CAPÍTULO 24: RESABIO

No se necesitan barrotes para un hombre que se ha condenado a sí mismo. Es el preso ideal. El que no protesta. El que no lucha. El que no necesita ser vigilado.

Rocco se encontraba enclavado en la oscuridad. Se la pasaba acostado en posición fetal. Las imágenes revueltas en su mente lo confundían. Los sueños recientes poco a poco comenzaban a colorearse en su memoria. Sufría una crisis de identidad. No sabía si era un niño de 10 años o un anciano de 79 o un joven vigoroso de 22 o un infante atormentado de 6. ¿De dónde provenía?, ¿de un pintoresco hogar de interiores con tonalidades pastel?, ¿de un modesto cuarto con un anuncio holográfico en su exterior? o ¿de la casa de su padre y su segunda esposa?, ¿cuál de todas las versiones de sí mismo era la verdadera?

Las confusiones de su mente lo tenían distraído. Ojalá su verdadera familia fuera la que lo llevó al Paraíso Prehistórico. Se veían tan felices. Todo marchaba perfecto hasta que Gino decidió entrar al Cementerio Embrujado. ¿Por qué hizo eso? Fue mezquino y cruel. ¿Por qué no tuvo compasión de su hermanito? Quizá Gino no era tan bueno como él creía. Quizá hasta los seres amados tienen un lado oscuro que no nos atrevemos a mirar. Todo fue culpa de Gino. Por su culpa no pudo regresar con sus papás. Los extrañaba, sobre todo a papá. Lo recordaba como alguien muy bueno. Pensar en mamá le causaba cierto malestar. ¿Por qué? Quiso averiguarlo. Tenía tiempo de sobra para indagar en sus recuerdos.

Comenzó con los más frescos: sus padres besándose afuera de las Brontoburguers, diciéndose dulzuras al oído, exagerando en el detallismo mutuo. Todo se veía bien hasta ahí. Retrocedió a una velocidad mayor la película de su memoria. Las imágenes que corrían en reversa, musicalizadas por un sonido chillante, se detenían cada tanto. Observaba las escenas, pero todas eran similares. Sus padres siempre lo acompañaban en sus fiestas de cumpleaños, en los festivales escolares, en sus vacaciones en la playa, en sus visitas a los parques. Jugaban con él cuando era Día de Reyes. Lo llevaban a pedir calaverita en Día de Muertos. Los mejores momentos de su vida los pasaron juntos. Todo estaba aparentemente bien, pero faltaba algo: ¿dónde estaba Gino? Su ausencia en cada uno de esos eventos era notable. ¿Por qué todo se trataba de Rocco?, ¿qué hay del cumpleaños de Gino o sus Días de Reyes?, ¿a él no lo llevaban a pedir calaverita? Echaba la cinta para atrás o para adelante buscando pistas. ¿Qué decía papá al respecto?, “fue a ensayar”, “está con los del taller de teatro”, “tuvo una obra”, pero, si estaba en una función, ¿por qué no lo fueron a ver? Mamá de plano ni hablaba de él. Era como si ni lo conociera. Papá hablaba de Gino como si fuera un actor profesional que estuviera ocupado todo el tiempo, cuando en realidad su propio hermano mayor le confesó en la fila del Vulcano que su compañía de teatro era muy austera, que de hecho a él no le llamaba tanto la atención actuar. Era un detalle contradictorio.

Las opiniones de su papá sobre Gino le parecían familiares. Sentía como si tuviera un déjà vu, como si hubiera vivido una experiencia similar en otra vida. Tal vez debería indagar en los recuerdos de las otras versiones de sí mismo que conoció a través de sus sueños. No sería fácil conectar esos recuerdos prestados. Se forzó a buscarlos. Desechó la cinta. Buscó otros casettes dentro de sí. Eran tantas las ganas que tenía de descubrirlo que su cerebro formó nuevas conexiones neuronales.

De pronto se formó una pequeña fisura entre aquellos muros de oscuridad. Por ahí penetró un rayo blanco. Los muros eran gruesos. La fisura luchaba por impedir que cicatrizaran los muros. Buscaba hacerse un espacio entre aquella inmensa negrura. Rocco quiso ayudarla. Forzó nuevamente sus pensamientos. Buscó dentro de su cabeza recuerdos que tuvieran que ver con su padre y con Gino. Le costó trabajo, pero la fisura persistió. Con un poco más de esfuerzo comenzó a trazar grietas. El lado oscuro se negaba a ser invadido, sellaba las grietas de inmediato, pero Rocco no se rendía.

