. Todo ello provocó cambios bruscos en el ecosistema, en el clima (uno de ellos, la coloración naranja del firmamento y la arena), en la evolución de las especies, en la salud de los seres vivos; también en las formas de gobierno, en los métodos de defensa, en la redistribución de los recursos; así como en la socialización de las personas, en la rutina cotidiana o en la propia concepción de la existencia. Los cambios que traería el próximo conflicto interdimensional eran impredecibles. Nunca se sabía a qué tipo de amenaza se enfrentaría la raza humana.

—México nunca participa en esas guerras y siempre termina afectado —refunfuñó Xóchitl.

—Es porque siempre ha sido una nación que se destruye a sí misma —dijo con resignación su madre.

Rocco escuchaba el reporte periodístico, pero no reaccionaba, estaba perdido en sus reflexiones. Su hija trató de sacarlo de su ensimismamiento.

—Rocco: tú eres un héroe nacional. Tú y tus aliados acabaron con el malvado Prr Prr Cat. ¿Por qué el Gobierno ha olvidado eso y te han relegado de participar en este tipo de conflictos bélicos?

—Porque yo voluntariamente decidí no involucrarme. Ese no era mi plan de vida.

—Bueno, a ver, bueno. ¿Realmente estás satisfecho con la vida que tienes? Somos muy pobres. No tenemos acceso a agua potable. No tenemos alianzas con clanes privilegiados a los cuales sacarles provecho. Tú deberías de ser una duper-duper celebridad. ¿Certecivamente es lo que querías?  

—Yo quería ser actor.

—Y lo fuiste hasta que el teatro dejó de importarle al mundo y desapareció. Luego no te quisiste adaptar a las nuevas formas de entretenimiento.

—La ficción performativa me parece deleznable. Disfruté la actuación mientras pude. Después el mundo cambió como siempre. Uno tiene que adaptarse al paso de su sociedad. Tuve que inyectarme células animales para sobrevivir a las condiciones climáticas hostiles, prolongar mi longevidad para gozar de buena salud. Eso me ha permitido disfrutar de ustedes por más tiempo, porque las amo como no tienen idea —lo decía conmovido mientras les tomaba la mano a ambas, pero Fátima se mantenía ausente de la conversación por estar concentrada en la lectura de sus carpetas.  

—¡Ridiculizo! En verdad que eres un anciano. Ya nadie usa la palabra amor.

—Lo sé. Incluso el afecto cambió drásticamente. —Miraba con tristeza a su esposa quien discretamente retiraba la mano para poder manipular la pantalla holográfica en la que se proyectaban sus documentos.

—No debiste haberte casado con Fátima, le llevas 40 años. No tiene los mismos intereses que tú. Ella es bonita y tú eres feo. Nuestras carencias no le permiten disfrutar del capital que genera. A mí ya me tuviste muy viejo. Tú eres un adulto clase cuarta, yo apenas voy iniciando mi tercera década. Apenas estoy entrando en la última fase de la niñez.

—Es la mejor etapa de tu vida. Disfrútala. Nuestra niñez solo duraba 12 años. ¿Verdad, amor?  

—Ajá. Sí.

—Bueno, bien, bueno. Rocco: vas a vivir como hasta los 130. Trabajas en una empresa de energía sustentable cuando tú querías ser actor toda tu vida. El mundo olvidó que lo salvaste alguna vez ¿Quieres vivir los próximos 50 años solo por nosotras? Certecivamente no valemos la pena. No deberías malgastar tu vida por dos personas. La familia hace mucho dejó de tener sentido. El mundo es una mierda como para tolerarlo en nombre de un concepto tan anacrónico como el amor.

