CAPÍTULO 21: “ADIÓS, TRISTEZA; HOLA, BOTELLA DE LICOR”
¿Qué
demonios estará haciendo Melgarejo? Veinte llamadas perdidas no son suficientes
para intimidarlo. El muchacho de las tortas padece la extraña enfermedad del
tortuguismo. Su demora es aceite para las brasas de mi hambre. Me parece que
con esta botella lo único que hago es hidratar mis calamidades, pero no pienso
detenerme. Necesito un punto de partida, un anclaje seguro. ¿Dónde estoy parada
ahora? Hago cenizas los minutos con cada aspirada. Otra vez tengo que vaciar el
cenicero, tirando a la basura el tiempo fragmentado. No me reconozco en este
hogar. Siento que no soy yo la que cerró el trato con la casera hace un par de
meses. No soy yo la que explotó en la asamblea vecinal la semana pasada, que
mandó al carajo a López por sus taladreos nocturnos. No puedo llamar a este
lugar “casa”, porque no lo considero una extensión de mí. El edificio es pálido
como el fango seco, yo soy esplendorosa e infinita como la arena del Sahara.
Esta gayola de 30m2 nunca me podrá absorber porque estoy seca. Alguien exprimió
mis ideas y mis sentimientos hasta la última gota. Es por eso que sigo
desangrando a este coñac, en esta sórdida noche, en esta cama sin cómplice, con
estas manos sin fuego, con estos labios insurrectos. Se ha disipado la negrura
en la pantalla del celular. Un cintillo verde me ruega que lo desplace. El
aparato sufre espasmos que lo tienen tambaleando en la mesa.
—No
me obligues a extrañarte, Melgarejo.
—Es
que no podía contestarle.
—¿La
conseguiste?
—¡Sí!
Por eso…
Alguien
llama a la puerta.
—No
me cuelgues. Llegó mi comida.
—La
espero.
Cuando
giro la perilla la fragante texana filtra sus vapores seductores por el
resquicio de mi entrada. La tortura a la que me sometió el repartidor no
quedará impune.
—Tu
propina depende de lo creíble que sea la justificación que me inventes.
—Es
que teníamos mucha gente.
—No
te esforzaste en nada… ¿Sigues ahí, Melgarejo?
—Aquí
estoy, jefa.
—Híjole,
señito, no tengo cambio.
—No
te ganaste tu propina así que baja a cambiar ese billete con el de los dulces y
me traes mi cambio.
—¿Qué
pasó, jefa?
—No
te estoy hablando a ti, le dije al muchachito de las tortas.
—Ahorita
le traigo su cambio.
—Y
me traes un cigarro. Habla… Melgarejo, reacciona.
—Perdóneme.
Le decía que ya la encontré. Le di una leída rápida, pero no me dejan sacarle
copias.
—Diles
que yo te envié. Deja cierro la puerta.
—¿No
me van a decir que tiene que venir usted o algo así?
—No.
Sí te pueden dejar que la fotocopies.
—Jefa,
le tengo que decir algo importante.
—¿Qué
chingados quieres?
—Discúlpeme.
No quería molestarla.
—No
te dije a ti. Es que el de las tortas regresó muy rápido. Deja le abro.
—La
espero.
—Tú
no eres el de las tortas.
—Y
tú no pareces la subinspectora de la Policía Federal.
—Te
di mi dirección solo para una emergencia. ¿Es esta una emergencia?
—Ya
lo encontramos. Bueno, concretamente, Usurpador lo encontró.
—¡Shh!
No digas ese nombre que estoy en una llamada. No sabemos si nos están espiando.
Usa los nombres clave.
—Se
me olvidaron.
—Deja
retomo mi llamada y ahorita te atiendo.
—¿Puedo
pasar?
—No…
¡Melgarejo!
—¿Qué
pasó, jefa?
—Cuando
saques las copias me las llevas a 20 de noviembre esquina con 24 de febrero. Me
avisas con tiempo, no seas malvado.
—Sí,
jefa. Pero una cosa más.
—¡Ah!
¡Cómo chingas!
—Perdón.
Es que es importante.
—Que
no te estoy diciendo a ti. Le dije al Halcón Marino que me está tocando la
puerta.
—Discúlpeme.
—¡Ah!
No era el Halcón. Es el de las tortas. Bueno, el Halcón también sigue aquí.
—Le
paso su cambio y su cigarro.
—¿Tienes
trola?
—Sí,
pero ya me tengo que ir porque tenemos mucha…
—¡Ándale,
pues! Sácala pa’ que ya te vayas.
—A
ver, póngaselo en la boca.
—No
me estés albureando, ¿eh, cabrón?
—¡Oh,
pues!
—Usted
me recuerda a una amiga muy cercana.
—Por
supuesto que no, Halcón. Yo soy única.
—Ya
me retiro, señorita. Buenas noches.
—Donde
no me hayas dado bien mi cambio te voy a chingar. Hasta luego. Tú, Halcón, pásate.
No podemos hablar en el pasillo.
