CAPÍTULO 10: EL PRIMER INSTINTO
Las redes sociales replicaron
a más no poder los videos del incidente de la fiesta y el mundo se conmocionó
nuevamente. Pero como suele suceder cada que el hombre experimenta un suceso
imposible de explicar, el primer instinto para sobrellevarlo es negar lo
acontecido.
“Son videos falsos”.
“Evidentemente están truqueados”. “Puro pendejo cree que eso es cierto”. “Es
Photoshop”. “Cualquier pasante de Comunicación puede hacer algo mejor”. “Son
cosas que inventa el Gobierno para distraer a la masa idiota”.
Pero lo cierto es que ni el gobierno
local ni el nacional se podían poner de acuerdo para saber qué hacer. Era muy
tarde para negar el incidente. Hubo cientos de testigos y había evidencias por
doquier.
La policía capturó a la
mayoría de las bestias híbridas. Fueron llevadas a laboratorios para ser
investigadas. Pero de vez en cuando encontraban cadáveres cerca de la zona y
reportaban avistamientos en los poblados cercanos. Control Animal se estaba
encargando de localizarlas. La orden fue disparar a matar. Se llevó a cabo un
toque de queda en la región.
Las nubes viscosas, el sol
ilustrado, las ceibas y los tulipanes permanecían. Parecía la escenografía de
una decadente obra de teatro. Llegaron especialistas de varias partes del mundo
para analizar sus propiedades. Nadie tenía permitido acercarse a la zona, pero
mucha gente capturaba imágenes desde los techos de las casas. Cientos de
curiosos se acercaban para presenciar el fenómeno, aunque fuera desde lejos.
El saldo había sido desastroso:
tres muertos; sesenta heridos, cinco de gravedad; dieciocho contagiados de
rabia, veinte atendidos por crisis nerviosa; veinticuatro desaparecidos, entre
ellos la pandilla de Rocco. Psicólogos daban tratamiento a las víctimas y a sus
familiares. Algunos testigos fueron llamados a declarar, pero la mayoría seguía
en shock. Los testimonios de aquellos que sí pudieron hablar no arrojaron
ninguna pista clara para explicar el suceso.
Dos fenómenos inexplicables
tuvieron lugar en el mismo país en poco tiempo. Los asesores del presidente le
recomendaron aguardar unas horas para emitir un mensaje. Una comisión designada
para investigar el hecho trabajaba a marchas forzadas para elaborar un plan de
acción preliminar.
Con el paso de las horas,
algunos desaparecidos fueron localizados. Un par de ellos temblaba en posición
fetal debajo de un puente. Otros tantos volvieron a sus casas por su cuenta.
Algunos estaban en hospitales cercanos. Un chico fue a declarar voluntariamente
al Ministerio Público de la capital del estado. Los familiares de aquellos que
estaban en casa le pidieron encarecidamente a la prensa que no los molestaran
por el momento.
Una joven de 25 años llamada
Carmela Saldívar reportó que cuatro conocidos suyos huyeron con un extraño en
una Caribe blanca. La policía se estaba movilizando para encontrarlos.
A pesar de que aún no habían
pasado veinticuatro horas, las autoridades se tomaron en serio la gravedad del
asunto y emitieron una Alerta Amber para encontrar a los cinco desaparecidos.
Se describieron sus señas particulares e incluso se ofreció una recompensa a
quien brindara valiosa información. La descripción del sujeto no identificado
coincidía con la de otro desaparecido en la capital del país un par de días
antes.
Las tres familias de los
cuatro jóvenes estaban consternadas. La mamá y la abuela de los hermanos León
Bravo estaban vueltas locas por salir a buscar a sus muchachos, pero, de la
misma forma que con su padre y con la familia de Rocco en la Capital, los
policías insistían en que permanecieran en sus hogares. En primer lugar, por su
propia seguridad y, en segundo lugar, por si sus hijos volvían a casa por su
propio pie. Era difícil contener la incendiaria incertidumbre familiar.
