CAPÍTULO 9: ¡SHOCK!

San Bartolomé se encuentra en uno de los estados centrales de la República. Es un pueblo custodiado por volcanes. El frío protagoniza la mayor parte del calendario. La gente está acostumbrada a reconocerse a través de la niebla. A la mayoría de los pobladores les encanta vivir con ese clima, pero, cuando buscan un baño de sol, basta viajar unos kilómetros al sur donde el estado vecino los bendice con sus costas.

Abrigarse es una tarea importante en San Bartolomé, por eso muchos de sus habitantes se dedican al comercio de prendas y accesorios invernales; también de colchas. A este último gremio es al que pertenece la madre de Geraldine y Videl. Desde que Constanza se divorció se dedicó a vender este producto reconfortante en un mercado de artesanías ubicado en el centro del pueblo, sin embargo, cuando se celebra la feria de San Bartolomé cada año, ella tiene un lugar asegurado para instalar su puesto.

Aquel domingo se inauguraría la feria y Constanza sabía que el trabajo sería extenuante, por eso casi derrama la bilis cuando Geraldine le informó que no podría ayudarle con la venta puesto que pensaban ir a una fiesta.

—Mira, Geraldine, no me vengas con estupideces. Sabes que hoy vamos a tener mucho trabajo ¿y ustedes se quieren ir a una fiesta? Ya ni la friegas.

—Mamá, en serio, es importante que vayamos a esa fiesta.

—¡Ay, no me digas! Te creo que andar de pinche borracha sea más divertido que vender colchas, pero, oye bien esto: ¡no es más importante!

—Ma’, es que… —Geraldine volteaba a ver la habitación de Videl con preocupación—. No te puedo decir ahorita el porqué.   

—¿Es por lo del amigo de tu hermano que se despertó gritando ayer? ¿Por qué no me puedes decir?  —Geraldine le hacía una señal de que bajara la voz—. No seas exagerada. No me está escuchando.  

Pero Rocco, que estaba despierto desde las 6 de la mañana, había escuchado todo. Se sentía mal por causar problemas nuevamente, eso casi le roba el ímpetu por festejar.

Finalmente, Geraldine obtuvo el permiso de su madre a regañadientes cuando su abuela aceptó cubrirla esa noche. Constanza salió de su casa enardecida mientras, a sus espaldas, su hija celebraba con el puño cerrado en el aire, envainando el codo hacia sus costillas mientras se mordía el labio inferior entusiasmada.  

De un brutal almohadazo en la cara despertó a Yeti. Puso Shocking Blue a todo volumen y se colocó los guantes de látex.

—¡Arriba! ¡Arriba, baquetón! Mi mamá ya nos dio permiso.

Yeti perdonó el agravio con tal de seguir durmiendo. Agarró la almohada con la que fue golpeado y se cubrió con ella los oídos ya que el estruendo de Never Marry A Railroad Man atentaba contra su descanso. Geraldine le dio un escobazo en sus monstruosos pies del número 12 que colgaban del colchón. Aquel inusual tamaño era el motivo de sus apodos.

—No te voy a estar despertando toda la mañana, imbécil. Ayúdame a limpiar.

—Deja de hacer tanto escándalo. No me estés chingando.

Rocco, que se había levantado unos minutos antes, regresó del baño y encontró a Geraldine picando con el palo de la escoba la espalda de su hermano. Sin prestarle atención al pleito fraternal se dirigió a la anfitriona:

—Discúlpame por causarte problemas con tu mamá.

—¿Estabas escuchando, pillín?

—No pude evitarlo.

—Odio tener una mamá tan ruidosa. Pero ya no importa, ya nos arreglamos. El coraje se le va a pasar cuando regresemos. Por favor, no vayas a estar de aguado nada más por eso.

—Trataré.  

Con el paso de los minutos el ambiente entre los chicos se ponía mejor. El evento tenía a todos emocionados. Las expectativas eran altas. Sería en una lujosa casa en un fraccionamiento ubicado en la capital del estado. A Yeti lo invitó un compañero del taller de Parapsicología, de quien se decía, era una persona que solía relacionarse con gente influyente, por eso se ganó el apodo de El Conectes.

