CAPÍTULO 24: RESABIO
No se necesitan barrotes para
un hombre que se ha condenado a sí mismo. Es el preso ideal. El que no
protesta. El que no lucha. El que no necesita ser vigilado.
Rocco se encontraba enclavado
en la oscuridad. Se la pasaba acostado en posición fetal. Las imágenes
revueltas en su mente lo confundían. Los sueños recientes poco a poco
comenzaban a colorearse en su memoria. Sufría una crisis de identidad. No sabía
si era un niño de 10 años o un anciano de 79 o un joven vigoroso de 22 o un infante
atormentado de 6. ¿De dónde provenía?, ¿de un pintoresco hogar de interiores
con tonalidades pastel?, ¿de un modesto cuarto con un anuncio holográfico en su
exterior? o ¿de la casa de su padre y su segunda esposa?, ¿cuál de todas las
versiones de sí mismo era la verdadera?
Las confusiones de su mente lo
tenían distraído. Ojalá su verdadera familia fuera la que lo llevó al Paraíso
Prehistórico. Se veían tan felices. Todo marchaba perfecto hasta que Gino
decidió entrar al Cementerio Embrujado. ¿Por qué hizo eso? Fue mezquino y
cruel. ¿Por qué no tuvo compasión de su hermanito? Quizá Gino no
era tan bueno como él creía. Quizá hasta los seres amados tienen un lado oscuro
que no nos atrevemos a mirar. Todo fue culpa de Gino. Por su culpa no pudo
regresar con sus papás. Los extrañaba, sobre todo a papá. Lo recordaba como
alguien muy bueno. Pensar en mamá le causaba cierto malestar. ¿Por qué? Quiso
averiguarlo. Tenía tiempo de sobra para indagar en sus recuerdos.
Comenzó con los más frescos:
sus padres besándose afuera de las Brontoburguers, diciéndose dulzuras al oído,
exagerando en el detallismo mutuo. Todo se veía bien hasta ahí. Retrocedió a
una velocidad mayor la película de su memoria. Las imágenes que corrían en
reversa, musicalizadas por un sonido chillante, se detenían cada tanto.
Observaba las escenas, pero todas eran similares. Sus padres siempre lo
acompañaban en sus fiestas de cumpleaños, en los festivales escolares, en sus
vacaciones en la playa, en sus visitas a los parques. Jugaban con él cuando era
Día de Reyes. Lo llevaban a pedir calaverita en Día de Muertos. Los mejores
momentos de su vida los pasaron juntos. Todo estaba aparentemente bien, pero
faltaba algo: ¿dónde estaba Gino? Su ausencia en cada uno de esos eventos era
notable. ¿Por qué todo se trataba de Rocco?, ¿qué hay del cumpleaños de Gino o
sus Días de Reyes?, ¿a él no lo llevaban a pedir calaverita? Echaba la cinta
para atrás o para adelante buscando pistas. ¿Qué decía papá al respecto?, “fue
a ensayar”, “está con los del taller de teatro”, “tuvo una obra”, pero, si estaba
en una función, ¿por qué no lo fueron a ver? Mamá de plano ni hablaba de él.
Era como si ni lo conociera. Papá hablaba de Gino como si fuera un actor
profesional que estuviera ocupado todo el tiempo, cuando en realidad su propio
hermano mayor le confesó en la fila del Vulcano que su compañía de teatro era
muy austera, que de hecho a él no le llamaba tanto la atención actuar. Era un
detalle contradictorio.
Las opiniones de su papá sobre
Gino le parecían familiares. Sentía como si tuviera un déjà vu, como si
hubiera vivido una experiencia similar en otra vida. Tal vez debería indagar en
los recuerdos de las otras versiones de sí mismo que conoció a través de sus
sueños. No sería fácil conectar esos recuerdos prestados. Se forzó a buscarlos.
Desechó la cinta. Buscó otros casettes dentro de sí. Eran tantas las
ganas que tenía de descubrirlo que su cerebro formó nuevas conexiones
neuronales.
De pronto se formó una pequeña
fisura entre aquellos muros de oscuridad. Por ahí penetró un rayo blanco. Los
muros eran gruesos. La fisura luchaba por impedir que cicatrizaran los muros.
Buscaba hacerse un espacio entre aquella inmensa negrura. Rocco quiso ayudarla.
Forzó nuevamente sus pensamientos. Buscó dentro de su cabeza recuerdos que
tuvieran que ver con su padre y con Gino. Le costó trabajo, pero la fisura
persistió. Con un poco más de esfuerzo comenzó a trazar grietas. El lado oscuro
se negaba a ser invadido, sellaba las grietas de inmediato, pero Rocco no se
rendía.