Muy pronto el asunto se volvió
de carácter federal. La Comisión Nacional de Seguridad asignó a sus mejores
elementos para ocuparse del caso. La subinspectora de la Policía Federal
coordinaría a su equipo asignándole la tarea de trasladarse al lugar de los hechos
para investigar el suceso y encontrar a los desaparecidos. En el vestidor del Centro
de Mando apoyaba la bota derecha sobre una banca para hacerle un nudo a sus
agujetas. Después le pasó por encima las yemas de los dedos a su placa bordada
a la altura del corazón, como si la puliera de un polvo invisible; de ahí
arrastró los dedos hacia las insignias que descansaban sobre sus hombros, las
cuales le hacían recordar orgullosamente su rango. Decidió que mostraría una
apariencia más formal si dejaba los lentes oscuros estilo aviador en su
casillero. Miraba en el espejo lo bien que lucía la elegante gorra oficial que
pesaba y deslumbraba por la enorme placa metálica adherida en su centro. Botó
el chicle que masticaba en el bote de basura y se dirigió a los pasillos.
A su encuentro acudían algunos
subordinados para esperar las autorizaciones que tenían pendientes. Daba
órdenes específicas a uno y a otro sin detenerse ni un segundo. Su mano
derecha, el oficial Dorantes, la escoltó hasta la sala de prensa donde una
docena de medios nacionales la esperaba. Respondía al nombre de la subinspectora
Luisa Altamirano Bustamante. Estaba a punto de dar su reporte a la ciudadanía
para conservar la calma general, acompañada de su jefe el comisionado general, del
jefe de la Comisión Nacional de Seguridad y del procurador general de la
República. El oficial Dorantes le abrió la puerta con un rostro frío y tenso. En
cambio, la subinspectora lucía sumamente relajada. Le sonrió a su subordinado
mientras le daba unas palmaditas en la quijada para serenarlo. Entró a la sala
atrayendo las cámaras y los micrófonos con su imantada personalidad. Mientras
pedía amablemente a los reporteros que despejaran el camino, no podía sacarse
de la cabeza el nombre de Rocco Guerrero Blanco, un nombre que dieciocho años
atrás había sido trascendental en otro misterioso caso.
Mientras tanto, en la colonia
San Miguel, un grupo con diferentes intereses también estaba haciendo su
movimiento. En un taller mecánico un hombre hacía su entrada a un círculo
formado por sillas para iniciar una junta. Los asistentes eran un pequeño grupo
de personas sin una edad en común, sin una profesión en común, sin gustos en
común y la mayoría de ellos tampoco tenía un vínculo en común; mas no eran
ningunos desconocidos, todos sabían perfectamente quién era la persona que
estaba a su lado. Tenían un solo interés en común: realizar un pequeño ajuste
de fe.
El hombre que acababa de
entrar tomó la palabra manteniéndose de pie. Les gradeció su presencia sin
olvidar pedirles una vez más guardar total discreción. Él no había dado la
orden de convocarlos, pero sí era el vocero oficial del naciente grupo. Una
cortina de hierro se dejó caer a sus espaldas. Un foco central trazaba
claroscuros por doquier. A partir de ahí todo lo que se dijera sería
confidencial. Todos identificaban a aquel hombre como una especie de líder. Lo
conocían bien, algunos desde hacía décadas. Su rostro inflexible comunicaba un mandato
para guardar silencio. Se sentía un poco de nerviosismo e incredulidad. Nadie
bromeaba. No se oían cuchicheos. Los reunidos mantenían la atmósfera en quietud.
Muchos iban con la intención de confirmar la información que se les brindó
antes de aceptar la propuesta. A algunos ni siquiera se les había propuesto
nada, en cambio se les prometió mucho. El caso es que todos estaban ahí por
voluntad propia.
La premisa de la reunión era
que para convencer a una persona son más eficientes los hechos que las palabras.
El mismo vocero era una persona que, con base en los hechos, había construido
una reputación intachable durante los últimos veinticinco años. Sin embargo, en
esta vida de sinsabores, no basta el esfuerzo propio para alcanzar la felicidad.
