CAPÍTULO 11: EL USURPADOR
Tomó un Gansito del mostrador,
hizo una pausa, luego tomó dos. Cinco Cocas. Unas Emperador de chocolate. Hot Nuts.
Chips moradas. Tres Suerox. Dos cajas de Aspirinas. Sal de Uvas. Una cajetilla
de Lucky Strike. Se formó. Pagó con tarjeta. Enter. Se abrió la caja
registradora. Vio imprimirse su ticket. Pidió una bolsa de plástico.
“¡Gracias! Que tenga buen día”. Empujó donde decía “jale”. Tiró su ticket
en la basura. Caminó hacia el auto. Se preguntó por qué estaba haciendo eso. Se
estaba pasando de bueno. ¿Por qué no se iba a su casa? ¿Escapar de la policía?
¿Ser el chofer de unos tipos a los que apenas conocía? ¿Confiar en las palabras
de un tipo con pinta de delincuente? Y aparte de todo, ¿ser su mandadero? Tenía
la suficiente empatía como para ayudar a un viejo amigo, pero estaba llegando a
su límite. Había cosas por las que no valía la pena arriesgarse.
El carro estaba estacionado
unas calles atrás, donde no pudieran verlo tan fácilmente. Al llegar repartió
los productos a cada uno. Encima de todo le recriminaron la tardanza. No podían
durar mucho tiempo en un solo lugar. Argumentó que había mucha gente en el Oxxo.
Se le agotó la paciencia. Decidió que era el momento de recibir respuestas.
Miró su celular. Veinte llamadas perdidas. ¿Por qué? ¿Por qué no podía
comunicarse ni siquiera con su familia? Vio que el maestro Leandro no había
respondido sus mensajes ni sus llamadas. Miró por el retrovisor a los dos
idiotas con la mirada perdida recargados entre sí. Geraldine miraba hacia la
ventana impaciente porque el carro arrancara. Al tipo raro que permanecía
inmóvil en el asiento del copiloto ni lo volteaba a ver, no quería más
sorpresas desagradables. Qué confuso era todo.
—Entiendo
que estás pensando en escapar de la situación, pero no podemos abandonarlos
hasta que se recuperen.
—¿Por
qué hablas como si entendieras la situación? ¿Por qué me hablas?
Era sumamente perturbador que
alguien con un aspecto de “paria” se expresara tan formal y robóticamente. El
copiloto no gesticulaba para nada, por el contrario, parecía que la cara le iba
a reventar de la tensión. Por eso, El Conectes ni siquiera lo volteaba a ver.
—Los
códigos morales bajo los que se rigen ustedes impiden que podamos resolver este
conflicto satisfactoriamente.
—¿“Ustedes”?
El incómodo momento fue
interrumpido por la esperada llamada del maestro Leandro. El Conectes le
explicó la situación. El maestro le aconsejó que lo primero era hacerles saber
a sus familias de algún modo que todos estaban bien. Hablar con la policía era
opcional. No habían cometido ningún delito, pero siempre es difícil confiar en
las autoridades, sobre todo en momentos de caos. Dijo que no era conveniente
que lo visitaran por ahora, lo mejor era mantener contacto telefónico. El
Conectes colgó la llamada un poco más tranquilo, pero antes de que les
transmitiera las recomendaciones del maestro a todos, Rocco le arrebató las
palabras.
—Tenemos
que ver a tu maestro ahora para que me ayude.
—Rocco,
al fin “regresaste”. Mira, no hay ninguna prisa…
—Sigues
sin entender, ¿verdad? ¿Qué fue lo que viste anoche? No lo sabes, pero igual lo
padeciste. Bueno, pues yo sí sé algo. Todo eso fue por mi culpa. Estoy seguro de
que el tipo de aquí adelante me puede ayudar a entenderlo, al igual que los
conocimientos de tu maestro. Pero mientras tanto corremos el riesgo de que
vuelva a ocurrir. En tanto exista la posibilidad de que yo me quede dormido o
me desmaye, la vida de las personas que están a mi alrededor corre peligro.