—Xóchitl: el mundo era una mierda incluso desde los tiempos del amor. Créeme que no hubiéramos dejado de creer en el amor si Prr Prr Cat no nos hubiera arruinado la percepción que teníamos de ese concepto. El mundo siempre será una mierda. Por eso no estoy orgulloso de haberlo salvado, porque aunque lo arregles siempre se va a volver a averiar. De igual forma, si no intentas salvarlo encontrará su cauce para no destruirse por completo. Ese es el inexplicable equilibrio de la vida. Cuando la balanza se inclina hacia un lado, surge un contrapeso que la endereza. Llámalo una pugna eterna. Nosotros no podemos controlar eso, somos demasiado insignificantes para ello. Lo entenderás cuando tengas mi edad.

—¡Awesome! Tu percepción del mundo me dice que te vas a quebrar antes de los 130. ¿De verdad es lo que quieres?

—Lo haré por ustedes. —Intentó forzar una sonrisa que nunca terminó de dibujarse. Con el rostro entumido quiso cambiar la conversación, pero su hija se le adelantó.

—Ya se acabó el noticiero. ¿Quieren sintonizar otra transmisión?

—Pon música. Algo de acid jazz o una balada romántica.

—¡Ñao! Bueno, bien, bueno. Pero qué afán de los arcaicos de escuchar la música hecha por otros cuando es mejor crear la que a ti te gusta más. Además, es caro reproducirla. No entiendo cómo pueden pagar por arte.  

—Cariño, no tienes ni idea de lo que dices.

Una semana después llegó otra mañana naranja como la arcilla. Rocco tuvo que aventurarse nuevamente a robar agua para subsistir. Se colocó unos audífonos para escuchar a Ricardo Montaner sin que nadie lo molestara. Su música era sumamente barata ya que nadie la compraba. Pensaba en todas las barbaridades que Xóchitl dijo sobre el arte la otra noche. Los niños de ahora ya no entendían nada.

Caminó como siempre por el tramo que no era custodiado por la Fuerza Federal. Aunque le tomaba bastante tiempo recorrerlo era la opción más segura.

Llegó al radio del pozo tarareando viejas baladas del milenio pasado. Vestía un traje con similitudes militares, pero de un tono verde salvia, con bolsas frontales por todo el saco y el pantalón; además de tener unas rasgaduras en las mangas que le colgaban como si fueran hierbas. Llevaba puesto un casco similar al de un aviador, con unos googlees de plástico grueso polarizados, pero de tono verde botella. Presionó uno de los botones del casco para activar una visión térmica que detectaba las firmas calóricas cercanas. Nadie se encontraba en el perímetro, sin embargo, las enredaderas y las piedras estaban acomodadas de una forma distinta a la acordada por los usuarios clandestinos. Todo parecía indicar que el pozo había sido descubierto.   

Se puso en alerta. Corrió a esconderse detrás de una enorme roca. Esperaba que no hubiera ningún oso del desierto cerca. Nuevamente activó la visión térmica. Giró una rosca en el armazón para ajustar la temperatura detectada. Lo único que encontraba eran insectos, reptiles pequeños o mamíferos subterráneos. Nada fuera lo común. Sin embargo, las células de murciélago que se inyectó lo dotaban de un oído ecolocalizador al que era difícil engañar. Activó el modo camuflado de su traje adoptando los colores de su entorno para volverse prácticamente invisible. Emitió los sonidos de alta frecuencia imperceptibles para el humano. Buscaba pistas de sus presas a través del eco recibido. Rápidamente dio con sus objetivos. Allí estaban camuflados a solo cinco metros de él. Eran al menos quince hombres los que lo rodeaban. Detectó sus escandalosas respiraciones debido a que los sujetos no estaban familiarizados con las hostilidades climáticas del desierto.  