Había dos personas del lado de donde provenía la luz blanca. El chico no podía distinguir las caras, pero reconocía ciertos rasgos corporales: cicatrices en las manos, lunares en el cuello, estilos de peinado, fragmentos de tatuajes, una marca en un antebrazo, la curvatura de una panza. Él sentía que conocía a esas personas. Conforme identificaba más rasgos armaba rompecabezas mentales. Entonces las fisuras se acrecentaban gracias al reconocimiento. Se formaban grietas formidables más difíciles de sellar. El blanco comenzó a ganar terreno. El negro parecía implacable, pero con paciencia se le obligó a ceder. Las proporciones de los cuerpos se volvían más reconocibles. La disputa entre los colores del Yin y el Yang pasó de equilibrada a inclinada hacia el lado de la luz. El área donde estaba aprisionado Rocco se tornó grisácea. Para cuando los muros terminaron de teñirse, el chico armó el rompecabezas completo. Delante de él había un hueco como de dos metros de alto y uno de ancho. Las personas que estaban del lado iluminado eran perfectamente reconocibles: su padre Isaac y su hermano Gino.

No lucían tan amables como en la visita al Paraíso Prehistórico. Papá vestía una camisa azul rey, Gino una camiseta blanca sin mangas. Isaac lucía molesto y desesperado. Gino tenía un semblante retador. Aquella imagen le pareció más sensata que la de sus recuerdos del viaje familiar. Ambos discutían en un tono fuerte. Incluso llegaban a los insultos. Mamá no estaba por ningún lado. Se veían más jóvenes. Isaac como de 30 y tantos y Gino era un adolescente de no más de 18. Su hermano mayor era sumamente violento, parecía que Isaac no era capaz de controlarlo.

De pronto, la camiseta de Gino se tornó roja. Tomó del brazo a su padre. Los colores de la camisa de Isaac se empezaron a mezclar con el rojo de la prenda de su hijo dando lugar a una coloración púrpura que se extendió más allá de sus ropas. Como si tuviera vida propia, el color se derramaba por suelo. Parecía un líquido viscoso. Se levantó hasta suspenderse en el aire. Se contrajo formando una pequeña burbuja flotante. La burbuja se infló lentamente hasta crecer al tamaño de una casa de dos pisos. La misteriosa esfera bajó al suelo. Rocco sintió la necesidad de introducirse en ella. Sentía una especie de llamado. La penetró con facilidad. Lucía formidable, no parecía que fuera a reventarse. La extraña aparición se elevó nuevamente con Rocco dentro de ella. Lo llevó lejos de su prisión.

En el camino no se distinguía nada más que una oscuridad de tonos verdosos combinados con morado.

Llegaron al fin a tierra firme, era una pequeña isla con una casa en su superficie. La burbuja descendió invitando a su pasajero a bajar. Al tocar el piso se dio cuenta de que él mismo lucía como cuando tenía 8 años. Conocía esa casa, aunque no estaba seguro de si alguna vez había vivido ahí. Tuvo una enorme curiosidad por entrar. Cuando cruzó la puerta tropezó con algunos juguetes tirados. Había figuras de acción, modelos a escala, legos; pero todo era de Star Wars. Su mente reordenaba memorias. Recordó que era fan de esa franquicia. Oyó la voz de su padre que iba saliendo de una habitación en la planta baja. Isaac le preguntó por qué estaba llorando. Cuando menos se dio cuenta, tenía la cara escurriendo lágrimas. Su mente y su boca parecían actuar autónomamente. Era un espectador dentro de su propio cuerpo.

—Papi, extraño mucho a Gino. Todos los días sueño con él. Pienso que es una señal de que va a volver.

—Rocco, hijito, ven aquí. —Le dio un abrazo reconfortante—. Ya sé que extrañas a tu hermano, pero la muerte es algo natural e inevitable. Tal vez te asusta ahora, pero es algo a lo que todas las personas tenemos que adaptarnos. Lamento que Gino se haya ido tan temprano. Habría sido muy padre pasar más tiempo con él, pero debes entender que ya no puede volver, por más que lo quieras, lo único que puedes hacer es honrar su memoria.  

—¿La muerte lo escogió?

