CAPÍTULO 28: CHISPAZO

El 15 de septiembre es un día de fiesta para los mexicanos. Alguien les dijo que al día siguiente, el 16, se conmemora el inicio de su independencia. Lo crean o no, les interese o no, ellos lo festejan por igual.

Acostumbran comer pozole o algún otro platillo típico porque así les dijeron que era. Se emborrachan porque les gusta. Truenan cuetes porque lo consideran divertido. Tapizan las paredes con banderas nacionales porque es lo que todos hacen.

Si hay un lugar que se decora con los colores patrios cada año es el Zócalo Capitalino, que se encuentra en el Centro Histórico de la ciudad, lugar icónico que se fundó sobre las históricas ruinas mexicas. Es el corazón del país o eso es lo que siempre dicen los mandatarios en turno.  

En cada Noche Mexicana, como se le conoce a este festejo, se acostumbran hacer conciertos o algunos otros eventos masivos en la popular plaza. Y a las 12 de la noche, algunos presidentes han salido al balcón del Palacio Nacional (recinto también histórico que se ubica en el Zócalo) a dar el tradicional Grito de Dolores, emulando así al cura Miguel Hidalgo y Costilla, quien con un grito inició la Guerra de la Independencia un 16 de septiembre de 1810. Él es el padre de la patria o eso dicen los libros de texto.

En el Zócalo también se ubica la Catedral Metropolitana, uno de los recintos católicos más importantes del país. La Catedral fue tomada la mañana del 15 de septiembre de 2014, no por una secta, como se presumía, sino por los mismos mexicanos, por los mismos fieles que la abarrotaban todos los días, por el mismo pueblo.

El Ejército puede atacar a una organización a la que considera una amenaza, pero no a su pueblo o eso es lo que creen algunos. Hacerlo sería imperdonable.

Durante la mañana de ese día, llegaron miles y miles de mexicanos que peregrinaron desde distintas partes del país. Corrientes de personas se aglomeraban en el templo y sus alrededores. Lo mismo pasaba en la Basílica de Guadalupe, recinto que cada 12 de diciembre recibe a millones de peregrinos que quieren recibir la bendición de la Virgen de Guadalupe. Pero en 15 de septiembre es raro que se dé este fenómeno. Lo más extraño de todo era que los peregrinos no iban a visitar a la Virgencita, sino que una nueva figura religiosa los convocaba. Este individuo pretendía ganarse la fe de los creyentes con hechos tangibles, no con supuestos milagros ni promesas ambiguas. Las demostraciones de poder que había hecho recientemente le habían otorgado una emergente popularidad.

Prometió presentarse públicamente en ambos templos el mismo día y al mismo tiempo. La expectativa por conocerlo era gigantesca.

La vía de acceso principal a la Basílica es Calzada de los Misterios. Aquella mañana se encontraba atiborrada de puntos violáceos que se movían en masa. La calzada parecía el pavimento cuando se recubre de pétalos maduros de jacaranda en un día de primavera. Así se les veía desde una posición cenital, pero al acercarte más podías percibir sus conversaciones.

—¡Ey, ustedes! ¡Fanáticos! ¿Van a la presentación del sacerdote ese?

—¡Sí! Ven, hermano. Únete a nosotros. Ven a conocer al Santo Patrono.

—¡No’mbre! Yo no le creo a esos locos. Nomás van a ir a que les hagan un cocowash.

—No, hermano. Estás equivocado. El Redentor es milagroso. Lo juro. A mí me curó del cáncer.

—¡A mí me ayudó a volver a caminar!

—A mí me dio dinero para pagar mis deudas.

—A mí me devolvió la motivación para terminar mi tesis.

—¡Uy! ‘Tan locos si piensan que yo les voy a creer esos chismes.

—Hermano, no es mentira. Te lo voy a demostrar. Yo puedo correr muy rápido. —El hombre salió disparado como una ráfaga y volvió con una bolsa de gorditas de nata en un segundo—. ¿Ves? Acabo de ir corriendo al puesto de gorditas que está allá adelante, ¿lo alcanzas a ver?

—¡Pa’ su mecha! ¿Cómo hicistes eso?

—Es un milagro del Redentor. Yo siempre llegaba tarde a todos lados y me dio el don de la hipervelocidad.