—Por
eso le estaba diciendo que…
El
Halcón Marino y yo conversamos oportunamente. Pude reconocer en sus ojos el
ímpetu por trabajar en equipo. No nos conocemos, pero tripulamos el mismo
barco. Hay nobleza en su voz afable. Es un muchacho que conoce su trabajo como
el anciano conoce a las tonalidades del atardecer, como el gato conoce a la
luna, como el poeta conoce a la miseria, como el romántico conoce al dolor. Me
dio los pormenores de su exitosa misión. Su cómplice se las arregló para ver
incluso en aquellos rincones donde no penetra la luz. Ambos tienen una agudeza
intuitiva que el célebre Mario Conde envidiaría. Hallaron lo que mis obtusos
compañeros del área de investigación no pudieron. Era el momento de ejecutar el
paso número dos de nuestra operación secreta. Pero antes, la melodía engorrosa
de mi celular rompió con el viento de las palabras cruzadas entre el Halcón
Marino y yo. Melgarejo ya estaba cerca del punto de encuentro. Tomé mi abrigo,
le di un último beso a la botella y le pedí a mi compañero que me siguiera
hasta mi Dodge Charger 98.
Salimos
a la hora en que las calles están frías como una morgue. A esa hora, la gran
metrópoli aguarda la visita de los espíritus errantes. Se quiebra la calma con
la metamorfosis humana. El hombre que de día es benévolo, de noche condena a
sus semejantes. “El hombre es el lobo del hombre”. No sabemos qué alaridos se
ahogan en la podredumbre de los callejones. Y sin embargo ahí estábamos mi
confidente y yo, conversando de banalidades cotidianas.
—Creo
que ha bebido demasiado para manejar.
—¿Tú
sabes manejar?
—No.
—Entonces
no me hagas comentarios acusativos.
—Podríamos
pedir un taxi.
—Déjame
las tareas sigilosas a mí, muchacho.
—No
me quiero ni imaginar cómo será el día que usted y mi jefa se reúnan.
—¿Crees
que vayamos a chocar?
—Definitivamente.
Son muy parecidas.
—Niño,
no digas pendejadas. No hay nadie como yo.
—De
hecho, la soberbia es una de sus principales semejanzas.
—La
soberbia me ha salvado de varias. Sobre todo en temas amorosos.
—Supongo
que es divorciada.
—Supones
bien. ¿Y tú? ¿Eres casado o tienes novia o te gusta alguien al menos?
—Me
gustan varios.
—¿O
sea que eres gay?
—Bisexual.
—Excelente.
A mí me gustan los que son así.
—¿Bisexuales?
—Entrones.
Que le entran a todo.
—¡Oiga!
No. Yo no le entro “a todo”.
—Yo
antes era como tú.
—¿Bisexual?
—Entrona.
Probaba por aquí y por allá. Hasta que senté cabeza. Ya estoy muy vieja para
eso.
—¡Cómo
cree! Usted todavía está joven.
—¡Ay!
¡Cómo eres barbero! Por eso tienes un grado académico tan alto a tu corta edad,
¿verdad?
—Sí.
La verdad sí soy bien barbero. Pero se lo digo en serio. Usted es muy joven.
Vieja mi jefa. ¡Ay! No le vaya a decir. Pero pues ella ya tiene casi 60. Usted
se ve como de 38.
—Tengo
46, mi niño.
—¿En
serio? Se mantiene en forma.
—¿Tú
cuántos tienes?
—27.
Apenas los cumplí. El 17.
—No,
pues sí eres un chamaco caguengue. Ya llegamos.
Media
botella de coñac no es suficiente para atrofiar mi destreza al volante. Con
plácida elegancia me orillé al Jetta de Melgarejo. Las puertas del piloto
quedaron de frente. Bajamos nuestros vidrios al mismo tiempo. Conversamos de auto
a auto. Él lucía tan taciturno como siempre. Me entregó un sobre amarillo con
las copias de la carpeta que le encargué.
—Buen
trabajo, Melgarejo. Que los jefes no se enteren por ahora de esto. Para como
están las cosas me parece que tendremos que actuar sin jurisdicción en algunos
casos. Aprecio mucho tu criterio policíaco. Se necesita cuando el mundo está al
revés. ¿Qué opinión te merece esto?
—Que
tiene razón en todo lo que nos dijo. Creo que lo que hay en ese archivo explica
mucho del panorama actual.
—Tsss…
¡Pues oye! ¡Te estoy diciendo! Entonces ponte de acuerdo con Manríquez y vayan
a vigilar esa zona. Toma. Mejor apréndete bien la dirección y quema este
papelito cuando lo hagas. No dejemos evidencia de nada. Cualquier detalle
podría arruinar la operación.
—No,
jefa. No se preocupe. Ahorita mismo me la aprendo.
—Pues
nos pasamos a retirar porque todavía tengo que leer esto a detalle.
—¡Subinspectora!
Espere. Hay algo que tenía que decirle.
—A
ver, pues.
—Hace
unos días alguien más solicitó revisar esa carpeta. Alguien de más arriba, pero
en serio, muy arriba. No me quisieron decir quién, pero lo más extraño es que
ese alguien recibió órdenes del extranjero, de una civil, para ser precisos.
