CAPÍTULO 25: LAS SANGRIENTAS NUPCIAS
Sonaba rimbombante la marcha
nupcial en su cabeza. Silvana, la novia, se veía endiosada en un enorme espejo
de dos metros. Deslumbraba cual pavorreal erguido. Dos asistentes le ayudaban con
los últimos retoques. Se deshacían en halagos hacia los ribetes y apliques de
su vestido. Le acomodaban la cinturilla de pedrería con delicadeza. La
coronaban con una hermosa guirnalda de la que pendía el velo con el cuidado
necesario para no estropear su peinado trenzado. La cola watteau
desmontable se extendía rebosante por el piso. El sol centelleaba en el espejo
haciéndola parpadear de vez en cuando, estimulando el vaivén de sus excelsas
pestañas rizadas. Elevaba su mano a la altura de la cara para bañar con las
áureas franjas el argentado anillo de bodas. Con una sonrisa discreta, asomaba
coquetamente los dientes. Jamás se había sentido tan perfecta.
Nadie sabe de dónde salió ese
mito de que está prohibido que los novios se vean antes de la boda, si fue un
invento de Hollywood o es una verdadera tradición nupcial, pero a Silvana y a Claudio
no les importó en lo absoluto. Se encontraron en una limusina, por así decirlo,
sencilla. Era un día para dejarse llevar por los lujos. Destaparon la champaña.
Brindaron sobre los asientos de piel que rechinaban con cada rozón de sus
asentaderas. Las copas reflejaban los rayos de luz neón magenta que provenían
del techo del vehículo. Al sonar el chin-chin de las copas, los cómplices se
miraron con convicción. Un primerísimo primer plano a los ojos de uno y de otro
transmitieron la fuerza de la confidencia. Torcieron la boca para forjar una
mueca. La limusina arrancó haciendo campanear las latas de leche evaporada que
colgaban de la defensa. Sin embargo, el chofer no se dirigía a la parroquia de
la colonia. Su destino apuntaba hacia un nuevo centro ceremonial: el templo
Alianza del Sinaí, catedral de la naciente Fe del Amor.
Al llegar, el vehículo se topó
con una enorme multitud que no le permitía pasar. Una cola inverosímil de gente
rodeaba el santuario hasta darle tres vueltas. No había ningún lugar en tres
manzanas a la redonda donde pudiera estacionarse. El barullo era la típica
escena de cualquier domingo a las afueras de un templo en México: los niños
corrían con globos y papalotes, también arrastraban simpáticos changuitos de
limpiapipas montados en un triciclo. Frente al templo se instauró un verdadero
tianguis. Había puestos en los que se vendía mercancía inspirada en el nuevo
ídolo espiritual de San Miguel y en el emblema de su organización. Estampitas,
playeras, pósteres, llaveros, cromos, discos de sus alabanzas oficiales y hasta
videos en donde se observaban los milagros de los cuales era capaz el popular
personaje. La euforia por la nueva fe era imparable.
La limusina llamó la atención del
barullo con el escándalo de sus latas. Los niños se acercaban a ella
impresionados por su elegancia. El tránsito era complicado. La gente no le
permitía avanzar. La desesperación invadió al chofer. Hizo sonar el claxon para
ahuyentar al gentío, pero solo se ganó el manotazo de un energúmeno de ciento veinte kilogramos. El conductor entendió la advertencia por lo que no volvió a llamar
la atención sonoramente.
El auto se quedó varado en
medio del océano de personas esperando una oportunidad para avanzar. El chófer
bajó el cristal que lo separaba a él de los novios. Los volteó a ver de reojo
alzándoles los hombros. La pareja, que no carecía de intuición, comprendió el
mensaje.
Ambos bajaron de la limusina.
El vestido imperial y el pulido traje color hueso acapararon las miradas de
inmediato. El señor de las paletas de hielo no se resistió y gritó “¡vivan los
novios!”, desencadenando una avalancha de aplausos.
La novia se alzó ligeramente
el vestido para emprender una carrera hacia la entrada del templo. El velo se
extendía con la brisa veraniega ya agonizante. Un puñado de palomas la
resguardaron con sus aleteos. Quienes la veían encontraban en su rostro la
tierna inocencia de quien aún apuesta por el amor monógamo. Despertaba envidia
en aquellas que preservaban el mito de hallar al príncipe azul. Allí iba un
alma más que vencía a la maldición de quedarse a vestir santos. Bendita ella
entre todas esas mujeres.
Unos metros más atrás, el
novio le hacía segunda. Fantasmal por lo pálido de su traje y sepulcral por lo
crudo de su semblante, parecía un accesorio más que una media naranja, una joya
más en la corona de la reina.
Cuando el derrape de los
cuatro pies se detuvo, los recién casados se plantaron frente al templo. Muchos
pensaron que se paraban en la entrada para persignarse, como tantos otros lo hacían,
pero cuando intentaron pasar sin escuchar las advertencias de los porteros, la
gente que estaba formada para entrar comenzó a sentirse en desventaja.
“¡Fórmense!”, “la fila está atrás”, “¡ey!, no los dejen pasar”, “al tiro con
los novios”.
Los dos cancerberos del templo
vestían largas túnicas moradas hasta los pies. Se plantaron frente a la pareja
extendiendo los brazos para impedirles la entrada. Silvana hacía gala de un veloz
cabeceo para mirar por entre los porteros, lucía tan ágil que cualquier boxeador
profesional la envidiaría. Cuando logró ver a través de los resquicios al
sacerdote, exigió que se les atendiera de inmediato.
—Queremos
ver al Santo Patrono.
—No
nos referimos a él como “Santo Patrono”, lo llamamos Redentor, El Amor Encarnado
o La Alegría de la Salvación.
—Se
oye más chido Santo Patrono. Así le dicen todos allá afuera.
—No me
importa. Estás en su templo y te tienes que comportar. Tú y tu novio váyanse a
formar. Nadie se puede saltar la fila. —Claudio no reaccionaba. Permanecía
serio detrás de su esposa. Lucía como su guardaespaldas.
—¡No
quiero! Tenemos prisa. ¡Déjennos ver al Santo Patrono!
—Deja
de estar gritando. Eres muy escandalosa.
—¡Santo
Patrono!, ¡Santo Patrono!, danos tu bendición. Somos recién casados. —Todos los
integrantes de la fila se taparon los oídos al no soportar sus estruendosos
cacareos. La aguda voz resonó dentro del templo.
—Muchacha,
no te lo vamos a repetir, o se hacen para atrás o nos obligarán a usar la
fuerza.
Uno de los feligreses que estaba
más adelantado en la fila se molestó con la actitud de la pareja. Abandonó la
cola para ir a confrontar a Claudio.
—No
vengas a hacer tu desmadre aquí, carnal. Yo llevo formado desde las cinco de la
mañana. Están pendejos si creen que vamos a dejar que hagan lo que se les dé la
gana.
Entendiendo el nivel de
agresión de sus palabras, Claudio, quien no era el más hábil con la expresión
verbal, dejó que sus nudillos hablarán por él. Sin previo aviso, sin tomar
vuelo, sin despeinarse, le metió un puñetazo a quien lo confrontaba. El golpe
fue limpio. Sonó casi tan fuerte como los gritos de Silvana. El pobre hombre no
tuvo tiempo de meter las manos. Dio un ligero tambaleo hacia su derecha para finalmente
caer noqueado. Claudio retomó su postura cruzando los brazos. Miraba fijo al
frente como si no hubiera pasado nada. Los demás asistentes se la pensaron un
poco para ir a confrontarlos.
Silvana seguía llamando a su
Santo Patrono. Los dos porteros se quedaron estupefactos mirando el cuerpo inerte
en el suelo. Voltearon a verse para saber si ambos estaban de acuerdo en hacer
su próximo movimiento. Era preferible no usar la fuerza, pero la actitud hostil
de los novios los estaba obligando a reaccionar. Sin embargo, antes de que
movieran un solo dedo, su jefe los llamó con suavidad.
—Roberto,
Gonzalo, ¿qué pasa allá afuera? No puedo oír las solicitudes de mis bien amados.
—Pero Silvana se les adelantó a responder.
—¡Oh!
Santo Patrono, ¿me escucha? Mi marido y yo nos acabamos de casar. Queremos
hablar con usted. Es una emergencia.
—¿Quién
grita tan frenéticamente ahí afuera?
—No la
escuche, mi señor. Es una muchachita irrespetuosa. Deje que nos encarguemos de
esto.
—¡Patrón!
¡Patrón!, escuche nuestra petición. ¡Es una emergencia!
—Mi
pequeña, todos aquí tienen una emergencia, ¿por qué tendría que faltarle al
respeto a su tiempo para pasarte a ti?
—No
tienen una verdadera emergencia. Si realmente la tuvieran, estarían gritando
aquí afuera como yo.
—Lo
que pasa es que nosotros sí tenemos educación y decencia —dijo una señora que
estaba formada desencadenando una serie de confirmaciones.
—Sí.
—Sí.
—Es la
verdad.
—No se
vale.
—¡A la
chingada su educación! —Expresó la novia tronando los dedos—. Cuando uno tiene
una emergencia mueve cielo, mar y tierra para conseguir lo que necesita.
—Pequeña
mía: en este sagrado recinto no aceptamos el uso de lenguaje soez ni las
muestras de violencia. Somos un templo de amor, no de odio —exclamó el Redentor
desde su trono.
—Pues
si usted de verdad creyera en el amor escucharía la desgracia que le ocurrió a
este par de enamorados. Acabamos de vivir un atentado contra el amor.
Necesitamos de su poder para resolverlo —suplicó Silvana sellando sus ruegos
con un puchero enternecedor.
El salvador analizaba la
situación ayudándose de su sabiduría. Recargó su peludo codo en un muslo y la
barbilla en los nudillos. Tardó diez segundos en reflexionar los argumentos de
la novia y tomó su decisión.