Subieron a la Caribe maltrecha de Videl listos para emprender un viaje emocionante. Se turnaron para poner la música; mientras que Videl iba de Armando Palomas a Rodrigo González, Geraldine hizo un repaso por los grandes hits del glam rock; en tanto que Rocco difícilmente salía del acid jazz, a menos, claro, que se sintiera con ánimos de poner a Ricardo Montaner o algún otro baladista clásico.   

Cruzaban la carretera entre cantos, carrilla, cigarros, frituras y una que otra floritura. La excitación les escurría por los ojos. Tenían las pupilas tan dilatadas que parecían caricaturas. Aquella escena era una ofrenda al sistema límbico. El trío, en otros tiempos atormentado por las sombras de la vida, inclinaba la balanza hacia la esquina soleada, disfrutando los mimos cálidos de la resolana. Nadie puede detener la efervescencia del fulgor juvenil; podrán limpiar su derramamiento, pero el estallido proyecta un frenesí que seduce al contemplar.  

Llegaron al fraccionamiento con un ánimo envidiable. Yeti, quien manejaba, se dirigió al policía de la caseta de vigilancia y le dijo discretamente:  

—Fideo

—¿Disculpe, señor?

Yeti se aclaró la garganta.

—Fideo.

Geraldine lo miró extrañada.

—¡Ah! Ya entiendo. Adelante, caballero.

Tras unos segundos de haber cruzado la entrada la chica del grupo soltó una carcajada.

—¿Qué te pasa, loca?

—Explícame qué fue eso.

—Pues me dijeron que solo me iban a dejar pasar con una contraseña.

—Ok. Muy pedorra tu contraseña, pero ok… Espera… ¿No habrás querido decir Fidelio?

—Creo que sí. No me acuerdo. Me la dijeron por teléfono. ¿Ya qué importa?

Los decibeles de las carcajadas de Geraldine aumentaron a un punto intolerable.

—¿No te vas a callar?

—¿A quién se le ocurrió esa estupidez de la contraseña?

—¿Por qué te importa tanto eso?

—Nada más. Me acordé de una película.

—Yo también, solo que no quise mancharme con el Yeti.

—¡Uy! Pues perdónenme por no ser tan culto como ustedes, viejos payasos.

—No te perdonamos. Y tampoco eres Tom Cruise.

Ahora las carcajadas eran de los tres, aunque Yeti no tenía idea de por qué se reía.

Videl se estacionó. Bajaron de la cajuela una hielera llena de cervezas. El repertorio también incluía dos botellas, dos cajetillas de cigarros y la imprescindible botana.

Los cristales de la casa rebotaban al ritmo de música manufacturada por artesanos boricuas. Al tocar el timbre, alguien por el interfón les pidió nuevamente la contraseña. Videl, sonrojado, la tuvo que repetir.

—¡Fidelo!

—¡Fidelio!

—¡Mñah!

—Adelante.  

—Los ricos hacen puras pendejadas.

—Cállate, mensa. Te van a oír.

El portón eléctrico se abrió en automático y cual si fuera un enorme telón laminado se recorría dejando ver lentamente la escenografía: el patio, con un césped perfectamente podado, estaba adornado con jóvenes despampanantes dueños de un color de piel predominante. Sus cabezas relucían plateadas por el exceso de gel. La mayoría portaba gafas de sol. El clima era lo opuesto a San Bartolomé. Aquí el verano dictaba el código de vestimenta. Los chicos usaban pantaloncillos cortos y camisas desabotonadas; las chicas, minishorts multicolores y blusas estampadas con campos floridos. Los que estaban en la piscina lubricaban sus cuerpos esculpidos en el agua teñida de cloro. El humo de sus tabacos se alojaba en los pulmones de todos. Los menos diestros con el control de sus bebidas ya estaban instaurando el caos en algunos rincones. Reían, brincaban, chapuceaban, fajaban, inhalaban, mordían, danzaban, debatían, albureaban, fanfarroneaban, vomitaban, insinuaban, seducían, hostigaban, intimidaban, balbuceaban, cantaban, gorgoreaban, jangueaban…

Inhalan, exhalan, cruzan. El portón se cerró detrás de ellos y ahora el trío acababa de integrarse formalmente al elenco.