—A
ver, bro… Amigo. Por eso mismo debemos pedir ayuda más profesional. Si
esto es tu culpa, como dices, lo mejor es que te revisen otros especialistas.
Yo no entiendo cómo es que provocas esas ilusiones, pero debe haber alguien que
nos las explique y alguien que te atienda oportunamente. Pero, ¿cómo vamos a
confiar en un güey al que ni conocemos para que nos responda algo que ni
entendemos? —Volteó a ver al copiloto—. Hay que acudir con nuestras familias.
Cualquier otra decisión que vaya en sentido contrario es dar palos de ciego.
—No.
Yo sí entiendo. Creí que estaba loco. Que estaba alucinando, pero lo de ayer
todos lo vimos, ¿verdad?
—Rocco,
por última vez, sí. Fui testigo de todo. Entiendo.
—No,
no entiendes. ¡Simplemente no entiendes! Eso que viste… —Rocco se encajaba las
yemas de los dedos en la cabeza y le temblaba la quijada—. Todo eso que pasó…
No puedo creerlo. —Lloraba atormentado—. ¡Lo que viste anoche fueron mis
pesadillas! En la vida real. Cobraron vida. No es la primera vez que me pasa,
pero sí es la primera vez que hay consecuencias graves. Este sujeto de aquí
enfrente lo sabe, me lo dijo mientras estabas en el Oxxo. Tú no sabes todo lo
que hay en mi cabeza, pero yo sí. Créeme que hay cosas peores que podrían salir
de ahí. —Geraldine y Videl continuaban “idos”, no hacían ningún aspaviento ante
el descontrol de su amigo.
—Respira,
bro… Perdón. Amigo.
—Necesito
ayuda urgentemente. No con la policía. No con doctores. ¡Necesito algo más!
Tengo miedo. No entiendo cómo tú no puedes tener miedo.
A El Conectes le costaba trabajo
aceptar lo que acababa de escuchar. Obedecía al primer instinto. Luego recordó
que todo comenzó cuando Rocco se desmayó, que el tipo raro se acercó a
observarlo como si supiera lo que iba a pasar. La sangre le empezó a calentar
la cabeza. El corazón bombeaba desquiciado. El miedo se vertió entre sus venas.
Ese amigo de Videl que conoció apenas un día antes lo asustaba, el paria
desconocido lo asustaba, El Eclipse Fantasma lo asustaba, los hombres con cara
de lechuza, las nubes viscosas, los relámpagos rosados también lo asustaban. El
pánico le quebró el razonamiento.
—¡Estás
enfermo! No sé qué está pasando, pero todo es por tu culpa. No pienso seguir
cerca de ti.
Salió disparado del auto e
intentó llamar a la policía. Rocco, que padecía el vicio del impulso violento,
salió furioso a perseguirlo. De un manotazo lo despojó del celular. Su uno
noventa contrastaba con el uno sesenta y ocho de El Conectes. Lo derribó solo
con su presencia. Ya en el suelo, tomó a su víctima de la camiseta. Comenzó a
golpearlo sin piedad. Desde el teléfono arrumbado en el suelo se escuchaba la
voz de una señorita que preguntaba cuál era la emergencia. El violento acto
disipó el shock de Geraldine. Picoteó con los dedos a su hermano para
que fueran a detener a su amigo. El hombre extraño observaba sin reaccionar. Los
hermanos intentaron sujetar al energúmeno, pero casi salieron golpeados en el
intento. El copiloto no tuvo otra opción que intervenir. Era de la misma
estatura y un poco más fornido que el joven actor. Lo tomó del cuello con un
movimiento mecanizado y salvó a El Conectes de ser masacrado. Entre los tres
subieron al muchacho impulsivo al auto y Videl salió por su excompañero, mas
este lo rechazó sumamente alterado. Tenía el rostro ensangrentado, aun así, se
puso de pie. Volvió a llamar a la policía. A Videl no le quedó de otra más que
huir con los demás. Rocco tomó el volante y antes de arrancar miró al calvo
desconocido que permanecía inmóvil afuera del auto.
