CAPÍTULO 12: ESTRATAGEMA

Qué contagioso puede ser el estado de ánimo de una persona. Te puede arrastrar de las tinieblas para montarte en un arcoíris gigante. A veces solo basta dejar que las neuronas espejo hagan su trabajo. Puedes ver al irrisorio hombre mostachón bailando Bule Bule con la gracia de un pequeño Santa Claus de pilas y no escaparás de la risa. Qué decir del par de compadres que bailan románticamente intentando no resbalarse con el aserrín. Te provocan mofa, pero a la vez extrañas el sentimiento de acurrucarte con alguien. La señora que no deja de palmear la masa muestra la sonrisa chimuela con las ocurrencias del viejo Delfino. Los cinco tipos de la barra, que llevan toda la tarde vaciando tarros, tienen a don Anastasio pelando dientes con las generosas propinas que le echan en la bolsa. Geraldine los voltea a ver cada que pasa al baño, les busca la mirada, el calor de la cabaña parece haberla puesto provocativa. Son duros o se hacen los duros, pero poco a poco empiezan a ceder. Es difícil ignorar a una mujer que desempeña tan bien el papel de seductora. Pasa al baño nuevamente y uno de ellos se levanta la gorra con el índice para mostrarle cortesía.

Geraldine regresó a la mesa sonriendo y pasando sus dedos por su cabello quebrado. Videl, que hasta hace poco hacía chistes sobre si Rocco podría aparecer a Godzilla o a Darth Vader con su nariz, dejó el chacoteo para lanzarle miradas reprobatorias a su hermana.  

—No.

—¿No qué? —Le decía mordiéndose un labio.

—No te hagas.

—No te entiendo.

Videl se notaba preocupado. Usurpador seguía aclarando las dudas de Rocco. Geraldine le daba un trago a su cerveza y volteaba nuevamente a la barra. Para ese entonces ya había captado la atención de otros dos caballeros que se giraban para responderle las sonrisas. Uno de ellos también miraba a Yeti, quien sentía que su hermana estaba jugando con fósforos muy cerca de explosivos. Dejando a los grandotes de lado, los hermanos discutían los términos del peligroso plan de Geraldine.

—Es un buen plan.

—No lo es.

—Es el mejor plan.

—Aquí no. No creo que funcione aquí.

—¿Por qué no? Siempre funciona.

—Hoy podríamos estar de suerte, de mala suerte.

—Vidi, te prometo que lo haré rápido. Ya tengo a mis pichones. Déjame manejar esto.

Rocco seguía conversando, pero no perdía de vista a los hermanos. Todo lo que se dijera a partir de ahí concernía a cada uno de ellos. Decidió entrometerse en su conversación.

—¿Te gustaría decirnos el plan, Geraldine?

—Es más emocionante si lo contemplas por ti mismo.

—No. Por favor. No podemos darnos el lujo de hacer algo sin que los demás estén al tanto.

—Está bien. Solo no quiero que me detengas. ¿Ves a esos tipos de allá?  

Rocco los miraba mientras Geraldine contaba su plan de principio a fin. Conforme escuchaba cada uno de los pasos mostraba mayor preocupación. Comenzó a respirar pesadamente, pero nunca interrumpió a su amiga. Apretó los labios como si hubiera chupado un limón. Le dio un trago largo a su cerveza. Sonaba muy arriesgado. ¿Sonaba más arriesgado que robar un auto? Ya no lo sabía, pero de una cosa estaba seguro: Geraldine era una chica sumamente astuta. Sabía que ella hizo cosas así miles de veces y siempre se salió con la suya. Además, la torpeza motriz combinada con la inexperiencia terrestre de Usurpador, lo volvían objeto de mayor desconfianza para ejecutar un plan peligroso. Apostó por el caballo ganador.   

—Ok. Hagámoslo.

—No mames, Rocco, no. No le hagas caso a esta loca.

—¡Ya! ¿Por qué estás tan dudoso ahora?

—Esos tipos me dan mala espina. Mejor no me metas en esto.