El ímpetu con el que llegaron resbaló de sus cuerpos cuando los tres fueron conscientes de que ninguno de ellos tenía habilidades sociales envidiables. Entre sonrisas nerviosas y miradas de complicidad, acordaron de forma implícita que requerían un poco de ayuda para integrarse. Afortunadamente sus plegarias internas fueron escuchadas y el ya mencionado Conectes saltó al escenario entre aplausos que solo existían en la cabeza de Videl.

—Sasquatcho, ¿cómo te va?

—Qué tranza, Conectes. No me dijiste que era una pool party, hermano.

—¿Cuál es la bronca?

—No traemos traje de baño.

—Entonces te recomiendo no meterte a la alberca. —Yeti le entrecerró los ojos desaprobatoriamente.  

—¿Por qué hay fotógrafos?

—Son de la sección de Sociales de El Heraldo de…

—¿Quiénes son esos señores de los bustos de piedra? ¿Hay que darles propina a los meseros? ¿Cuántos pisos tiene esta casa?

El Conectes dejó escapar una risilla condescendiente que a la vez exhibía el incómodo momento que Videl le estaba haciendo pasar con sus insistentes preguntas. Su hermana, al notarlo, decidió ponerle un alto a su impertinencia.  

—A nadie le importa eso, güey. Deja de hablar y bebe.

El Conectes encontró alivio cuando otro grupo requirió su presencia. Le dijo a Videl que se encontrarían más tarde y salió de escena.  Al mismo tiempo, Geraldine vio que una chica simpática la saludaba de lejos. Era su vieja amiga Carmela, a quien no esperaba encontrarse ahí.  

—¡Gera! ¿Qué haces aquí? No me dijiste que ibas a venir.

—Carmeeeelaaa… No sabía que tenías acceso a las altas esferas de la sociedad. Eres tre-men-da. Salúdame, corazón.

—¡Muah! ¡Muah! Ven, que te quiero presentar a unos amigos. Ay, hola, Videl y…

—Se llama Rocco.

—Mucho gusto. —La mirada jocosa que Carmela intentaba clavarle pasó inadvertida para un Rocco ensimismado.  

Las viejas amigas se apartaron de los varones dejándolos solos con su torpeza social, haciéndoles pensar que la fiesta no iba de acuerdo a sus expectativas. Tenían dos opciones: dejar que el naciente momento incómodo se volviera adulto arruinándoles el día o ayudarse mutuamente para recuperar su vieja confidencia, estimulados por la escaza inhibición que les ofrece el alcohol. Los primeros minutos después del abandono de Geraldine iban a definir el rumbo de la jornada.  

—Ya nos dejó solos esta sonsa. Te veo lento con las cervezas, Rocco. ¿No tienes sed o qué?

—Sabes que casi no tomo. No me gusta mucho la cerveza.

—Bueno, pero hoy es una ocasión especial. Además, prometiste no estar de aguado. Así que te concedo el honor de inaugurar esta peda. Por los viejos tiempos.

Rocco sintió un cosquilleo inusual en la boca del estómago al escuchar “los viejos tiempos”.

—Está bien, pero no puedo ponerme tan mal.

—No se te van a deshacer los músculos por un día que te embriagues, viejo.

—No es por estética, es por disciplina. Ya sé que vas a decir que soy un mamón, pero de veras estoy muy comprometido con entrar en la compañía. Lo sabes desde hace tiempo.

—Cada quien, viejo. Ese es tu deseo y no vine a juzgarte, vine a empedarme. Pásame una chela si no quieres empezar tú.

—Ya, está bien. Disculpa mi obsesión con eso. Déjame hacer los honores a mí.

Destaparon las bebidas para brindar fraternalmente botando espuma al chocar las latas.  

La primera fase de la melopea fue protagonizada por las clásicas remembranzas aderezadas con risotadas hilarantes; después llegó el turno de palmearse la espalda el uno al otro esporádicamente, una de las escasas muestras de afecto masculino basadas en el contacto físico.