—¡Ah,
chingá! ¿Pues a quién de los pesados le interesaría esto? Qué bueno que me lo
dices, pero te pasas, ya mero nos íbamos y no me lo ibas a contar.
—Se
lo intenté decir durante la llamada, pero usted me interrump…
—Buenas
noches, Melgarejo. Maneja con cuidado.
Al ya
no haber otra cosa más que decir, me dispuse a retirarme a mis aposentos
provisionales. Mantuve una cautela extrema debido a que posiblemente alguien
nos intentaría seguir. El muchacho de huesos anchos se ganó mi simpatía, por
eso le permití entrar nuevamente a mi mal llamado hogar. Quedaban asuntos por
terminar.
—Déjame
leer esto con calma. Después me voy a comunicar con mi subalterno, Dorantes,
para ver si podemos proceder de forma legal. Podemos utilizar una cuartada para
la investigación que le interesa a tu jefa, sería extraoficial. Ya estoy en
eso. Siempre había tenido la confianza de los jefes, pero después del fracaso
del miércoles me mantienen vigilada.
—No
invente. Pero cómo iban a enfrentarse a eso. Está fuera de los límites humanos.
—La
cosa es, Mariano, aquí sí te puedo decir por tu nombre, que yo tuve una
oportunidad clara para abatir al animal, pero fallé. Debo de confesar con
vergüenza que nunca antes me había temblado la mano para plomearme a un
objetivo. Con ese monstruo fue diferente. Algo en su anormalidad me heló los
huesos. Un titubeo fue suficiente para errar mi disparo. El chingado lión
aprovechó ese momento para escapar. Todo lo que pasó después fue mi
responsabilidad.
—¿Y
por eso se regodea en la miseria? ¿Bebiendo como camionera?
—Se
ve que no conoces a los camioneros, mi niño. Mira, no soy beoda de afición,
pero sí me gusta suturarme las heridas con 40 grados de alcohol de vez en
cuando. No te voy a mentir. Sí me dio el bajón.
—Todos
tuvimos un mental breakdown.
—¡Un
bajón!
—Mi
jefa también quedó muy mal. La pasamos horrible en el museo. Lo tuvimos tan
cerca. Nos salvamos de que no nos hiciera nada, pero ella está muy afectada por
haber perdido el tótem.
—Otro
problemita. Si esta operación fracasa perderemos todo lo que conocemos. Esa
bestia no le teme a jugar con fuerzas desconocidas.
—Ya
sé. Estoy muy tenso por todo. ¿Cree que los muchachos sigan vivos?
—Sí.
A Rocco lo necesita. A los otros dos no, a mi parecer. Pero si los secuestró
fue por algo. Quizá para manipular a Rocco. A mis hombres los mató
despiadadamente. Pinche desgraciado. Lo que más me extraña es que a Usurpador
no lo tocara para nada. A lo mejor ni sabe quién es. Ese discursillo que se
trae sobre el amor suena medio trastornado. Yo conozco a muchos locos como él
en las cárceles. Dicen cosas semejantes. No sé si de verdad se crean todas sus
babosadas. No es más que pura mierda porque ya vimos que no se tienta el
corazón para arrebatarle la vida a quien se le interponga. Me partió el corazón
informarles a las familias de mis hombres sobre su muerte. O a las familias de los
chavos que los volvimos a perder. No le deseo ese sentimiento a nadie.
—Pues
sí. Pero bueno. La cosa ahora es: ¿cómo nos vamos a enfrentar a un poder así?
Sinceramente creo que esto estará mejor en manos del Ejército o algún gobierno
internacional.
—Mis
jefes piensan lo mismo y ya están en eso, pero creo que con la brillante
cabecita de tu jefa y toda la información de Usurpador podemos aportar bastante
para el enfrentamiento.
—Mientras
tanto mantendrá oculta la información del monstruo y sus esbirros.
—Sí,
mi niño. Tengo un plan.
Cuando
estás al borde de una catástrofe mundial tu supervivencia se basa en la
fortaleza de tus alianzas. Te guste o no, una amenaza poderosa no se vence en
solitario. Tendrás que confiar en desconocidos. Tendrás que confiar en gente
que no te agrada. Tendrás que confiar en seres enigmáticos a los que no comprendes. Nunca sabes lo que te puede aportar una persona con la que no te
irías nunca a tomar una cerveza.
Los
rayos del amanecer son más intensos en un cuerpo con resaca. Los sentía
intentando perforarme la cabeza. El cuero cabelludo me humeaba. Me levanté del
piso donde dormí toda la noche. Fui a cerrar las cortinas. La luz ultravioleta
alteró mi equilibrio. El Halcón Marino se había parado una hora antes. Usó mi
cafetera. El teclado de su laptop me taladreaba el cerebro. Por poco no pude
tolerar su impertinencia.
—¿Por
qué una policía de tu rango vive en un departamento tan horrible?
—Mi
marido, su abogado y mi abogado me desangraron durante el divorcio. Me quedé sin
casa y sin hijos. Esto es temporal. Cuando cierre este caso me mudaré a otro
lugar. Después pelearé por mis chiquillos.