—¡Oh! Cariño. Pero si tú eres la piedra angular de este plan, no puedo hacerlo sin ti, sobre todo ahora que uno de ellos está tan interesado en voltear a verte.

—Te están volteando a ver a ti.

—No. Lamentablemente no tengo la suerte de gustarle a ese portento de hombre. —Fingía una expresión de decepción—. Qué lástima.

—No, pues ahora menos te ayudo.

—Muy bien. No te necesito. Lo haré yo sola.

Geraldine se levantó indignada. Caminaba lentamente como si supiera que su hermano iría tras ella. Rocco miraba a Videl para hacerlo sentir culpable por dejar a su hermana a su suerte cerca de cinco desconocidos.

La chica pidió algo en la barra y los hombres comenzaron a llamarla. Llevaba su caja de puros en la mano. Videl temblaba, se limpiaba el sudor de las manos con sus muslos. No soportó la presión social. Prefirió arriesgarse antes de ser juzgado por mal hermano.

Ella conversaba desinhibida con los extraños. Sabía cómo manejar las emociones varoniles. Estaban excitados con la bravura que mostraba en cada uno de sus movimientos. Cuando Videl llegó a la barra, la encontró preguntando los nombres de cada uno. La valiente muchacha presentó a su hermano con todos, uno de ellos se veía más animado con su arribo, lo cual puso más nervioso a Yeti.

Tras unos minutos de charla, Geraldine sacó discretamente un habano de la bolsa de su chamarra, el tipo que estaba más cerca de ella no fue indiferente. Con total galantería le acercó su zippo con La Muerte grabada en él, giró la rueda dentada y la chica fingió impresión al ver el fuego cerca de su nariz. Mientras encendía el habano miraba al hombre directamente a los ojos, él no pudo resistir las aparentes insinuaciones de la señorita y dejó ver provocativamente uno de sus dientes de oro. El sujeto, como de unos 33 años, se identificó con el nombre de Raúl y preguntó si ella y Videl eran novios. Cuando supo que eran hermanos, tanto él, como el tipo que estaba a su izquierda, no ocultaron su alegría.   

—Entonces, Geraldine y Videl, veo que son aficionados de los puros.

—¡Ah! No, este es un habano. La diferencia está en la Denominación de Origen. Solamente los tabacos elaborados en Cuba pueden ser llamados habanos. Y además este no es cualquier habano.

 —Mi’ja, ya lo sé. Estoy acostumbrado a fumar habanos y puros también. Discúlpame si con la poquita luz no pude identificarlo. ¿Te gustaría contarnos por qué tu habano es tan especial?

—¡Ay! ¡No! Qué pena. No me vas a creer. Ja, ja, ja.

—Cómo no voy a creerle a esa risa tan bonita, ¿verdá, Videl? Te veo muy serio. Vente pa’cá, mi amigo Pancho no muerde.

—Nomás muerdo a quien se deje.  —Le alzó las cejas un par de veces a Yeti quien no podía relajar su mala cara.

—Ya, Pancho, si no te controlas te vamos a amarrar. Geraldine, te veo muy apegada a esa cajita de habanos que tienes ahí. Algo me dice que nada más viniste a antojarme. Me vas a compartir uno o te lo tengo que comprar. Por eso no te preocupes, nomás dime.

—¡Espérate! Es que no puedo abrir esta caja porque… No, mejor no te digo. En serio que no me vas a creer.

Mientras su hermana cumplía impecablemente con su papel, Yeti no sabía qué hacer con tantos nervios; recogía su cabello largo para hacerse una cola de caballo, pero al sentir los ojos invasivos de Pancho se decantó por dejárselo suelto.

—Ya, ‘mbre. ¿Qué tengo que hacer pa’ que me digas? Me estás matando, mamacita y ya muerto, ¿quién te va a mirar como yo? —El séquito de Raúl celebró aquel punchline como si hubiera marcado un jonrón.