—¿Vienes?
—Muy
interesante. Voy con ustedes.
Rocco había perdido toda la
civilidad que lo caracterizaba. Algo en su cabeza lo aturdía, pero entre toda
la bruma mental había una sola cosa en claro: tenía que vivir, vivir para hacer
la audición e ingresar a la compañía. Si no se quedaba lo volvería a intentar
el siguiente año, pero era preciso mantenerse con vida para eso, de lo
contrario no tendría cara para mirar a los ojos a Gino cuando se lo encontrara
en el cielo.
Unos kilómetros después le
cedió el volante a Videl recapacitando un poco sobre su estado mental. Sin
hablarlo directamente todos estuvieron implícitamente de acuerdo en que el
siguiente plan era dirigirse al puerto para encontrarse con el maestro de
Videl, Leandro, quien no tenía ni idea de lo que pasó después de que le colgó a
El Conectes. El maestro lucía como la opción más clara para devolverle a Rocco
el control sobre su mente. Cuando durmió en la casa de los hermanos León, Yeti
le habló sobre los sueños lúcidos como una posible cura. Ante una serie de
eventos PARAnormales, quizá la solución estaba en la PARApsicología. Pero antes
que todo, sabían que estaban siendo buscados y ese era el primer obstáculo a
vencer.
Se detuvieron una hora después
para elaborar un plan más racional. El frenesí del momento ya había pasado.
Requerían soluciones inteligentes. Yeti tomó la palabra.
—A
ver, locos, evidentemente nadie planeó esto, pero si nos seguimos dejando
llevar por la calentura de la cabeza vamos a acabar muy mal. —Miraba a Rocco
como un padre regañón—. Según entiendo, todos estamos de acuerdo en ir
inmediatamente a pedirle ayuda al profe Leandro, ¿verdad?
—Sí.
—Sí.
—Mi
opinión no es relevante.
—Ok.
Ya no puedo seguir fingiendo que no nos saca de pedo que estés aquí. Nos
salvaste el culo. Sé que tienes algo que decirnos. Pero antes de entrar en
materia. ¿Quién eres? ¿De dónde saliste? ¿Por qué te comportas tan extraño?
¿Vas a responder o dinos hasta cuándo te vas a seguir haciendo el misterioso?
Porque no tenemos mucho tiempo.
—Entiendo
que tienen la urgencia de esconderse. Entiendo que este ente colectivo llamado
“la policía” los está buscando y no les conviene ser atrapados por ellos.
También entiendo que tienen un vínculo importante con este otro ente colectivo
llamado “familia”. Que a pesar del afecto que sienten hacia ellos, la gravedad
de la situación los obliga a no revelar su ubicación. Si analizamos los
patrones del comportamiento humano podemos suponer, con alto grado de
probabilidad, que el hombre que dejamos atrás tal vez ya haya revelado la dirección
que tomaron ustedes, por lo que si hay una forma de detectar el carro,
vehículo, auto… El idioma español tiene bastantes acepciones para este objeto.
¿Cuál será la ideal? Registré que ustedes utilizaron la palabra carro diez
veces, coche cuatro y “la Caribe” tres. Así que me decantaré por la primera. En
fin, lo que quiero decir es que deberíamos de cambiar de medio de transporte en
primer lugar.
Las bocas de todos se dejaban
caer como si tuvieran un pequeño yunque dentro. Sin embargo, el hombre extraño
tenía razón. Aunque Videl no estaba preparado para abandonar su Caribe que
tanto trabajo le había costado comprar, sabía que había vivido una experiencia
altamente peligrosa. Su vida, la de su hermana y la de su amigo de toda la vida
estaban en peligro. Se fue haciendo a la idea de que no tendría opción.
Para elaborar un plan con
mayor tranquilidad, decidieron ir a una cantina solitaria que encontraron a
unos kilómetros de la carretera. Además de eso, el hombre misterioso les
prometió decirles todo lo que sabía, aunque por su forma de hablar todos
esperaban pasar un rato muy largo ahí dentro.