Había dos personas del lado de
donde provenía la luz blanca. El chico no podía distinguir las caras, pero
reconocía ciertos rasgos corporales: cicatrices en las manos, lunares en el
cuello, estilos de peinado, fragmentos de tatuajes, una marca en un antebrazo,
la curvatura de una panza. Él sentía que conocía a esas personas. Conforme
identificaba más rasgos armaba rompecabezas mentales. Entonces las fisuras se
acrecentaban gracias al reconocimiento. Se formaban grietas formidables más
difíciles de sellar. El blanco comenzó a ganar terreno. El negro parecía
implacable, pero con paciencia se le obligó a ceder. Las proporciones de los
cuerpos se volvían más reconocibles. La disputa entre los colores del Yin
y el Yang pasó de equilibrada a inclinada hacia el lado de la luz. El área
donde estaba aprisionado Rocco se tornó grisácea. Para cuando los muros
terminaron de teñirse, el chico armó el rompecabezas completo. Delante de él había
un hueco como de dos metros de alto y uno de ancho. Las personas que estaban
del lado iluminado eran perfectamente reconocibles: su padre Isaac y su hermano
Gino.
No lucían tan amables como en
la visita al Paraíso Prehistórico. Papá vestía una camisa azul rey, Gino una
camiseta blanca sin mangas. Isaac lucía molesto y desesperado. Gino tenía un
semblante retador. Aquella imagen le pareció más sensata que la de sus
recuerdos del viaje familiar. Ambos discutían en un tono fuerte. Incluso
llegaban a los insultos. Mamá no estaba por ningún lado. Se veían más jóvenes.
Isaac como de 30 y tantos y Gino era un adolescente de no más de 18. Su hermano
mayor era sumamente violento, parecía que Isaac no era capaz de controlarlo.
De pronto, la camiseta de Gino
se tornó roja. Tomó del brazo a su padre. Los colores de la camisa de Isaac se
empezaron a mezclar con el rojo de la prenda de su hijo dando lugar a una
coloración púrpura que se extendió más allá de sus ropas. Como si tuviera vida
propia, el color se derramaba por suelo. Parecía un líquido viscoso. Se levantó
hasta suspenderse en el aire. Se contrajo formando una pequeña burbuja
flotante. La burbuja se infló lentamente hasta crecer al tamaño de una casa de
dos pisos. La misteriosa esfera bajó al suelo. Rocco sintió la necesidad de
introducirse en ella. Sentía una especie de llamado. La penetró con facilidad.
Lucía formidable, no parecía que fuera a reventarse. La extraña aparición se
elevó nuevamente con Rocco dentro de ella. Lo llevó lejos de su prisión.
En el camino no se distinguía
nada más que una oscuridad de tonos verdosos combinados con morado.
Llegaron al fin a tierra firme,
era una pequeña isla con una casa en su superficie. La burbuja descendió
invitando a su pasajero a bajar. Al tocar el piso se dio cuenta de que él mismo
lucía como cuando tenía 8 años. Conocía esa casa, aunque no estaba seguro de si
alguna vez había vivido ahí. Tuvo una enorme curiosidad por entrar. Cuando
cruzó la puerta tropezó con algunos juguetes tirados. Había figuras de acción,
modelos a escala, legos; pero todo era de Star Wars. Su mente reordenaba
memorias. Recordó que era fan de esa franquicia. Oyó la voz de su padre que iba
saliendo de una habitación en la planta baja. Isaac le preguntó por qué estaba
llorando. Cuando menos se dio cuenta, tenía la cara escurriendo lágrimas. Su
mente y su boca parecían actuar autónomamente. Era un espectador dentro de su
propio cuerpo.
—Papi,
extraño mucho a Gino. Todos los días sueño con él. Pienso que es una señal de
que va a volver.
—Rocco,
hijito, ven aquí. —Le dio un abrazo reconfortante—. Ya sé que extrañas a tu
hermano, pero la muerte es algo natural e inevitable. Tal vez te asusta ahora,
pero es algo a lo que todas las personas tenemos que adaptarnos. Lamento que
Gino se haya ido tan temprano. Habría sido muy padre pasar más tiempo con él, pero
debes entender que ya no puede volver, por más que lo quieras, lo único que
puedes hacer es honrar su memoria.
—¿La
muerte lo escogió?
—Sí.
Ella hace su elección con los ojos vendados. Nos visita al azar.
—¿Entonces
por qué esos señores le hicieron eso? La muerte tenía que venir por él. Nadie
debía entrometerse.
—Fue
una tragedia. A veces no podemos elegir el modo en que morimos. Puede pasar en
cualquier momento y en cualquier lugar, aunque sea de la forma más horrible.
—Pero
no debieron hacerlo. ¡Eso estuvo mal! Esas cosas no se hacen. Solo los malos
las hacen. Los señores malos no deberían decidir cuándo morimos. ¡No se vale!
—Tienes
un poco de razón. Lo que hicieron fue un crimen, por eso ya lo están pagando en
la cárcel.
—¿Yo
también tuve la culpa?
—¡No!
Para nada. ¿Por qué habría de ser tu culpa?
—Porque
nos asaltaron cuando fue por mí a la escuela.
—Eso
fue una casualidad. Los delincuentes te pueden asaltar en cualquier lugar. Son
unos desgraciados a los que no les importa nada. El problema fue que tu hermano
también se puso un poco loco. No debió haberse resistido, pero Gino era así. En
fin, ¿quieres ir a hablar con él para que te sientas mejor?
—¡Sí!
La imagen se disipó como si
todo se evaporizara. Se dibujó una nueva escena en la que Rocco e Isaac estaban
en un panteón bajo un sol azotador. La tierra de las tumbas se les metía en los
ojos. Un mariachi sonaba de fondo entonando Amor Eterno. Ellos le colocaban
flores a la tumba de Gino. Rocco solía amarrar dos flores en forma de cruz
antes de dejarlas sobre la loza. Ese acto lo ponía feliz.
—¿Te
acuerdas cuando Gino te llevó hasta arriba del cerro para ver la ciudad?
—No. Creo
que estaba muy chiquito.
—¿En
serio?
—No
recuerdo muchas cosas de él. Por eso me siento triste. Quisiera que se hubiera
muerto cuando estuviéramos más grandes. ¿Me cuentas otra vez sobre su vida?
—Pues
tu hermano era un muchacho muy bueno. Todos lo queríamos mucho. Un poco rebelde,
pero así son los chavos de su edad.
—Le
gustaba el teatro.
—Sí.
Andaba muy metido en eso. Era un excelente actor.
—¿De
qué actuaba?
—Ah,
pues de lo que le tocara. Podía interpretar cualquier papel. Siempre se ganaba
el aplauso del público.
—Solo
recuerdo una de sus obras. Pero estaba muy rara. No le entendí.
—Ja,
ja. Yo tampoco les entendía a veces, hijo.
—Era
algo así como un ángel.
—Sí.
Era de esas cosas raras de los griegos.
—Ahora
es un ángel de verdad que nos cuida desde el cielo.
—No
tengas duda de ello. Así que pórtate bien para que esté orgulloso.
—No
creo que esté orgulloso de mí. Cuando estaba vivo siempre se enojaba conmigo
porque yo no era como él.
—¿Cómo?
—Pues
a él le gustaba andar en la calle con sus amigos, pero yo quería quedarme en la
casa jugando con el Sega. Me aburre estar en la calle. Él me molestaba por eso.
Me decía que se me iba a secar el cerebro de tanto estar jugando o de estar
viendo películas de la Guerra de las Galaxias, que tenía que salir a jugar con
los demás niños, que tenía que aprender a hacer cosas de hombres.
—Hijo,
andar de vago no te hace un hombre. Las cosas que él y sus amigos hacían en la
calle no son de un verdadero hombre.
—Creo
que estaba un poco decepcionado de mí.
—No es
cierto. Él te quería mucho. Siempre te compraba cosas, además te llevaba a
jugar.
—Me
gustaría que se sintiera orgulloso de mí. Yo no pude complacerlo cuando estaba
vivo. Ahora se fue. —Comenzó a llorar—. Por eso quiero hacer que me vea con
orgullo desde el cielo. Como Videl, su papá y su abuelo. Los tres tocan la
guitarra, también la armónica. Videl es muy talentoso. Su papá está muy
orgulloso de él porque aprendió el oficio de la familia. Quisiera que Gino me
viera así.
—Pero
todos estamos muy orgullosos de ti. No tienes que hacer nada para
impresionarnos.
—Todos
menos Gino.
—Hijo,
por favor, no te compares con otros niños.
—Papá,
pero es que la gente no te quiere si no eres bueno en algo.
—No es
cierto.
—¡Sí!
Como mamá, que nos dejó por mi culpa.
—¿Quién
te dijo eso?
—Yo lo
descubrí. Nos cambió por un señor que vive en Estados Unidos.
—No.
Ella se fue a Holanda.
—¿Holanda
está en Estados Unidos?
—No.
Está en Europa. Es muy bonito por allá.
—¿Ves?
Por eso se fue, porque San Miguel está muy feo. Nosotros estamos muy feos, por
eso nos abandonó.
—Ja,
ja. Ay, hijo. Estaremos feos, pero somos simpáticos.
—¿Por
qué no nos busca? ¿Por qué no vino cuando mataron a Gino? ¡No le importamos!
—No
uses esa palabra tan fea hijo. Mejor di que tu hermano “falleció”.
—Tú has dicho que mamá no quería a Gino por latoso, que estaba harta de él, que
cuando yo nací pensó que iba a ser igual que él y por eso se fue.
—Yo no
dije ninguna de esas cosas. ¿De dónde sacaste todo eso?
—Te he
escuchado platicar con Candelaria. Si mamá no se hubiera ido Gino estaría mejor
educado. Jamás lo hubieras tenido que correr de la casa. ¡Las mamás tienen que
educar a sus hijos!
—La
educación es responsabilidad de ambos padres.
—Pero
más de las mamás. Por eso Gino se portaba mal, porque estaba enojado con mamá.
¡La odio! Nunca me ha hablado, ni siquiera en mi cumpleaños. ¡Odio a mi mamá!
—No,
no, hijo, no digas eso. Odiar es una palabra muy fuerte que implica un
compromiso al que no deberías atarte. No te sientas abandonado. Yo te amo mucho
y Candelaria también.
—Pero
ella no es mi mamá.
—No
pretende serlo, pero también es tu familia. Lo que quiero que entiendas es que,
aunque nos abandonen o suframos alguna pérdida, siempre vamos a tener el apoyo
de otras personas que nos aman. Me tienes a mí, a Candelaria, a tu hermanito
Jesús.
—Él no
es mi hermano.
—Claro
que lo es porque también es mi hijo. Además, tienes a tu amigo Videl y a tus
amigos de la escuela.
—No tengo
más amigos en la escuela. Solo me hablan por Videl. Él les cae bien a todos y
siempre está feliz. Quisiera ser feliz como él. Yo siempre estoy enojado.
—Pero
él también tiene sus propios problemas. No vive con su mamá ni con su hermana
porque sus papás se divorciaron.
—Su
hermana está viviendo ahorita con él. Luego juega con nosotros.
—¡Ah!
¿Y te gusta?
—¡No!
No me gusta. Es un poco molesta.
—Está
bien. Ya no te voy a decir nada. Hijo: ven, te quiero dar un abrazo.
—Gracias,
papi. Eres muy bueno conmigo, con Candelaria, con el bebé, con todos. Eres la
persona más buena del mundo. Y mamá la más mala.
—Escúchame:
no podemos vivir con rencores. Hay que saber perdonar, como dice Diosito.
Acuérdate que tenemos que ser como él.
—¡Sí!
Él era muy bueno también.
—Es.
—¿Me
llevas al culto? Quiero hablar con Dios.
—Por
supuesto que sí, mi’jito. Él también quiere hablar contigo.
—Papi,
también quiero que me metas a clases de teatro.
—Me
parece una excelente idea. Si Gino ya estaba orgulloso de ti, ahora lo estará
más cuando vea que sigues sus pasos. Los buenos pasos. ¡Ándale! Ya despídete de
tu hermano que ya nos vamos a la casa.
Nuevamente la imagen se
evaporizó en su totalidad. Rocco recuperó su cuerpo de 10 años, el cual comenzó
a caer en un vacío hasta que finalmente aterrizó en otra casa que también le
parecía familiar. El lugar estaba lleno de fotos de la familia de Videl en las
paredes. Cayó justo al lado de su inseparable amigo. Nuevamente era un
espectador dentro de su propio cuerpo, introduciéndose en la dinámica no por su
voluntad. Ahora tenía 6 años. Él y un Yeti, también infante, construían un
autolavado de Hot Wheels. Tenían una alegría compartida que se interrumpió
cuando Videl dijo lo siguiente:
—¿Por
qué chillaste anoche?
—No
chillé, chismoso.
—Claro
que sí. Todos te vimos.
—Tuve
una pesadilla, por eso grité, pero no chillé.
—¿Te
miaste?
—No.
¡Ya déjame!