—Este es bien coqueto. —Le dio un ligero manazo a Raúl en el hombro—. No lo puedo creer. Es que yo no les creo a los hombres desde hace mucho. Bueno, pero te voy a premiar por haberle echado ganas a la labia. Les voy a contar la historia de estos habanos. Pero no vayan a ser malos y me vayan a tachar de a loca, ¿eh?

—No, mi niña. Promesa que le vamos a intentar creer todas sus patoaventuras.

—Todos conocen a Fidel Castro, ¿verdad?

—Sí. ¡Cómo no! Es el de las playeras, ¿no? El revolucionario ese.

—¡Ese es el Che! Animal.

—Sí. Creo que lo estás confundiendo. Fidel Castro fue presidente de Cuba hasta hace no mucho. Es una persona muy importante en la historia reciente. Bueno, yo no soy Wikipedia ni maestra de Historia. La cosa es que Videl y yo tenemos un pariente cubano, un tío abuelo, que anduvo en la Revolución cubana allá por los cincuentas.  

—¿Entonces ustedes son cubanos? “¡Oye, chico!”.

—Ja, ja, ja. No hagas eso. No, no lo somos. Nuestro abuelo también es cubano, aunque él se vino a vivir a México desde muy chico. Se siente más mexicano que nada. Y pues nuestros papás nacieron aquí. Al tío abuelo no lo conocimos, pero él anduvo muy cerca de Castro durante la Revolución.

—¡Aaaaapooocoooo!

—¿Ya ven? Les dije que no me iban a creer.

—No les haga caso a estos güeyes, chula. Usté siga con lo suyo.

—Gracias, Raúl. Tú eres el único que me entiendes. Para no hacerles el cuento largo, ¿ven que Fidel siempre sale en las fotos con sus habanos y eso? Miren, quiero que vean esta foto. —Les mostró a todos la pantalla de su celular y luego deslizó la imagen­—. Ahora vean esta, es un zoom. Aquí está Fidel fumando muy a gusto un habano, pero lo que quiero que vean es esa cajita del fondo. ¿Ya la vieron?

—¡Ah! Sí. Es una caja de unos Cohiba. Muy famosos.

—Cohiba Lanceros, para ser más específicos. Bueno, pues ¿qué creen que tengo aquí? —Sacudía la caja juguetonamente.

—¡Órale! ¿Son de la misma marca?

—No son de la misma marca. ES la misma caja de la foto.

—¡Ah! ¡La madre! No. No es cierto.

El bullicio de los cinco amigos se asemejaba a una revuelta de monos alterados. De pronto todos en la cantina prestaron atención al escándalo que sucedía en la barra. Rocco sentía de alguna manera que el plan marchaba a la perfección y comenzó a platicar más relajado con Usurpador.

—A las pruebas me remito. ¿Ven estos sellos y emblemas? La imagen es muy clara y se puede visualizar perfectamente el sello de garantía de esta caja, lo cual, de entrada, confirma que son auténticos. Pero no solo eso, se alcanza a ver el número de serie en color rojo. Gracias a Dios la foto es a color. El número de serie es único e irrepetible. Pueden corroborar que mi caja y la caja de la foto tienen el mismo número de serie. —El bullicio aumentó—. Segunda prueba: la foto es como de los dosmiles. En esas fechas, nuestro tío abuelo seguía trabajando para el gobierno de Fidel. Aquí tengo otra foto de ellos dos juntos. —Era una foto de Castro acompañado de seis personas—. El tío abuelo es este, el de la izquierda. Su nombre era Benito Bravo Cienfuegos. Es pariente por parte de nuestra madre y fue militar en el famoso Movimiento 26 de Julio, que fue el responsable de la Revolución cubana. Si no me creen pueden googlear su nombre.

—Yo sí lo voy a buscar al rato, eh.  

—Adelante. Dale sin miedo, chaparrito.

—¿Cómo llegaron a las manos de tu tío abuelo?