Entraron a lo que parecía ser una
cabaña de madera abandonada por fuera, pero que se sentía viva por dentro. Aunque
no estaba a reventar, sí había mucha más gente de la que esperaban. Unos
troncos largos fungían como columnas para sostener el techo. El lugar estaba
lleno de humo, no solo por los fumadores, sino también por un enorme comal de
barro en el que calentaban las tortillas hechas a mano. Se sentía cálido a
pesar de que afuera hacía un frío insoportable. El menú del ruido ambiente
incluía música de rocola, fichas de dominó chocando entre sí, botellas chocando
entre sí, borrachos chocando entre sí, escupitajos en el aserrín del suelo,
mazos de cartas rebotando en las mesas, cubiertos rechinando en platos y, por
supuesto, groserías al por mayor.
Tomaron asiento en una pequeña
mesa metálica que tenía el logo de Corona en el centro. Para la señorita la
silla de aluminio, para los caballeros los troncos pesados. En una mochila
llevaban todos los víveres que El Conectes les compró en el Oxxo. Además,
bajaron identificaciones, dinero y una caja de puros que solo Geraldine parecía
saber para qué era. La idea era cargar con todo lo importante en caso de que
tuvieran que huir de la policía o de algún peligro salido de la cabeza de
Rocco.
Cada uno pidió una cerveza,
incluso el desconocido que hizo gala de su excesiva formalidad que no iba
acorde con el ambiente. No tenían ganas de tomar, sobre todo por la resaca,
pero tenían que consumir algo para permanecer ahí un rato. Finalmente, como el
nuevo integrante no parecía saber leer los silencios, Yeti se dispuso a sacarle
las palabras.
—Vuelvo
a lo mismo: no voy a hablar del plan si no sé quién es este güey. Es tu momento
para explayarte, compadre.
—Claro.
Puedo comprender la situación. ¿Cómo empezar? Bien. Por lo que he aprendido los
humanos no están preparados para reaccionar a eventualidades que estén fuera de
su realidad.
—Los…
¿Humanos?
—Así
es. Su conciencia, a la que llaman “cerebro” en la lengua castellana, ¿o
debería decir español? Aún no me queda clara la diferencia. Estoy
acostumbrándome a todo. Lo hago lo más rápido posible. Como sea. Hablando de su
lengua, el concepto de “economía del lenguaje” es fundamental para una
comunicación fluida. Me disculpo por los “rodeos”. Trataré de hacerme entender
mejor usando menos palabras.
—Pu’s
ya hazlo.
—Sí.
“Al grano”. Yo no soy humano.
—¡A
huevo! Lo sabía. Eres un marciano.
—Tampoco.
No existe un término exacto en el español para definir lo que soy. La palabra
que me parece más apropiada para definirme es “asimilador”. Soy, pues, un
asimilador.
—Qué
bonito. Nos vas a explicar qué es eso, yo me supongo.
—Trataré.
Soy una entidad incorpórea. Fui creado… ¿Les parece que me refiera a mí mismo
como un ente masculino?
—Sí,
porque tienes… Bueno. Ya. Olvídalo. Sí puedes.
—Les
agradezco. Para empezar, yo vengo de otra dimensión. Desconozco si ustedes
saben que existen infinidades de dimensiones. Bien, pues yo vengo de una que no
es esta. Fui creado con el único propósito de asimilar conciencias. Algo así
como sus cerebros. Yo me introduzco en todo tipo de conciencias, asimilo cada
uno de sus conocimientos, conforme lo voy haciendo una entidad distinta recibe
toda esa información y la procesa con fines que desconozco.
—¡Órale!
Es como un asimilador madre.
—Si te
parece conveniente definirlo así, diré que sí. Yo estoy a su servicio. Solo
puedo absorber una conciencia. Al terminar con mi tarea me extingo o, mejor
dicho, muero.
—¡Ay!
¡No! Pobrecito.