—El
matrimonio ciertamente es uno de los actos de amor más loables. Un compromiso
perenne con tu ser amado es una promesa conmovedora. Admiro y respeto a aquellos
que sellan el sagrado vínculo del amor con este hermoso ritual. La religión
Cristiana Católica Apostólica Romana no tendría que poner sus perversas manos
sobre él. Aborrezco tal afrenta. Deseo romper con el sacramento matrimonial e
instaurar una nueva bendición para los amantes. Han venido hasta aquí para
deleitarse con el nuevo aroma del amor. Yo simplemente no puedo defraudarlos
ahora que su romance está fresco. Admiro tu estruendoso ímpetu, pequeña. Hay
sensatez en tu arrebato. Solo quien ama con el corazón en llamas es capaz de luchar
por mantenerlo encendido. Acepto hablar con ustedes de inmediato, si ustedes
aceptan no demorarse más de cinco minutos en su petición. Esa es mi decisión
final. Roberto, Gonzalo, dejen pasar a los novios. No todos los días se ve una
situación así.
Los porteros aceptaron a
regañadientes. Cual suave conejillo, Silvana entró dando brinquitos de felicidad tanto
como el vestido se lo permitía. Volteaba a ver a los formados
para hacerles trompetillas. Claudio la siguió sin menguar su mala cara. Afuera,
la muchedumbre enardecida se violentaba contra los novios. Se arremolinaron en
la puerta para intentar dar un portazo, pero el redentor cerró el zaguán
girando dos dedos de su garra en el aire.
Silvana caminaba hacia el
trono asombrada por la decoración del recinto. Enormes cortinas púrpuras con
las costuras doradas cubrían las paredes hasta el suelo. Era una estética
parecida a la de las películas católicas. Había preciosos jarrones bañados en
chapa de oro con enormes palmas adentro. En el centro, una extensa alfombra violeta
trazaba el camino hacia el Salvador, quien descansaba en una silla tallada como
un trono medieval. El poderoso ser vestía una túnica púrpura, pero, a
diferencia de sus seguidores, la de él tenía una ancha capucha que le tapaba la
mitad superior de la cara, dejando afuera el fiero hocico, pero velando el
secreto de sus exóticos ojos.
Dos consejeros estaban parados
en cada uno de sus costados para compartirle su sabiduría. El resto de los
miembros de la fe estaban repartidos por el templo. Cada uno hacía una tarea
distinta. El lugar transmitía la energía de un recinto exótico. No se podían
identificar aquellos detalles artísticos que solo un curador de museos o un
experto en historia del arte podrían. Por si fuera poco, detrás de la figura
del Salvador, en el último cuarto de la pared, un extenso vitral con colores
cálidos: naranja, amarillo y rojo, escenificaba el encuentro de un tierno
gatito con capa y varias personas, todos ellas vestían túnicas moradas. Era
como ver un dibujo infantil estampado en preciosos cristales.
Al distraerse con la
decoración, Silvana estuvo cerca de tropezar en más de una ocasión, pero su
marido estaba ahí para sostenerla. Cuando al fin ambos llegaron ante la
soberbia presencia de la fiera divina, notaron que había un púlpito de madera
desde el que podían hablar. Silvana se subió en él. Comenzaron a correr los
cinco minutos.
—Santo
Patrono, ha ocurrido una desgracia. No nos lo va usted a creer. ¡Ay! ¿Por qué
nos tuvo que pasar esto justo el día de nuestra boda?
—Te
escucho, amada mía.
—Hoy
tendría que haber sido un día perfecto para nosotros. Al fin nos casamos
después de tantos años de noviazgo. Estábamos en la boda bailando nuestra
canción favorita cuando mi suegro nos dio la noticia.
—¿Qué
pasó?
—El
vuelo. El vuelo, Patrono. ¡El vuelo!
—¿Cuál
vuelo?
—El de
nuestra luna de miel. ¡Se canceló!
—Es
una desgracia, por lo que veo.
—¡Ay!
Qué suerte la nuestra. Tantos meses planeando esto para que a la mera hora la
pinche aerolínea nos lo joda todo.
—No
olvides lo que dije del lenguaje, mi pequeña.
—Perdón.
Es que de veras que no se vale. Siempre hacen lo mismo.
—Te
entiendo. ¿Y qué más?
—¿Cómo
que “qué más”?
—Sí.
¿Cuál es la emergencia?
—¡Pues
esa! ¿Le parece poco? —Los dos consejeros se voltearon a ver incrédulos.
—¿Cuál
es tu nombre, mi amada, y el de tu esposo?
—Silvana
y Claudio.
—Silvana:
la gente viene a verme por una emergencia de salud o para resolver asuntos de
vida o muerte. Yo soy un hacedor de milagros. Lo imposible para ti es posible
para mí. Pero en tu caso, aun siendo totalmente empático, me parece que la
solución a este problema está dentro de las posibilidades humanas.
—No,
mi Patrono. Se equivoca. Cancelaron todos los vuelos de hoy en el aeropuerto.
No nos explicaron el porqué. Al parecer fue una decisión del Ejército. —Al escuchar
esa palabra el Redentor mostró un particular interés—. Quién sabe qué se traen,
pero si no llegamos hoy a Río de Janeiro, donde va a ser nuestra luna de miel,
nos van a cancelar las reservaciones. Los del hotel son muy quisquillosos
porque tienen mucha demanda, ya nos lo habían advertido. Teníamos todo
planeado. El hotel organizó una cena para nosotros. En toda la semana tenemos asignados
tours por los sitios más turísticos del lugar. Si no llegamos hoy se nos
arruinará todo. Y mírenos, vea nuestras caras, somos gente humilde. No tenemos
dinero para organizar otra luna de miel. La pagaron nuestros padres con el
sudor de sus frentes. No creo que de aquí a diciembre vayan a volver a juntar
todo ese dinero. Son los ahorros de sus vidas. —Silvana lloraba emberrinchada—.