Con el exprimir de las latas fue necesario asentar la borrachera mediante bebidas destiladas. Rocco destapó un tequila 100 Años enseñando los incisivos y los premolares cual caballo brioso. Los vasos rojos se llenaban y se vaciaban al rotar del sol. Cuando la esfera dorada devino en naranja y el azul claro celestial aumentó su profundidad, ambos colegas arrastraban las palabras casi obligándolas a salir. Era tanto el esfuerzo por empujarlas hacia afuera que estas, resistiéndose, se sujetaban de los puntos de articulación y al ser expulsadas se llevaban consigo pequeñas tiras de saliva. Una de ellas quedó colgando de la boca de Yeti, provocando la mofa de Rocco, quien parpadeaba en cámara lenta lidiando con el vaivén de su torso.  

Al vaciar tres cuartos de la primera botella, Videl se mostraba enjundioso por lanzarse a la alberca, Rocco le decía estúpidamente que era vergonzoso meterse en bóxeres, pero su articulación ininteligible fue incapaz de detenerlo. A través de un filtro borroso vio a su viejo amigo desvestirse en segundos y correr desbocado hacia la piscina. Corrió tras él entre tropezones para detenerlo, pero El Conectes lo sujetó para que no se hiciera daño. Finalmente, escuchó entre algunas distorsiones cómo el cuerpo de Yeti se estampó de panzazo contra la superficie acuática, salpicando a algunos desafortunados, pero llevándose los aplausos de aquellos que se divertían con su falta de astucia.   

—Déjalo que se divierta y que divierta a los demás.

—No, pero ese güe… Ese pen… Ese… ¿Cómo se llama? Está loco. Nos van a correrrrrr.

—Nadie los va a correr. Para eso estoy yo. Déjamelo a mí. Mientras siéntate un rato, Rocco, porque así como andas te nos vas a ir de boca.

En una escena simultánea, se nos mostraban las andanzas de Geraldine y su fiel compinche Carmela, quienes se tomaron un receso de la sacudida de caderas que las tuvo ocupadas por horas.

—¡Güey! Ya no puedo más.

—Quién te manda a traerte tacones, loca.

—Oye, vamos allá afuera. Quién sabe cómo han de andar tu hermano y su amigo.

—Te gustó, ¿verdad?

—¿Su amigo? ¡Ay! ¡Pero claro! No me digas que a ti no se te antoja ese Adonis bronceado, modelo 1.90, con aire de basquetbolista de la NBA.

—No mames, ¿en serio lo ves así?

—Está rico. Quiero que me raspe con su bigote pedroinfantesco. Quiero bajarle lo mamón.

—Ya cálmate que ya has de tener un charco en las patas, libidinosa.

—Perdón por andar de fantasiosa, a veces se me olvida que a ti no…

—¿Qué? ¿Por qué te da miedo decirlo?

—¡Ay! Pues que a ti no te gustan los hombres. Ya. Lo dije. No te enojes.

Volviendo con los chicos teníamos a Videl en primer plano haciendo todo lo posible por lucirse con las damas. Se cansó de ser rechazado por toda la concurrencia e incluso hasta dos veces por algunas señoritas.

Mientras, al fondo, sentados en dos sillas plegables, El Conectes y Rocco conversaban animadamente.

—¿Rocco es tu apodo?

—Mmmm no. Es mi nombre, es fran… Digo, italiano.  

—Ah, qué bien, ¿tu familia es italiana?

—¡Nah! Mi abuela materna es argentina, de ascendencia italiana. Les sugirió mi nombre a mis padres. De hecho, mi hermano mayor también tiene nombre italo… Itali… Idaliano… ¡Italiano! Eso. Se llama Shino. ¡Ggggino! Bueno, se llamaba. Ya se murió. Bueno, lo ma… No, no quiero hablar de eso. Discúlpame. Me anda fallando la pronunciación.

—No te preocupes. Siento lo de tu hermano. Una pena. ¿Tu mamá también es argentina?

—No. Esa señora es más mexicana que el pozole, aunque se sienta europea. Ja, ja. Bueno, yo qué sé. Ni la conozco. Ya estoy hablando de más. Perdona, tampoco quiero hablar de eso.    