—Eres
bien berrinchudo.
—¿Por
qué tu papá siempre pone esas canciones?
—Están
chidas. A mí también me gustan. Es Liran’ Roll. A todos aquí nos gustan, menos
a la Gera, pero ella no importa porque no vive aquí.
—¿Qué
dijiste, Patotas?
—¡Ay!
Ahí vienes de pinche metiche.
—¿Puedo
jugar?
—No.
Este juego es para niños.
—¡Ándale!
Déjame aventar este carro.
—¡’Pérate!
¿Qué estás haciendo? Lo vas a tirar.
—¡Uh!,
¡uju!, ¡run!, ¡run!
—¡Deja
ahí! No es una pista de carreras.
—Ja,
ja. Pinche pista fea.
—¡Que
no es pista!
—Y que
llegaba King Kong y la tiraba, ¿va?
—Baja
ese chango. ¡No!
—¡No!
—¡Pum!
Ja, ja, ja, ja.
—Ya lo
deshiciste. ¡Ash! ¡Lo rompiste!
—Rocco
ni aguanta nada. Es igual de marica que tú.
—Vete
a jugar con tus Barbies o lo que sea, pinche maldosa.
—No.
Es aburrido. Es más divertido molestarlos. ¿Ahora no van a ver su película esa
fea de las naves?
—¿Tú
qué sabes de eso?
—Está
bien aburrida. El malo ni puede respirar. Mejor deberían esperar a que se muera
de cáncer o quién sabe qué tenga.
—Ni le
entiendes.
—¡Oye!
Rocco, ¿qué soñaste anoche?
—Amm…
Ya no me acuerdo.
—¿No
te miaste?
—¡Que
no!
—¡Ay!
Qué carácter. No te lo digo para molestarte. Te iba a enseñar algo, un dibujo
que te hice. Ven. Está en mi cuarto.
—No
vayas, Rocco. Esta nada más te quiere molestar.
—No lo
peles. Es en serio. Te lo juro.
—¿Qué?
¿Te gusta?
—Ja,
ja. No manches. Si es un bebé. Ándale, ya ven. Ahorita regresas con el Pie
Grande.
—Ay,
pues no sé. Bueno. Sí. Ahorita regreso.
—Donde
se estén besando le digo a mi papá, ¿eh, Gera?
Caminaron hasta la habitación
de Geraldine. Era un lugar prácticamente vacío, sin pintar, con un catre pegado
a la pared, una lámpara de lava en un viejo buró y una caja donde estaba toda
la ropa de la niña. Ella corrió hacia el catre para tomar una hoja de block
tamaño oficio. Con la poca iluminación del cuarto apenas se alcanzaba a
percibir el trazo estampado en el papel lácteo. La ilustración no era otra cosa
que un gatito negro sentado. La punta de su cola semienroscada estaba en medio
de sus patas delanteras y traseras. Pero lo que hacía especial al personaje era
una capita color púrpura que tenía amarrada al cuello. El tono combinaba con el
púrpura brillante de sus ojos. Parecía un pequeño superhéroe. Rocco no era
particularmente fan de los gatos, pero la obra le encantó. Geraldine tenía un
trazo impecable. Aquella figura empoderada le transmitía seguridad al chico. Le
brindaba una especie de calma que no podía explicarse.
—Toma.
Te lo regalo.
—¿Por
qué?
—Antes
de dormir, pídele a este amigo que te defienda si tienes una pesadilla. Míralo.
Tiene una capa. Es poderoso. Él te puede cuidar. No se vale que te enfrentes a
tus sueños solo.
—¡Muchas
gracias! Me gustó mucho. ¿Cómo se llama?
—Prr Prr
Cat.
—¿Pur?
—Sí,
pero deja la lengua vibrando unos segundos. Purrrr… Así, Purrrr.
—¿Qué
significa “Prr”?
—Pues
así le hacen los gatos. ¿No los has oído? Es un sonido muy bonito. El gato es
mi animal favorito y el púrpura es mi color favorito.
—Dibujas
chido.
—Ya lo
sé. ¡Ándale! Vete a jugar con el apestoso. No le hagas caso si te molesta. No
me gustas. Los niños y las niñas también pueden ser amigos.
—Sí.
Gracias.
—Órale,
pues.
Rocco volvió a evaporarse
junto con todo a su alrededor. Abrió los ojos y era nuevamente el niño de 10
años al que la burbuja trasladó hasta el recuerdo de su casa. Aún estaba ahí
afuera, viendo su hogar con una singular nostalgia. Caminó hacia la burbuja. Ya
no era el mismo que cuando llegó. Ahora tenía mayor certeza sobre su identidad.
Penetró en la burbuja.
Nuevamente fue trasladado a su
prisión, la cual tampoco era la misma puesto que sus muros permanecían grises.
Lo vivido en el Paraíso Prehistórico cada vez le parecía más falso. Iba atando
cabos. En su mente proyectaba una y otra vez los recuerdos recién recuperados.
Sacaba sus propias conjeturas. Destapar las cloacas de su subconsciente le
resultó más fácil. Todo aquello que estaba enterrado, censurado, prohibido por
su propia mente para protegerle, ahora salía a luz. Recordó entonces cuando
tenía 5 años y estaba en el funeral de Gino lidiando con un trauma indeseable.
También se trasladó al momento en que asesinaron a su hermano, la peor
experiencia de su vida. Todo lo veía en flashazos mientras viajaba en la
burbuja. Pensó en que al fin había recordado el nombre de su mejor amigo.
También entendió por qué odiaba a su mamá; no podía ser la misma persona
cariñosa del Paraíso Prehistórico. Comprendió el porqué Gino estaba ausente en
los recuerdos inventados de él y sus padres. Alguien le estaba haciendo creer
que su vida era diferente. Alguien le estaba negando su propia historia implantando
patrañas en su memoria. Alguien estaba jugando con las ilusiones de su futuro
también. Buscaban confundirlo. Lo habían relegado del control de su mente.
En eso pensaba justo cuando
arribó a la prisión. Como el aún prisionero ideal, accedió entrar sin rechistar,
sintió que una presencia hipnotizante así se lo ordenaba. Justo cuando cruzó el
agujero en la pared, una violenta cascada de imágenes se derramó en su mente,
pero una predominó. Era el Rocco de 5 años saliendo de la primaria. Esperaba a
que Gino fuera a recogerlo. Su hermano llegó tarde por él. Lo tomó de la mano.
Estaba feliz ya que llevaba meses sin verlo desde que su papá lo corrió de la
casa. Gino le hablaba de llevarlo al parque, de comprarle un helado, de jugar
futbol con él. Rocco se columpiaba de su mano. Daba brinquitos de alegría.
Hasta que sucedió la tragedia. Tres desconocidos los amedrentaron. Despojaron
de sus objetos a Gino, él opuso resistencia. Discutieron unos segundos. Rocco
lloraba angustiado. Se quedó paralizado viendo cómo su hermano forcejeaba con
los delincuentes. Uno de ellos sacó un arma. Le dio un cachazo a Gino justo en
su ojo izquierdo. Quedó sumamente herido, pero aún seguía luchando por
defenderse. Finalmente, colmó la paciencia del sujeto armado y le dio tres
tiros: uno en el estómago, otro en la pierna y el mortal en el cuello. Los tres
tipos huyeron. Rocco se abalanzó sobre el cuerpo agonizante de su hermano.
Fueron rodeados por un grupo de curiosos. La escena era espantosa.
El recuerdo detuvo su
proyección. No hubo más imágenes crudas. El niño se tiró de rodillas en medio
de los muros grises. Lloró con tal intensidad que se ganó una jaqueca. Tanto la
nuca como la frente le dolían. Berreó hasta vomitar. Por su garganta pasaron
trozos espesos de mocos. Entre su miseria, alcanzó a escuchar nuevamente las
voces de siempre. Oyó cómo se abría una puerta. No tenía idea de dónde
provenían los sonidos. Alguien entró a una habitación. Se escucharon sus pasos.
Alcanzó a reconocer unas frases provenientes de una voz apabullante: “¿Qué
pasó?, ¿cómo está?, ¿se está despertando otra vez? Ya les he dicho que no lo
dejen solo. Se ve alterado. Voy a tener que entrar”.
Rocco sintió un mareo. Tenía
una sensación similar a cuando estás a punto de despertar. Todo se veía
borroso. Entre nubes de vapor, vio la singular figura de un pequeño gato
acercándose. Dormitando le dijo:
—¡Ah!
Conque eres tú. Ya recordé tu nombre. Te llamas Prr Prr Cat, ¿cierto? Purrrr,
se pronuncia Prrrr... Debo dejar la lengua vibrando unos segundos. Geraldine te
creó y yo te idealicé.
—Duerme
una última vez, mi amado. Pronto estarás listo. En unos cuantos días, cuando
inicie nuestra operación, será tiempo de despertar.
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