—¡Mira! —Una mujer se le acercó mostrándole su celular al hombre escéptico—. Yo era muy chaparrita. Todos se burlaban de mí. —Hizo un pucherito—. ¡Pero ahora ya mido uno setenta y cinco sin tacones! Ahora la gente me respeta. Todo gracias al amor de mi Santo Patrono del amor.   

—No pues sí eres la misma de la foto. ¡Caray! No puedo creerlo.

—¡Únete, hermano! Y verás lo que el amor puede hacer por ti.

El hombre se añadió alegremente a la peregrinación. Fue recibido entre aplausos. Los fieles de la Fe del Amor se multiplicaban como plaga.  

Mientras tanto, unos nuevos miembros iracundos de la plaga buscaban derribar una puerta. Con piedras, palos y consignas exigían la liberación de cuatro jóvenes desaparecidos a manos del Ejército. Los cinco soldados que los custodiaban se atrincheraban del otro lado de la puerta. Los amotinados sumaban cerca de cien personas. El número seguía aumentando. Evidentemente las personas dentro de la casa temían por su integridad. Sin prestarles atención a los uniformados, Rocco y los demás llevaban a cabo su plan de escape.  

—¡Vamos, Rocco, tú puedes! —Gritaba entusiasmado Yeti.

—Ya voy, ya voy, ya voy —decía Rocco respirando profundamente para concentrarse. Después, pujaba con fuerza apretando los puños y los párpados, esforzándose por expulsar algo de su nariz—. ¡Ay, chingada madre! No puedo. Mejor duérmanme, solo así puedo hacerlo.  

—No tenemos tiempo, güey. —Le reclamó Geraldine—. Tienes que hacerlo despierto para que puedas controlar los sueños. Nosotros no sabemos cómo hacer eso.

—Rocco. —Intervino Usurpador—. Ahora tienes más experiencia con los sueños lúcidos. Estás preparado para controlarlos despierto. Solo busca el aroma dentro de tu mente.  

—Sí, es bien fácil para ti, ¿no? ¿Cómo lo ubico? De menos dame unas coordenadas o algo, cabrón.

—Concéntrate en recordar ese aroma. Ese recuerdo establece conexiones neuronales llevando a tu mente a asociar la memoria con el aroma presente en tu cabeza.

La puerta comenzó a vencerse. Los soldados, al ver que no llegaban los refuerzos, se resguardaron en las habitaciones olvidándose por completo de proteger a los muchachos.

—Apúrate, chamaco, que estos locos los buscan a ustedes, pero a nosotros no nos conocen —dijo asustada la doctora—. Podrían acusarnos de ser cómplices del “secuestro”.

—¡Osh! No sé si vaya a funcionar.

—Tú aprieta todos los botones. —Sugirió Videl.  

—Confía en tu corazón. —Añadió Mariano.  

—¡Mi corazón no tiene nada que ver aquí! A ver, ahí va.

Nuevamente apretó todo su cuerpo. En su posición, parecía que quería defecar. Se concentró en aquel recuerdo del aroma a vinagre. Recordó cuando tuvo el sueño lúcido en la carretera del Puerto. Recordó su primer encuentro con el asimilador. También se acordó de cuando salió de su propia mente con sus amigos. No podía ver al asimilador, pero sabía que estaba cerca cuando el olor era sumamente intenso. Intentó llamarlo. Le ordenó a su mente que intensificara el recuerdo del aroma. Pensó en la fuerza del olor, como si lo estuviera percibiendo con su nariz. Su garganta empezó a arderle. El recuerdo le provocaba síntomas reales. Su mente le hizo creer que aquel pensamiento era real. El aroma se intensificó el doble. El verdadero olor del asimilador se estaba mezclando con el aroma imaginado. El muchacho lo celebró.

—¡Ahí está! Ya lo encontré. Ya lo encontré.

Un enorme tabique venció el cerrojo. Todos se alertaron. Quedaban segundos para que la muchedumbre entrara.

—¡Ya! Apúrate, güey. ¡Ya van a entrar! —Gritó desesperado Videl.

—Ahora imagina el objeto que quieres aparecer —dijo Usurpador con una calma contrastante.  

—Sí. Es verdad. ¡Aparécete, maldita máquina! ¡Aparécete! Te lo ordeno.

—¡Córrele, güey! ¡Córrele!

Escucharon cómo las bisagras se vencieron.

—¡Ay! ¡Ya abrieron la puerta! —Exclamó Geraldine.