—Bien fácil. Fidel se los regaló. El tío Benito falleció hace cinco años. Le heredó los habanos a mi mamá porque nuestro abuelo ya también falleció hace mucho y mi madre era la única pariente cercana que le quedaba. La cosa es que nuestra madre murió el año pasado. Nos heredó los habanos a nosotros. Pero queremos venderlos porque andamos urgidos de dinero. Nunca hemos sido ricos. Mamá nos heredó una reliquia histórica pero también un chingo de deudas. Les debemos a los bancos y hasta al Elektra. Estamos desesperados. Nos quieren embargar la casa.

—Están vendiendo la caja. Por eso la traes cargando como si nada.

—No es como si nada. ¿Ven a los caballeros con los que llegamos? Que por cierto —bajó la voz y se inclinó para hablar con mayor privacidad—, creo que son novios. No vayan a voltear a verlos ahorita, pero el peloncito le anda pagando todo al moreno bigotón.

—¿En serio?

—Te lo juro, Pancho. Te estoy diciendo que no voltees. Ustedes los hombres siempre son tan indiscretos. Ya hiciste que me perdiera, ¿en qué estaba? ¡Ah, sí! Nosotros llegamos con ellos porque estamos haciendo un negocio. Miren, yo estoy vendiendo la caja en Mercado Libre. —Les mostró nuevamente su celular—. De por sí son cigarros caros, pero como pertenecieron a Fidel los estoy vendiendo a este precio.

—¡Cien mil pesos!

—¡Shhh! No alborotes a la gente. Me los van a querer robar. La cosa es que nadie nos la compra porque no nos creen. Como estamos tan desesperados por pagar, aunque sea una de nuestras deudas, le íbamos a vender esta caja a la parejita de allá atrás a diez mil pesos.  

—¡No chingues! No es ni la mitad.

—¡Ay, Raúl! Es que ya no sé qué hacer. Ya me cansé de estar ocultando mi desdicha con mi carácter alegre y simpático. La verdad es que…

—No llore, princesa. No me haga esto. No lo voy a soportar.

—La verdad es que sí estamos bien jodidos. —Geraldine lloraba tan dramáticamente que Rocco envidiaba aquellos dotes natos para la actuación—. Mi hermano es bien menso para los negocios, si no ya le hubiéramos sacado provecho a esta cajita. Ahora, esos señores de allá dicen que pueden subastarlos y si alguien confirma los datos que yo les acabo de dar podrían sacarle más de cien mil pesos.  

—¿Subasta? No seas mensa, Geraldine, con todo respeto. Tienes todo para comprobar su autenticidad. Subástalos tú.  Y tú: ¿qué no eres hombre para hacerte cargo de tu familia? ¡Vendan esto a un mejor precio! —Le decía Raúl a Videl, quien solo encogía los hombros y miraba a sus muslos mientras les embarraba el sudor de sus manos.

—No es su culpa. En serio que estamos desesperados. Nos dieron un plazo en uno de los bancos. Tenemos que depositar mínimo diez mil antes del viernes. No nos va a quedar de otra.

—¡Sí les queda de otra! —Dijo Raúl conmovido ante las dolorosas lágrimas femeninas.

—¿En serio? —Decía Geraldine procurando lucir lo más indefensa posible.

—Mira. Yo te voy a pagar el valor real de la caja. —Geraldine no esperaba llegar a tanto. No imaginaba tanta opulencia de ninguno de los cinco individuos.

—¡Cómo crees!

—Para eso estamos los amigos. —Videl hizo un gesto de extrañeza al escuchar esa palabra—. Mi tío también le sabe a eso de las subastas. A mí, gracias a Dios, no me hace falta el dinero, tengo mis bisnes, pero no puedo soportar ver a una morrita tan chula derramar perlas y menos por dinero. Te voy a ayudar porque quiero y puedo. Ya si el negocio de la subasta me sale pues se podría decir que hoy gané dos veces.

La desconfianza de Yeti aumentó considerablemente. De por sí ya tenía un mal presentimiento, pero ahora tenía sospechas siniestras. ¿Qué tipo de persona era capaz de soltar cien mil pesos a una desconocida así nada más? ¿Por qué no le hizo más preguntas a Geraldine sobre la caja? En episodios anteriores los interrogatorios de los incautos agotaban las pruebas de su hermana. Jamás se habían topado con alguien tan confiado. Una cosa más: ¿de qué tipo de negocios estaba hablando Raúl? Videl no pudo contener más el miedo.  