—Qué
optimista. Sigues viendo esto como un caso más, no como un evento catastrófico.
¿A dónde piensas mudarte?
—Al
Pacífico. Nací en la ciudad que es famosa por la música de banda, que hoy es
más famosa por acunar a los capos de la droga.
—¿Neta?
¡Yo también soy de ahí! Solo que me vine a vivir muy chico a la Capital.
—Lo
sé, aunque disminuido, capitalizado, todavía puedo reconocer tu acento.
Le
permití su mala educación hasta cierto punto porque me agradaba un poco. Me
recordaba a mi hermano menor.
Tras
haber desayunado subimos al Dodge con destino al punto de encuentro secreto.
Teníamos cita con la Guacamaya Dorada y el Cenzontle Marrón.
Yo
siempre estoy dos pasos adelante en cada caso. Lo estuve también en este hasta
que una fuerza colosal desnudó mi fragilidad humana. Quizás pudo vencer mi
cuerpo, pero no logró derribar mi reputación. Apenas si la hizo tambalear. No
estaría donde estoy si no me fortaleciera con cada derrota. Tienen que hacer
mucho más para doblegar mi tenacidad.
Arribamos
a la que, según me informaron, era una casa de la Guacamaya Dorada. Ahí
definiríamos nuestra estrategia de contraataque. El animalejo lo volvió un
asunto personal cuando trastocó el orgullo de dos señoronas soberbias. Llegó
tan lejos que las obligó a formar una alianza.
La
Guacamaya Dorada me permitió estacionar a mi nene en su cochera. Cuando
entramos a su casa no me sorprendí para nada. La opulencia de los peones del
Gobierno era algo a lo que estaba acostumbrada. Y eso que solo era su “casa de
verano”, como ella misma la definió. Supongo que vivía en un caserón mayor.
—Buenos
días, subinspectora. Veo que ya aprendió a manejar a Mariano. A veces es un
poco lengua larga. Perdónelo, es un defecto de fábrica, pero es bastante
eficiente, además de leal.
—Buenos
días a ambos. Con su permiso.
—No
nos vamos a hablar por nombre clave aquí, ¿verdad? Para serle sincera, empiezo
a cansarme de eso.
Le
fingí una sonrisa para hacerle saber que no iba a ceder a su inaguantable
carácter, pero que tampoco iba a desperdiciar mi tiempo contradiciéndola. La
ambigüedad podría menguar las diferencias si la sabíamos manejar.
Ahí
estaba sentado en la sala el tal Usurpador. Vestía una piyama de quién sabe
quién. Para ser sincera, me intrigaba saber si era de alguna expareja de la
doctora. Me dio esa impresión. Él se veía limpio. Hacía juego con los demás
objetos de la casa, como si llevara mucho tiempo viviendo ahí. También se
mostraba compenetrado con la doctora. Algo me decía que ella estaba instruyendo
a nuestro visitante interdimensional en las artes carnales. En fin, él era tan
perturbador como lo describían. Pasaba la mayor parte del tiempo en una
posición. Respiraba con brusquedad. No hablaba para nada. Su cara parecía la de
un maniquí. Reaccionaba de forma muy extraña al cansancio. Se movía un tanto
torpe, como el Terminator de la primera película.
Mariano
preparó un té para todos. La doctora no dejaba de referirse a la bebida como
infusión. De hecho, cada que yo le decía té, ella inmediatamente decía la
palabra “infusión” con un tono marcado, algo regañón, pero disimulaba su
sangronería bebiendo inmediatamente después y mirando hacia un lado. Cabe
resaltar que ella no probó la “infusión”. Su achichincle preparó un espresso
para ambos.
Después
de ingerir nuestras respectivas bebidas, pusimos en marcha la elaboración del
plan en la que los doctores llamaron “sobremesa”. Iniciamos retomando los
pormenores de la operación previa.
—Don
Usurpador, ¿sería usted tan amable de explicarme cómo encontró la guarida del
lobo?
—Por
supuesto, subinspectora. La palabra lobo la está usando en sentido figurado,
¿verdad?
—Sí
la está usando así. Ya te expliqué que a la policía le encantan este tipo de
metáforas. —No entendí por qué la doctora tuvo que intervenir. Y aunque crean
que no me di cuenta, estuvo a nada de tomarlo de la mano, pero la retiró
inmediatamente.
—Ya
entiendo. Ustedes disculpen. Fue relativamente sencillo. En realidad, Prr Prr
Cat, así lo llaman Rocco y sus amigos, no se está escondiendo. Tiene tomado un
templo religioso llamado Alianza del Sinaí. Ahí se refugia. Desde ahí opera. No
obstante, sí tiene cercado el perímetro del templo. Una especie de barrera
invisible obstruye el paso. No puedes acercarte a menos que uno de sus
protegidos te permita pasar, esto con la finalidad de visitar a su señor para
pedirle algún favor milagroso. La bestia escucha las peticiones del pueblo cada
domingo dentro del templo. Por lo que escuchamos, su organización se hace
llamar “La Fe del Amor”.
—Conque
no se anda con medias tintas.
—Descubrimos
su ubicación gracias al tremendo olor a vinagre que él expide. Cada pensamiento
que Rocco materializa posee el mismo olor. Después, los mismos vecinos de la
colonia San Miguel, que es donde se ubica el templo, nos relataron el modus
operandi del felino parlante.
—Subinspectora,
¿sus jefes están al tanto de esto? —Preguntó la doctora con una cortesía
simulada.
—Aún
no. Se supone que mis hombres y yo estamos investigando los alcances de la
amenaza. Ellos aún no entienden cómo enfrentarlo. Ni siquiera el presidente
tiene idea de por dónde empezar.
—El
presidente es un estúpido. Él ni siquiera es quien toma las decisiones. Supongo
que eso usted ya lo sabe. Ahora, ¿les va a compartir esta información? ¿Tienen
un armamento que pueda hacerle frente a esta eventualidad?
—Realmente
no tengo intención de darles toda esta información a mis jefes.
—¿Cómo?
¿Está pensando en actuar por su cuenta? ¡Válgame! Entonces debe de tener un
buen plan. Cosa que no creo, no por dudar de sus capacidades, sino por la
ignorancia que posee respecto a los alcances de la amenaza. ¿Está convencida de
engañar al Estado y a las autoridades internacionales? Es que no veo cómo pueda
salir bien librada de esto. Podría perder mucho más que su trabajo. Una cosa es
la confianza en uno mismo y otra cosa es la demencia parida por la
desesperación.
—¿Por
qué no nos cuenta cómo los engañó usted durante años? Díganos sus secretos, que
buena falta nos hacen.
—Porque
ellos no sabían lo que estaba escondiendo. No es lo mismo esconder un maderito
inanimado que un monstruo desquiciado que se autoproclama el nuevo Mesías.
—Bueno,
pues ahora ya todo el Gobierno sabe lo que es ese maderito, sin embargo, poco
saben del Mesías. Déjeme preguntarle otra cosa: ¿no le preocupa que el Estado
recupere su pieza misteriosa en un eventual enfrentamiento contra el gato?
—Conozco
las consecuencias de ese desenlace.
—¿No
deberíamos recuperarlo nosotros mismos?
—Si
tuviéramos una mínima posibilidad, por supuesto, pero lo dudo.
—¿Entonces
piensa rendirse?
—¿Cree
que soy una peleadora? ¿Acaso no me está viendo? Me oriné encima cuando la
abominación esa se puso a cinco centímetros de mí. Gracias a eso perdimos un
objeto que puede ser crucial para la estabilidad de nuestra realidad. Me duele
haberlo perdido, pero ¿qué podía hacer? ¿Írmele a trompadas? Esas no son mis
cualidades.
—No
me alié con usted por su destreza física, lo hice porque su cerebrito es
superior al mío, además de que conoce los pormenores de un objeto que queremos
recuperar, del cual hemos estado hablando mucho, pero no olvidemos que rescatar
las vidas de tres jóvenes secuestrados es nuestra prioridad.
—Lo
dudo.
—¿Disculpe?
—Dudo
que la prioridad sean esas vidas humanas.
—A
ver, creo que no está entendiendo la situación: esa cosa ya mató a tres de mis elementos.
Hemos perdido más que una artesanía a la que aún ni conocemos bien. ¿No cree
que esos niños corren un montón de peligro?
—Difiero.
Yo sí conozco bien al tótem y me parece que su pérdida tendrá más consecuencias
que las pérdidas humanas.
—¡Pero
qué chingados está diciendo usted! —Me levanté con furia pateando la mesa del
centro. Un centímetro más y se estampa en las espinillas de la cretina esa.
—¡Ya
estuvo bueno! —Intervino Mariano—. No pienso ser su niñero durante toda la
reunión. Compórtense como adultas. Estamos al borde de un colapso
interdimensional. Les guste o no, ustedes tienen más posibilidades de resolver
esto que el Estado mismo. Las necesitamos. Cooperen o jálense las greñas de una
vez. No sé. Pero no vamos a dar el primer paso si siguen midiéndose el ego en
cada oración. Yo no pienso permitir que mi realidad se vaya al carajo,
¿entienden?
—A
veces es medio intenso, ¿verdad? —Dijo la doctora en un tono más conciliador.
—Sí,
un poco insoportable para su edad también —le contesté esforzándome por reducir
mi ira. Volví a sentarme respirando profundamente. El Usurpador ni pelaba los
ojos. Movía su cabeza lentamente de arriba a abajo como si nos estuviera
escaneando. Creo que le interesaba bastante estudiar los comportamientos
violentos de los humanos.
—Ja,
ja. Muy chistosas las dos. Nada como joder al Mariano para reconciliarse.
—Aquí
no pasó nada —les dije—. Si todos estamos dispuestos a cooperar… —La doctora asintió
con su omisión. Entrelazó los dedos y me miró con una sonrisilla hipócrita,
pero que me bastó para saber que seguiría con el plan—. Empecemos por conocer
la naturaleza de nuestro enemigo. Usurpador: el bicho es un sueño de Rocco
materializado por un ser llamado asimilador que proviene de su dimensión,
¿cierto?