—¡No mames! ¡No mames! —Lloriqueaba Mariano.

—¡Que te apures, hija de la chinga…! ¡Aauch! —Se lamentó Rocco.  

Su nariz expulsó con potencia enormes cantidades de vapor. Parecía que lo harían despegar del suelo como un cohete. La cantidad de materia intocable era abundante. Cubrió toda la planta baja. La horda logró entrar, pero el vapor no les permitió ver nada. Creyeron que eran los soldados usando extintores o bombas de humo para hacerlos retroceder. Perdidos entre las nubes densas, empezaron a dar palazos a la nada. Algunos se golpearon entre ellos accidentalmente.  

Los invasores de adentro les explicaban a los de afuera la situación, pero el motín estaba tan descontrolado que nadie entendía nada. Una avalancha de personas atiborró el patio. La fuerza descontrolada de la masa derribó a los que estaban hasta enfrente. Muchos fueron pisoteados por la estampida humana. Con el pequeño espacio violentado por la horda iracunda, el vapor no tuvo más cabida. Dos objetos no pueden ocupar un mismo espacio al mismo tiempo. Cuando recuperaron la claridad de la vista, notaron que la casa lucía abandonada. Su furia incontrolable los llevó a romper los vidrios. Saquearon muebles y electrodomésticos. Luchaban a muerte entre ellos por conservar objetos de valor. Desprendieron el retrete. Algunos, con energía simiesca, brincaban y gruñían sobre los colchones. Arrancaron las puertas. Destrozaron los trastes. Llenaron las paredes de consignas contra el presidente.  

Desde la planta alta, alguien gritó que encontró a un soldado escondido en el closet. Otros dos fueron hallados en la tina del baño. Había uno más debajo de una cama y el último intentaba saltar por una ventana. Los uniformados no tuvieron tiempo ni de apuntar con sus armas, fueron despojados de estas.

Los llevaron a la sala. Les preguntaron agresivamente por los chicos. Ellos respondieron que habían escapado, que hasta hace unos momentos estaban allí mismo, pero usaron “el humo” para escapar. Nadie les creyó. Los acusaron de haberlos desaparecido.

En cuestión de minutos fueron juzgados y sentenciados por la ley del pueblo. Su condena: linchamiento. Los hombres suplicaron entre lágrimas por sus vidas. Las caras de pavor eran golpeadas inmisericordemente. Al grito de “¡no más crímenes de Estado” los desnudaron, los esposaron con cuerdas, les colocaron cinturones en el cuello. El pueblo fue tan eficiente que, para cuando llegaron los refuerzos, el linchamiento ya se había consumado.

Unos tanques comenzaron a despejar a la gente. Con balazos al aire intentaban disuadirla. Pero la muchedumbre estaba tan fuera de sí que nadie se apanicó. Los cuerpos masacrados de los soldados fueron llevados hasta la calle por encima de las manos de la horda. Los arrojaron como si fueran costales a los pies de sus compañeros. El rostro de los militares se llenó de rabia. Había fuego en sus ojos. Un uniformado disparó a discreción. Mató a tres personas. Rápidamente fue despojado de su arma para sufrir el mismo destino que sus compañeros.

Los tanques disparaban chorros de agua. Derribaron a unas cuantas personas, pero no fue suficiente para doblegarlas a todas.

Otro soldado arrojó gas pimienta. La trifulca se desató. Algunos militares tenían que pelear a manos limpias ya que fácilmente los desarmaban.  

Aquel enfrentamiento fue solo el primero de varios que se darían a lo largo del día. El resentimiento entre el pueblo y el Estado se había fraguado durante mucho tiempo. En realidad, solo se necesitaba un pretexto para desatar un enfrentamiento. A veces solo se necesita una chispa para hacer estallar una habitación llena de gas.

A unos kilómetros de distancia, en medio de un vecindario tranquilo, en donde no había gente en la calle, un vehículo invisible flotaba sobre el pavimento. Adentro se encontraban los seis que lograron huir de la turba discutiendo cuál sería su próximo movimiento.  

—¡Uf! Por poquito y no la libramos —dijo Mariano.  

—Oigan, dejamos a los soldados en la casa, ¿estarán bien? —Preguntó Geraldine.

—Yo creo que sí. Estaban armados y pidieron refuerzos —contestó Videl—. ¿Ahora qué hacemos?