—Gera, ¿te importa si discutimos esto un ratito? 

Pero a Geraldine le saltaron los ojos cuando vio los fajos de billetes que Raúl sacó sin empacho delante de ella. Incluso portaba dólares. El éxito no esperado de su plan la distrajo de ser precavida como había prometido.

—Videl, no estés chingando. Al fin vamos a pagar nuestras deudas.

—Gera, espérate. Deberíamos de menos confirmarle a nuestros invitados que se cancela la venta. —Señalaba con la cabeza a Rocco y a Usurpador, quienes esperaban ansiosos a que el plan se concretara.  

—Que te estés quieto. Ahorita vamos a disculparnos con ellos y les pagamos la cuenta. No pasa nada.

—Relájate, compadre. Me estás interrumpiendo la contada de los billetes.

—No le hagan caso a mi hermano. Les digo que es remalo pa’ los negocios.

—Gera, no te voy a dejar de insistir.

—A ver, pues, ¿por qué tan nervioso? —Pancho se le acercó llevando a Yeti a un punto de tensión casi intolerable. Cuando estaba a punto de explotar, Raúl alzó la voz con autoridad y puso alerta a toda la cantina.

—¡Se me calman todos, chingá! A mí no me van a andar diciendo cómo hacer mis negocios. Si quiero algo lo compro y ya. Es mi dinero y me encabrona que me interrumpan cuando estoy haciendo cuentas. Toma tus cien mil, dame mi caja. —La chica no opuso resistencia al despojo de su objeto “preciado”—.  Y tú, Pancho, ya vente a sentar. —El hombre obedeció como si fuera su subordinado—. Nada más te pido un último favor: pásame tu número para que me envíes todos los comprobantes de que esta caja le perteneció al mismísimo Fidel Castro. —Geraldine volteó a ver a su hermano, quien le mostraba su desacuerdo con su expresión.   

—A ver, pues, anótale. ¡Ah! Se me olvidaba: evidentemente la caja vale más si el sello no se rompe. Sé que parece obvio, pero es probable que no la puedas subastar si viene abierta.

—Sí. Ya sé. Ya sé. —Raúl todavía se encontraba molesto, pero aun así anotó el teléfono de Geraldine con una sonrisa amable.  

—Bueno, pues tenemos que darles la mala noticia a nuestros invitados. Y yo creo que ya nos vamos porque no planeábamos pasar tanto tiempo aquí. Además, tenemos que indicarles qué salida tomar a estos señores para que lleguen a la Capital. Les agradezco mucho todo. Buenas noches, muchachos y, pues, ¡salud! —Geraldine era víctima de los nervios. La enorme cantidad de efectivo que traía en la mochila no la dejaba seguirse apegando al papel.  

—¿Ya se van? —Dijo Raúl evidentemente molesto, como si ahora tuviera derecho sobre ellos—. Deberían de hacernos compañía un rato, somos amigos, ¿no? Los amigos se ayudan. Pancho tiene muchas ganas de platicar con Videl y yo contigo. No nos digan que nos van a hacer el desaire.

—Perdón. De veras eres nuestro héroe, pero es que no nos podemos quedar más porque mi ma… Digo, mi abuela nos está esperando en la casa y vivimos lejos. Pero pues ya tienen nuestro teléfono.

—Ibas a decir mamá, ¿ve’a? Su mami ya se murió, que no se les olvide. Perdónenme la grosería. Entiendo que uno se acostumbra a hablar de la gente que fue muy querida para nosotros como si todavía siguiera aquí.  

—Sí. Qué distraída soy. Nos marcan si quieren. Ya nos vamos.

—Videl no nos ha dado su teléfono. —Se empezaba a vislumbrar un tono de desconfianza en Raúl que rayaba en lo hostil. Videl no quiso echarle más leña al fuego y cedió en dar su número telefónico, el cual Pancho anotó alegremente.  