—Así
es.
—Los
sueños escapan de la mente del susodicho por medio de un vapor que sale de su
nariz al estar inconsciente, ya que el tal asimilador está alojado justo en su
subconsciente.
—Así
es.
—Me
pregunto, si los objetos pueden salir, ¿pueden volver a entrar?
—Así
es. Ya sea que Rocco lo decida o que el sueño que expulsó tenga una consciencia
propia y entre voluntariamente. Ahora que lo pienso, creo que olvidé decirles
esta capacidad a los chicos.
—Estoy
recopilando algunas de las cosas que ya me había platicado brevemente. También
mencionó que por ahora el gato psicópata es el único sueño con consciencia que
Rocco ha expulsado.
—Hasta
donde sabemos, sí.
—Supongo
que si Rocco lo intenta regresar el animalillo se va a negar rotundamente.
—Así
es.
—Si
queremos regresarlo por donde vino tendríamos que incapacitarlo. Uff… Qué
problemita. Vayamos ahora a las cualidades del animalejo. Los sueños
materializados conservan todas las propiedades con las que fueron creados, es
decir, que si Rocco lo imaginó con poderes, el gato pasó a este plano con cada
uno de esos poderes.
—Así
es.
—¿Los
cuáles son…?
—Según
lo dicho por Rocco, tiene una fuerza física sobrehumana. Habilidades propias de
los felinos más feroces. Se puede convertir en cualquier especie de felino a voluntad,
además de que puede hacer otra transformación con una apariencia antropomórfica.
Puede curar cualquier enfermedad o regenerar cualquier parte de un cuerpo vivo.
Puede hablar, por supuesto. Hacer brillar sus ojos. Me parece que también se
teletransporta, esto lo hace por medio del olfato. Se teletransporta a lugares
en donde exista un aroma que pueda reconocer.
—Pero
su mayor poder ¡es el amor! —Interrumpió Mariano sarcásticamente—. Es como un
Osito Cariñosito.
—No.
Su mayor poder es la mente de Rocco. Las que acabo de mencionar eran sus
habilidades primarias, sin embargo, ahora que tiene a Rocco a su disposición,
entra en su cabeza para abastecerse de nuevas técnicas utilizando la
imaginación del chico. Por los testimonios de la gente supimos que ahora es
capaz de crear barreras invisibles, cualquier objeto que imagine o darles
habilidades sobrehumanas a las personas. Nos contaron que hay algunas personas
por ahí a las que el Salvador, así le llaman ellos, les otorgó un poder.
—Más
bien, se refirieron a esos poderes como “dones”. —Precisó Mariano.
—Es
por eso que lo consideran un ser milagroso, quizá, al nivel de una deidad.
—Qué
peligroso suena todo eso. —Continúe yo—. Ahora le será más fácil manipular
masivamente. Mientras tenga a Rocco secuestrado, posee un poder ilimitado. Pero
entonces, ¿por qué secuestró también a sus amigos?
—Creemos
que es para manipular a Rocco —mencionó Usurpador.
—Según
la experiencia de Usurpador, el muchacho tiene muchas carencias emocionales. Es
un traumadito —dijo la doctora con su característico tacto—. Creo que, con el
fin de darle una especie de soporte emocional, su amiguita le dibujó al mentado
gato. Rocco lo asoció con una fuente de cariño… De amor, para ser más
específicos. Soñaba constantemente con él. Era su superhéroe, el salvador de
sus pesadillas, su proveedor de afecto. De ahí que la bestia constantemente se
llene la boca con la palabra “amor”.
—Pero
¿entonces por qué el bicho está tan demente si fue creado con una buena causa? —Volví
a cuestionar.
—La
mente humana es una zona atribulada —me contestó Usurpador con un tono de
sabiduría—. Lo he podido comprobar al estar dentro de una. Rocco evidentemente
alberga una cantidad de heridas emocionales que ha acumulado durante su vida. No
ha podido drenarlas. En el subconsciente se alojan muchos de los pasajes más
oscuros del pensar humano. Tengo la teoría de que Prr Prr Cat, al habitar su
mente, pudo acceder a estos rincones alejados de la consciencia. Quizá se
contaminó de todo eso. Supongo que además de los pensamientos dolorosos,
también aprendió de la rabia, la desilusión, la frustración, el odio y demás
sentimientos con los que el hombre lidia durante su vida. Dicho de otra forma:
Prr Prr Cat es un ser con sus propias carencias emocionales tratando de cumplir
la misión que Rocco le dio. El actúa de la forma que le parece necesaria porque
así lo aprendió de Rocco.
—No
conocemos a Rocco lo suficiente para saber todos los horrores de los que el
gato se pudo haber impregnado —dijo la doctora.
—Yo
creo que ni él los conoce, Samantha —le contestó Mariano.