Tenía poco tiempo para actuar. Desenfundó su arma plegable la cual también estaba camuflada. Sacó un pequeño bastón como de cincuenta centímetros. Accionó un botón para desplegar una especie de arpón sofisticado que medía casi un metro. Se puso pecho tierra. Destrabó la mirilla. Los objetivos eran imperceptibles a la vista gracias a un traje inteligente que aislaba la temperatura al igual que un termo. Ocultó los googlees automáticos dentro de su casco. No importaba que no los viera ya que se valía no solo de su impresionante oído ecolocalizador, sino también de su olfato, puesto que las células de topo le ayudaban a detectar olores de forma estereofónica, utilizando independientemente cada una de sus fosas nasales. Así, a diferencia del humano común, podía saber con exactitud de dónde provenía un olor lejano. En este caso, los militares de las Fuerzas Federales que lo acechaban siempre olían a vinagre. Rocco pensó en ese olor. Hace mucho que no lo percibía. Su memoria olfativa lo estaba olvidando. Recordó que en otros tiempos el olor a vinagre representaba una advertencia, pero en ese momento no sabía de qué. Muchos de sus recuerdos se perdieron cuando un servidor de bancos de memoria estalló a causa de un atentado. Recuperarlos era una proeza.    

Mantenía el ojo reptiliano en la mirilla. Apuntaba a una de sus presas. Sin embargo, ¿le daría tiempo de eliminar a todos? Podía deshacerse de dos o tres, pero los otros lo capturarían en un instante. Se maldecía por no contar con ayuda. En otros tiempos mozos el apoyo nunca le faltaba. Durante su juventud hizo un buen equipo con los aliados que le ayudaron a vencer a Prr Prr Cat. Había al menos dos con los que se entendía a la perfección. Sus nombres eran… Qué problema. Los había olvidado.

Se estaba distrayendo. No tenía más opción que enfrentarlos si no quería terminar enjuiciado por la excavación ilegal de pozos. ¿Y entonces quién se haría cargo de su familia? Era lo más importante para él. Así que llegó el momento de confiar en sus habilidades tácticas para salir bien librado. Fue apretando lentamente el gatillo. Sabía que al culminar saldría disparado un blaster de la punta del arpón. El blaster lo llevó a pensar en una historia de ficción. Una historia que tampoco recordaba a la perfección, una historia que también le gustaba a… ¿Cómo se llamaba? Su nombre comenzaba con b o con v. La cabeza comenzó a dolerle. Las manos le temblaban. No estaba listo para actuar. Una vez más una crisis de memoria le estaba saboteando todo. Era lo peor que le podía pasar. Siempre que las tenía volvía a comenzar. Desde cero. Era un martirio. Justo ahora que tenía una familia, que estaba cerca de cumplir los 80 años y en plenitud física. Tenía algo por lo cual vivir. No podía volver a empezar. Qué fastidio. Parecía una condena.

El olor a vinagre se hizo más intenso. La garganta le picaba intolerablemente. Tuvo que soltar el arpón para presionarse el cuello. No conseguía aliviar la molestia. Dejó escapar un grito involuntariamente. Se hizo descubrir. Los militares desactivaron el camuflaje. Vestían uniformes vistosos color mostaza. Corrieron hacia él apuntándole con armas biológicas del tamaño de un encendedor. Eran unas pequeñas probetas con un líquido escarlata dentro. Lo rodearon. Amenazaron con arrojárselas sino cooperaba. Rocco ni los miraba debido a que estaba retorciéndose en el suelo. El escuadrón esperaba la señal.

De pronto se escuchó una voz gruesa que venía de quién sabe dónde. Como si apareciera de un portal, un hombre regordete, con alopecia, andrajoso, como de unos 50 años apareció gritando “¡detengan el ataque!”. Se acercó a Rocco con premura fumando un cigarro Raleigh. Se agachó para mirar al anciano jovial asfixiándose. Le echó el humo en la cara. Lo miró con un poco de pena.

“No funcionó, muchachos, es hora de volver a comenzar. ¡Vámonos! Desde cero”, dijo y el mundo que Rocco creía conocer se desvaneció hasta disolverse en una insípida oscuridad que lo absorbió hasta tragarse su consciencia.   

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares