CAPÍTULO 8: UN RESPIRO

 

—¡Parapsicología! ¿Para eso me hiciste venir hasta acá?

—Pues si no te gusta regrésate, animal.

—Me dijiste que sabías de Psicología.

—Y no te mentí, viejo.

—Parapsicología no es lo mismo que Psicología.

—Realmente no hay mucha diferencia.

—¡Una es una pseudociencia!

—La ciencia no tiene todo el conocimiento del mundo. No seas tan ingenuo. Además, no sabes nada de ninguna de las dos. No puedes afirmar que no te sirve algo que no conoces.

—Qué flojera con ustedes. No pueden ponerse de acuerdo porque no saben ponerle límites a su ego. Amárrenlo tantito. Siento que me va a morder.

—Te doy una oportunidad y me sales con esto.

—¿Quién te dijo que estaba esperando una oportunidad tuya? No entiendes la situación. Bájate de tu nube, mamoncito. Ya me estoy cansando de tus lloriqueos. Te encanta hacerte el mustio. Te gusta mantener esa imagen de niño honesto y disciplinado, pero también tienes mucha mierda debajo de la alfombra. No eres un angelito, eres un miserable que vende a su amigo de toda la vida para quedar bien con un pinche gerente. Te quise ayudar porque he estado cambiando mi forma de ver las cosas. Ya no quiero vivir con rencores, pero hay gente con la que namás no se puede.

—Qué emotivo discurso. No puedo contener las lágrimas. Videl sabe hablarle al corazón.

—¿No tienes más gente a quien chingar, Geraldine?

—Sí, pero hace mucho que no los jodía a los dos juntos y por lo que veo ya no tendré otra oportunidad.

—Dices que no quieres vivir con rencores y me sigues reclamando la misma estupidez. Tú te amolaste solo. Hazte responsable de tus idioteces. Tengo mis propias convicciones y no las voy a cambiar por complacer a un huevón que no quiere dejar de ser un niño.

Videl se indignó tanto que le vinieron a la cabeza un millar de respuestas, pero no tuvo tiempo de coordinarse para elegir una. Rocco salió muy molesto de la habitación. Había pasado la noche en la recámara de Yeti esforzándose por no aceptar que el viaje a San Bartolomé había sido un error. No encontró nada que lo convenciera de lo contrario. Lo primero que hizo al despertarse fue discutir con Videl. Su desesperación lo llevó a mensajearse con el Dr. Adrián, quien se mostró excesivamente amable. Lamentablemente no podía atenderlo sino hasta la próxima semana, cosa que mortificó a Rocco ya que sentía que sus malestares podrían manifestarse en cualquier momento. La frustración se sentía como una gravedad aumentada aplastándolo contra el piso. Un respiro era lo único que necesitaba en ese momento.

Se sentó en la taza de baño para ordenar sus ideas. La cabeza le dolía como si tuviera migraña. Pensaba que estaba somatizando todo. Volver a casa parecía inminente pero su salud probablemente no le permitiría ni siquiera llegar a la central. Debía pensar en un plan de escape al mismo tiempo que luchaba con la falta de voluntad de su cuerpo.

Al salir del baño volvió al cuarto con una apariencia fatal. Geraldine no fue indiferente a ello y se llevó a su hermano para platicar con él en la cocina.

—Está hecho mierda.

—No es mi culpa.

—Mira, Don Orgullo, sé que lo estimas, no nos hagamos pendejos. Él también te estima, por eso vino hasta acá, por eso tú lo recogiste. Ambos son unos idiotas, pero uno de los dos necesita ayuda. Ni siquiera hemos escuchado su problema. Lo menos que podemos hacer es dejar que se desahogue. Si lo podemos ayudar o si él lo permite es algo en lo que podemos pensar después. Pero lo prioritario es que ese sujeto vomite todo lo que trae adentro.

—¿Otra vez?

—No captas las metáforas, ¿verdad?

—No creo que tenga ganas de hablar.

—¿Ya le preguntaste?

—Lo conozco.

—¿Cuándo han hablado ustedes dos de las cosas que realmente les afectan? Yo siempre los he visto muy ocupados hablando de viejas, de carros, de caricaturas, de Star Wars y de cómo uno siempre es mejor que el otro. ¿Eso es conocerlo?

—No somos muy expresivos, pero entendemos cuando uno está tragando mierda hasta atragantarse. Solo que siempre hemos respetado la línea de lo personal. Intentamos no transgredir lo que no nos concierne.