Como usted mismo lo dijo: esta experiencia solo se vive una vez.
—Mis
amados, mi palabra realmente vale mucho. Se les está acabando el tiempo.
Propónganme una solución y yo veré si es ético realizarla.
—¡Sí,
señor! —Contestó Silvana emocionada—. Denos la capacidad de teletransportarnos.
—Pequeña,
ese es un poder muy ambicioso. Podría ser peligroso. Yo cumplo milagros con la
condición de que no se dañen ustedes mismos ni a otros humanos.
—¿A
quién vamos a dañar con eso? Solo queremos desaparecer y aparecer en otro
lugar.
—Se
nos acaba el tiempo. Hay mucha gente esperando. A ver, mis consejeros, ¿qué tan
problemático puede ser esto?
—Podrían
usarlo para entrar a lugares privados o prohibidos —dijo uno de los consejeros—.
Podrían entrar a una joyería a robar o hasta acceder a lugares de máxima
seguridad.
—¡Ay,
por favor! Ustedes ven muchas películas —reprochó Silvana—. Nomás somos unos
tortolillos desgraciados. Ni que fuéramos a entrar a la Área 51 o algo así.
—Debo
darles la razón a mis consejeros. Me parece un regalo muy arriesgado.
—Bueno.
Reduzca el campo de acción. No nos permita la entrada a lugares prohibidos.
—Te
explicaré cómo funciona el don que me pides. ¿Les gustan los cómics? Quizá
conozcan a un personaje de los X-Men que solo se teletransporta a los lugares
que conoce. Es algo así. Si no conocen o no han visto ni siquiera por fotos el
lugar al que se van a teletransportar no podrán hacerlo. Yo no tengo idea de
qué lugares conozcan en los que podrían irrumpir. Bajo esas condiciones no
podría correr el riesgo.
—Mmm…
—Chicos,
se acaba su tiempo.
—Ya
voy. Ya voy. ¡Ya sé! Denos el poder solo por un día.
—Un
día sería más que suficiente para colarse en donde no deben —argumentó otro de
los consejeros.
—¡Ash!
Cuánta desconfianza. Dejémoslo en media hora entonces.
—Sería
más fácil si los teletransportara yo mismo.
—¡No!
Porque aún tenemos que volver por nuestras maletas.
—Se me
ocurre algo: podríamos ponerles un rastreador. Como bien dices, limitar el
tiempo del don a solo media hora. Les retiraré el rastreador cuando regresen
—¿No
le parece demasiado?
—Amada
mía, te has excedido de tu tiempo. Debido a los problemas que me traería
regalarte este don no estoy dispuesto a negociar más. Esta es mi última oferta.
Los novios se voltearon a ver
dubitativos. Claudio no estaba nada conforme con la decisión. Silvana también
desconfiaba, pero por el tono en que el Redentor dijo sus últimas palabras
entendió que no podrían acceder a más. Tuvieron que aceptar la oferta.
—Bueno,
pues. Hagámoslo así —dijo Silvana resignada.
—Acérquense,
mis amados. Les voy a implantar los rastreadores.
—¿Qué?
Ya se está excediendo.
—Les
prometo que no dolerá. ¿Cuándo regresan?
—En
dos semanas.
—Bien,
pues entonces en dos semanas vienen a verme y se los retiro.
—No
tendremos privacidad.
—Pequeña,
lo único que veremos será su ubicación en tiempo real a través de una pantalla.
—El Redentor extendió la palma de su garra hacia arriba. De pronto, apareció un
aparato similar a una notebook—. Serán dos puntitos rojos en una
pantalla verde. —Les mostró el aparato—. ¿Lo ven? No tendremos acceso a
imágenes satelitales ni nada por el estilo. Solo queremos cerciorarnos de que se
encuentran en donde dijeron. Toma la pantalla, Miguel. Denle la dirección del
hotel a mi consejero para que programe este aparatejo. No se queden parados.
Acérquense.
Los novios seguían
dubitativos. Los feligreses comenzaron a presionar golpeando la puerta. Los
porteros le comunicaron la situación a su Salvador. La presión hacia la pareja
los obligó a pararse frente a la intimidante presencia.
—¿Realmente
quieren ir a ese lugar? No parecen tan convencidos. No me estarán engañando,
¿verdad?
—No,
sí, Patrono, ¿cómo cree? Ja, ja. Lo que pasa es que sí está de pensarse el
plan.
—Muy
bien. Extiendan sus brazos hacia mí. Les pondré dos chips. —Aparecieron dos
diminutos cuadritos de metal con relieves color rojo en la superficie; brotaron
del centro de la palma afelpada. Aquel acto que podría considerarse magia pura
perturbaba a la pareja—. No se pueden hackear. No se pueden bloquear. Tampoco
les contaminará su sangre o les causará alguna lesión interna. Cualquier
intento por alterarlo nos será reportado. Lo único que tienen que hacer es
portarse bien. —Le colocó el chip primero a Silvana quien rio nerviosamente al
sentir cómo el aparato le traspasaba la piel sin causar dolor. Después se lo
colocó a Claudio quien se mostró un poco renuente a ser tocado. Hacía
constantes gestos nada amigables contra el Salvador quien no fue indiferente a
su hostilidad—. ¿Pasa algo, mi amado?
—Ya,
mi amor. —Intervino Silvana—. Confía en el Patrono. Él nos ama y hace todo esto
por nuestro bien. —Claudio simplemente se dejó colocar el chip, pero jamás
quitó la mala cara.
—Sepan
ahora lo que van a hacer. Cuando vayan a recoger sus maletas, vean en internet
una imagen satelital del hotel. Revisen bien todo el perímetro. Familiarícense
con el lugar. Cuando crean que ya lo conocen lo suficiente, cierren los ojos.
Desearán trasladarse únicamente a ese lugar. No piensen en nada más, podrían
terminar en otro lado. No se desesperen si no funciona. Mientras tengan el
deseo de estar ahí lo lograrán. Solo una cosa más. Deben estar tomados de la
mano. Todo lo que toquen con sus manos podrá ser teletransportado. Se pueden
llevar a la familia completa si lo desean, solo que yo no me hago responsable
de los gastos.
—Ja,
ja, ja. Ay, cómo es de ocurrente, Patrono. De veras.
El Redentor se puso de pie. La
capucha se le recorrió hacia atrás dejando ver su rostro completo. Era un
ocelote parado en dos patas que no medía más de uno setenta. La pareja no sabía
exactamente cómo reaccionar a la anormal apariencia del ser. Su presencia los
intimidaba un poco. Miguel terminó la programación del rastreador. Dos luces
rojas parpadeaban en una pantalla negra con líneas verdes. El asistente miró al
par de recién casados con una sonrisa de confianza para hacerles saber que
tenía el control sobre su ubicación, pero de pronto su alegre mueca se
desmoronó.
—¿Te
conozco, muchacha?
—¿Eh?
¿A mí? —Respondió inquieta Silvana.
—Siento
que te he visto antes.
—Pues
sí, seguramente, porque yo vivo por aquí cerca.
—Ok —dijo
Miguel con un poco de desconfianza.
—Bueno.
Es momento de bendecirlos con este don. Amados míos, serán testigos de un
milagro de amor. No desperdicien este sagrado poder. Vayan a disfrutar su luna
de miel. Este es mi regalo de bodas.
Los ojos del ser brillaron
intensamente. Una luz blancuzca con vivos púrpuras cubrió todo el templo.
Ninguno de los miembros de la fe pareció molestarse con la intensidad del
brillo, pero los novios no pudieron soportarla y no tuvieron otra opción más
que entrecerrar los ojos. Fueron solo unos segundos. La pareja se reincorporó
después de padecer el flashazo. Los ojos del Salvador retomaron su color
inicial sin la incandescencia.
—¿Ya?,
¿eso fue todo? —Dijo Silvana un poco deslumbrada.
—¿Qué
hacen todavía aquí? Tienen solo media hora. ¡Corran!
Los novios estaban a punto de
darse la vuelta cuando de imprevisto el Redentor los jaló de las manos para
acercarlos a su cuerpo. Les dio un abrazo sin su consentimiento. Ambos, sobre
todo Claudio, no estaban nada cómodos con la muestra imperativa de afecto.
Hicieron lo posible por liberarse del abrazo.
—¡Muchas
gracias, Patrono! Es usted el mejor. Ya nos vamos.
—Que
el amor los acompañe siempre.
Caminaron apresurados hacia la
salida. No tenían el ímpetu de cuando entraron al templo. Se notaban preocupados.
Los puntos rojos parpadeaban en la pantalla. Miguel sonreía macabramente.
Silvana miraba a Claudio con algo de pendiente durante el trayecto.
El ocelote bípedo retornó a su
trono ordenando que dejaran pasar a los siguientes feligreses. Los porteros
abrieron la puerta. La muchedumbre aún no cesaba su reclamo. Invitaron a pasar
al siguiente grupo de personas. Eran en total siete. Parecían una familia. Entraron.
De camino por la alfombra se toparon con los novios quienes estaban tan
ocupados discutiendo que ni los voltearon a ver. Eran un grupo de cuatro
hombres y tres mujeres. Antes de que el Redentor les diera la bienvenida
protocolar, uno de ellos, como de 40 años, que parecía ser el líder de la
agrupación, tomó la palabra. Dijo que eran los padres, abuelos y hermanos de
los tres jóvenes desaparecidos que habían conmocionado al país, que todos
sabían sobre su caso, que llevaban semanas buscando a los chicos, que incluso
se reunieron con el presidente, pero no les dio respuestas satisfactorias.
Cuando los recién casados
escucharon el testimonio, se detuvieron inmediatamente antes de llegar a la
salida. Los porteros los presionaban para abandonar el inmueble, pero no les
prestaron atención. El padre seguía contando sus penas con un dolor
insostenible. El Redentor escuchaba atentamente clavando las garras en los
brazos de madera del trono. Dentro de sí pensaba que cómo fue posible que los
porteros los dejaran pasar. La visita lo tomó totalmente desprevenido. No sabía
cómo reaccionar. Pensó en que debía reprender seriamente a sus fieles.
Al terminar el testimonio del
hombre identificado como Isaac Guerrero, el Salvador se tomó un tiempo para
hablar con sus consejeros en privado. Miguel, sabiendo la gravedad de la
situación, tuvo que desentenderse de la pantalla por unos instantes. La bajó al
suelo dejando de vigilarla por completo. Silvana, que estaba atenta a la
acción, notó que era una oportunidad perfecta para lo que ella y Claudio
pretendían. Le hizo saber a su pareja el nuevo plan con susurros en el oído.
Claudio escuchaba diciendo que sí con la cabeza. Parecían decididos a tomar
acción. Cuando ambos estuvieron de acuerdo, Claudio tomó de la mano a su
esposa, los dos cerraron los ojos, se concentraron por unos segundos hasta
finalmente desaparecer ante la mirada de asombro de los porteros, quienes
quisieron avisarle a su líder, pero este no permitió que se le interrumpiera.
Los padres de familia, al verlo un tanto inquieto, comenzaron a pensar que
quizás ni él sería capaz de ayudarlos.
Por otro lado, Silvana y
Claudio aparecieron en otro lugar, pero no era su casa ni mucho menos el hotel
en Río de Janeiro. Estaban en un pasillo oscuro dentro del mismo templo que conectaba
al salón principal con la exoficina del pastor Nabucodonosor. Sigilosamente se
colocaron detrás de la puerta de la exoficina. Por el resquicio que quedaba
entre la puerta y el piso escapaban los rayos de un foco amarillo; asimismo,
danzaban las sombras de por lo menos dos personas que hablaban entre sí. Claudio,
un tanto agitado, se dirigió a Silvana para decirle entre suspiros:
—¿Estás
segura que es aquí?
—Sí.
Completamente segura. —La novia forzó la parte baja de su vestido para
desprenderse de la cola. Se quitó aliviada el velo de la cabeza. Sin el peso de
su corona tenía mayor movilidad. Lo comprobó tronándose el cuello.
—Ok.
Preparémonos para entrar. —Claudio abrió su saco para sacar una 9mm de su bolsa
interna. Silvana levantó lo que quedaba de su vestido para sacar una glock
25 de su liguero. También se quitó las zapatillas. Ambos tomaron sus armas
adoptando una posición policíaca clásica en un allanamiento. Los dos se miraron
por última vez para confirmar que estaban listos—. A la de tres.
—Con
todo, mi cabrón.
—Una.
—Dos.
—¡Tres!
—Dijeron al unísono.
Claudio botó la endeble chapa
con una tremenda patada. Los novios entraron apuntando a discreción.
—¡Quietos
ahí, cabrones! ¡Pongan las manos en la cabeza!
—¡Tú!
El tilico, júntate con el panzón.
—No se
muevan de ahí, hijos de la chingada. Los tengo en la mira.
Los hombres, quienes también
vestían una túnica morada, se vieron sorprendidos por la irrupción de la pareja.
No entendían por qué unos recién casados les estaban apuntando con pistolas. Se
pararon frente a ellos con las manos en la nuca. Aunque ninguno de los dos
parecía realmente asustado. De hecho, tenían una actitud retadora.
Silvana revisó a ambos mientras
Claudio les seguía apuntando. Estaban desarmados.
—Están
limpios —dijo la novia.
Con una seriedad irreconocible
en ella, giró levemente la cabeza hacia su derecha sospechando que el cuerpo
que yacía en una esquina era lo que la pareja buscaba: ahí lo encontró, al
chico que jamás había visto en persona, pero que conocía perfectamente su
rostro porque estaba en todos los noticieros. El tal Rocco del que tanto se
hablaba, la persona que buscaba desesperadamente el padre que le rogaba al
Redentor, estaba recostado en un petate, durmiendo profundamente. Ella lo miró
con alivio al percatarse de que respiraba.
—Es
él. Tráetelo, Silvana, ¡rápido! Antes de que nos rastreen —exclamó el esposo.
Consciente de su limitado
tiempo, la pequeña chica no tuvo demasiado trabajo en echarse al hombro los noventa y cinco kilogramos de Rocco ya que tenía la condición física para hacerlo.
—¡Uy!
A este cabrón si le dieron Danonino.
—¡Apúrate!
Ven a darme la mano.
Claudio le estiró la mano sin
dejar de apuntar con la otra. Silvana se acercó deprisa, pero cuando estaba a
punto de agarrarlo dos enormes sombras se expandieron detrás de ella.
Preocupados, los novios dirigieron su vista hacia el origen de las sombras para
atestiguar el terrible fenómeno que frente a ellos se presentaba. En lugar de
los hombres en túnica, ahora había dos gigantes ratas desnudas con trozos de
tela púrpura regados por sus pies. Medían casi tres metros cada una. Sus
cabezas rozaban el techo. De su boca escurría una espesa saliva que goteaba
grotescamente. Tenían un par de ojos desquiciados que mostraban su sed de
violencia. Una de ellas tomó con su enorme mano a Silvana, quien se vio
obligada a soltar a Rocco. La levantó hasta ponerla frente a su hocico.
—Ustedes
no van a salir de aquí. ¿Creen que pueden venir al templo de nuestro salvador e
intentar sabotear sus planes? Él nos ama tanto que nos dio esta asombrosa
habilidad para defender su plan maestro. Nadie va a venir a impedir que
instauremos el nuevo reino del amor.
—¡Carajo,
pinche Dorantes! ¿Qué haces? Dispárale a este monstruo.
El novio accionó su arma. pero
la otra rata desvió su disparo con un coletazo en su mano. Despojó al hombre de
su pistola. La bala rebotó en el muro de tabique sólido y salió por la ventana.
Dorantes intentó alcanzar su arma, sin embargo, la enorme rata lo golpeó de un
coletazo en el estómago. Mientras tanto, Silvana forcejeaba con su captor quien
se carcajeaba silvestremente.
Las bestias parecían tener el
control. Tan solo a unos metros fuera de la habitación, Prr Prr Cat y sus
consejeros daban un discurso para ganar tiempo a unos padres que los escuchaban
indignados. Ninguno de ellos tenía idea de lo que pasaba en ese mismo recinto.
La rata que acorralaba a
Dorantes abrió sus fauces para intentar devorarle la cabeza, pero este
aprovechó el momento para abrasarse de su cuello y apretarla con todas sus
fuerzas hasta asfixiarla un poco. El roedor que aprisionaba a Silvana se distrajo
al ver a su compañera en aprietos, momento que aprovechó Silvana para sacar una
daga de su liguero y clavársela en la muñeca. La bestia lanzó un aullido de
dolor obligándose a soltar a la novia.
—¡Barragán!
Ve por el chavo —decía Dorantes mientras hacía un enorme esfuerzo por seguir
asfixiando al monstruo.
—Voy a
ayudarte.
—¡No!
Yo me ocupo de esto. ¡Ah! ¡Puta madre! —Le costaba trabajo hablar ya que la
bestia se zangoloteaba para liberarse de su opresión—. Apúrate a recoger al
chavo.
—¡Ay!,
¿dónde quedó el pinche morro? ¡Ya lo vi!
La rata asfixiada logró
estrellarse contra la pared golpeando a Dorantes en la cabeza. El policía se
vio afectado por la contusión y cayó al suelo. Silvana alcanzó a Rocco, pero el
monstruo al que hirió la derribó de una embestida.
El oficial luchaba por
levantarse. Al estar desarmado, quiso enfrentar a la bestia a golpes, mas esta
lo aprisionó con su cola. Lo apretó con todas sus fuerzas hasta calarle los
huesos. El hombre gritaba atormentado. A Silvana su contrincante la tenía
contra el suelo, con una pata encima, contrayéndole los órganos internos
provocando que la chica derramara lágrimas de sufrimiento. Parecía que los dos
policías encubiertos estaban llegando a su límite. Habían llegado demasiado
lejos. Lograron burlar a la poderosa bestia que aún lidiaba con el problema de
los padres. Se infiltraron en un peligroso lugar. Su plan tuvo complicaciones,
pero lo resolvieron improvisando oportunamente, sin embargo, no podían superar
el desafío final. El panorama era completamente deprimente.
Cuando los dos predadores
estaban cerca de quebrar a sus presas, unas largas corrientes de vapor se
pasearon por sus narices. Ambos sabían lo que eso significaba. Buscaron con la
mirada a Rocco, pero el vapor se volvió tan denso que les obstruyó la vista.
Los policías estaban cerca de perder el conocimiento debido al intenso dolor.
Las ratas aumentaron la fuerza de presión para exterminarlos de una vez, sin
embargo, los tosidos de dos personas los alertaron totalmente. Voltearon a
todos lados desesperadas por encontrar la fuente del sonido, mas no se veía
nada. Sospecharon que ya no se encontraban únicamente ellos en la habitación.
Sabían de lo que el asimilador en la mente de Rocco era capaz. Una de ellas
notó que Dorantes ya no reaccionaba y lo soltó para averiguar quiénes eran los
intrusos. Escuchó unos ligeros murmullos. Entrecerró los ojos. Se echó al suelo
para desplazarse a cuatro patas. Caminó con sigilo hacia donde percibió las
vocecillas. Nadó entre las nubes de vapor buscando encontrar un punto en donde
hubiera claridad. Finalmente, reconoció un par de siluetas. Unas tonalidades
naranjas resaltaban entre aquel blanco grisáceo espeso. Caminó hacia allá. El
vapor se disipó un poco mostrando cada vez más el chillante naranja que
revestía a lo que parecían ser un par de cuerpos.
El gigantesco roedor los
olfateó para conocer su naturaleza. Eran dos humanos. Cuando el vapor se
escurrió por la ventilación, las formas humanas fueron reconocibles. Había dos
chicos, espalda con espalda, de brazos cruzados e inmóviles. Las caras aún no
se les veían. Unas delgadas espirales de vapor los rodeaban de pies a cabeza.
La rata no quiso tomar ningún riesgo y se dispuso a atacar a los invasores. Se
lanzó de un brutal salto sobre las dos figuras humanas, pero en el aire fue
derribada por un par de disparos láser que le provocaron sendas heridas. El
monstruo cayó derribado al suelo, su tonelaje cimbró los suelos. Su compañera
levantó el pie liberando a una maltrecha Silvana de su opresión. Visualizó a
las dos figuras que seguían en la misma pose. Las interpeló con violencia.
—¿Quién
chingados son ustedes?
—¡Oh!
Bebé, qué mal que lo preguntes porque no te gustará saberlo —dijo la rasposa
voz de una mujer joven.
—Fue
un terrible error haber intentado deshacerse de nosotros. Ja, ja, ja… ¿lo dije
bien?, ¿así era? —exclamó titubeante la voz tersa de un hombre joven.
—Güey,
¿qué importa? Improvisa.
—Me
quiero apegar al guion.
—Ya
deja eso. —Carraspeó para retomar su tono serio—. Escucha, rata sarnosa, puedes
ir a chismearle al furro de tu jefe que le hemos traído un regalito.
Finalmente se pudo ver la
totalidad de los cuerpos de los chicos. Cada uno portaba un casco similar al de
un aviador militar; en él, había una insignia que parecía ser una especie de
ancla. El casco tenía una visera oscura que mantenía el velo de sus ojos. Pero
la rata se alarmó cuando vio que ambos portaban un arma sofisticada que humeaba
del cañón. Apuntaron al mismo tiempo hacia la bestia. El predador sabía que
estaba en aprietos. No le quedaba otra opción más que huir. En el momento en que
estiró la pata para emprender la carrera, una lluvia de ráfagas neón se impactó
en su peludo cuerpo. Salían chispas de su monstruosa corpulencia. La rata
padeció con sumo dolor cada uno de los impactos. Estremecida, cayó al suelo al
igual que su compañera quedando totalmente fuera de combate. Sus verdugos
enfundaron sus pistolas con una asombrosa sincronización. Estaban compaginados
en todos sus movimientos. Cada uno parecía el reflejo del otro. Volvieron a
chocar las espaldas, a cruzarse de brazos y a flexionar una rodilla. Coronaron
su pose haciendo al mismo tiempo el símbolo de amor y paz con sus dedos.
—¡We’re
back, bitches!
—Mira
nada más esto. Cuando el gato sale de la casa los ratones hacen fiesta.
—Esa
estuvo buena.
—La
improvisé.
Pero los victoriosos muchachos
notaron que nadie les hizo fiesta a pesar de su asombrosa entrada. Los únicos
espectadores del show eran las ratas fulminadas y un par de novios que yacían
semiinconscientes en el suelo.
—¡Mierda,
Videl! ¿Quiénes son ellos?
—¡Ah,
no manches! Qué pedo, Gera. Son unos novios.
Corrieron a auxiliarlos. Con
algo de trabajo, Silvana pudo mantenerse consciente. Al ver a los dos
extravagantes jóvenes se sorprendió un poco, pero también sintió alivio.
—¿Quiénes
son ustedes?
—Somos
amigos de ese que está ahí tirado —dijo Videl señalando a Rocco quien seguía
acostado en una esquina—. ¿Qué les pasó?
—Larga
historia. Venimos a rescatarlo a él, pero nunca imaginamos toparnos con ratones
gigantes.
—¿A rescatar
a Rocco? ¿No son unos recién casados?
—Somos
policías encubiertos.
—Videl,
¡mira! Es el policía que nos rescató en el museo —gritó Geraldine señalando a
un malherido Dorantes.
Los hermanos León entendieron
la situación. Ayudaron a los servidores públicos a incorporarse. Silvana pudo
pararse por su propio pie. Dorantes, quien recién recuperaba el conocimiento,
se sostuvo apoyándose en el hombro de Geraldine. Videl cargó a Rocco. Los
cuatro sabían que era urgente escapar del templo.
Unos segundos antes, cuando el
Redentor estaba despidiendo a los padres prometiéndoles una solución en los
siguientes días, todos en el recinto sintieron el retumbar de la caída de las
ratas. El Salvador pudo percibir el aroma a vinagre que emanaba del cuarto
trasero. Se alertó por completo. Se apresuró a despedir a los padres sin fallar
en la cortesía. Isaac le dio las gracias, pero también le dirigió unas últimas
palabras para hacerle saber que estarían atentos a su urgente respuesta. Prr Prr
Cat le dijo que sí un tanto apresurado. En cuanto los familiares se dieron la
vuelta para abandonar el lugar, el Redentor se levantó algo ansioso de su
trono. Isaac lo volteó a ver. Se sorprendió cuando este desapareció en un parpadeo.
Todo lo que rodeaba al enigmático ser lo asustaba, pero tenía que recurrir a
cualquier cosa para recuperar a su hijo.
El Salvador apareció en un
santiamén en la exoficina. Cuando vio que solo estaban los cuerpos de dos
enormes ratas tiradas y restos de vapor escurriendo por las ventanas, pero sin
rastros de Rocco por ningún lado, lanzó un aterrador rugido que retumbó en todo
San Miguel.
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