—Como tú quieras, brother. Me mencionó Videl que tenías algunas dudas de la Parapsicología. Esperaba que conversáramos sobre eso, pero creo que ya no es buen momento. ¿Te parece si lo dejamos para otro día? Igual podemos pedirle ayuda a nuestro maestro, el profe Leandro. Él nos enseñó todo sobre la materia.  

—No. No me parece.

—Ok. ¿Te sientes bien para platicar?

—Sí. Me urge saber algunas cosas de los sueños. No le hace que esté borracho. Ya no tengo tiempo. Si dejo pasar esta oportunidad quién sabe cuándo te vuelva a ver. Tengo el tiempo encima por un compromiso que no puedo posponer. Tienes que entender eso. O me ayudas ahora o me chingo.

—Bueno, yo entiendo, pero…

—No, parece que no entiendes. Nadie entiende. Empezando por el pinche Yeti que si entendiera no andaría haciendo pendejadas. Prometió que íbamos a hablar contigo y velo. Le encanta hacer el ridículo.

—Relájate un poquito, brother.

—No me andes diciendo lo que tengo que hacer. Ni te conozco ni soy tu “brother”.

Rocco se levantó, pero dio algunos pasos hacia atrás como si el viento lo hubiera empujado.

—Te vas a caer, amigo. Ten cuidado.

—No somos amigos. No somos “brothers”. Mejor dime de una vez si me vas a ayudar o…

Las últimas palabras de Rocco no pudieron entenderse. Se tambaleaba peligrosamente y El Conectes trataba de sentarlo de nuevo, mas él no dejaba que se le acercaran.  

La hostilidad de Rocco comenzó a llamar la atención. Los invitados lo miraban con vergüenza ajena. Algunos meseros se quedaron cerca por órdenes de El Conectes en caso de que necesitaran someterlo. Mientras tanto, Videl salpicaba maliciosamente a todos en la alberca y Geraldine salía de la casa acompañada de Carmela para buscar a los muchachos.

Desde el fondo de un rincón bañado en penumbras, sobresalía finamente el brillo de un par de aretes enclavados en una silueta torneada; con una pierna encima de su rodilla y los dedos entrelazados, una sombra misteriosa observaba el penoso acto. Se notaba lista para la acción. Parecía como si esperara el momento indicado para intervenir, como si estuviera a la espera de una señal. No perdía de vista su único objetivo: la cabeza de Rocco.

La fiesta estalló en el clímax. Los bafles retumbaron hasta volarse. Las botellas de vidrio explotaban en el suelo. Los juniors caían de sentón como en efecto dominó. Alguien tomó a Videl del cuello para sacarlo de la alberca. Geraldine y Carmela corrieron preocupadas hacia donde estaba Rocco, que se tambaleaba como un oso apuñalado por dardos tranquilizantes. Un círculo lo rodeaba. Entre meseros, invitados y El Conectes extendían los brazos para cacharlo. Nadie sabía quién tendría la fortuna de atraparlo. Era una ruleta que tenía el aspecto de algún extraño ritual. Geraldine se integró al círculo. Rocco alucinaba en su rotación. Dos sujetos sometían a Videl en el pasto. El oso sedado estaba a punto de venirse abajo. La sombra se levantó de su silla. Esa era su señal. Geraldine le gritó asustada al Conectes que lo cachara. El muchacho embrutecido perdió el conocimiento y halló descanso en los brazos de dos meseros.  

La fiesta se detuvo un segundo para mirar el incidente. Como un DJ que pone el dedo sobre el plato haciendo un scratch y lo suelta inmediatamente para que la música continúe, el alboroto volvió a su cauce. Otro borracho caído no inquietaba a nadie. Con una enorme presencia física la sombra —que ahora era un hombre de 1.95, como de 38 años, 102 kg de peso, calvo, nariz aguileña, rostro anguloso, barba de candado, blanco, ojos verdes, con una cola de caballo sobresaliendo de su nuca, embarrado de tatuajes desde el cuello hasta sabrá Dios dónde; venía enfundado en ropa de cuero, las manos repletas de anillos, diamantes en las orejas y botas hasta las rodillas— se abrió paso entre el círculo. Todos pensaron que su objetivo era asistir a Rocco, pero en lugar de eso peló los ojos y se quedó petrificado observando al caído. Su rigidez lucía anormal, no parecía voluntaria. Tenía las rodillas juntas, como en posición de firmes e inclinaba el torso hacia adelante. Los codos estaban pegados a las costillas, los hombros contraídos hacia su cuello, las palmas de las manos apuntaban hacia atrás, con los dedos separados moviéndose como si manipulara los hilos de una marioneta invisible. Nadie fue ajeno a aquel aspecto. Todos tenían un gesto de repulsión.  