Uno debe de reconocer cuando el mundo tirano lo ha superado y su humana
debilidad requiere de una mano amiga para salvarse. Les comentó que había
“alguien” con total autoridad para salvarlos a todos. Suena a algo imposible de
creer, sobre todo si te mencionan que ese “alguien” no es el dios al que le
entregaste tu fe esperando una prometida salvación. Para convencer a todos de
que el camino para ser salvos no debe ser condicionado y que es necesario un
ajuste de fe, ese “alguien” los reunió prometiéndoles ganarse su confianza a
través de los hechos.
Para ese momento ya era de
dominio público la noticia de una niña de 12 años que milagrosamente se curó de
un derrame cerebral de un día para otro. Sus padres no escondieron el milagro.
Se dejaron ver por toda la colonia caminando de la mano con la dulce Jezabel.
Los vecinos estaban acostumbrados a verla en silla de ruedas, engarrotada,
mirando a la nada, con el aliento roto, cadavérica; la pobre niña lucía como
una muerta que ha quedado con los ojos abiertos. Nadie esperaba que pudiera
salir de ese estado. Pero ahora estaba de pie, con el rostro animado, cantando
canciones, danzando por los parques, persiguiendo a las palomas, brincando
sobre los charcos, jugando avioncito con niños más pequeños. ¡Estaba viva!
Todos les decían a sus padres
que era un milagro de Dios. Lanzaban alabanzas al aire para venerarlo. Estaban
seguros de que el poder de la oración había hecho mella en Jezabel. Los padres
se paraban en las calles a recibir aplausos y bendiciones como un torero que se
quita el sombrero cuando le llueven rosas. Pero cuando terminaba el clamor, se
acercaban uno a uno a ciertos creyentes para sacarlos de su error: este milagro
no había sido de Dios, sino de “alguien” más. Si ellos querían ser testigos del
poder de este salvador misterioso, estaban invitados a acudir a una reunión muy
exclusiva en el taller de don Memo. No todos les creyeron, solo aquellos que
deseaban encarecidamente ser salvos cuestionando su fe se atrevieron a ir, pero
si la demostración de poder era exitosa, probablemente el grupo se
incrementaría.
El vocero se encargaba de
transmitirles confianza a los presentes. Predicaba como un orador profesional.
Jamás lo habían visto comunicarse con tal elocuencia; casi siempre lo
recordaban arrinconado, abrazado al anonimato, casado con la discreción. Pero
al verlo tan desenvuelto le ofrecían una docilidad a la que no estaba
acostumbrado. Tras aquella breve introducción, les hizo saber que era momento
de recibir a ese “alguien” que los había convocado. La enigmática figura estaba
a punto de revelarse. La curiosidad les carcomía las entrañas. Un mordedero de
uñas y de labios se acompasaba con el tronadero de dedos y el rugidero de
tripas. Aquello era un carnaval de intriga maravilloso. Incluso el mismo vocero
se mantenía en ascuas.
De pronto, dos faros potentes
se encendieron en el rincón más oscuro del taller. Todos colocaron las palmas
de sus manos al frente para cubrirse la vista. Pensaron que se trataba de una iluminación
especial para recibir al autoproclamado salvador, pero las linternas no tenían
una posición cenital, alumbraban desde en frente a una altura muy corta. La
luminosidad disminuyó para alivio de los ojos de la gente. Unas ligeras
pisaditas comenzaron a ser perceptibles. Se preguntaban si don Memo tenía
perros o alguna otra mascota. Atravesando la iluminación central, un adorable
gatito negro disfrazado con una capita púrpura se dejó ver ante las expresiones
de ternura de todos. Algunos empezaron a llamar su atención con ruiditos. Una
chica veinteañera apenas si podía contenerse para no acariciarlo. La adorable
aparición había bajado un poco la tensión. El minino se sentó elegantemente y comenzó
a lamer su pata delantera mostrándose altivo e indiferente. El único que
mantenía el rostro serio era el vocero, que con los brazos cruzados había
fijado su mirada en el pequeño ser. Alguien estaba preguntando por el nombre
del peludo cuando una voz desconocida resonó en el local.
—Ceferino,
agradezco enormemente tu oportuna intervención. Tus palabras adornadas con
franqueza son un candil que ilumina la oscuridad de nuestro espíritu. No hay
duda de que te requeriremos como el vocero principal de nuestra joven
organización. Tu ímpetu predicador será la guía que despeje el camino cenagoso
hacia nuestra noble meta. Buenas tardes a todos.
Los asistentes se veían
extrañados. Buscaban el origen de aquellas florituras. Un hombre como de 40
años temblaba sobre su silla señalando al regio felino del centro.
—¿Uste…
Ustedes también vieron al gato mover la boca?
Podían haberlo tirado de a
loco, pero para como estaban de desquiciados los días últimamente ya todo era
posible. Todos dirigieron su atención al mamífero esperando a que comprobara la
inquietante duda.
—No se
equivoca, caballero. He sido yo el que ha dejado oír su voz después de
Ceferino. Así es, puedo hablar. Por ahora no es importante explicar las razones
de mis habilidades orales. Los he convocado porque tengo el ferviente deseo de
ganarme su confianza. Estoy preparado para ello. Cuando sean testigos de mi
poder quizá dejarán de hacerse las preguntas que están elaborando en sus mentes
en estos momentos. Hechos. No hay más. He venido a ganarme su fe con hechos.
—Una dama de 50 años aproximadamente se estaba levantando aterrorizada de su
silla—. Quiero aclarar que tienes la total libertad de abandonar este lugar si
la impresión que te he causado es demasiado para ti, pero si estás aquí es
porque tienes una necesidad. Ahora te ofrezco la opción de liberarte de esa
necesidad a cambio de que te quedes con nosotros.
—Ustedes
están locos. —La mujer respiraba agitadamente y miraba de un lado a otro
descontrolada—. Más tú, Ceferino. No sé de qué trucos te estés valiendo, pero
no me voy a quedar aquí a escuchar que un gato me va a solucionar la vida.
—A mi
juicio somos capaces de creer cualquier cosa cuando buscamos ser amados —continuó
el gato—. Creemos, por ejemplo, que nuestros padres son las personas más
ejemplares del mundo, que nuestros hijos van a estar toda la vida a nuestro
lado, que nuestros amigos son capaces de dar la vida por nosotros, que nuestra
pareja no tiene ojos para nadie más o que un nazareno concebido por la gracia
de una paloma caminaba sobre el agua, curaba a los leprosos, derramó toda su
sangre por nuestros pecados y ascendió al cielo.
Aquel tono burlesco para
referirse al dios judeocristiano ofendió a un matrimonio que también se levantó
para abandonar la reunión. Pero un hombre joven, como de unos 27 años tomó la
palabra para abogar por el gato parlante.
—Con
lo que hemos visto últimamente en las noticias me sorprende que crean que el
gato hocicón no está relacionado con todo. La semana pasada todos vimos cómo
nos apagaron las luces, ¿no? Ayer estábamos apendejados con lo de la fiesta esa
en la que pasaron cosas bien acá. ¿Entonces, gente? ¿Ahora se sacan de pedo
porque un mugre gatito les habla? Tiene razón. La mayoría de aquí son católicos
o evangélicos. Yo un tiempo fui testigo de Jehová y al chile ya no creo en nada.
Pero tiene razón. Les creemos a los padrecitos y a los pastores que Jesús y sus
apóstoles hicieron esto y l’otro. Que la Virgencita no sé qué, que’l San
Juditas no sé qué. Y la neta es que nadien de nosotros estuvo ahí para
corroborarlo. Nomás porque un libro lo dice ya les vamos a creer. A las
reuniones a las que yo iba la gente se tiraba al suelo, hablaban en idiomas
bien raros, se convulsionaban, pero nunca, les juro que nunca vi nada que no tuviera
explicación. ¿O ustedes me van a decir que sí? Yo no le voy a creer a alguien
que se anda robando el dinero de las limosnas o anda manoseando a los niños. Y
al chile no se hagan los paniqueados porque saben que’s cierto. No me dejará
mentir aquí mi compa el Martín que cachamos al cura de la San Chabela que
andaba con una morrita de 16, ¿sí o no?
—Sí, banda.
La neta sí lo vimos.
—Ahora,
al Ceferino yo lo topo desde que estaba en la cana con mi jefe y me ha tocado
ver cómo sufrió cuando su niña se le enfermó. Todos los que lo conocemos sabemos
que los doctores nomás no hallaban la cura para su princesa. El sábado que
andaba peloteando ahí en La 12 la vi en una baika bien sonriente, dando vueltas
por todo el parque y me saqué de cuadro bien cabrón, pero también me dio un
chingo de gusto por mi valedor el Cefe. Cuando me platicó lo del milagro no
dudé porque este carnal es gente de fiar. Yo le creí porque vi el milagro
frente a mis ojos. No sé qué pueda hacer el bichito por mí, pero de entrada ya
estoy aquí, dándole el beneficio de la duda. Así es que si se van a ir
lárguense de una vez, pero nomás chitones, porque donde me entere que andan de guaguarones
van a ver.
Los tres que estaban de pie
regresaron a sus asientos ante la seriedad de la amenaza.
—Le
agradezco su intervención, joven…
—Tú
dime El Suricato.
—Joven
Suricato. No tengo palabras para agradecer el desparpajo de sus argumentos. Pero
como le comenté a Ceferino cuando nos conocimos y lo vi dudar de la misma
manera que ustedes, a mí me exaspera un poco convencer a la gente a través del
discurso. Lo que a mí se me da muy bien es repartir amor, ese es mi sino, bajo
esa misión fui concebido. Producto de mi inacabable amor fue la sanación de
Jezabel y lo mismo puedo hacer por cualquiera de ustedes. Ceferino me habló un
poco de sus necesidades. Espero que eso no les ofenda. Quería darme una idea de
por dónde puedo empezar a ayudarles. Sin embargo, no quiero ser imperativo. Si
alguno desea llenarse de mi amor esta tarde con gusto lo ayudaré en un
instante. No tengo ningún protocolo. Les propongo que aquellos decididos a conocer
el verdadero amor vengan al centro del círculo conmigo y me expongan brevemente
su necesidad.
Nadie se atrevió a ser el
primero en exponerse. Todos seguían con cautela, esperando a que otro más diera
el paso. Entre brazos cruzados y miradas evasivas, un pesado bastón de madera
rebotó en el suelo. Con suma dificultad, un anciano de unos 90 años se ponía de
pie apoyado por su hija. Temblaba casi a punto de quebrarse. Los huesos le
dolían tanto que se lamentaba con su boca seca carente de piezas dentales. El
blanco amarillento de sus canas lucía débil frente a la gruesa oscuridad. Su
hija, quien parecía tener unos 60 años, le devolvió su bastón y le sostenía su
otra mano con una ligereza notable, como si temiera romperle la muñeca solo con
rozarla. Los demás guardaron silencio para que la voz endeble del anciano
pudiera ser escuchada. El gato volteó hacia el voluntario dándole los segundos
necesarios para que comenzara a hablar. Con un enorme esfuerzo pudo emitir un
discurso.
—Maestro,
yo no entiendo muchas cosas. Estoy muy viejo para seguirle el ritmo al mundo.
Dicen que usted es un gato, pero yo no lo puedo ver. Soy ciego desde hace 60
años. No entiendo mucho de lo que hablan aquí, pero mi hija me dice que usted
puede curarme. No me queda mucha vida. A lo mejor me muero mañana. Una sola
cosa le pido: si usted puede hablar con Dios y decirle que me devuelva la vista
un ratito, rece por mí. De verdad se lo ruego. No conozco a cuatro de mis
hijos, entre ellos la que está acá a mi lado; nacieron cuando yo ya era ciego.
Tampoco conozco a mis nietos ni a mis bisnietos. A mis otros tres hijos ya no
los voy a conocer porque se murieron, pero a esta que tengo al lado, que me ha
cuidado toda su vida, quiero verle su carita por primera vez. Ándele, maestro,
rece pa’ que Diosito me deje ver a mi niña antes de que me muera.