En ese
momento sentí el típico cosquilleo que te incita a decir algo que solo tú sabes
y podría ser oportuno para la conversación, pero no me atreví. Aunque Rocco y
yo no nos conocemos, ciertamente poseo información relevante sobre su pasado.
La carpeta que Melgarejo fotocopió me ayudó a entender muchas cosas sobre el
sufrimiento del chico, ya que está directamente relacionada con su familia. Quizás
debí compartir esa información con el equipo, pero debido a la gravedad de su
contenido creí que podría estar siendo imprudente. Mariano me vio dubitativa. Como
no quise externar lo que pensaba llevé la conversación a otro terreno.
—Bueno,
ya sabemos datos importantes sobre los alcances del bicho, sin embargo, me
extraña que sus objetivos vayan encaminados a una rebelión en contra de la
religión. Ustedes saben lo que planea, ¿cierto?
—Cuando
nos atacó en el museo tocó el tema directamente. Prácticamente planea derrocar
a todas las religiones del mundo e instaurar una nueva “fe” basada en el amor —respondió
la doctora.
—¿Qué
se trae contra la religión?
—No
lo sabemos. Creo que es algo que también sorprendió a Rocco, por lo que vi en
el museo —dijo Usurpador—. Al parecer, culpa a los líderes religiosos de alejar
a la gente del amor con sus fallas, de decepcionarlos. Despotricó en contra de
todos los dioses a los que llamó inexistentes y se dijo el único capacitado
para darle a la gente todo lo que las deidades les han prometido.
—Está
muy cabrón ese güey. Pero cabrón, eh.
—No
sé cuáles sean sus motivos, pero yo creo que lo hace porque la religión siempre
ha sido un medio efectivo para la manipulación en masa. Veo muchas
contradicciones en lo que dice: quiere acabar con la religión, pero de algún
modo está instaurando otra. Quiere derrocar a los dioses, pero él mismo aspira
a comportarse como uno. A final de cuentas está cayendo en los mismos vicios de
los líderes religiosos. —Aportó Mariano.
—¿Cómo
piensa liberar al mundo de la religión?
—Bueno,
además de lo que ha escuchado mi mamá, que es una de nuestras principales
fuentes en esto, se nos acercó voluntariamente una persona que dijo saber mucho
sobre la operación que está ejecutando Prr Prr Cat. Lo encontramos merodeando
el templo con una actitud un poco preocupada, como si se cuidara de alguien.
Nos contó mucho de lo que les hemos estado diciendo. De hecho, nos dio su
teléfono para que lo contactáramos.
—Me
parece muy sospechoso.
—Habla
como si tuviera algo en contra de Prr Prr Cat. Quizá deberíamos contactarlo. El
caso es que él nos dijo lo que planea el gato a corto plazo: el 15 de
septiembre desea asaltar la Basílica y la Catedral, además de secuestrar al
cardenal.
—¿Qué?
—¿Pero
qué carajos quiere? Está enfermo.
—Supongo
que es lo mismo que ha estado haciendo en los templos de San Miguel. Por ahora
sabemos que ha tomado tres, dos católicos y uno evangélico. Puso a dos de sus
hombres a dirigir las dos iglesias católicas. Trata de extender el mensaje de
su fe para atraer gente. Yo creo que lo que planea hacer el 15 es lo mismo,
pero a gran escala.
—Debe
ser una declaración de principios. Sabe que así atraerá la atención de todo el
país. Se está preparando para dar un gran show. ¿La amenaza al cardenal
no es motivo suficiente para decirle esto a sus jefes? —Me cuestionó otra vez
la doctora.
—¿Otra
vez con eso? Ya sabemos que la situación es grave, que hay mucha gente
expuesta, pero aún no hemos dicho lo que planeamos hacer al respecto.
—Ok.
Solo quería confirmar. Perdonen que insista con esto pareciendo insensible
hacia las vidas humanas, pero me sigue preocupando el tótem. Sospecho que si
tiene pensado hacer un gran número el 15, sobre todo en el Zócalo que es donde
se da el grito, de alguna manera podría involucrar a la pieza. No sé cómo supo
de ella en tan poco tiempo que lleva en este mundo, pero conoce bien su
funcionamiento.
—Bueno,
ya me explicaron que es un puente interdimensional, lo cual vuelve esto un
asunto sumamente jodido. ¿Me están diciendo que planea conectar el puente?
—Yo
creo que él está enterado de la existencia de los asimiladores parientes de
Usurpador. Sabiendo que la vida de Rocco es limitada, probablemente piensa en
una reserva en caso de que se quede sin su fuente de poder.
—Este
desgraciado es capaz de cualquier cosa. Qué pinche miedo.
—Eso
era lo que temíamos Mariano y yo, por eso decidimos contarle todo a los
muchachos.
—La
cosa es que Prr Prr Cat estaba escuchando todo sin que nosotros lo supiéramos.
Obtuvo suficiente información sobre la naturaleza del tótem.
—Necesito
saber una cosa más ya por último: ¿es mortal? ¿Rocco les dijo algo?
—Jamás
mencionó nada al respecto durante el tiempo que compartí con ellos —me contestó
Usurpador.