Colocaron a Rocco en el suelo y Geraldine donó su chamarra para que recargaran ahí su cabeza. Ella insistía en que llamaran a una ambulancia, pero El Conectes pensaba que solo estaba dormido, por lo que sugirió llevarlo a una habitación. Carmela impulsó a Geraldine para que insistiera con la ambulancia. Al buscar a su hermano para pedir apoyo lo vio mordiendo el pasto, con las manos en su espalda, siendo sometido como en un arresto. La ansiedad se apoderó de ella. Colocó las manos en la cintura. Exhalando una bocanada, buscó en el cielo las respuestas que la tierra no le daba cuando repentinamente un animal volador pasó encima de ella. Parpadeó dos veces seguidas. Algo no andaba bien con ese animal. Giró para buscarlo. Un escalofrío le arañó los huesos. Volteó a la derecha, luego a la izquierda, hasta que lo volvió a ver, pero volaba tan rápido que era imposible identificarlo. Tiró de la manga de Carmela para preguntarle…

—¿Hay zopilotes en esta zona?

—No sé. No conozco mucho por aquí. Qué pedo con tus preguntas.

—Vi a un animal raro pasar. Te lo juro. 

—Gera, no digas mama… ¡Ay! ¡Qué pedo!

Otro planeador no identificado zumbó a toda velocidad tan cerca de sus cabezas que Carmela tuvo que agacharse un poco. Todos comenzaron a prestar atención. Ya nadie vigilaba a Rocco, excepto el hombre rígido. Las criaturas tenían un alarmante tamaño descomunal. Una chica de al lado, con mejor agudeza visual, identificó algunos rasgos que le llenaron el rostro de pánico.

—No mamen, no mamen, no mamen. ¡Esas cosas son murciélagos gigantes!

—¿Los murciélagos tienen brazos de humano, piernas de lagarto y pico?

El avistamiento sacó a todos de control cuando las bestias comenzaron a multiplicarse. No chillaban como murciélagos, cantaban como enigmáticas lechuzas. Los invitados corrieron hacia ningún lugar propagando el terror por toda la casa. El zumbido del planeo de los monstruos asustaba con sus espeluznantes decibeles. Algunos valientes con espíritu cazador corrieron a sus autos por sus armas. Otros los ‘cazaban’ con las cámaras de sus dispositivos electrónicos. Lo ideal era refugiarse dentro de la casa, pero algunos cerraron las puertas, temerosos de que los hombres con pliegues en las extremidades y rostros ligeramente emplumados pudieran colarse dentro.     

Un obstáculo más se hizo presente: la vista se obstruía con un denso vapor que se extendió por el jardín acompañado de un repulsivo olor a vinagre. Alguien preguntó si habían llevado una máquina de humo, de esas que son habituales en los conciertos, pero nadie pudo confirmarlo. Otros paranoicos gritaban que desde afuera los estaban atacando con bombas de humo. Por si fuera poco, en medio de aquella espesa cortina se divisaban en el cielo unas grotescas nubes viscosas color verde fluorescente. Cuando varios confirmaron estar viendo lo mismo acusaron a algún canalla anónimo de adulterar las bebidas con sustancias psicotrópicas. Se tiraban en el suelo sujetándose las gargantas como si estuvieran siendo envenenados, otros sentían que los ojos les ardían, pero lo cierto es que ni el vapor ni las nubes les estaban provocando alguna reacción. Todo era producto del pánico colectivo.