—Ah, entonces sí sabes de metáforas. Bueno, para empezar nadie tiene por qué ‘tragar mierda’, ¿me entiendes? La mierda se va a las cañerías. Sé un buen amigo y ‘condúcelo al baño’ para que ponga las cosas en su lugar.

—No mames, pero si acaba de salir del baño.

—Esto es demasiado para ti. Olvídalo. Déjalo que agarre aire. Vamos a hacer el desayuno y ahorita que baje hablamos con él. Ándale.

—Ándale, pues.

Los hermanos hicieron equipo para preparar un omelette. Mientras, Rocco guardaba todo en su maleta tragándose sus gimoteos para que nadie lo escuchara llorar. En realidad solo había desempacado sus artículos de limpieza personal, pero los ojos vidriosos tardan en reponerse, así que esperó veinte minutos para bajar con la intención de irse sin decir adiós.

Cuando descendía por las escaleras sintió que era el centro de atención. Experimentó el mismo nerviosismo de una quinceañera bajando los peldaños para ser recibida por los chambelanes. El bochorno lo agobiaba. Los ‘chambelanes’ de Rocco disimulaban muy bien. Sus caras de ‘inocentes palomitas’ difícilmente ocultaban el hecho de que habían planeado cada paso del ‘vals’ con el que tratarían de convencerlo de quedarse. No tuvo tiempo de elaborar una maniobra de escape. Su paso apresurado no lo ayudó a llegar a la puerta a tiempo.

—No te puedes ir sin desayunar. Es la regla de esta casa. Todos la cumplimos, hasta el zoquete del Yeti.

—Gracias, de verdad, pero voy a comprar algo en el camino.

—Viejo, de veras tienes que sentarte a desayunar.

Sin importar el contexto, a Rocco siempre le había costado trabajo decir que no directamente, por lo que inventar otra excusa para rechazar el desayuno fue demasiado para él.

—Videl, Geraldine, de verdad les agradezco, pero…

—No es por el desayuno, ¿ok? ¿Entiendes que no puedes ocultar que te ves de la chingada? Tu expresión no pide, grita ayuda. No te vamos a dejar ir. No vas a llegar ni a la esquina con ese malestar. Siéntate, habla con nosotros y vemos qué podemos hacer por ti mientras fingimos que el omelette del Patotas no está salado.  

—Sé que eres muy persuasiva, Gera. —Se detuvo para exhalar una bocanada profunda—. De veras me lo están poniendo difícil. Me cuesta trabajo decir que no, pero hoy voy a tener que hacer el esfuerzo. No puedo…

—Discúlpame.

—… ¿Qué?

—Que me perdones, pinche sordo.

—¡Videl!

—Perdón. —Carraspeó—. Mi disculpa es en serio, Rocco. Es neta lo que dije de los rencores. No lo he podido superar, pero sí me dispuse a lograrlo algún día. Es una de las cosas que quiero hacer desde que me metí a estudiar Parapsicología. No sabemos si eso puede ayudarte. Lo vas a descubrir tú si la tomas como apoyo. Nosotros al menos queremos escucharte. A lo mejor sí podemos hacer algo por ti y si no, buscaremos a alguien que sí pueda. Lo único que yo sé es que la ayuda de la gente a la que le importas nunca está de más.

La irreconocible manera de expresarse de Videl dejó absortos a Rocco y Geraldine. Tenían los ojos saltones por la sorpresa. A Rocco le irritó no poder contrarrestar esa sinceridad. ¿Cómo debilitas a un hombre que habla con el corazón? Llega un momento en el que se vuelve inasible.

Con las manos en la cintura, inflando los cachetes y viendo hacia el techo, aceptó quedarse a desayunar. No tenía la energía suficiente para sacarse a los hermanos León de encima. Estaba en desventaja numérica ahora que Yeti tomaba también el rol persuasivo.

Desayunó tranquilo y callado. Antes de comenzar a contarles sus problemas, le pidió a Geraldine que le contara la historia del dibujo del gato.

—Te quedaste a dormir una noche en casa de mi papá. Estabas hablando dormido y luego te despertaste llorando. Nos sacaste mucho de pedo. Nos dijiste que habías tenido una pesadilla, que diario soñabas feo. En la mañana nos platicaste que soñabas con un toro-león gigante que te perseguía, que implorabas ayuda, pero nadie te socorría. De hecho, te despertaste gritando “¡ayuda!”. Así que decidí dibujarte un amigo que te pudiera salvar cuando las bestias híbridas te atormentaran en sueños. Me dijiste que tu animal favorito era el gato, así que solo le añadí una capa de color púrpura porque es mi color favorito.

—¿Recuerdas su apariencia?