—No sé. Ya no nos dio tiempo de hacer un plan —respondió Rocco—. ¿Dónde estamos? 

—Los policías dijeron que estábamos del otro lado de la ciudad —comentó Samantha—. O sea, en la rascuacha zona oriente.

—Tengo entendido que el siguiente paso era derrotar a Prr Prr Cat. —Aportó Usurpador.   

—Con qué ligereza lo dices. Pues sí, es lo que tenemos que hacer, pero aún no diseñamos una estrategia.

—¡Ah! Rocco, hablando de eso: yo ya estoy muy vieja para lanzarme a la aventura. Más bien, ni de joven lo hubiera hecho. No tengo ni el interés ni las cualidades para pelear. Ahora sí que como dijeron ustedes ayer: no cuenten conmigo.

—No se preocupe. Lo entendemos, doctora. Pero, ¿qué hará entonces?

—No puedo estar tranquila hasta no recuperar el tótem. Ahora que la movida del Ejército fracasó, es nuestra oportunidad para recuperarlo. Tendré que encargárselo a ustedes, muchachos. Pero no se preocupen, no me voy a quedar sentada viéndolos. Les ayudaré desde mis propios medios. Voy a reunirme con mi equipo de trabajo en el laboratorio de la ENAH. Con el radiotelescopio podemos detectar las ondas que emite el objeto. La cosa es que tenemos que acercarnos a él y aún no sabemos dónde está. Denme sus teléfonos. Estaremos en comunicación. ¡Ah! Y me llevo al Mariano, ¿o te quieres quedar a pelear?

—Sinceramente tengo muchas ganas de patear culos de fanáticos religiosos, pero siendo honesto conmigo mismo yo tampoco sirvo para eso. Mejor te ayudo a ti.

—Usurpador, ¿nos acompañas?

—Ciertamente, ninguno de nosotros es hábil en el combate, aunque el trío fenomenal ya tiene algo de experiencia, además de que cuentan con el valor suficiente para hacerlo. Yo he tomado partido en este enfrentamiento porque mi deber es volver a mi dimensión. Debido a mis conocimientos sobre los cruces dimensionales, creo que puedo aportar más ayuda al equipo de la doctora.  

—Estoy de acuerdo. Además, se ve que ustedes dos están bien compaginados. —Samantha se ruborizó—. Sin embargo, también te necesito para que me ayudes a controlar al asimilador como lo hiciste en la casa. Debemos estar en contacto constante. Necesitamos mejores dispositivos que un celular. La pila, el saldo y la mala señal nos pueden jugar una mala pasada.

—Pues usted es el materializador.

—Sí. Tengo una idea, pero vamos directo a la ENAH para no perder tiempo. En el camino les cuento sobre mi próximo invento.

Mientras se dirigían al sur de la ciudad para dejar al equipo de la doctora, todos se mostraban impresionados con la capacidad de Rocco para crear cualquier cosa que imaginara. Empezaron a pensar en otras posibilidades.

—Güey, está chida tu nave —dijo Videl—, pero, ¿no hubiera sido más práctico que nos dieras el poder de atravesar paredes o volvernos invisibles?

—Debo ser muy responsable con esto. Si te doy esa habilidad podrías usarla para espiar gente. Eres un pervertido.

—¡Mñah!

—Debemos analizar bien la situación antes de que me pidan materializar cualquier cosa. Esto es un arma de doble filo. Si no somos responsables podríamos salir perjudicados.

Con esa reflexión viajaron hasta llegar a las inmediaciones de la escuela. Rocco creó unos dispositivos parecidos a un beeper. Tenían un diseño mucho más sofisticado. Se adherían a la muñeca usando un material moldeable que los volvía cómodos y resistentes. Contenían todo de lo que pudiera carecer un teléfono celular. Los repartió a cada uno. El equipo se separó en dos. Mientras la doctora, Mariano y Usurpador se reunieron con los científicos en la ENAH, Rocco, Geraldine y Videl estaban dispuestos a rescatar a sus familias. La intención era hacerlo sin llegar a un enfrentamiento armado, pero, en caso de no poder evitarlo, La Nueva Alianza Rebelde estaría lista para salir de la dimensión onírica. Solo esperaban una señal de su supremo líder.

Mientras sobrevolaban las calles de la ciudad, veían a distintos grupos de personas que se movilizaban rumbo al Centro. La Capital estaba agitada. En el ambiente se sentía como si todo estuviera a punto de reventar. Inesperadamente, la subinspectora se comunicó con Rocco vía telefónica.