—Ándenle, pues. Ya váyanse a cuidar a su abuelita. —Ambos intentaron escabullirse rápidamente, pero dos pasos después el tono amenazador de Raúl los congeló a medio camino—. Nomás les digo una cosa, muchachos. Ya pa’ que se vayan: yo me pongo muy triste si no me contestan las llamadas. A mí nadie me hace el desaire. Todo el mundo me contesta cuando le hablo, ¡eh! Váyanse con cuidado y que Dios los bendiga.   

Los hermanos apresuraron el paso con la sangre helada por el susto. No hubo mucho tiempo para darles los detalles a los dos de la mesa. Les hicieron la seña de que tenían que escapar de inmediato. Dejaron pagada la cuenta y abandonaron el lugar antes de que a Raúl se le ocurriera otra cosa para detenerlos.

Al salir de la cabaña corrieron hacia el auto. Se olvidaron por un momento de que los estaban buscando. Subieron a la Caribe y pudieron respirar un poco.

—No mames, qué pedo con eso.

—¿Qué pasó? ¿No nos van a contar? ¡Hablen!

—¡Pendeja! ¡Pendeja! ¡Pendeja! ¿Qué hiciste? Te dije que tenía un mal presentimiento.

—¡Ya déjame en paz, Videl! ¿No creerás que son…?

Videl no le respondió, pero sí miró por la ventana. A su lado derecho había una Hummer y una Ford Lobo completamente polarizadas y blindadas a las que nunca les prestaron atención cuando llegaron a la cantina. Geraldine puso una cara de espanto terrible. Sacó muy nerviosa su celular. Rocco seguía alarmado esperando respuestas y Usurpador no movía ni un solo músculo de la cara.

—Ya los bloqueé. Bloquéalos tú también.

—Es lo que estoy haciendo.

Mientras, dentro de la cabaña, Raúl volteaba a ver a su amigo Justino, quien se pasó callado toda la conversación, escuchando todo con detalle, pero nunca intervino ni para celebrar la obtención del tesoro histórico.  

—‘Tas muy callado, Justino. ¿No te cayeron bien nuestros nuevos amigos?

—Me extraña, Raúl, con todo respeto. Me extraña, que te dejes llevar por las palabras de una muchacha que francamente no es nada bonita.

—Tú sabes que soy débil a los encantos femeninos. ¿No te creíste todo eso que nos dijo a pesar de las pruebas?

—Yo no tengo por qué opinar sobre tus decisiones, Raúl. Sabes que siempre te voy a respaldar. Lo único que te digo es que, en mi caso, si yo hubiera hecho ese negocio, abriría la caja.   

Raúl recordó lo que Geraldine le dijo sobre el valor que tenía la caja con los sellos sin romper, pero las palabras de Justino no eran en vano, nunca lo eran. Él era su hombre de confianza, quien lo había aconsejado sabiamente en cada uno de los negocios que lo llevaron a la cima. Sin dudarlo, rompió el sello enfurecido. Justino lo veía sereno mientras se empinaba sonriendo una botella de Victoria. El resto de los muchachos se pusieron alerta al ver cómo el jefe desenvolvía el “regalo”. Nadie dijo nada, todos esperaron la reacción del jefe. Raúl vio el contenido de la caja y, bastante humillado, burlado como nunca en su vida, ordenó con un movimiento de cabeza abordar las camionetas para perseguir a los estafadores.  

Videl había arrancado a toda velocidad, pero no dejaba de mirar por los espejos. Parecía que esperaba la aparición de un fantasma por la cara que tenía. Su miedo finalmente se volvió realidad y vio que las dos camionetas los perseguían a toda velocidad. Geraldine les explicaba a gritos a los otros dos quiénes eran sus perseguidores. Evidentemente se metieron con los tipos equivocados y ahora tenían un problema mayor encima. Pensó que seguramente ya habían abierto la caja y ni sus enormes dotes natos de actuación podrían salvarla de esta. En la Ford Lobo, Raúl marcaba a los dos teléfonos de sus nuevos amigos. Sabía que seguramente lo habrían bloqueado, pero quiso hacer el intento. Cuando escuchó la voz de la operadora soltó una carcajada y sacó su arma larga para disparar al aire. Oficialmente iniciaba la cacería. Se relamía los bigotes saboreando al cuarteto de conejillos que estaba por atrapar.