—Pues era un gato… Con una capa. ¿Qué más te puedo decir? ¿Tú no lo recuerdas?

—Necesito saber qué otros detalles tenía.

—A ver, pues… Eh… ¡Ya recuerdo! Era negro. ¡Ah! Y también tenía los ojos púrpuras, muy brillantes, para que se viera más imponente.

—Te quedó chingón ese dibujo, Gera.

—¿Verdad que sí?

—¿Tenía algún nombre?

—¡Claro! ¡Sí!: Prr Prr Cat.  

—Ridícula. Pinche nombre ridículo.

—¡Pinche nombre genial! Mmm… A ti te gustó mucho. Cada que ibas a la casa te lo llevabas. Me dijiste que te defendía en tus pesadillas. Qué bonito. Hasta que un día te lo llevaste de viaje a no sé dónde y ahí se te perdió. Estabas inconsolable. Te iba a hacer otro, pero dijiste que te encariñaste tanto con él que me rechazaste.

—Gracias. Ahora que lo dices empiezo a recordar todo. Así como lo dibujaste lo veía en mis sueños. Bueno, de hecho aún sueño con él. Esperaba que mencionaras si tenía algún tipo de habilidades, pero creo que esas yo se las agregué en mi mente.

—Sí. Yo no le di poderes ni nada. Solo su capita.

—¿Qué poderes le agregaste tú?

—Pues, varían un poco dependiendo del sueño. Podía transformarse. A veces lo veía como un gato normal y a veces como un gato bípedo. Tenía fuerza sobrehumana, la capacidad de teletransportarse, de curar a otras personas. También recuerdo que de repente aparecía como un felino diferente, un tigre o un puma. Una vez lo vi transformado como en cinco felinos al mismo tiempo.

—¡Qué loco! Como el Megazord.

—No sé si es la analogía adecuada. El Megazord, por ejemplo…

—Ay, qué padre. Deberías escribir un cómic sobre él. Pero bueno, no se desvíen con sus ñoñadas. Rocco: ¿por qué preguntas por el dibujo? Desde ayer que lo mencionamos te pusiste medio rarito.

Rocco recordó que la razón de su pregunta tenía que ver con la aparición del personaje que lo confrontó antes de que se desmayara en la calle. Si era real lo que había visto, significaba que los problemas en su cabeza eran más graves de lo que pensaba. Aquella criatura era una invención de Geraldine de la que nadie más tenía conocimiento aparte de ellos tres. Era imposible que se tratara de una broma. O lo había alucinado o, en el peor de los casos, el monstruo existía. De cualquier forma, eso significaba para él que tenía serios problemas mentales y podrían alejarlo de la audición. No tenía más opción que confiar en sus dos viejos amigos. Decidió contarles todo. No se guardó ningún detalle. Los hermanos lo escucharon con las caras frías. No se burlaron en ningún momento de él, pero tampoco sabían exactamente cómo reaccionar. Mencionaron la posibilidad de que El Eclipse Fantasma tuviera algo que ver. De cualquier forma, hasta no tener evidencias de que Prr Prr Cat había saltado de la mente de Rocco a la realidad, consideraron la hipótesis de la alucinación.

Videl explicó que tanto la Parapsicología como la Psicología podían ayudarlo a entender el funcionamiento de los sueños. Que la Parapsicología intenta ir más allá de las causas fisiológicas y químicas que se manifiestan durante las fases del sueño. Si Rocco estaba dispuesto a escucharlas, él estaba dispuesto a consultar al maestro que le impartió los talleres de Parapsicología, el único problema era que el maestro vivía en el estado vecino, cerca de la costa, pero podían agendar una videollamada. Rocco estaba un poco escéptico con la Parapsicología, pero entendió que mientras su problema no tuviera solución en la medicina, podría probar otras vías para encontrar la sanación.

Hablaron durante horas. Primero en la mesa, luego en la sala, después en el cuarto de Videl. Rocco se fue calmando poco a poco. La remembranza de los viejos tiempos apaciguó su corazón. Su aspecto mejoró en todos los sentidos. Era bueno volver a charlar con gente que había dejado huella en su vida. Entre risas y cábulas la paz se hizo un hueco hasta envolver completamente a los chicos en un aura armoniosa.  

Al ver que su invitado se había repuesto satisfactoriamente, concordaron en que lo mejor era dejarlo descansar. Lo invitaron a una fiesta que tendría lugar en la capital del estado al día siguiente. Era bastante oportuno ya que uno de los compañeros de Videl en los talleres de Parapsicología también asistiría. Podrían matar dos pájaros de un tiro: divertirse como hace mucho no lo hacían sin dejar de lado el tema de la mente inquieta. Rocco aceptó con una sonrisa involuntaria. No se daba cuenta de que estaba sonriendo de más. Incluso los músculos de la cara le dolieron algunos segundos. ¿Hace cuánto que no se divertía tanto? La fiesta lo emocionó bastante.