—¿Bueno?

—¡Ay, muchacho! Qué bueno que me contestas. Me esperaba lo peor. ¿Qué pasó con los demás? ¿Todos están bien?

—Sí. Nos las arreglamos para escapar de la casa. Nadie salió herido. Prr Prr Cat desató un caos por toda la ciudad.

—Maldito cabrón. Se nos volvió a escapar. No tenemos idea de dónde está. A mí y a mis hombres nos suspendieron indefinidamente. Alguien tenía que pagar por el fiasco de la madrugada. De alguna manera me culparon por todo. Como quedaron en ridículo frente a los gabachos no me la perdonaron. Muchacho, necesito que me des tu ubicación. Tengo que hablar con ustedes.

—¿Para qué?

—Para que me ayudes a localizar al bicho.

—¿No que la suspendieron?

—Que se vayan al carajo todos mis superiores. Ahora resolveré esto por mi cuenta. Voy a cazar a ese cabrón sí o sí.

—Han pasado muchas cosas en las últimas horas. Nosotros también decidimos cazarlo. Si se nos quiere unir será bajo nuestros propios términos. No vamos a seguir sus órdenes. Esta vez lo resolveremos a nuestro modo.

—Ah, jijo de tu… Me saliste respondón. Hasta tú me echas la culpa por esto. Está bien, como diga el señorito. Espero que tengas un buen plan.

—Lo tendré.

—¡Ay, hijo de mi vida! Pero bueno, te voy a enviar mi ubicación. ¿Puedes trasladarte con facilidad? Oigo como que vas en un carro.

—Sí. Ya me llegó su ubicación. Nos vemos como en quince minutos.

—¿En serio? ¿Vienes volando o qué?

—Sí.

La subinspectora esperaba a los chicos a bordo de un carro estacionado en una calle solitaria. Adentro también estaban Dorantes, Barragán, Manríquez y Melgarejo. Gracias al silencio de la calle, fue completamente perceptible cuando la nave arribó. Sin embargo, por más que los policías volteaban, jamás pudieron encontrarla.

Barragán, que estaba en el asiento trasero del auto, notó unas extrañas ondas frente a ella. Eran similares al efecto que produce el excesivo calor en el aire. Las ondas se expandieron hasta que de pronto la nave apareció frente a los policías, acción que le arrancó un grito de susto a Barragán.

Al fin se mostró el impresionante vehículo. Era una especie de autonave. La parte de abajo era similar al chasis de un Aston Martin V8 Vantage N430, un modelo que habitaba en las principales fantasías de Rocco. Las llantas se encontraban en posición horizontal, dándole un aspecto semejante al DeLorean de Volver al Futuro. Mientras que el casco era una especie de cúpula inspirada una Firespray-31 de la flota de La Nueva Alianza Rebelde. Flotaba a metro y medio del suelo impulsada por unos propulsores que expedían una metálica flama azul. El fuego fue desplazado por unos soportes de acero que se enclavaron en el pavimento. Tenía dos puertas laterales que abrían verticalmente. Una de ellas se abrió dejando escapar un poco de humo que le agregó suspenso a la escena. Unas escaleras metálicas plegables se extendieron desde el piso de la nave hasta el pavimento.  Los tres chicos descendieron del vehículo con un porte heroico, aunque ninguno de ellos parecía ser consciente de eso. Rocco sacó un botón de alarma y al presionarlo la nave se volvió invisible de nuevo. El trío fenomenal caminó hasta el coche de los policías.

—Señor Rocco, ¿se cree mucho porque tiene un sombrero mágico o qué? —Dijo Luisa desde el asiento del copiloto.

—No. Para nada.

—Te iba a decir que se subieran al carro, pero mejor nos vamos a tu navezota. Es más privada y está más chida.  

—Adelante. Vénganse.

—Nos quiere humillar el condenado —dijo Barragán, quien seguía con la boca abierta de la impresión.  