—Yo no
tengo la capacidad de compadecerme por nada. Comprendo cada uno de los
sentimientos, pensamientos, funciones, etc., de la conciencia que asimilo, pero
en ningún momento soy capaz de reproducir ninguna de sus tareas fuera de ella. Para
nosotros no es importante el concepto del tiempo, pero como para ustedes sí,
les comunicaré que llegué aquí el día del cruce dimensional o, como ustedes lo
llamaron, “El Eclipse Fantasma”.
—No… Ma…
Mes.
—Lamento
que les sea difícil recibir toda esta información de golpe, pero “el tiempo
apremia”. Este tipo de eventos son muy comunes en mi dimensión, pero los
humanos no están acostumbrados a ellos. Según la información que adquirí al
“nacer”, es probable que en su dimensión haya sucedido antes, sin embargo, no
tengo la información completa. Como sea. Yo tenía poco tiempo de existencia,
estaba a punto de ser asignado a una conciencia cuando ocurrió el cruce.
Sucedió justo en las coordenadas donde yo me ubicaba. Para ustedes el punto de
cruce fue la zona sur-centro de su país, más específicamente, en la colonia de
Rocco. La oscuridad que vieron no era otra cosa que un vistazo a mi dimensión.
De donde yo vengo no existe la luz, tampoco los colores, los sonidos, las
texturas. El único sentido que tenemos es el olfato, así podemos percibir a
otras entidades que están cerca de nosotros. Cuando crucé a su dimensión
involuntariamente asimilé la conciencia que tenía más cerca de mí, la que
encapsula este cuerpo que están viendo.
—O sea
que eres algo así como un huésped.
—Me
parece que un huésped es alguien que se aloja en un inmueble con el permiso del
propietario. No creo que sea la analogía correcta porque nosotros no pedimos
permiso para entrar en las conciencias. Sería, más bien, un usurpador.
—Qué
malo.
—Es
complicado hablar con ustedes porque se rigen bajo códigos morales o maniqueos.
Nosotros no poseemos esa información.
—Bueno,
como bien lo dijiste, para nosotros ese tipo de cosas están mal. No deberías de
andar hurgando en la mente de este güero pelón. No sabemos qué onda con él. A
lo mejor tiene familia y lo están buscando. Además, la libertad es muy
importante para nosotros. Nadie debería de apropiarse de tu cuerpo y tu mente y
andar por ahí tomando en cantinas con desconocidos.
—Es
que no han terminado de entender. Como les dije hace un momento, solo podemos
asimilar una conciencia a la vez y al terminar esa misión nos extinguimos. La
cuestión es que una vez que nos adentramos en la conciencia es imposible salir
de ella, aunque tuviera la voluntad de hacerlo. Cuando termine el proceso este
hombre morirá.
—¡Jijo,
mano! Y lo dices como si nada. No mentías con eso de tu marcada insensibilidad.
—Si es
de suma importancia para ustedes devolverle la libertad a este hombre, podríamos
buscar una solución más adelante.
—Sí lo
es. Por favor hazlo. Pero a ver, ¿cuánto tiempo tienes de vida?
—Depende
de la conciencia que estemos asimilando. Los cerebros humanos poseen muy poca
información. Calculo que no tardará mucho.
—Dinos
un aproximado.
—Podrían
ser diez años.
—¿Eso
es poco para ti? Son relentos los usurpadores. Por cierto, ¿cómo te llamaremos?
¿Asimilador? ¿Asi? ¿Usurpador? Ese suena más chido.
—Asimilador
suena como a electrodoméstico.
—A mí
me suena como a exterminador. Pero mejor Usurpador, suena más badass.
Rocco no tenía paciencia para
la ligereza con la que los hermanos León se estaban tomando la conversación.
Además, la abundante cantidad de información relevante lo estaba abrumando. Su
carácter tendía a ser irritable. Cuando no pudo más, dio un manotazo en la mesa
que sobresaltó a todos.