—Sí. Ella hace su elección con los ojos vendados. Nos visita al azar.

—¿Entonces por qué esos señores le hicieron eso? La muerte tenía que venir por él. Nadie debía entrometerse.

—Fue una tragedia. A veces no podemos elegir el modo en que morimos. Puede pasar en cualquier momento y en cualquier lugar, aunque sea de la forma más horrible.

—Pero no debieron hacerlo. ¡Eso estuvo mal! Esas cosas no se hacen. Solo los malos las hacen. Los señores malos no deberían decidir cuándo morimos. ¡No se vale!

—Tienes un poco de razón. Lo que hicieron fue un crimen, por eso ya lo están pagando en la cárcel.

—¿Yo también tuve la culpa?

—¡No! Para nada. ¿Por qué habría de ser tu culpa?

—Porque nos asaltaron cuando fue por mí a la escuela.

—Eso fue una casualidad. Los delincuentes te pueden asaltar en cualquier lugar. Son unos desgraciados a los que no les importa nada. El problema fue que tu hermano también se puso un poco loco. No debió haberse resistido, pero Gino era así. En fin, ¿quieres ir a hablar con él para que te sientas mejor?

—¡Sí!

La imagen se disipó como si todo se evaporizara. Se dibujó una nueva escena en la que Rocco e Isaac estaban en un panteón bajo un sol azotador. La tierra de las tumbas se les metía en los ojos. Un mariachi sonaba de fondo entonando Amor Eterno. Ellos le colocaban flores a la tumba de Gino. Rocco solía amarrar dos flores en forma de cruz antes de dejarlas sobre la loza. Ese acto lo ponía feliz.

—¿Te acuerdas cuando Gino te llevó hasta arriba del cerro para ver la ciudad?

—No. Creo que estaba muy chiquito.

—¿En serio?

—No recuerdo muchas cosas de él. Por eso me siento triste. Quisiera que se hubiera muerto cuando estuviéramos más grandes. ¿Me cuentas otra vez sobre su vida?

—Pues tu hermano era un muchacho muy bueno. Todos lo queríamos mucho. Un poco rebelde, pero así son los chavos de su edad.

—Le gustaba el teatro.

—Sí. Andaba muy metido en eso. Era un excelente actor.

—¿De qué actuaba?

—Ah, pues de lo que le tocara. Podía interpretar cualquier papel. Siempre se ganaba el aplauso del público.

—Solo recuerdo una de sus obras. Pero estaba muy rara. No le entendí.

—Ja, ja. Yo tampoco les entendía a veces, hijo.  

—Era algo así como un ángel.

—Sí. Era de esas cosas raras de los griegos.

—Ahora es un ángel de verdad que nos cuida desde el cielo.

—No tengas duda de ello. Así que pórtate bien para que esté orgulloso.

—No creo que esté orgulloso de mí. Cuando estaba vivo siempre se enojaba conmigo porque yo no era como él.

—¿Cómo?

—Pues a él le gustaba andar en la calle con sus amigos, pero yo quería quedarme en la casa jugando con el Sega. Me aburre estar en la calle. Él me molestaba por eso. Me decía que se me iba a secar el cerebro de tanto estar jugando o de estar viendo películas de la Guerra de las Galaxias, que tenía que salir a jugar con los demás niños, que tenía que aprender a hacer cosas de hombres.

—Hijo, andar de vago no te hace un hombre. Las cosas que él y sus amigos hacían en la calle no son de un verdadero hombre.

—Creo que estaba un poco decepcionado de mí.

—No es cierto. Él te quería mucho. Siempre te compraba cosas, además te llevaba a jugar.

—Me gustaría que se sintiera orgulloso de mí. Yo no pude complacerlo cuando estaba vivo. Ahora se fue. —Comenzó a llorar—. Por eso quiero hacer que me vea con orgullo desde el cielo. Como Videl, su papá y su abuelo. Los tres tocan la guitarra, también la armónica. Videl es muy talentoso. Su papá está muy orgulloso de él porque aprendió el oficio de la familia. Quisiera que Gino me viera así.

—Pero todos estamos muy orgullosos de ti. No tienes que hacer nada para impresionarnos.  

—Todos menos Gino.

—Hijo, por favor, no te compares con otros niños.

—Papá, pero es que la gente no te quiere si no eres bueno en algo.

—No es cierto.