Cuando se aseguraron de que nadie los observara, todos abordaron al impresionante vehículo. Los uniformados quedaron anonadados. Parpadeaban como niños entrando a un parque de diversiones. El interior estaba cubierto por botones y luces coloridas. No era muy amplio, apenas si cabían unas veinte personas. En la parte delantera tenía una cabina con un tablero ostentoso y dos sillas para los pilotos. En la parte de atrás había una especie de sala de estar, con un extenso sofá que tenía múltiples cinturones de seguridad. El espacio brindaba un confort exquisito. Había plantas tropicales por doquier. Las paredes estaban adornadas con cuadros de pop art. Incluso, una enorme pesera en el fondo fungía como un detalle visual que se agradecía. Barragán intentó tocar algunos botones, pero Yeti la detuvo. Rocco los invitó a sentarse en el cómodo sofá. Los ocho dejaron caer sus glúteos sobre los acolchonados asientos. La confortable sensación los llevó a menearse sobre los cojines.  

—¿Qué les pasó a los demás? —Preguntó la subinspectora.

 —Se reunieron con los científicos de la doctora —contestó Rocco—. Van a intentar rastrear al tótem. Tienen una especie de antena, creo. Seguimos trabajando en equipo. Nos comunicamos por estos dispositivos que yo les di.

—¡Órale! Me gustan tus juguetitos. Nos van a dar unos a nosotros también, ¿verdad?

—Sí.

—Dile a tu nave que me prepare una conga, ¿no? —Dijo Manríquez a manera de broma.

—Sí, pero no tenemos congas. Tenemos mojitos, cosmos, martinis —respondió Videl poniéndose de pie para acercarse a una palanca. Cuando tiró de ella una barra plegable salió de una pared. Yeti, que tenía experiencia como barman, se lució preparando los cócteles. La inesperada respuesta sonrojó a Manríquez.

—¡Ay, güey! Sí era en serio. A ver, pues, dame un martini.

—¡Yo también quiero uno! —Gritó Barragán brincoteando sobre su asiento. La subinspectora retomó la conversación.

—Entonces así lograron escapar de la turba. Tenía miedo de que también los hubieran linchado a ustedes.

—¿Lincharon a los soldados? —Exclamó Geraldine aterrada.

—Sí, mi niña. Eso provocó un enfrentamiento entre el Ejército y los ciudadanos en varios puntos de la ciudad. Todo se salió de control gracias al choro de los enajenados esos. Tu gatito no es más que un agitador, Rocco.

—No se deje llevar. Él es algo mucho peor. Por eso tenemos que alejar a nuestras familias de su gente.

—¿Ya vamos a elaborar el plan? —Dijo Videl repartiendo las bebidas—. Quiero mi propina, ¿eh?

—Antes de empezar con el plan —retomó Rocco—, subinspectora: quiero saber qué acciones está llevando a cabo el Gobierno en estos momentos.

—Mira, a mí ya no me han dicho nada desde que me suspendieron. Me mandaron a descansar a casita. Pero tenemos una fuente, un fiel compañero que está cerca de los comisionados todo el tiempo. El procurador, el secretario de defensa y el comisionado están bajo órdenes gringas en estos momentos. El presidente se tuvo que bajar los calzones para pedir perdón. Lo que quieren es infiltrarse en La Fe del Amor. Como estos locos están recibiendo a cualquier persona sin poner filtros es bien fácil entrar. Van a intentar acercarse lo más que puedan a Prr Prr Cat y, cuando este se descuide durante su show, lo van a atacar con un arma química. Una de menor rango de expansión. O sea que solo van a morir los civiles que estén cerca de él. Ya sabes: “daño colateral”. No fueran pinches ciudadanos gringos porque esas vidas sí valen. No saben dónde están los demás cabecillas de la secta, solo el tal Ceferino, pero ese sujeto está totalmente custodiado. Si logran capturar a ellos antes del show del gato yo creo que salvarán a más civiles. Esto más que nada ya es una tarea del área de inteligencia de los gabachos. Tienen espías por todos lados. Mientras, el ejército mexicano anda distraído controlando las revueltas. Hay bastantes muertos hasta ahora. Están arribando un montón de soldados y artillería gabacha. Oficialmente estamos en guerra. No lo pudimos evitar. Y hay una cosa más que nos preocupa: el cardenal está desaparecido. Lo extraño es que estaba custodiado en Estados Unidos.

—¿Qué les pasó a los hombres que lo resguardaban?

—Los encontraron desmayados. Igual que a los que cuidaban a tus papás.

—Fue Prr Prr Cat, pero no entiendo cómo se teletransportó hasta allá. Esto se está saliendo de control.