Videl manejaba como un desquiciado. Pensaba en meterse a los campos que estaban a los costados de la carretera, pero ya no sabía si eso podría ser peor. Cualquier opción parecía la equivocada. Ni la presencia de testigos podría salvarlos. Esos tipos no eran unos cualesquiera. No se tentarían el corazón para acribillarlos delante de toda la gente.  

Con lágrimas en los ojos, volteaba a ver a su hermana desesperado, pero la chica, antes tan segura de sí misma, ahora se comportaba como una niña asustada congelada por el susto. Rocco volteaba hacia atrás y veía a sus perseguidores cada vez más cerca. Pancho, desde la Hummer, comenzó la práctica de tiro. Falló dos o tres veces, pero fue suficiente para aterrorizar a los chicos. Todos daban por perdida la misión. Se hicieron a la idea de que morirían en medio de la nada. Sin que sus padres estuvieran al tanto. Ni siquiera sabían en qué estado se encontraban. Lo único que pedían era recibir una muerte rápida; por sus mentes también pasaba la idea de ser secuestrados por los criminales para hacerles pagar la humillación de formas innombrables.    

El fatal destino pareció hacer su entrada cuando la vieja Caribe, compañera de tantas batallas, gloriosa en días olvidados, no pudo aguantarle el paso a la impresionante marcha de los vehículos blindados. Falló en el momento en que más se le necesitaba. Escupía humo del motor como señal de agonía. Videl no quería aceptarlo, daba manotazos desesperados en el volante. Geraldine lo animaba a seguir. Rocco estaba en shock. No reaccionaba ni para bien ni para mal. Usurpador no tenía nada que aportar a la crítica situación. Era consciente de que el ser humano, por muchas mañas que se sepa, no puede competir contra las armas de fuego.    

La Caribe no pudo más y se detuvo a orillas de la carretera. Los criminales se acercaban acribillando nubes para hacerse sentir. Los muchachos bajaron desesperados para intentar huir por las llanuras. Usurpador los siguió caminando. Fue el primero en ser capturado sin oponer resistencia. Lo derribaron y golpearon entre todos. Cuando experimentó el dolor por primera vez, se maravilló de la capacidad del ser humano para resistir aquel suplicio tan extremo.

El trío corría disperso, tropezaba con la maleza o con las piedras, se levantaba inútilmente solo para volver a tropezar. Los chicos tenían las rodillas y las palmas escurriendo sangre. Deseaban que esa fuera la única gota que derramaran esa tarde, pero lucía imposible con los cazadores al acecho.   

Capturaron a todos. El grupo que un día antes la estaba pasando tan bien en una casa lujosa, había transitado por una serie de infortunios inverosímiles. Ahora estaban los cuatro acostados boca abajo, con las muñecas cruzadas en la espalda. Usurpador en el costado derecho, a su izquierda Rocco, después Videl y al final Geraldine.  

Raúl fue el último en llegar. Zangoloteaba la metralleta felizmente. Se notaba cómodo, a gusto, muy en su lugar; como si viviera para disfrutar esos momentos. Llevaba la caja abierta en sus manos. Con los sellos violados. Se acercó a Geraldine. Con un rencor tremendo le vació el contenido sobre la cabeza.   

—¿Te sientes muy chingona, perra? ¿Vendiéndome camotes en cien mil pesos? ¡Camotes! —El resto de sus subordinados reía—. No tienes madre. Ya decía yo que esa pinche historia sonaba inventada. Creí que los puros eran falsos, pero nunca me esperé que fueran camotes. Todo lo que hiciste para que te creyera, cabrona. ¿De dónde sacaste tantas ideas? Me caías tan bien. De tu hermano me esperaba una insolencia, pero de ti no. No vuelvo a confiar en la sonrisa de una mujer. Ya me lo decía mi jefa: eres débil, Raúl. Un ojo alegre como tú va a sufrir mucho en esta vida. Y mira que tenía razón la señora. ¿Tengo cara de pendejo, Geraldine?, ¿eh?, ¿soy tu pendejo?   