La hija del anciano comenzó a
botar lágrimas. Se subía los mocos que no alcanzaba a limpiar con su manga.
Contagió a algunos de los presentes. Los gimoteos ensordecieron un poco las
plegarias que el anciano no dejaba de escupir. El ser de amor caminó gallardo
hacia el viejo tembleque, su capa se extendía imponente. Se sentó delante de
él, levantando la cara peluda para observarlo, moviendo la cola con una gracia
sinigual. No quiso curarlo sin agradecerle su valentía primero.
—Deja
de implorar, amado mío, que estás a punto de ser salvado. Agradezco tu valor,
solo los valientes se reconocen carentes de amor. A partir de ahora lo único
que necesitan para ser auxiliados es pedírmelo. Ve y abraza a tu hija, porque
estás a punto de conocerla.
Los faros deslumbrantes volvieron
a brillar agresivamente. La luz ahogaba a los testigos. El anciano, que era uno
con la oscuridad, de pronto se encontró en un plano donde la blancura reinaba
en todo su esplendor. Pensó que había llegado al cielo, que la vida no le había
alcanzado para atestiguar el milagro, pero como el agua que se va por la
tubería, algo comenzó a succionar la luz, absorbiéndola vertiginosamente hasta
hacerla desaparecer, tragándose el blanco y escupiendo un amarillo pálido que
se mezclaba con el negro reinante. El anciano podía captar esa cromática. No
solo eso, también empezó a reconocer los botones dorados de un suéter que
parecía ser verde. Los botones estaban muy cerca de sus ojos. Llevaba décadas
aprisionado en la oscuridad y ahora estaba ahí, reconociendo nuevamente
texturas y colores. Se separó del suéter de lana para mirar la cara de su
portadora. Encontró a una mujer madura, con arrugas por todos lados, el cabello
entrecano recogido, sostenido con pasadores, un par de pendientes circulares y
un poco de labial en tono carmín. Enfocó los detalles de ese rostro. Veía los vellos
de la nariz, de las orejas; los lunares cerca de la ceja depilada; una verruga
al lado de la nariz chata. Veía una cicatriz en el cuello. Veía su piel
hundirse en sus clavículas. Veía un collar que se escondía debajo del suéter.
Veía un cuerpo regordete, una falda recta, unas medias blancas, unos zapatos de
charol. Veía tantas cosas sonriendo como un niño impresionado cuando reconoce
la voz de su madre por primera vez. Veía. Se echó a llorar entre pucheros.
Algunos de los testigos
obedecieron al primer instinto. Negaron lo que sus ojos acababan de observar.
Ellos, que tenían el privilegio de la vista, no querían creer que un anciano que
carecía de ella la tuviera de pronto como por arte de magia, pero una reacción
en cadena comenzó cuando una mujer de 35 años se rebeló ante la negación. Se
puso de rodillas y comenzó a llorar. Le siguió el matrimonio que antes pensaba
en abandonar, solo que ellos adornaron el arrodillamiento con alabanzas al nuevo
salvador. El confiado Suricato rindió un aplauso ante el milagro acompañado de
algunos chiflidos celebrantes. De golpe todos los asistentes estaban rendidos
al poderoso ser tras recibir, como les habían prometido, una prueba fehaciente
de amor. Sin embargo, por si lo que habían visto parecía poco, el pequeño
felino se transformó en un enorme gato antropomorfo de dos metros que tenía la
intención de sellar su acto con un discurso solemne.
—No
quiero el doblar de sus rodillas. Tampoco alabanzas inocuas. No pido vítores falaces
ni veneraciones hipócritas. Lo único que deseo es que cada hombre de la tierra
jamás vuelva a carecer de amor. Solo les pido que me den la oportunidad de amarlos.
No tengan miedo, amados míos, tengan gozo, porque hoy nace una nueva era en la
historia de la fe. Todos obtendrán lo que merecen tarde o temprano, pero, si se
unen a nuestra valiente cruzada, les prometo que inundaremos este mundo de amor
verdadero antes de que nos vuelvan a arrebatar la luz.
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