Se fueron a la cama a una hora considerable ya que despertarían temprano. Rocco durmió nuevamente en el cuarto de Videl. Le prestaron un sleeping bag. Bromearon un poco antes de que los ronquidos de Yeti cimbraran la habitación.

A pesar del ruido, el cansancio dominó tanto a Rocco que terminó por vencerlo. Se adentró en sus sueños nuevamente. Desde el día del falso eclipse no había vuelto a soñar. Se sentía horrorizado de pensar que sus pesadillas podrían volverse reales. Pero al dormir uno le cede el mando al subconsciente y solo espera que este no sea tan cruel con sus narraciones.  

Ya en la dimensión onírica, se vio actuando en una obra donde él tenía el papel protagónico. El escenario era inmenso, del tamaño de un estadio. La gente había abarrotado el lugar, incluso había muchos de pie. Rocco daba lo mejor de sí, se estaba luciendo. Compartía escenario con el actor que tenía el papel del antagonista. Portaba una vieja máscara aterradora. Cuando reveló su verdadera identidad, reconoció que se trataba de su hermano Gino. Cumplieron cabalmente con sus interpretaciones y al final el público enloquecido se entregó a ellos en una ovación larguísima.

—Te dije que lo lograríamos, Gino.

—Carnal, esto es mérito tuyo. Gracias por tu perseverancia. Gracias por cumplir nuestro sueño. Esta es la recompensa que reciben los que no se rinden. ¡Ve a toda esa gente! Disfrútalo, carnal, disfrútalo.

Se abrazaron un instante y el telón se cerró a sus espaldas. La ovación no cesaba, pero tras bambalinas todo se quedó a oscuras. Rocco dejó de sentir a Gino y trató de buscarlo a ciegas. El bullicio era confuso, se escuchaban ovaciones, pero también gritos extraños; parecían lamentos. Una corriente helada le pasó por encima. La cantidad de gente que gritaba disminuyó considerablemente. Pronto solo se escuchaban lamentos aislados. La gente a su alrededor parecía asustada. Escuchaba que mencionaban que las luces se habían apagado repentinamente sin explicación. Para su fortuna una luz comenzó a brillar. Era un poste del alumbrado público. Estaba en la calle. Reconoció el lugar: eran las avenidas donde Jesús Ramón grabó el video sobre el extraño incidente. Rocco era un personaje más de la grabación. Pudo asimilar el miedo de todos aquellos que tuvieron esa terrible experiencia.

La escena cambió instantáneamente, como una diapositiva que rota en el sentido contrario de las manecillas del reloj. Ahora estaba en un campo desolado con un aura púrpura. El cielo era incognito como las profundidades del mar. Estaba iluminado por un sol mostaza de papel que parecía un dibujo infantil; giraba como si estuviera animado en stop motion. Divisó un grupo de nubes de consistencia viscosa, tenían un color verde fluorescente, parecía que estaban a punto de reventar. Los algodonados objetos estornudaron y cayeron relámpagos de un tono fucsia neón. Rocco tuvo que esquivar desesperadamente un par de ellos. Los rayos dejaron múltiples huecos sobre el campo. Como si tuvieran prisa, brotaron cientos de tulipanes de aquellos agujeros todavía humeantes. Al protagonista del sueño le pareció hermoso. Cortó un par de esas flores para deleitarse con su belleza. Estaba intentando palpar su suavidad cuando las nubes escupieron un grupo de semillas. Al caer fueron absorbidas por la tierra.  

Rocco estaba conmovido por ver aquella gama de hermosura de la que se estaba rodeando. Pasó de un mundo de tinieblas a un mundo de nobles cromáticas. Los ojos se le hicieron agua. Las fuentes oculares conectaron con las nubes atiborradas y las estimularon hasta exprimirlas. Las lágrimas de Rocco también caían del cielo. Besaron la tierra hasta abrirle surcos con su ternura. Las semillas enterradas absorbieron las gotas sensitivas. Como el maíz cuando el calor lo transforma en palomita, brotaron de la tierra majestuosas ceibas ante las que el conmovido muchacho se postró. Rendido ante sus imperiales copas, el chico agradeció estar teniendo una experiencia tan benévola. Hasta ese momento todo iba de maravilla para él, pero…