—Perdonen
mi impaciencia. Te agradezco todo lo que nos has dicho, pero por favor no te
distraigas. Necesito saber cómo es que mis pesadillas se están saliendo de mi
cabeza. Me cuesta trabajo, pero estoy siguiendo el hilo. Lo más probable es que
yo también tenga un “asimilador” en mi cabeza, ¿verdad?
—Sí.
Es correcto. —Rocco no se tomó nada bien la noticia. Sentía que se le venía el
mundo encima. Para empezar, estaba condenado a compartir su conciencia con una
entidad interdimensional para siempre, le quedaban aproximadamente diez años de
vida y encima de todo sus sueños se hacían realidad, aunque no para su bien. Lo
único que le quedaba era esperar a que Usurpador le diera la más mínima
esperanza de salvarse. Afortunadamente su exterior no reaccionó a la implosión
que barrió con todo en su interior, si no la tensión habría aumentado hostilmente—.
La cuestión es que a ti te penetró un asimilador distinto a mí. Disculpa, algo
me dice que no debí usar la palabra “penetró”. —Pero el doble sentido no era lo
único que captó la atención de Rocco, sino también la palabra “distinto”, que
despertó esperanzas involuntarias en su corazón.
—Me
puedes explicar en qué consiste este tipo de asimilador, por favor.
—Claro.
El tuyo funciona más como una herramienta para nosotros. Les comenté que el
único sentido que poseemos es el olfato. Existen conciencias que contienen
múltiples sentidos que nosotros no podemos percibir. El tipo de asimilador que
entró en tu cabeza tiene la función de, por así decirlo, materializar todo lo que
hay dentro de la conciencia para que la entidad contenedora de conocimientos, o
el ‘asimilador madre’, como lo llamó Videl, abstraiga lo que escapa de nuestra
percepción. Este ‘asimilador herramienta’ adapta todo a nuestro único sentido
que tenemos, que es el olfato; es decir, que convierte todo a olores para que
podamos entenderlo. Es como un traductor. En esta dimensión, los humanos y
otros seres poseen varios sentidos además del olfato, es por eso que el ‘usurpador’
que tienes dentro puede convertir lo que sea que tú pienses en algo que los
demás puedan ver, tocar, oír, oler y probar.
—No…
Ma…Mes.
—Pásate
de ver…
—Ya
entiendo. Ahora entiendo todo.
—El
problema es que nosotros no fuimos creados para trabajar con conciencias que
tienen voluntad propia. Una vez que iniciamos nuestra labor nada nos
interrumpe. En este caso, los humanos si tienen control sobre sus conciencias. Cuando
tú estás despierto, manipulas tus pensamientos, pero cuando duermes o estás
desmayado, tu subconsciente cumple con esa tarea. Esta es la razón por la cual
el usurpador materializó, como me comentas, un par de sueños mientras tú
dormías. Digamos que hay una pugna entre tú y el asimilador que te usurpó. Eso
no quiere decir que cada que duermas es cien por ciento seguro que los
pensamientos que hay en tu subconsciente se materialicen. Digamos que es
impredecible, por eso su urgencia de encontrar una solución. En mi mundo esto
no sería un problema, pero veo que aquí sí lo es. Me parece interesante todo lo
que estoy aprendiendo de ustedes, por eso es que los estoy ayudando. De lo
contrario los ignoraría. De cualquier forma, yo no he dejado de hacer mi
trabajo.
—Pero
no entiendo por dónde salen esos sueños. ¿Simplemente aparecen fuera de mi
cabeza y ya?
—No.
Salen por tu nariz, como una especie de vapor. El asimilador los percibe por
medio de su olfato, después conecta con tu propio olfato y cuando este
encuentra una vía de escape, es decir, por tu nariz, salen en forma de vapor y
luego se materializan para que las conciencias externas a ti los perciban a través
de sus sentidos.
—Oye,
¿y por qué tú sí dominas por completo al tatuado del que te apropiaste? ¿Por
qué no está en una pugna interna así como Rocco?
—Porque
yo sí tengo la capacidad de controlar la conciencia por completo.
—¡Ah!
Pues sí, ¿verdad?
—No
nos has dicho cómo nos encontraste.