—¡Sí! Como mamá, que nos dejó por mi culpa.

—¿Quién te dijo eso?

—Yo lo descubrí. Nos cambió por un señor que vive en Estados Unidos.

—No. Ella se fue a Holanda.

—¿Holanda está en Estados Unidos?

—No. Está en Europa. Es muy bonito por allá.

—¿Ves? Por eso se fue, porque San Miguel está muy feo. Nosotros estamos muy feos, por eso nos abandonó.

—Ja, ja. Ay, hijo. Estaremos feos, pero somos simpáticos.

—¿Por qué no nos busca? ¿Por qué no vino cuando mataron a Gino? ¡No le importamos!

—No uses esa palabra tan fea hijo. Mejor di que tu hermano “falleció”.

—Tú has dicho que mamá no quería a Gino por latoso, que estaba harta de él, que cuando yo nací pensó que iba a ser igual que él y por eso se fue.

—Yo no dije ninguna de esas cosas. ¿De dónde sacaste todo eso?

—Te he escuchado platicar con Candelaria. Si mamá no se hubiera ido Gino estaría mejor educado. Jamás lo hubieras tenido que correr de la casa. ¡Las mamás tienen que educar a sus hijos!

—La educación es responsabilidad de ambos padres.

—Pero más de las mamás. Por eso Gino se portaba mal, porque estaba enojado con mamá. ¡La odio! Nunca me ha hablado, ni siquiera en mi cumpleaños. ¡Odio a mi mamá!

—No, no, hijo, no digas eso. Odiar es una palabra muy fuerte que implica un compromiso al que no deberías atarte. No te sientas abandonado. Yo te amo mucho y Candelaria también.

—Pero ella no es mi mamá.

—No pretende serlo, pero también es tu familia. Lo que quiero que entiendas es que, aunque nos abandonen o suframos alguna pérdida, siempre vamos a tener el apoyo de otras personas que nos aman. Me tienes a mí, a Candelaria, a tu hermanito Jesús.

—Él no es mi hermano.

—Claro que lo es porque también es mi hijo. Además, tienes a tu amigo Videl y a tus amigos de la escuela.

—No tengo más amigos en la escuela. Solo me hablan por Videl. Él les cae bien a todos y siempre está feliz. Quisiera ser feliz como él. Yo siempre estoy enojado.

—Pero él también tiene sus propios problemas. No vive con su mamá ni con su hermana porque sus papás se divorciaron.

—Su hermana está viviendo ahorita con él. Luego juega con nosotros.

—¡Ah! ¿Y te gusta?

—¡No! No me gusta. Es un poco molesta.

—Está bien. Ya no te voy a decir nada. Hijo: ven, te quiero dar un abrazo.

—Gracias, papi. Eres muy bueno conmigo, con Candelaria, con el bebé, con todos. Eres la persona más buena del mundo. Y mamá la más mala.

—Escúchame: no podemos vivir con rencores. Hay que saber perdonar, como dice Diosito. Acuérdate que tenemos que ser como él.

—¡Sí! Él era muy bueno también.

—Es.

—¿Me llevas al culto? Quiero hablar con Dios.

—Por supuesto que sí, mi’jito. Él también quiere hablar contigo.

—Papi, también quiero que me metas a clases de teatro.

—Me parece una excelente idea. Si Gino ya estaba orgulloso de ti, ahora lo estará más cuando vea que sigues sus pasos. Los buenos pasos. ¡Ándale! Ya despídete de tu hermano que ya nos vamos a la casa.

Nuevamente la imagen se evaporizó en su totalidad. Rocco recuperó su cuerpo de 10 años, el cual comenzó a caer en un vacío hasta que finalmente aterrizó en otra casa que también le parecía familiar. El lugar estaba lleno de fotos de la familia de Videl en las paredes. Cayó justo al lado de su inseparable amigo. Nuevamente era un espectador dentro de su propio cuerpo, introduciéndose en la dinámica no por su voluntad. Ahora tenía 6 años. Él y un Yeti, también infante, construían un autolavado de Hot Wheels. Tenían una alegría compartida que se interrumpió cuando Videl dijo lo siguiente:

—¿Por qué chillaste anoche?

—No chillé, chismoso.

—Claro que sí. Todos te vimos.

—Tuve una pesadilla, por eso grité, pero no chillé.

—¿Te miaste?

—No. ¡Ya déjame!

—Eres bien berrinchudo.

—¿Por qué tu papá siempre pone esas canciones?

—Están chidas. A mí también me gustan. Es Liran’ Roll. A todos aquí nos gustan, menos a la Gera, pero ella no importa porque no vive aquí.

—¿Qué dijiste, Patotas?

—¡Ay! Ahí vienes de pinche metiche.

—¿Puedo jugar?

—No. Este juego es para niños.

—¡Ándale! Déjame aventar este carro.

—¡’Pérate! ¿Qué estás haciendo? Lo vas a tirar.

—¡Uh!, ¡uju!, ¡run!, ¡run!

—¡Deja ahí! No es una pista de carreras.

—Ja, ja. Pinche pista fea.

—¡Que no es pista!

—Y que llegaba King Kong y la tiraba, ¿va?

—Baja ese chango. ¡No!

—¡No!

—¡Pum! Ja, ja, ja, ja.

—Ya lo deshiciste. ¡Ash! ¡Lo rompiste!

—Rocco ni aguanta nada. Es igual de marica que tú.

—Vete a jugar con tus Barbies o lo que sea, pinche maldosa.

—No. Es aburrido. Es más divertido molestarlos. ¿Ahora no van a ver su película esa fea de las naves?

—¿Tú qué sabes de eso?

—Está bien aburrida. El malo ni puede respirar. Mejor deberían esperar a que se muera de cáncer o quién sabe qué tenga.

—Ni le entiendes.

—¡Oye! Rocco, ¿qué soñaste anoche?

—Amm… Ya no me acuerdo.

—¿No te miaste?

—¡Que no!

—¡Ay! Qué carácter. No te lo digo para molestarte. Te iba a enseñar algo, un dibujo que te hice. Ven. Está en mi cuarto.

—No vayas, Rocco. Esta nada más te quiere molestar.  

—No lo peles. Es en serio. Te lo juro.

—¿Qué? ¿Te gusta?

—Ja, ja. No manches. Si es un bebé. Ándale, ya ven. Ahorita regresas con el Pie Grande.

—Ay, pues no sé. Bueno. Sí. Ahorita regreso.

—Donde se estén besando le digo a mi papá, ¿eh, Gera?

Caminaron hasta la habitación de Geraldine. Era un lugar prácticamente vacío, sin pintar, con un catre pegado a la pared, una lámpara de lava en un viejo buró y una caja donde estaba toda la ropa de la niña. Ella corrió hacia el catre para tomar una hoja de block tamaño oficio. Con la poca iluminación del cuarto apenas se alcanzaba a percibir el trazo estampado en el papel lácteo. La ilustración no era otra cosa que un gatito negro sentado. La punta de su cola semienroscada estaba en medio de sus patas delanteras y traseras. Pero lo que hacía especial al personaje era una capita color púrpura que tenía amarrada al cuello. El tono combinaba con el púrpura brillante de sus ojos. Parecía un pequeño superhéroe. Rocco no era particularmente fan de los gatos, pero la obra le encantó. Geraldine tenía un trazo impecable. Aquella figura empoderada le transmitía seguridad al chico. Le brindaba una especie de calma que no podía explicarse.

—Toma. Te lo regalo.

—¿Por qué?

—Antes de dormir, pídele a este amigo que te defienda si tienes una pesadilla. Míralo. Tiene una capa. Es poderoso. Él te puede cuidar. No se vale que te enfrentes a tus sueños solo.

—¡Muchas gracias! Me gustó mucho. ¿Cómo se llama?

—Prr Prr Cat.

—¿Pur?

—Sí, pero deja la lengua vibrando unos segundos. Purrrr… Así, Purrrr.

—¿Qué significa “Prr”?

—Pues así le hacen los gatos. ¿No los has oído? Es un sonido muy bonito. El gato es mi animal favorito y el púrpura es mi color favorito.

—Dibujas chido.

—Ya lo sé. ¡Ándale! Vete a jugar con el apestoso. No le hagas caso si te molesta. No me gustas. Los niños y las niñas también pueden ser amigos.

—Sí. Gracias.

—Órale, pues.

Rocco volvió a evaporarse junto con todo a su alrededor. Abrió los ojos y era nuevamente el niño de 10 años al que la burbuja trasladó hasta el recuerdo de su casa. Aún estaba ahí afuera, viendo su hogar con una singular nostalgia. Caminó hacia la burbuja. Ya no era el mismo que cuando llegó. Ahora tenía mayor certeza sobre su identidad. Penetró en la burbuja.