Las raíces de las ceibas escaparon de la tierra. Se movían por cuenta propia con una flexibilidad anormal. Al serpentear pusieron en alerta al soñador, quien se levantó de inmediato para tomar distancia. Pudo ver cómo los tentáculos de madera se apoyaron en la superficie para desenterrar todo el tronco dejando en su lugar un profundo agujero negro. Rocco miraba hacia las hojas del árbol que tenía enfrente cuando le pareció ver movimiento dentro de los hoyos. Tuvo un mal presentimiento. Con una ácida inquietud se obligó a averiguar el misterio. Observó que desde adentro de los pequeños cráteres alguien salpicaba tierra hacia el exterior. La piel se le erizó. Las cantidades de tierra expulsada eran abundantes. Al muchacho no le pareció buena idea aguardar a que la presencia desconocida se presentara y se dio la vuelta, pero sintió cómo una ráfaga de aire provocada por un formidable aleteo lo atravesaba. Tuvo que regresar la vista para conocer los alcances del peligro y, para su mala fortuna, este era altísimo.

Enclavado en una rama de la ceiba, un alucinante ser lo vigilaba. Tenía el aspecto de un humano. Estaba cubierto con un manto que parecía estar adherido a su propia piel. La criatura comenzó a emitir sonidos similares al canto de una lechuza. Se descubrió dejando ver su perturbadora apariencia. Tenía el cuerpo extremadamente delgado como si se encontrara en desnutrición. Al extender la capa dejó ver que efectivamente estaba adherida a su piel. Era una especie de pliegue que iba desde sus manos hasta sus pies, similar al de una ardilla voladora y, sin embargo, eso no era lo más aterrador. Tenía un rostro humano coronado con el disco facial de una lechuza. Llevaba pico en lugar de labios, ojos canica de un negro total, orejas humanas y la piel estaba cubierta de un escaso plumaje blanco. Era una combinación desequilibrada. Observó cómo las garras de reptil con las que se aferraba al tronco se desprendieron cuando el ser dio un enorme salto. Extendió el pliegue de su piel para planear rumbo a donde se encontraba Rocco. Cuando el chico emprendió la huida otra bestia idéntica surcó el cielo por encima de su cabeza. Al mirar hacia arriba se dio cuenta de que estaba rodeado por un conjunto de esos seres que volaban alrededor de él.   

Uno de ellos lo tomó por los hombros. Hizo todo lo posible por liberarse, pero las formidables garras que lo sostenían eran imbatibles. El monstruo lo arrojó sobre la copa de una ceiba. El pobre muchacho hizo lo posible para asirse de una rama. Mientras caía por el interior del árbol veía cómo los amenazantes híbridos sobrevolaban por los alrededores para capturarlo.

Cayó al suelo solo para verse arrinconado por unas bestias que luchaban entre sí para merecerlo. Sin piedad le asestaron violentos picotazos. Rocco maldecía a todo el inventario de dioses conocidos por pasar de un entrañable momento a una auténtica pesadilla. Parecía no haber escapatoria. Comenzó a implorar ayuda. Esperaba que la figura de su héroe nuevamente se hiciera presente para rescatarlo, pero esta vez sus gritos no tuvieron respuesta. Las bestias jadeaban acumulando sangre en sus bocas. Rocco se lanzó contra una de ellas, pero las demás no le daban ningún respiro. Entre el gorjeo, los gritos de angustia del muchacho comenzaron a sobresalir. Una de ellas le arrancó una pierna y gritó hasta hacer estallar sus cuerdas vocales. El gritó escapó de la dimensión onírica y su ‘yo’ tangible despertó con sus lamentos a los hermanos León. Ambos acudieron a despertarlo, aunque esta vez costó un poco de trabajo hacerlo. Por un momento parecía que sería preso de su propia pesadilla, pero una cachetada certera de Videl logró liberarlo de su flagelación.

—¡Ey! Viejo. ¿Me oyes?

—¿Eh? ¿Qué pasó?

—¿Estás bien? ¿Tuviste una pesadilla?

—¿Ah? Este. Sí. No. Perdón. Perdón.

—Relájate. Te sacamos de esta. ¿Pudiste ver al gato?

—No. Creo que no. Nadie me ayudó esta vez.

—Bueno. Solo fue una pesadilla.

—Sí. Solo eso.  

Rocco no estaba seguro de que era “solo eso” ya que percibió nuevamente el horrendo olor a vinagre y el ardor en los bronquios. Los mismos síntomas que padeció el día que se encontró con Prr Prr Cat. Pero decidió no decirles nada a los hermanos por miedo a invocar desconocidas fuerzas sobrenaturales.   

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