—Bien.
Yo usurpé la mente de un vecino de Rocco.
—¿Conocías
a este tipo, Roqui?
—Nunca
lo había visto.
—Cuando
me introduje en esta conciencia detecté a otro usurpador cerca de aquí por
medio del olor.
—¿Un
olor a vinagre?
—Déjame
corroborar esa información… Sí. Es parecido. Lo seguí, pero me costó un poco de
trabajo controlar el sistema psicomotriz de este individuo.
—Todavía
te falta práctica.
—Cuando
pude dominar la locomoción lo busqué, pero ya se había introducido en tu mente.
Te encontré tirado en la calle. De hecho, me pareció percibir a un asimilador
más por ahí cerca, pero después ya no lo olí. En fin. Creo que no es relevante
por ahora.
—“Por
ahora”.
—Me
acerqué para observarte, pero llegaron dos mujeres y detecté un ambiente hostil.
Me fui a la casa de esta persona. Vive sola, así que no tuve ningún problema.
Dos días después volví a percibir el olor. Te estuve observando por una semana
sin que te dieras cuenta. Vigilé a tu familia. Una vez seguí a tu papá en la
calle y comentó que viajarías a un pueblo llamado San Bartolomé el siguiente
viernes. No quería perderte de vista. Tomé el dinero de esta persona y compré
un boleto en el mismo autobús que tú.
—¿Nunca
notaste a este monigote?
—No.
—Qué
despistado eres.
—Cuando
llegué a San Bartolomé fue más difícil seguirlos. Vi que usaban vehículos para
transportarse. Afortunadamente este hombre tenía la increíble habilidad de
abrir autos sin necesidad de una llave. Me pareció sumamente interesante. Abrí
un carro que estaba estacionado afuera de un restaurante de comida rápida,
cerca de “la Caribe” de Videl. Según la información del usurpado, el vehículo era
un Mustang coupé deportivo color rojo rubí. Desde entonces los he seguido desplazándome
en él.
—Te
tardaste en aprender a caminar, pero las mañas las captaste bien rápido. Te
queda bien lo de usurpador.
—Conforme
pasa el tiempo asimilo los conocimientos con mayor rapidez.
—Ya
nos colgamos mucho con esta plática. De verdad, nos has dado información muy
oportuna, pero solo quiero saber una cosa: ¿hay forma de que me saque esta
madre de la cabeza?
—He
estado pensando en eso. Quizá sea imposible expulsar al asimilador, pero
podrías controlarlo, si el cerebro humano es capaz de ser consciente durante
sus sueños reduciríamos el riesgo. Suena complicado. Al parecer este sujeto no
tiene esa capacidad. Tampoco hallo información en sus registros de memoria
sobre alguna técnica para lograrlo.
—Los
sueños lúcidos. —Rocco miraba a Videl mientras lo decía.
—Estaba
pensando lo mismo —le respondió su confidente.
—Bueno,
está decidido. Tenemos que ir al puerto a visitar la casa del maestro.
—No
hemos solucionado lo del coche.
Aunque Usurpador tenía la
capacidad para abrir autos, quisieron contemplar primero la opción de comprar o
rentar uno para evitar meterse en más problemas y atraer a la policía. Cual
universitarios precarios, los ahorros de los tres no llegaban ni a los dos mil
pesos. Usurpador no había sustraído suficiente dinero de la cartera del hombre
calvo, tampoco contaba con una tarjeta de crédito. No podían llamar a sus
familiares por el momento y ninguno de ellos contaba con muchos amigos que
pudieran asistirlos. Encima de todo, las baterías de sus teléfonos estaban
cerca de agotarse y no llevaban cargadores. Necesitaban dinero para cualquier eventualidad,
no solo para un auto. Rocco estaba a punto de decantarse por las habilidades criminales
de Usurpador, pero Geraldine tenía un as bajo la manga. Con una carcajada
diabólica, como de aquella persona que tiene total dominio sobre la situación, la
astuta chica acariciaba lentamente la caja de puros que reposaba sobre sus
piernas.
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