Nuevamente fue trasladado a su prisión, la cual tampoco era la misma puesto que sus muros permanecían grises. Lo vivido en el Paraíso Prehistórico cada vez le parecía más falso. Iba atando cabos. En su mente proyectaba una y otra vez los recuerdos recién recuperados. Sacaba sus propias conjeturas. Destapar las cloacas de su subconsciente le resultó más fácil. Todo aquello que estaba enterrado, censurado, prohibido por su propia mente para protegerle, ahora salía a luz. Recordó entonces cuando tenía 5 años y estaba en el funeral de Gino lidiando con un trauma indeseable. También se trasladó al momento en que asesinaron a su hermano, la peor experiencia de su vida. Todo lo veía en flashazos mientras viajaba en la burbuja. Pensó en que al fin había recordado el nombre de su mejor amigo. También entendió por qué odiaba a su mamá; no podía ser la misma persona cariñosa del Paraíso Prehistórico. Comprendió el porqué Gino estaba ausente en los recuerdos inventados de él y sus padres. Alguien le estaba haciendo creer que su vida era diferente. Alguien le estaba negando su propia historia implantando patrañas en su memoria. Alguien estaba jugando con las ilusiones de su futuro también. Buscaban confundirlo. Lo habían relegado del control de su mente.

En eso pensaba justo cuando arribó a la prisión. Como el aún prisionero ideal, accedió entrar sin rechistar, sintió que una presencia hipnotizante así se lo ordenaba. Justo cuando cruzó el agujero en la pared, una violenta cascada de imágenes se derramó en su mente, pero una predominó. Era el Rocco de 5 años saliendo de la primaria. Esperaba a que Gino fuera a recogerlo. Su hermano llegó tarde por él. Lo tomó de la mano. Estaba feliz ya que llevaba meses sin verlo desde que su papá lo corrió de la casa. Gino le hablaba de llevarlo al parque, de comprarle un helado, de jugar futbol con él. Rocco se columpiaba de su mano. Daba brinquitos de alegría. Hasta que sucedió la tragedia. Tres desconocidos los amedrentaron. Despojaron de sus objetos a Gino, él opuso resistencia. Discutieron unos segundos. Rocco lloraba angustiado. Se quedó paralizado viendo cómo su hermano forcejeaba con los delincuentes. Uno de ellos sacó un arma. Le dio un cachazo a Gino justo en su ojo izquierdo. Quedó sumamente herido, pero aún seguía luchando por defenderse. Finalmente, colmó la paciencia del sujeto armado y le dio tres tiros: uno en el estómago, otro en la pierna y el mortal en el cuello. Los tres tipos huyeron. Rocco se abalanzó sobre el cuerpo agonizante de su hermano. Fueron rodeados por un grupo de curiosos. La escena era espantosa.

El recuerdo detuvo su proyección. No hubo más imágenes crudas. El niño se tiró de rodillas en medio de los muros grises. Lloró con tal intensidad que se ganó una jaqueca. Tanto la nuca como la frente le dolían. Berreó hasta vomitar. Por su garganta pasaron trozos espesos de mocos. Entre su miseria, alcanzó a escuchar nuevamente las voces de siempre. Oyó cómo se abría una puerta. No tenía idea de dónde provenían los sonidos. Alguien entró a una habitación. Se escucharon sus pasos. Alcanzó a reconocer unas frases provenientes de una voz apabullante: “¿Qué pasó?, ¿cómo está?, ¿se está despertando otra vez? Ya les he dicho que no lo dejen solo. Se ve alterado. Voy a tener que entrar”.

Rocco sintió un mareo. Tenía una sensación similar a cuando estás a punto de despertar. Todo se veía borroso. Entre nubes de vapor, vio la singular figura de un pequeño gato acercándose. Dormitando le dijo:

—¡Ah! Conque eres tú. Ya recordé tu nombre. Te llamas Prr Prr Cat, ¿cierto? Purrrr, se pronuncia Prrrr... Debo dejar la lengua vibrando unos segundos. Geraldine te creó y yo te idealicé.

—Duerme una última vez, mi amado. Pronto estarás listo. En unos cuantos días, cuando inicie nuestra operación, será tiempo de despertar.  

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