La jaló del cabello arrancándole un lamento. Rocco y Videl no soportaron escucharla sufrir. Intentaron reaccionar, pero los sometieron. Rocco se sacudió nuevamente y Justino le golpeó duramente la cabeza con su AK-47 hasta hacerlo desmayar. Pancho puso los pies sobre la espalda de Videl provocándole un dolor inmenso en la columna. Alguien más golpeó a Usurpador, pero este ni se inmutó.

Raúl prometió ser bueno. Dijo que la broma a final de cuentas le hizo gracia, pero no podía dejar que la gente supiera que le habían visto la cara de esa forma. Sería benévolo con ellos. Un tiro en la cabeza y ya. Firmaría el fin de su amistad con sangre, como estaba acostumbrado a hacerlo.

Como pelotón de fusilamiento, los cinco apuntaron a los cuatro. Estaban esperando la orden de Raúl cuando un inmenso vapor parecía desvanecer a los objetivos. Todos lucían confundidos. Trataron de localizar la fuente del gas, pero pronto se volvió más denso. Algunos sentían que se ahogaban e intentaron alejarse de ahí, pero Raúl ordenó que no perdieran de vista a los muchachos. Pancho se desesperó y comenzó a soltar balazos. Raúl gritaba que se tranquilizaran, pero entre más huían más se hundían en el pantano de vapor.  

El jefe perdió a sus hombres de vista. Escuchó que uno de ellos gritó de dolor. Apuntó con su metralleta al frente. Después escuchó otro lamento. Adoptó una posición defensiva. Giraba en todas las direcciones. Se oyeron disparos y después otro grito de dolor. Ordenó disparar a discreción. Desconocía con cuántos hombres contaba. Los lamentos no cesaban e imaginó que ya tendría algunas bajas. Justino le habló. Le dijo que se retirara. Que no lo enfrentara, ¿pero a quién se refería? ¿A quién no había que enfrentar? No quería ser un cobarde, pero se le agotaban las ideas. Se oyó otro alarido más, había sido Justino. Probablemente era el único de pie. Un penetrante olor a vinagre le raspaba la garganta. El cazador abandonó su título.  

No le quedó otra más que huir. Ahora él era el que tropezaba. Tropezaba incontables veces. No podía ver ni al suelo por la niebla. Perdió su arma en una de sus caídas. Se desplazó a gatas. El hombre antes poderoso ahora estaba de rodillas ante una amenaza invisible, suplicando por su vida a la Santa Muerte. Irónico. Se estaba limpiando los mocos cuando vio unos pies delante suyo. Imaginó que era uno de sus hombres. Se arrojó a esos pies implorando ayuda. Sintió una mano en su cabeza. La tomó para ponerse de pie, pero notó que era roja. Algo no estaba bien. Miró a la persona que estaba frente a él. Apenas si podía verle el rostro. Alcanzó a notar que tenía la piel roja con unas curvas color negro trazadas en la cara y unos cuernos pequeños. ¿Sería un disfraz? Vestía todo de negro, con una capucha, guantes, botas y unas fajas sobre la cintura. Parecía un demonio vestido de samurái. Creyó haberlo visto en una película o algo así. Supo que no llegó para ayudarlo. Al jefe no le costaba trabajo entender cuando la muerte decide desnudar a un hombre. Era algo que había visto un sinfín de veces. Agachó la cabeza para venerar a su destino.

A lo lejos, pudo vislumbrarse a través de la cortina de vapor cómo el cuerpo de Raúl se partió en dos. Se escuchó un zumbido y dos barras neón rojas se contrajeron hasta desaparecer en medio de aquel mar de bruma.

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