—Si pudo llegar tan lejos, podrá llegar hasta ustedes.

—Es verdad. Estoy pensando que lo mejor sería no ocultarnos tanto tiempo.

—Bueno. ¿Se te ocurrió algo?

Rocco sonrió confiadamente.

Justo en la casa del muchacho, Ceferino terminaba de dar una entrevista telefónica. Hablaba con la confianza de quien sabe que su palabra tiene poder. El título de vocero le quedaba a la perfección. Un poco antes de colgar, uno de sus hermanos en fe se le acercó a decirle algo al oído. Lo que escuchó le causó un tremendo sobresalto. Se despidió apresuradamente del entrevistador. Cerró la tapa de su celular haciendo un “click”. Corrió a buscar a Isaac. Lo encontró en su habitación, sobre la cama, abrazando a Candelaria. Ceferino, por educación, tocó la puerta que ya estaba abierta. Respiraba agitadamente.

—Perdonen que los interrumpa, pero tengo grandes noticias: Rocco acaba de comunicarse.

El rostro desencajado del matrimonio se desvaneció dando paso a una expresión de júbilo. Ambos se dieron un abrazo de alivio. Se mojaron mutuamente las espaldas con sus lágrimas, sobándose las espinas dorsales con las cálidas palmas de sus manos. Sus frentes se besaron. Se secaban uno al otro las mejillas con sus pulgares. Se dieron un suave beso con los ojos cerrados.

—Gracias a Dios —dijo Candelaria acariciando su enorme vientre. Isaac no respondió, solo hizo una enternecedora mueca.

Corrieron a las habitaciones de sus hijos para darles la buena nueva. La alegría de los niños se desbordaba por toda la casa. Conmovieron a todos los hermanos de la fe que los acompañaban. Había una sinfonía escandalosa de abrazos y brincos. “¡Esto es otro milagro del amor!”, gritó uno de los hermanos.

Los niños en la sala hicieron una rueda tomados de las manos. Brincaban en círculos delante del altar que les ofrendaron a los cuatro desaparecidos.

Jesús Ramón, quien no se integró a la rueda, se acercó al altar lentamente. Se veía un poco fuera de sí. Estaba pálido, algo desnutrido. Tenía los nudillos raspados y enrojecidos, además de un hematoma en la frente. Cuando llegó al altar tomó un cuadro con la foto de su hermano mayor. Sostuvo el retrato con sus manos temblorosas. Lo aproximó a su pecho para que escuchara los débiles latidos de su corazón. Al sentir el frío del vidrio sobre sus ropas se soltó a llorar desconsoladamente. Un llanto que se había reprimido durante semanas. La fuerza del dolor fue tanta que cayó de rodillas. Encorvado, con la vista hacia el suelo, sintió cómo sus cuatro hermanitos se acercaban a consolarlo con abrazos.

Ceferino presenciaba la escena. El dolor de los niños no era algo que pudiera ignorar. Pensaba en su Jezabel. Recordó todas las veces que la vio llorar cuando estaba enferma. Ese recuerdo lo lastimó. Apartó la mirada. No pudo seguir viendo a los pequeños. Era una victoria para todos, pero él simplemente no podía sonreír. Tomó su teléfono y llamó a su maestro.

—Los encontramos —dijo secamente. Por la bocina del celular se alcanzó a escuchar una carcajada perturbadora. 

Isaac y Candelaria también tomaron sus teléfonos para avisar a las familias de los desaparecidos. En un instante todos se reunieron en la casa de Rocco. No solo los padres de familia, sino también una decena de camionetas de prensa que se estacionaron en la calle sin pedirle permiso a nadie.

En redes sociales, las tendencias sobre trifulcas en la calle o el futuro acto público en los templos fueron desplazadas por la nueva gran noticia: el reencuentro entre los desaparecidos y sus padres sucedería en cadena nacional, a las 5 de la tarde, desde el estudio principal de la televisora más importante del país. El conductor estrella de la empresa, quien era la cara del noticiero número uno, sería el anfitrión de tan anticipado encuentro. Tres familias, cuatro localizados y un periodista eran los únicos protagonistas del acontecimiento.  

Sin embargo, desde un escondite, alguien más se alistaba para sumarse al evento. Un no invitado sorpresa, quien también estaba sumamente feliz por volver a ver a los muchachos. Alguien que decía amarlos más que nadie se preparaba para dirigirse al estudio.  

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