—Entonces
por ahora parece que lo más viable es encerrarlo en la mente de Rocco.
—De
acuerdo, pero con el asimilador en su cabeza, es probable que el individuo
escape otra vez durante el sueño del muchacho.
—¡Ay!
Esto es muy frustrante
—Perdonen
si lo que menciono les ofende —amenazó Usurpador—, pero a mí me parece que la
solución más sencilla sería matar a Rocco. Si él muere todos los sueños que
materializó también lo harán.
Tuvimos
un silencio incómodo que se extendió por un minuto. Todos nos volteábamos a
ver. Estábamos temerosos de contestar a esa propuesta tan arrojada. Pero el más
insolente del grupo decidió romper el hielo.
—¿Lo
vamos a considerar o no?
—Sí
—dije con sentida resignación—. Deberíamos considerarlo. Sacrificar a la oveja
enferma para salvar al rebaño. Pero sería nuestra última opción, ¿ok? —Nadie se
ofendió con lo que dije—. Pfff… Esto es demasiada información.
—Y
eso que Usurpador ha mejorado notablemente su capacidad de síntesis —dijo la
doctora con evidente orgullo, como si ella hubiera tenido que ver en ese
avance.
—Bueno,
pues. Recapitulemos brevemente para ya por fin pasar a la elaboración del plan:
el objetivo de este equipo clandestino es rescatar a los tres chicuelos
secuestrados, además del tótem interdimensional. Nos enfrentamos a una
pesadilla vuelta realidad que cada día se hace más poderosa y cada vez junta a
más personas para su desquiciada cruzada antireligión. Si no lo hacemos, su
culto tendrá alcances globales. Si puede hacerse de los dos principales templos
religiosos de México, ¿qué le impedirá llegar al Vaticano o a La Meca? Sus
intenciones son mundiales. Creo que somos capaces de resolverlo por nuestra
cuenta para evitar que el tótem o Rocco caigan en manos oficialistas, lo cual
desencadenaría un problema mayor.
—Subinspectora,
de una vez le digo: si su maravilloso plan del que ha estado alardeando durante
la última media hora resulta ser una porquería, como creo sinceramente que lo
será, no la acusaré con nadie, pero tampoco participaré en ello. Prefiero ver
el fin del mundo desde la comodidad de mi sala de caoba, sinceramente.
—Otsss
—Le guiñé el ojo—. Lo único que necesito son pistas y ya tengo varias. Esa es
mi especialidad. Confíen en mí. Yo siempre estoy dos pasos adelante. Solo
quiero saber una cosita más. Don Usu: ¿el animalejo este es muy inteligente?
—No
sé cómo medir la inteligencia humana, pero sus capacidades cognitivas deben ser
similares a las de Rocco, puesto que él es su principal fuente de aprendizaje.
—Doctora
gruñona, ¿usted cómo lo vio? ¿El chamaco de veras es muy listo?
—Basta
con verlo muy poco para saber que no. Estos chavos tienen una inteligencia
medianona. Me parece el menos despierto de los tres.
—Me
lo supuse. Entonces ahora tenemos un punto de partida. Ahora sí pasemos al plan.
Díganme una cosa: ¿hace cuánto que no van a una boda?
Mi
muñeca izquierda no tiene la firmeza para redactar la bitácora del día. 40
grados de alcohol han menguado mis fuerzas. Las derrotas no han quebrado mi
espíritu, pero sí han dejado fisuras. Trato de repararlas lo más pronto posible,
sin embargo, algún día terminaré derrumbándome. Veo en el espejo una cara
borrosa. Tiene el aspecto de una ardilla boba. Le suelto toda clase de improperios
porque no me gusta la forma en que me mira. ¿Qué acaso no sabe quién soy ni
cuál es mi rango? ¿Qué sabe ella sobre mis matrimonios? ¿Cómo se atreve a
hablar de mis hijos? El vecino de al lado volvió a la taladreada. Son las dos
de la mañana. Quisiera poder tomar mi glock 19 e ir amablemente a pedirle
una tacita de azúcar, pero me encuentro en una batalla aguerrida contra las
sábanas. ¿En qué momento se volvieron tan resbalosas?
Otra
noche más en el suelo. Qué amarga es la vida, pero hacemos todo lo posible por
seguirla viviendo. Un placer culposo.
Los
astros que nos vigilan desde tan lejos, ¿se burlan de nuestro efímero paso por
la tierra? Apuesto a que la eternidad ni nos conoce, y aquí estamos,
desperdiciando horas de vida en planear cómo mantener el orden de nuestra
realidad. Amamos creer que tenemos el control, por eso medimos el tiempo.
Cuando alguien aprenda a leer el viaje de la luz, descubrirá a una
insignificante civilización que quiso colgarse del tiempo, pero se le cansaron
las manos y terminó desintegrada en el vacío. Tú que estás en el futuro,
captando la luz que emana de la tierra, escucha esta canción que tengo para ti.
Espero puedas apreciarla. Yo no sé si serás capaz de comprender la chingona
frase con la que termina: “adiós, tristeza; hola, botella de licor”.
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