Los monstruos híbridos comenzaron a morder a algunos incautos. La psicosis incrementaba cuando descubrían que arrojaban una espuma rabiosa de sus lenguas bífidas. Llantos y gritos desesperados se ahogaron cuando las nubes comenzaron a tirar rayos fucsia neón que tenían a todos saltando por sus vidas. La confusión era grotesca al ver que, de los huecos que los rayos dejaban sobre el pasto, crecían hermosos tulipanes. Aparte, cuando las nubes comenzaron a llorar millares de semillas, brotaron del pasto enormes ceibas que contrastaban con los eucaliptos y las acacias del lugar.  Era un fenómeno hermoso que no deleitaba a nadie en ese momento. Finalmente, el terreno se iluminó con un sol mostaza de papel que giraba como en stop motion. Era desgarrador tratar de explicar tal evento. Una decena de cosas extrañas pasaban al mismo tiempo mientras todos luchaban por evitar las mordidas y los relámpagos.  

Entre el tumulto, Geraldine y Carmela, tomadas de la mano, buscaban a Rocco. El Conectes jalaba de un brazo a Videl para obligarlo a correr detrás de las chicas. Un rayo cayó delante de ellas obligándolas a detenerse. Al levantar la mirada vieron cómo una amenazante lechuza antropomorfa volaba directo a ellas buscando depredarlas, pero cuando estaba a punto de asestarles la mordida fue derribada de un balazo que vino de quién sabe dónde. Geraldine sufrió una crisis nerviosa al ver al monstruo agonizar de cerca. Cayó de rodillas llorando desquiciada. Carmela se agachó para intentar calmarla. Las manos temblorosas se le engarrotaban. El Conectes mencionó que patrullas y ambulancias venían en camino; incluso alguien había llamado a los bomberos. El plan era encontrar a Rocco y escapar al carro de Videl. Hablaron con Geraldine haciéndole entender que no había tiempo para derrumbarse. Era preciso escapar cuanto antes.

Como pudo, la chica aterrada se puso de pie apoyada por Carmela. Se esforzó enormemente por avanzar cuando un hombre fornido atravesó la pared de vapor que estaba delante de ellas. Era el calvo perturbador de hace un momento. Sostenía en su hombro a Rocco que aún no recuperaba el conocimiento. Parecía saber dónde estaba la salida. Se puso al frente y dirigió el escape de los chicos. Con un brazo cargaba al desvalido y con las botas aplastaba las flores instantáneas. Parecía el héroe de una película de acción. Los condujo al portón que estaba completamente abierto. En la calle no había vapor ni tulipanes ni nubes viscosas ni ceibas ni relámpagos neón. Una que otra bestia planeadora surcaba por los aires. Las patrullas, ambulancias y camiones de bomberos comenzaron a llegar. También había un cúmulo de reporteros estupefactos. Las autoridades no sabían cómo actuar. No había protocolos para tal acontecimiento. Carmela identificó a sus padres entre la multitud que se agrupaba afuera de la casa y corrió sin dudarlo hacia ellos. Geraldine no fue tras ella, tenía dos borrachos a su cargo.     

Entre la confusión colectiva, el sujeto extraño habló por primera vez. Les recomendó a todos huir juntos. Parecía saber el origen del fenómeno. Geraldine se controló un poco para pensar la situación. Recordó la historia de Rocco, la propagación del vapor, el gato misterioso, la pesadilla que tuvo en su casa. Podrían ser eventos relacionados. Empezaba a creerlo todo. No confiaba mucho en el hombre rígido, pero algo le decía que lo primordial era escapar de ahí; sobre todo, sentía que tenían que sacar a Rocco de ese lugar. Miró al Conectes para confirmarle que estaba de acuerdo con el plan. El compañero de Videl traía su ropa. Acomodaron a los borrachos en el asiento de atrás, Geraldine se fue con ellos para cuidarlos, Yeti balbuceaba incoherencias. El desconocido se subió en el asiento del copiloto, Gera no le quitaba la mirada de encima. El Conectes sacó del pantalón de Videl la llave de la Caribe y huyó del estacionamiento justo cuando los policías empezaron a acordonar la zona, dejando atrás una estela de histeria colectiva que dejaría para siempre una herida en la memoria de los involucrados.

Comentarios

Entradas populares